Eduardo, han pasado 365 días. La vida continúa, y a veces prefiero pensar que andás de viaje. Pero no es así, y tu ausencia la sufrimos en la familia de diferentes formas, cada uno a su manera, pero más que nadie tus hijas.
Yo trato de explicarme el más allá y la muerte, y desde lo que pienso y veo converso con vos, y te siento más cercano que nunca. La rabia y la impotencia que sentí esa noche cuando te vi muerto en la puerta de tu casa han dado paso a una reflexión más serena.
¿Recordás cuando fuimos a recoger la microbús en la que paseaste por Costa Rica a los compañeros y compañeras de la Facultad de Arquitectura de Rosario, cuando te visitaron a escasas tres semanas de tu muerte y después de 15 años de no verte?
Pasamos frente a la Capilla de Sor María Romero y te pedí que nos bajáramos a saludarla y a conversar un ratito con ella. Accediste y entramos. Vos te sentaste en una banca y yo me adelanté a escribirle en un papelito mi deseo en ese momento: "Dale felicidad y mucha paz a mi hermano Eduardo."
Cuando deposité mi deseo en el lugar de las peticiones me volví y tenías los ojos llenos de lágrimas. Me dijiste: "Me hizo bien ché…qué suerte que vinimos!" Nada más.
Los hermanos Rueda Ahumada no hablamos mucho de nuestros sentimientos y ese día no fue la excepción. Pero nos vimos a los ojos y nos abrazamos.
Ese recuerdo, que me llena de paz, se entrelaza con la alegría que me dan las condolencias que recibo todavía de quienes fueron tus amigos, tus compañeros, tus clientes, tus empleados. Todos me hablan del arquitecto inteligente, trabajador, bravo cuando no se hacían las cosas bien, compañero y amigo cuando te necesitaban.
Una de ellas me habla de un gran amor. Me llegó de Francia y la escribe la Dra. Adriana Portman, la novia que dejaste en Argentina cuando decidiste volver junto a tu familia, graduado de Arquitecto.
No he podido contestar ninguna de las condolencias. Quizás porque no encuentro las palabras. Palabras que sobran cuando frente al micrófono intento muy a menudo aportar un grano de arena en la lucha porque ninguna familia sufra lo que nosotros sufrimos.
Te mando esta carta electrónica para que todos aquellos que te quisieron y te recuerdan con cariño, compartan este secreto que a mí me llena de paz y de fortaleza.
Hoy rezaremos y te recordaremos más que nunca, porque después iremos a la casa de Jorge a comer empanadas argentinas.
No será lo mismo sin la presencia fisica del hermano que siempre hacía lo posible por reunir a la familia alrededor de un asadito cuando jugaba Argentina , con la bandera lista para salir a la calle a festejar el triunfo, con el que casi siempre la selección argentina nos premiaba.
Hasta la próxima carta hermano querido,
Amelia