El Mercurio

Fotografías y videos: Jose Díaz

Avanzamos por un estrecho zaguán mojado por la lluvia: unos 40 metros de gatos y penumbra. Algunas partes están techadas, unas sí y otras no, y en algunas se cuelan enormes ramas de árboles que no alcanzamos a ver, que arrojan frutos a los charcos de la superficie.

“Setiembre es época de cases”, dice don Edwin.

A mano derecha, justo antes de abrir la puerta de la casa, está la habitación de William, un viejito color blanco-hueso. Su cabeza es pequeñita y brillante, y su barba, distribuida sobre el mentón como un tupido abanico, aumenta la quijada con un aire desproporcionadamente feliz.

Nacido el 10 de julio de 1936, William es el hermano menor de don Edwin y ha estado bajo su cuidado desde que ambos tienen memoria.

“Él es un niño. No sabe nada del mundo”, comentará el mayor después.

Sentado en la cama, William observa el trasiego inusual del pasillo y devuelve el saludo con un amistoso movimiento de mano.

Don Edwin está más flaco que de costumbre: los pómulos hundidos y, a la altura de los hombros, bajo la camiseta, la huella de sus clavículas como dos ganchitos de colgar ropa. Como siempre, el pelo le cae sobre la espalda en una fina coleta plateada, pero ahora le ha crecido hasta la cintura.

Sigue siendo elegante como un cisne solitario, espigado y sereno como un lirio, pero quizá por primera vez en su vida, camina con vacilación.

Más que agotado, luce gastado. Es una versión desfallecida de sí mismo, en parte porque su alimentación y su salud han decaído, y en parte porque no ha cumplido con el ritual de embellecimiento al que se somete cada vez que pone los pies fuera de su casa.

Lleva un pantalón de mezclilla rosada, una camiseta blanca con cuatro letras verdes y, alrededor del cuello, un trapo de cocina enlazado con la suavidad de un foulard para el otoño.

“Yo soy muy pobre, pero sí muy vanidoso”, responde, cuando declina la invitación para salir a comer algo.

“Uno sale y no sabe si vuelve… Uno puede caer muerto en media calle, o tener un accidente… La gente dirá: ‘Pobrecito, qué accidente…’, pero por lo menos está aseada, la persona, y se nota que no fue abandonada”.

Sin embargo, no es el otoño el que amenaza con dejarlo agripado y sin techo, sino el invierno más crudo de los trópicos.

Aunque ya no es el principal proveedor del clan familiar, como hasta hace poco, don Edwin Zamora Fallas, 86 años, sigue subiéndose al techo de su casa cuando hay goteras o algún otro asunto de la más alta consideración. Sigue angustiándose por cada clavo que se desclava y por cada tabla que se da por vencida.

Cada vez con más frecuencia le da insomnio, porque sabe –aunque no pueda remediarlo– que es suya la responsabilidad de hacer frente al clima y a los aguaceros salvajes, a la inclemencia general y particular de la pobreza.

Don Edwin siempre ha vivido en Cristo Rey, ese barrio en la frontera sur de San José cuyo nombre se convirtió en el destino de sus habitantes.

Una zona que, gracias a los políticos de turno, fue borrada hasta del futuro para quedar enganchada en un cable de alta tensión: el presente inmóvil de los inmigrantes, los policías y la basura.

Quizá el rasgo menos agraviado del barrio es, justamente, el templo católico, pero don Edwin ni remotamente consideraría el amparo de esas cuatro paredes, ni siquiera por estar a pocos metros de su casa con la tentadora oferta de la salvación eterna.

“Las iglesias son una sinvergüenzada”, dice. “Yo no creo en ningún batalarga. No creo en esos hombres. Explotadores”.

Siempre es siempre: fue en Cristo Rey donde la vida le pasó todas las facturas, propias y ajenas, y donde don Edwin cumplió a cabalidad con el mandato de estar vivo.

Fue ahí donde, desde pequeño, se la jugó como los grandes, pues no en vano era el mayor de sus seis hermanos.

“El papá de nosotros fue muy duro”, cuenta. “Me obligó a tirarme a la calle muy temprano, a ver qué hacía”.

De niño cogió café, jaló agua, robó naranjas, vendió periódicos, limpió zapatos y, cerca de los 15 años, incluso trabajó en el campo de concentración que el gobierno calderonista instaló en San José para encerrar a ciudadanos alemanes, japoneses e italianos, tras el estallido de la II Guerra Mundial.

Para entonces, ya era un flaco mañoso y encantador. Masculino y lleno de modales. “No porque fuera una ganga, pero me la jugaba un poquillo”, confiesa.

Las mujeres de su vida fueron muchas, solteras y casadas y, preferiblemente, mayores, pero especialmente una.

Además de su vecina, Virginia Araya fue su gran amor, con quien nunca se casó pero con quien tuvo la única hija biológica de los cinco que ha criado, Margot. De Virginia lo separó la muerte hace unos 40 años.

“Lo más triste de mi vida”, sentencia.

“Yo fui una locura para ella como ella para mí, pero después me descarrilé… Como me sobraban, por decirlo así, sin hacer alarde… Siempre digo que ni uno mismo se conoce”, reflexiona. “Ese recuerdo me maltrata un poquillo”.

–¿Con ella se casó?

–Nunca he llegado al matrimonio.

También fue en Cristo Rey donde se vio involucrado en un crimen que lo hizo descontar cinco años de cárcel en la Penitenciaría Central, hoy Museo de los Niños, acusado de “encubrimiento”. Y aunque solo llegó a segundo grado de la escuela –no lo recuerda bien– la cárcel le enseñó el gusto por la lectura, pues quiso la suerte que compartiera celda con un hombre que atesoraba decenas de libros y revistas: el abogado Roberto Figueredo, involucrado en el asalto a la Basílica de los Ángeles, ocurrido el 13 de mayo de 1950.

Don Edwin era Vincho o Vinchito, el guapo, el que mejor vestía, el conquistador inevitable, el galán irresistible, una versión a escala humana de Errol Flynn y Tyrone Power, el que se sacudía a las chiquillas, el que más las amaba, el que no tenía necesidad de enamorarlas porque ellas se enamoraban solas.

En el barrio no había otro como él, porque además de seductor profesional de Cristo Rey y alrededores, también era el artesano laborioso, el zapatero de lujo, el ebanista de Urgellés, el carpintero, el fontanero, el vendedor ambulante y el autodidacta sin posibilidades de rehabilitación.

Don Edwin aprendió cada oficio sin ayuda de nadie, observando con atención, y más de una vez, solo para entretenerse, se impuso nuevos conocimientos, como hacer una fragua para trabajar el hierro, o resucitar máquinas maravillosas de puñados de chatarra.

“Yo con la herramienta hago cualquier cosa”, dice.

Uno a uno, los días fueron cumpliendo su vida útil hasta agotarse, y ya no son las ganas de batallar las que lo mantienen alerta, sino la fuerza de la costumbre: una persistencia crónica como la tos.

Trata de sostenerse con lo que tiene a mano, por si aún hubiera cuentas pendientes, pero todo lo que vive rápidamente se convierte en pasado y cada vez le cuesta más precisar de dónde vienen los recuerdos que lo asaltan, si de su memoria o de su olvido. Cada descarga es un electroshock.

Él se queda quieto porque sabe que está acorralado.

“Todos cometemos errores pero yo estoy más lejos de cometerlos porque ya he vivido mucho, y no me queda mucho tiempo”, explica. “No nací para ser malo”.

Cumplirá años el próximo 27 de noviembre. El año de su nacimiento viene enganchado como un cencerro. “Fue en 1927”.

Don Edwin cruza la puerta que hay al final del zaguán y parece que agacha la cabeza. Una vez adentro, el Universo se contrae.

En la pequeña habitación se distribuyen una mesa, una cocina, un refrigerador y un mueble pequeño, al lado del cual hay unas empinadas escaleras que, aún en condiciones de vigor y juventud, habría que subir amarrado a un seguro de vida. Arriba están las habitaciones, donde duerme la familia: don Edwin y Margarita, y los dos hijos de ésta, Alfredo y Kevin, a quienes don Edwin crió como suyos desde que estaban pequeños.

“Así, muy humildemente, desde que llegaron a mis brazos me he desprendido de lo mío para ellos. Yo no espero nada de la vida y siempre los he protegido", asegura.

No extraña que prácticamente todo esté a la altura de la cabeza y al alcance de las manos, porque hace más de 40 años, después de que la consumiera el fuego, don Edwin levantó la casa de las cenizas, tabla por tabla, a la medida de sus brazos. “Aquí, todo lo que usted ve en pie, ha sido como arañando”.

Media docena de gatos merodean por los rincones, pero no siempre. Torolo y Blanquita tienen privilegios que los demás no. A veces alguno se escapa del cuarto donde pasan encerrados la mayor parte del tiempo e inmediatamente busca el regazo de don Edwin.

“Yo los alimento con caldo de pollo. Primero me sirvo yo, y luego les doy a ellos”, explica. “Ellos comprenden que yo les doy de comer. Les doy cariño y ellos me lo dan a mí. Eso es lo que me amarra”. Blanquita está embarazada de nuevo y don Edwin asegura que, con todo el dolor del mundo, va a botar los gatitos en un basurero.

“Yo tuve un patio de treinta gallinas, tres gallos y dos cerdos a orillas del río María Aguilar, ahí por barrio Cuba. Entonces trabajaba en zapatería. ¡Eso no era un patio, era una finca!”, recuerda. “Tuve conejos, pajareras. Hoy no quiero nada. ¡Tengo estos gatos porque bueno!”.

Al fondo de la conversación lloran cachorritos. Resulta que lloran porque están en los cuartos de arriba. Los trajo su hijo Alfredo hace muy poco, pero don Edwin ya se encariñó.

“No es que uno sea un santo, pero gana uno más con ser bueno que con ser malo”.

Al otro extremo del zaguán hay un niño.

“Es mi nieto”, dice don Edwin.

En los tres cuartos que antes alquilaba, a un lado del corredor, vive ahora uno de sus hijos de crianza, Marlon, junto a su familia. El joven sobrevive de hacer mandados en moto y, en forma de pago y ayuda, le entrega ¢50 mil cada mes. “Con eso me enredo. Unos ¢12.500 por semana".

Todos los ingresos de don Edwin se reducen a ese alquiler y a los distintos trabajos, cada vez más esporádicos, que le solicitan sus vecinos. Tampoco goza de ninguna pensión, y mucho menos William, su hermano menor, quien hasta el mes pasado tuvo cédula por primera vez. “Yo nunca me he metido en nada de eso. Me da vergüenza“, explica.

“Tal como hoy, yo tenía que ir al Mercurio, como dicen por ahí“, comenta don Edwin, recordando de pronto sus mandados pendientes. “Como me dijo no sé quién: Vinchito, Vinchito, ¿pa dónde va? Le digo: Voy pal Mercurio. Y se desgajó de reírse. ¿Cómo, cómo, pal Mercurio? Es que así dicen los pachucos: Manillo, ¿para dónde va, pal Mercurio?

–Pues bien.

–¿Y no ha vuelto al Mercurio?

–¿Cómo?

–¿No ha vuelto?

–¿Quién?

–Usted, don Edwin.

–¡No, no, no! ¡Si hace poco fui! ¡Si eso es todas las semanas! La comida no dura nada.

–Por eso, ¿cuándo piensa volver?

–Yo tenía que ir hoy o mañana.

–Hubiéramos ido.

–Es que no estoy en condiciones ahorita. Le agradezco mucho.

–¿Cómo se siente hoy?

–Estoy un poquillo indispuesto.

–¿Qué es lo que tiene?

–Estoy como sordo de este oído.

En la calle siempre hace calor y la verdura que descargan los intoxicantes camiones se va pudriendo a lo largo del día. Cientos de vendedores estrujan el asfalto con sus carretillos y sus delantales, mientras los mercados Central y Borbón tragan y expulsan mercadería. Mujeres y hombres arrastran bolsas que se funden con el trasiego humano sofocante. Aunque las carnicerías exhiben su producto mutilado, sepultado por el hielo, alrededor todo es una ráfaga de luz y cáscaras y gente y brazos y gritos en movimiento.

Don Edwin avanza en medio de la confusión como si viniera saliendo de una película en cámara lenta.

Viaja despacio, porque conoce el camino.