El acelerado

Fotografías y videos: Jose Díaz

Son las 10 y 16 de la mañana del 14 de febrero del 2014. El día coincide con la fecha. La pista del autódromo La Guácima es un ardiente anillo de compromiso, donde el amor eterno dura pocos segundos: un circuito de 2 mil metros de asfalto en ebullición, en el que ningún corredor desea pasar más tiempo de la cuenta.

Un grupito de hombres gesticula relajadamente bajo el ancho alero del parqueo para pilotos que bordea un tramo de la pista, junto a la entrada. Son tipos maduros en su mayoría, al menos en edad, y muchos llevan gorra, anteojos oscuros, jeans y llaveros. Empresarios, abogados, millonarios o con ganas de serlo, pero ninguno con ganas de ocultarlo. A ras del suelo, muy cerca de su conversación, están sus autos: una pequeña plaga de Porsches y Ferraris. Sus figuras brillan como insectos de látex salidos del futuro, especialmente un Porsche rojo reluciente, recién salido pero de la billetera de su dueño, que pagó no menos de $200 mil por él.

No hay mucha gente todavía ni la habrá. Hoy, la pista es el pretexto de una reunión familiar, propiciada por el empresario, piloto y hasta hace poco, amo y señor de La Guácima, Carlos Rodríguez. “La mayoría somos conocidos que compartimos la afición por la velocidad y los carros de carreras”, comentará después, poco antes de encaramarse a su rugiente corvette. “Como fui yo quien logró que La Guácima llegara a ser lo que es hoy, muchos me siguen buscando. Esta gente y yo tenemos ganas de compartir y hacer vida social”.

Esa mañana, Rodríguez demostrará que sólo quiere seguir haciendo lo que le gusta, al mayor costo, al mayor riesgo y a la mayor velocidad posibles, como si cada uno de sus actos encerrara el mismo aforismo: “Me gusta pagar por lo que me gusta pagar por lo que me gusta pagar…”

Tanto sol no sería necesario, si no fuera porque tampoco es suficiente –como todo lo que nos rodea–, pero aún faltan varios grados para el mediodía. En el cielo, desesperadamente celeste, las nubes revientan como palomitas en el horno. Nos acercamos al grupo y, al vernos, Carlos Rodríguez rompe amablemente el cuórum.

Carlos Rodríguez Vargas es un hombre de buen verbo. No habla, convence, y si hiciera falta, sus posesiones hablan por él. El año pasado, Rodríguez le vendió el autódromo La Guácima al Grupo Nación en $12 millones de dólares –o al menos eso fue lo que informó el Grupo Nación a través de todos sus medios–, una propiedad que había sido suya los últimos 10 años y que él asegura haber transformado en uno de los mejores circuitos de carreras de la región e incluso del continente. Cuando le preguntaron el monto del negocio, su primera respuesta fue una lápida. “De eso no hablo”, dijo, quizá porque en vez de hablar de números, prefería hablar de sentimientos, cosa que hizo inmediatamente. “Estoy muy satisfecho porque pasa a muy buenas manos, seguiré disfrutando de mi deporte favorito, que es el automovilismo”.

Aún hoy, el garaje que tuvo en su antiguo feudo automovilístico sigue siendo suyo. Carlos Rodríguez Racing Team: dos salones enormes con un camerino, un parqueo y un taller cuyas paredes exhiben, en fotos, los momentos estelares de su vida deportiva, desde sus inicios. Ahí guarda sus nueve carros de lujo, modificados y de carreras, entre toyotas, hondas, ferraris y lamborghinis. Cuatro mecánicos están permanentemente a su disposición.

A sus 65 años, Carlos Rodríguez no es alto ni corpulento sino más bien delgado, de ojos claros y piel muy blanca, con un look minuciosamente ocasional. Sin embargo, al mismo tiempo, tiene el aplomo de los grandes actores, el carácter acaudalado de un viejo rey. De hecho, algunos de sus amigos le dicen “el Rey Midas”, aunque quizá también deberían considerar al Rey Lear. Su personalidad descansa, sobre todo, en los modales de su voz, grave y desenvuelta. Ahora que las tiene todas de su lado, no parece un hombre preocupado por adquirir belleza, fama y fortuna, sino más bien por mezclarlas hasta confundirlas.

Su juventud está en los detalles. Hoy anda en jeans, camiseta naranja –con el cuello insistentemente levantado–, zapatillas de cuero suave, gorra y un tono rojo en los labios, gracias a una bebida hidratante. También es evidente que entre él y sus anteojos oscuros hay algo más que una bonita amistad.

A propósito de sus relaciones, nunca ha sido un secreto ni ha pretendido serlo qué tan acostumbrado está a vivir rodeado de mujeres exuberantes: desde su matrimonio con la exmiss Costa Rica 1980, Bárbara Bonilla, pasando por su propia hija, la modelo internacional Bali Rodríguez, hasta su actual novia, la modelo y estudiante de medicina, Elena Correa.

Mucho menos discreto, aunque no por eso menos entretenido, su romance de hace unos años con la modelo y cantante Melissa Mora, pero, salvo por un breve comentario, por ahora no será don Carlos quien comente su propia reputación de mujeriego. “Sé que tengo mala fama, pero ahora me estoy portando bien”.

El rato por usar la pista cuesta entre $150 y $200, y ni siquiera toda la pista, sino apenas 2 mil de los 4 mil que tiene el circuito completo. En total, no hay más de 20 carros, pero algunos pilotos siguen conversando, empujados por la frescura de la sombra, mientras otros están a punto de arrancar.

Todos ellos saben que sus Porsches y Ferraris alcanzan velocidades estelares, fácilmente superiores a los 200 km por hora, pero pocas veces lo han experimentado con total libertad, y es ahí donde aparece la figura todopoderosa de Carlos Rodríguez, que con solo mover una pestaña es capaz de materializar, para ciertos amigos y conocidos, el sueño de una mañana de viernes libre de policías de tránsito.

Carlos Rodríguez calma su sed y se aclara la garganta con suavidad, mientras los autos son una ráfaga en la línea del horizonte. “Aunque son carros muy rápidos, no están hechos para correr”, explica. “El sistema de frenos se calienta muy rápido y tienen que estar parando, porque si no, se quedan sin frenos. No pueden correr así en la calle, pero aquí, donde no hay semáforos ni peligro, pueden darse gustos probando su capacidad de manejo”.

Ellos también están listos para correr: él y su Corvette C7 de $250 mil. Ambos están encendidos, aunque el dragón negro de fibra de carbono únicamente lleva 15 minutos de estarlo. El taller entero ruge a causa de un motor en el que se agitan 800 caballos de fuerza. Don Carlos sale a la pista y camina hasta el carro, aplastado por un sol rápido y furioso. No podría haber elegido un mejor día para ir forrado de pies a cabeza con su despiadado traje de corredor. Antes había dicho lo que ahora parece evidente: “Si volviera a nacer, me gustaría ser corredor de Fórmula Uno”.

Al cabo de unos 10 minutos, el corvette abandona el circuito e, inmediatamente, un enjambre de mecánicos y asistentes le cae encima. Algo pasó; algo que pudo haber terminado muy mal. Las manos y las herramientas se multiplican al abrir, voltear, desenroscar y destapar. Cuando el piloto sale derretido de su interior, en que todo hierve a 55 grados centígrados, los mecánicos ya tienen un dictamen: “El pin de la suspensión se quebró y partió el aro de la llanta delantera izquierda”.

Carlos Rodríguez está asombrado, pero no preocupado. “Eso no suele pasar, mucho menos en una práctica, pero a mí siempre me pasan cosas raras”.

La espera será larga: cerca de una hora para que el corvette recobre la compostura. Ante la posibilidad de no hacer nada, el piloto avanza hacia los sofás de su garaje, prometiendo que ahora hablará con calma.

“Siempre he creído que los seres humanos nacimos para recibir placer”, dice, mientras camina. “Y este es uno de mis placeres. Las personas siempre viven posponiendo, pero uno tiene que hacer las cosas hoy. Igual que el dinero. Nada en la vida está garantizado. Las personas se agarran mucho al futuro, que a veces es incierto. Eso se lo digo a todos: No posponga”.

Carlos Rodríguez nació el 25 de junio de 1948, al pie de las montañas mortalmente lejanas de Cartago.

“Le voy a resumir mi vida”, amenaza. “Yo me crié en una finca que se llama El Cerro Grandre, en Paraíso de Cartago. Exactamente en la montaña que está al pie del volcán Turrialba. Mi papá era un vaquero en esa finca de don Adrián Collado. Era una finca de lechería como de 700 hectáreas donde había que hacer de todo. Vengo de una familia de 22 hermanos. Sobrevivimos 14, porque entonces los niños se morían de enfermedades que hoy son comunes”.

“Yo soy el número cinco. Mi madre tenía un hijo cada nueve meses. Ella ya no vive: Diosito me la dio hasta hace tres años. Fuimos muy pobres económicamente pero muy ricos espiritualmente. Siempre fui como un líder en mi casa. Desde robarme caballos hasta el tractor de la finca. Era muy atrevido. Vivíamos en casas con piso de tierra. Nunca pasé hambre. Dormíamos hasta cuatro en una cama. Caminábamos todos los días a la escuela, descalzos. Caminábamos una hora. Estudié hasta tercer grado, tenía como 10 años. Cumplí y le dije a mi papá: No voy a ir más a la escuela. Por qué, me preguntó él. Porque voy a ayudarle a usted. Así que a los 10 años yo hacía el trabajo de cualquier peón. Mi papá aceptó, porque él era de la mentalidad de que los hombres trabajaban y las mujeres estudiaban. Yo lo supe desde que era niño, y me decía todo el tiempo a mí mismo: Tengo que salir de aquí. No nos alcanza para vivir”.

“Cuando tenía como 16 o 17 años, un tío me consiguió un trabajo en un telar frente a la Universidad de Costa Rica. En el telar Saprissa ganaba ¢125 por semana como encargado de una máquina de hacer hilo, desde las 2 de la tarde hasta las 11 de la noche. Alquilé un cuarto y pagaba ¢30 por semana, y a mi mamá también le daba por semana ¢45. El resto me lo dejaba para medio vivir. Como tenía tiempo, empecé a leer el periódico, y así empecé a enterarme de que el mundo existía”.

“Yo era un campesino que no sabía ni hablar, quiero decir, tenía los modales de un campesino normal, que es lo más auténtico que puede haber en la vida”.

“A través del periódico, aprendí de todo. Yo lo tenía claro, que la pobreza no era para mí. Leyendo el periódico, vi que se necesitaban jóvenes bien presentados, bachilleres y ambiciosos para un trabajo. Dije yo: Ahí está Carlos Rodríguez. Voy para allá. Cuando llegué al lugar de la cita, me di cuenta de que todos eran universitarios, y la secretaria no quería atenderme. Yo le pedí y le pedí para que me hicieran la entrevista. De pronto, un hombre salió de la oficina y me hizo pasar. Me dijo: Yo lo estaba escuchando a usted a través de la puerta, y usted es insistente. Eso es lo que yo necesito. El hombre me hizo muchas preguntas. ¿Usted cree en Dios? ¿Usted cree que para llegar a donde quiera llegar tiene la ambición? Yo le fui respondiendo a como pude, porque claro que creía en Dios y tenía la ambición. Me di cuenta de que el mundo es de los vivos. El trabajo era como vendedor en la empresa de unos judíos que vendían biblias: Fundación Católica de las Américas”.

“Me di cuenta de que mi peor defecto era ser ignorante y que tenía que aprovechar mi tiempo para aprender, y ojalá aprender de todo. La Biblia no es un libro religioso, sino todo lo contrario, pero se usa para manipular y sacarle dinero a los ignorantes. Yo, para poder vender una, tenía que ser capaz de explicar qué beneficios iba a obtener el comprador y convencerlo de que la Biblia es un manual que Dios nos dejó para que consultemos cuando tenemos una duda. La ignorancia hace que las personas vivan atemorizadas, pero Dios no da nada de gratis, porque él mismo nos dio la inteligencia para que la utilicemos”.

“Era el año '65. Cada Biblia costaba ¢450. Ese mismo día, le dije al señor que me entrevistó: ¿Qué tengo que hacer para ganarme el cheque del tamaño que yo quiero?

Después de trabajar un año en el telar, Carlos Rodríguez Vargas se hizo vendedor de biblias y, en cuestión de semanas, se convirtió en el vendedor estrella de la compañía. Al cabo de pocos meses, hizo mudar a toda su familia con él, a una casa bonita y amueblada. También, casi a la misma velocidad, pasó de vendedor a gerente. Y todo esto lo hizo gracias a Dios.

La cara descompuesta del mecánico corta la fluidez del relato. Entra con la noticia jadeando. Un accidente. La entrevista queda en modus interruptus. Don Carlos ni se inmuta. Solo pregunta: “¿Están todos bien?”. “Sí, señor”, responde el mecánico. Él se levanta y nos invita a acompañarlo, sin apurar el paso. Gracias al percance, faltará mucha saliva para entender cómo fue, exactamente, que Carlos Rodríguez amasó su fortuna y se convirtió en empresario e inversionista, tan experto en bienes raíces como en mujeres bellas.

Afuera, todas las miradas apuntan hacia el final de una recta de 400 metros, precisamente donde comienza una curva flanqueada por una barrera de arena y neumáticos, especialmente diseñada para amortiguar lo que acaba de suceder.

De algún modo, su presencia es un bálsamo para el nerviosismo general. Todos han abandonado la pista y decenas de expertos, entre pilotos y acompañantes, caminan hasta el fondo del circuito para admirar el cadáver hirviendo de un Porsche turbo 2002, volcado como un cetáceo inútil, atragantado de piedras. Aunque es una muerte prematura, también podría decirse que al menos falleció por causas naturales.

La multitud continúa reunida, inmóvil. No hay heridos de gravedad visible, solo el conductor del Porsche, al que sacan con el brazo partido en tres partes. Nadie parece capaz de moverse.

“Un pequeño accidentillo”, comenta don Carlos, con discreción. “Pero es que hay que saber que cada cinco vueltas hay que parar, porque los frenos no son racing. Ellos lo saben”.

–¿De cuánto estamos hablando?, pregunto.

–Fácil vale $80 mil… Valía–, responde don Carlos.

El espectáculo es extraño y, bajo el influjo del sol ardiente, es casi hiperrealista. Dan ganas de decir algo sublime, como Tomémonos de las manos y oremos, porque hoy hay un Porsche menos en el mundo.