El bichillo

Lina Rodríguez Vargas​Lina Rodríguez es responsable de la propagación de una nueva especie de criatura invertebrada, cruce de homínido, peluche, souvenir y mascota. Ahora, cientos de ellas se reproducen en el taller de la marca Nomellamo

Fotografía: Gloriana Jiménez

Al principio, Lina solo quería hacer muñecos inspirada en sus amigos, pero después también quiso atrapar su esencia y, más tarde, convertir esos monigotes de paño en seres dotados de origen, personalidad y precio. El suyo era un propósito científico emprendido desde la alta costura: los bichos no eran humanos, pero debían resucitar la idea de lo humano a fuerza de colores, texturas y relleno.

Tenía que hacer prototipos y ver cómo se comportaban. Tenía que decidir dónde irían los ojos, dónde los dientes, si tendrían pelo.

Cuando hizo el primero, no hubo vuelta atrás: había nacido una empresa. Fiel al desconcierto que le produjo su primera creación, Lina bautizó su marca Nomellamo.

La cartelera de terror da cuenta de intentos similares y la historia de la literatura ni se diga. Con un poco de malicia, cualquiera podría descubrir la verdad: que Lina Rodríguez es a los peluches lo que Víctor Frankenstein es a los monstruos.

Pero esta historia no empezó ahí.

Mucho antes de que Lina solo quisiera hacer muñecos inspirada en sus amigos, Lina solo quería aprender a coser. Todo se remonta a las tallas. Lina siempre ha sido pequeñita y no hubo problema mientras fue menor de edad, pero conforme se fue haciendo mayor, la cosa se puso color de hormiga y tuvo serios problemas de indumentaria.

“Solo me podía vestir con Pelutti”, recuerda Lina.

Cuando se dio cuenta de que el tiempo pasaba y ella no salía de la sección infantil, se habló a sí misma con determinación: “Tengo que aprender a coser porque no es posible que solo me pueda vestir con una marca de ropa para carajillos”.

Entonces, después de dar mil vueltas por aquí y por allá, Lina terminó estudiando Diseño de Modas, carrera de la que se graduó en el 2005.

Pero incluso antes de que Lina quisiera hacerse su propia ropa, Lina quería pintar, porque Lina siempre quiso ser pintora. Bueno, no siempre.

Al principio Lina solo quería jugar, y su deseo le fue concedido. Buena parte de su infancia se la pasó metida en pozas o zambullida en barriales o asaltando lecherías. Su niñez tuvo dos rutas, una por Guatuso, donde su abuelo aún tiene una finca, y otra por Grecia, donde vivían sus primos. “Yo la pasé demasiado bien”, dice. “Qué increíble. Yo corría terneros”.

Cuenta que su “gigantesca” familia tenía una costumbre liderada por el afán aventurero de su abuelo. Se iban a la playa en caravana, a descubrir lugares remotos. Durante las vacaciones, itineraban de playa en playa, jalando chunches y chiquillos.

La vida rural era por temporadas y siempre tuvo un asidero urbano. Primero Lina vivió en Guadalupe, con sus papás y sus tres hermanos, y luego en Moravia, pero en ambas locaciones la calle fue una extensión de sus ratos de ocio. “Jugábamos afuera y en la casa de los vecinos. Nos pasábamos montados en los patines, rodando por las cuestas. No existía esa cuestión de ahora de que uno siempre tiene que estar encerrado. Y eso era lo rico: uno tenía un montón de libertad”.

Una vez que descubrió la pintura, como a los 12 años, hasta ahí llegó Lina. “Mi mamá me mandó a recoger a mi hermano menor a unas clases de pintura, entonces llegué y me quedé pintando. Y ya nunca más dejé de pintar”.

Bueno, una vez sí. Cuando Lina empezó a estudiar pintura, dejó de pintar. Fue en el año 2000, en la Universidad de Costa Rica. Hizo dos años de Bellas Artes, pero dejó la academia por incompatibilidad de caracteres. Entonces decidió viajar. Se fue a Atlanta con un programa para estudiantes. Trabajó “como una mula”. Ahorró. La ganancia de los tres trabajos que tuvo la invirtió en un viaje a México que duró como dos meses. Todo el circuito fue un curso intensivo de independencia y autogestión.

Cuando volvió a Costa Rica, graduada de sí misma, se fue directo a las aulas. Lina lo resume así: “Regresé a ponerle”. Terminó Diseño de Modas, transformó inquietudes en proyectos –híbridos de reciclaje, souvenir y textiles, por ejemplo– y empezó a trabajar formalmente, hasta que un día decidió que mejor volvía a las andadas.

A finales de 2005 se apuntó en un programa de la Alianza Francesa que la llevó directo a Reims, una ciudad 129 km al este de París. Aún con los ahorros de un año de salarios mínimos en Francia pudo pagarse una temporada en Barcelona, adonde llevó cursos de escaparatismo y serigrafía, entre otros.

Lina Rodríguez Vargas nació en el hospital México el 25 de noviembre de 1979. Su papá, ya pensionado, era un médico de San Roque de Grecia y su mamá, una trabajadora social oriunda de Palmares que terminó convertida, además, en abogada. Eduardo Rodríguez Rodríguez y María del Carmen Vargas Vargas.

La foto familiar la completan dos hermanas y un hermano. Lina, la tercera.

Su vida cotidiana la dedica a resolver los asuntos del negocio.

También le gusta cocinar y sembrar (aunque faltan pruebas de ambas cosas, pero es lo que ella afirma), cuidar sus cactus, coleccionar suculentas y hacer yoga.

Se reúne con un grupo de amigas cada vez que puede y, cada vez que no puede, trata de matricularse en todas las manualidades habidas y por haber.

Su rutina no está completa sin la presencia de sus dos perras, Sushi y Pelusa. Esta última, una viejita encogida y mimada a la que le quedan cuatro dientes.

En este momento, Lina está cursando un bachillerato en Administración de Empresas en una universidad en Tibás. “Tal vez a mis 20 años lo hubiera tomado como una humillación, pero ahora me doy cuenta de que es demasiado importante. Más bien me da chicha”, dice Lina, sin evidenciar chicha alguna.

“En las carreras de artes esto se pasa demasiado por alto y las herramientas que te dan no tienen nada que ver con emprendedurismo”.

“Casi está mal visto que un artista piense en un negocio, y al mismo tiempo es muy cruel. Te venden una fantasía gigante y la realidad te golpea durísimo, porque al final de cuentas, enfrentarte a tus posibilidades de trabajo es como subir el Chirripó en tacones, después de que te lo pintaron divino”.

Nomellamo es una pequeña empresa especializada en la elaboración de peluches, principalmente, pero también tienen una línea llamada Animales de Costa Rica, bultos, loncheras, cartucheras, monederos, llaveros y objetos personalizados por encargo, como edredones, cobijas o chupetas. También han hecho títeres y personajes empresariales que les piden cada tanto. Su principio de producción es simple: Si algo funciona y lo empiezan a pedir, lo empiezan a producir.

“Solo hago las maquetas, es lo que me gusta, resolver los prototipos”, precisa Lina.

“Lo hice todo al contrario de como se supone que hay que hacerlo, y hasta ahora me doy cuenta de que estas cosas se dicen por algo. Continuamente tengo que estarme como devolviendo. Por eso ahora estoy replanteándome cómo quiero que sea mi negocio a futuro. ¿Quiero verme en estas mismas carreras a los 60 años? Si no lo planeo, seguro voy a estar con más colecciones, pero en las mismas”.

Todos los días, al menos cuatro personas se reúnen en el taller de la casa de Lina, un espacio de dos plantas diseñado por el arquitecto Javier Del Risco para que la creatividad no se salga de control, total, a él le convenía, porque esa también es su casa. Todo está hecho a la medida de la pequeña Lina, como por ejemplo, la ventana del baño principal. “Veo las montañas, pero no los techos de las casas”.

Hoy fabrican entre 100 y 150 productos por semana, pero no siempre fue así.

“Recuerdo que cuando empezamos nuestra gran meta era hacer ocho peluches por semana”, dice Lina, quien asegura que los suyos son bichitos con dos mamás: ella e Ivania Sánchez Ochoa, su mano derecha.

Esta mañana, en el taller están, además, Olga Marta Zúñiga y Brandon Mora. Unas frente a la máquina, otros en la mesa de corte. Los empleados fluctúan entre siete y ocho, pero en temporadas de más trabajo, la mano de obra aumenta. Diciembre suena a tumulto.

Hace un año, Nomellamo empezó a ser distribuido en el universo Britt, donde quiera que estén sus tiendas, incluido el aeropuerto. Lina también distribuye sus productos por su cuenta y, hasta ahora, Puntarenas es la única provincia adonde no llegan sus criaturas.

“Si logro domar a Nomellamo me gustaría compartir ese conocimiento y ayudarle a otros, porque uno termina limitando sus propios proyectos por sus propias limitaciones, y de lo que se trata es de convertir una idea artesanal en un proyecto de vida”.

“A nivel de producto, puedo hacer muchísimas cosas, porque esto tiene mucha versatilidad. Podría crecer hacia muchos lugares. Sé que puedo crecer, la pregunta es hacia dónde. Yo estoy en Costa Rica, produzco acá y no puedo competir, claramente, con productos chinos. Mucha gente me dice: Y por qué no produce en China. Yo digo: Diay, es que esa no era la idea”.