El chunchón

Fotos y videos: Jose Díaz

Un día, hace muchos años –más de 20–, cuando Rosa trabajaba en la escuela Los Pinos de Alajuelita, llegaron de visita unos estudiantes universitarios. Aunque ya tenía ratillo de ser maestra, en esa escuela había abandonado el impulso de subirse a los tacones con los que solía disfrazarse, porque su aula de primer grado era un despeñadero detrás del edificio principal, un galerón de zinc que casi rodaba por la pendiente y en el que, durante el invierno, no se podía dictar ni una coma, pues era imposible competir con el estruendo metálico de los aguaceros.

En esas condiciones, se había acostumbrado a ejercer el magisterio con zapatos aptos para los matorrales, el polvo y la lucha de clases.

La vida no era fácil sin tacones y sin aula, pero Rosa le hacía frente a las inclemencias del subdesarrollo con una descarada determinación, intuitiva y brillante, pues ya para entonces había descubierto que una de las leyes de la existencia es que las cosas siempre pueden ser peores.

Los estudiantes universitarios le explicaron a Rosa el motivo de su llegada, muy simple: necesitaban que escogiera al mejor alumno de la clase. Sin pensarlo dos veces, Rosa les dijo: “Cualquiera. Todos son excelentes”. Los jóvenes insistieron. “Necesitamos uno”, presionaron. Rosa amplió su oferta. “Claro. Escojan al que quieran, no se preocupen. Aquí todos hacen su mejor esfuerzo”.


La niña Rosa tenía entonces 28 años y venía de su propio campo de batalla. Su vocación docente ya había superado un proceso de fotosíntesis en las aulas nocturnas de la escuela República de Nicaragua, en Cristo Rey, donde para dictar clases era indispensable actuar siempre con justicia y, por eso mismo, cargaba “la tiza en una mano y el puñal en la otra”. Pero además, su propia experiencia como alumna la había inhabilitado de por vida a confundir “competencia” con “educación”.

Ella, que había tenido que dejar el colegio un año antes de graduarse, porque “se jaló torta” a los 17 años y no la dejaron seguir en décimo con sus compañeros. Ella, que aún siendo una chiquilla por la que nadie daba un cinco, de todos modos parió y se graduó de noche a punta de lealtad consigo misma.

De Rosa, los estudiantes universitarios obtuvieron una cordial bienvenida y una aún más halagadora despedida. “Vuelvan cuando quieran”.

Cuando Rosa era chiquitita y estudiaba en la Escuela Central de San Sebastián, su maestra, Ana Lorena Rojas, solía dividir la clase en dos: burros de un lado e inteligentes de otro. Rosa era la unión perfecta de ambos hemisferios y sabía que la inteligencia, tal y como la entienden los maestros, está sobrevalorada. “Me tocaba con los inteligentes porque yo tengo un problema: hago las cosas muy rápido”, observa Rosa. “Como terminaba todo tan rápido, me ponía a molestar, entonces la maestra me pegaba la enagua a la silla con chinches, pero yo arrastraba la silla con el fondillo y seguía molestando. Yo me sentía mejor con los burros porque jodían igual que yo”.

Rosa derrochaba iniciativa y curiosidad y la arqueología, la astronomía y la enfermería le parecían opciones emocionantes para el futuro. Sin embargo, era la hija sánguche en una familia de tres hermanos, pocos recursos y mucha religión, lo cual la hacía más proclive al pecado, aunque su mayor falta escolar era que amaba jugar futbol. “Era prohibido que una niña jugara futbol, y siempre me regañaban toda. Un día boté a la maestra de un bolazo. Me castigaban a cada rato y me mandaban recados a la casa, pero mi mamá nunca iba porque nunca podía”.

Conforme se fue haciendo grande, todo el material radioactivo de su personalidad se convirtió en astucia, desafío, arrojo y adversidad. “He sufrido mucho por ser asertiva, por decir lo que pienso y no lo que los demás quieren escuchar. Hay verdades que no se deben decir nunca, que deben morir con usted”.

Rosa Margarita de la Trinidad Cantillo Badilla nació el 28 de setiembre de 1963 en Barrio Los Ángeles, cerca del Cementerio General, pero creció en la López Mateos, donde su tía había comprado una casa. Su familia –un núcleo básico de mamá y hermanos con papá ocasional– dependía en gran medida de la gracia de esa tía. “Siempre he sido pobre, pero antes era más. Claro que sigo siendo pobre, si no, no estaría bretiando. ¡JAJAJAJAJA!”, dice Rosa.

“Soy producto de la López Mateos, del corazón de los Barrios del Sur. Crecí con los famosos Veintiuno, una banda que era como decir Los Hijos del Diablo de aquellos años. A todos esos hermanos los mataron, sólo sobrevivieron las mujeres. Yo salí de La López pero La López no salió de mí. Tengo 33 años de vivir en Barrio México. Es mi pasado, a mí me vale. Me crié entre balaceras, así que estoy aterrizada”.

Rosa se casó y dejó el colegio casi al mismo tiempo, a los 17 años, cuando quedó embarazada de su primer hijo. Una foto del veloz acontecimiento está hoy guindando en la pared de una salita de su casa. Alguna vez, al verla, un amigo le hizo un comentario que Rosa repite con humor despampanante. “¿Es una foto de tu primera comunión?”.

Ciertamente, Rosa era una niña, y esa etapa de su vida fue la más dura de todas, porque su recién nacida no sobrevivió, pero ella huye del heroísmo y la autocompasión con la misma desconfianza con que huye de las etiquetas, los prejuicios y el egoísmo.

Siguió adelante. Estudió. Sacó una licenciatura y después una maestría. Tuvo otros dos hijos y empujó a su marido –mejor conocido como El Roco– hasta que lo vio convertido en bachiller y sentado en la plataforma de atención al cliente del Banco de Costa Rica.

“Yo me hice en la Universidad Nacional. Ahí me hice humanista. Ahí estrené el cerebro. Pógalo así. No hay nada más lindo que hacerle la vida agradable a los demás, ¡y es tan fácil! ¿Cómo? En el momento en que me pongo en los zapatos del otro”.

Rosa existe como si estuviera esperando que en cualquier momento le fueran a dejar una bomba. Cada segundo palpita con urgencia y el sonido agitado de un llavero en ebullición la persigue por todos lados porque, efectivamente, Rosa siempre anda sonando las llaves de todas las puertas que llevan hacia algún lugar.

Esa sensación de que se está jugando la vida a cada paso no es una sensación, es un hecho. Trabajó nueve años como maestra en la escuela Alberto Manuel Brenes (la versión nocturna de la escuela República Argentina, en Barrio México) y otros diez como su directora. En el 2011, se convirtió en la directora de la República Argentina, y desde entonces sigue ahí.

Tiene 22 años de andar dando vueltas en el mismo edificio. Un inmueble bellísimo, por cierto, declarado patrimonio y a punto de ser restaurado.

Los informes de su trabajo en la nocturna de Barrio México deben estar empolvando algún archivo ministerial, pero en el barrio los resultados de esa materia siguen vivos, porque con la ayuda de Rosa y su equipo docente, mucha gente hizo la diferencia. “Con sólo un estudiante que se gradúe me siento pagada. Y no ha sido uno, han sido muchos”.

Cuando Rosa asumió la dirección de la Alberto Manuel Brenes solo había 20 alumnos y, de hecho, querían cerrar la escuela, pero la institución nocturna llegó a tener 750. “Aprendí que el director siempre está solo. Hoy le pedí a una maestra que se quedara 10 minutos más y me dijo que me iba a demandar”.

Su experiencia docente la resume cuando evoca los tiempos de Cristo Rey: “Ahí conocí el verdadero amor. Servir a los demás. Para qué es usted útil. Me topé con mi realidad. ¿Cuál fue mi realidad de niña? Delincuentes y drogadictos por todo lado. Yo pensaba que si no salían de eso, que por lo menos fueran marigüanos preparados”.

A Rosa le encanta viajar, hacer quilt y echarse perfumes. Se derrite con las cremas, el heavy metal y salir a pescar la luna en el cielo nocturno. Tiene debilidad por las piedras y la bisutería fulgurante. Conoce La Patagonia y Alaska pero aún sueña con el espectáculo de la aurora boreal, en Islandia o tal vez en Groenlandia. Vive en alerta, con las antenas encendidas las 24 horas. Ama su trabajo con un frenesí sobrenatural y, aunque le falta poco para pensionarse, nunca va a darse por vencida.

“Siempre he tenido la certeza de que Dios está conmigo, por eso juego de chunchón”.