El paladín

Toro​A Rolando Badilla lo conocen en su casa, pero a Toro lo conocen mucho más lejos. Él ostenta el título de Campeón Nacional de Peso Wélter, pero los fanáticos de la lucha libre profesional lo llaman El Campeón del Pueblo

Fotografías: Gloriana Jiménez

Toro perdió el control de la moto y rodó por el asfalto. Pegó contra algo y no tuvo tiempo de reaccionar y, pese a todo su entrenamiento, derrapó sobre la carretera durante un par de metros, con todo el peso de su cuerpo apoyado sobre su pierna izquierda. Llevaba casco, tenis y chaqueta reforzada –la cual tenía un mes de no usar–, pero en las piernas solo llevaba la licra del gimnasio.

Iban a ser las 7 de la noche y los automóviles, con las luces encendidas, cruzaban volados hacia la rotonda del Parque de la Paz. Acababa de llover. Quizá aún llovía. Mientras rodaba, Toro pensó que lo que tenía que evitar era quedar del lado contrario de la calle, aunque en ese momento su suerte no dependía mucho de su voluntad. Cuando se recuperó, había mucha gente a su alrededor, auxiliándolo. Se dio cuenta de que antes de caer en el otro carril, un filo de cemento lo había frenado. También se dio cuenta de que varios metros de pavimento se habían impregnado en su pierna izquierda, abriéndole miles de surcos invisibles en la carne, y por último se percató de lo más importante: estaba entero. Lo único malo, si es que podía pensar en algo malo después de sobrevivir a semejante caída, era que ya no podría llegar a su cita en Plaza Víquez, donde los luchadores profesionales tienen su ring de fogueo.

Esa noche, antes de salir de su casa, en Paso Ancho, Toro tuvo un mal presentimiento, pero salió de todos modos. Incluso para un profesional –o más bien, precisamente por eso– los entrenamientos son indispensables para mantenerse con la guardia en alto. Sin embargo, en los últimos dos años, Toro ha tenido que bajar la intensidad de los costalazos que recibe y reparte como si fueran panes, y distribuir su tiempo entre los ejercicios físicos y los ejercicios intelectuales, debido a sus estudios –cada vez más avanzados– en Investigación Criminal y Seguridad Organizacional.

Su carrera universitaria fue una de las grandes razones para comprar la moto: tenía que salir de San José en hora pico y llegar puntualmente a su pupitre en el Colegio Universitario de Cartago. La moto rindió sus frutos, porque Toro está a un cuatrimestre de graduarse y, además, la rutina lo ha obligado a padecer muy de cerca el caos vial, un auténtico caso de crimen organizado.

En el universo de los buenos y los malos –que en la lucha libre se disputan los “rudos” y los “técnicos”– Toro es uno de los gladiadores más queridos y, aunque ese el único objetivo de su trabajo, la lealtad del público no es necesariamente un buen augurio. Tiene seguidores en Puerto Rico, Panamá, Guatemala, México, El Salvador, Estados Unidos, Chile… pero, para sus adversarios (los rudos), lastimar a un buenazo como él también tiene sus recompensas.

“Nosotros buscamos aplausos, pero ellos buscan ser odiados”, explica.

Así que Toro siempre llega a trabajar con una gran motivación: la promesa de una paliza.

No es exactamente “trabajar” en el sentido remunerado de la palabra. Al igual que sus compañeros de lucha, Toro es un profesional que no cobra por sus servicios. “El hecho de que seamos luchadores profesionales no nos hace recibir un salario. Más bien somos nosotros los que corremos con nuestros propios gastos, uniformes, trajes… A veces algún compañero ha comprado hasta las sillas del público”, agrega.

Cuando él o cualquier otro se pone la máscara sabe que, a partir de ahí, todo es producto del amor. Sin embargo, eso no significa que haya bastado un capricho para lograrlo. No cualquiera es luchador profesional. Antes, los y las deportistas tienen que someterse durante varios años al rigor de la lucha olímpica, y después de eso, si perseveran, alcanzan. Sobre todo si tienen suerte, disciplina y carisma.

“Todas las técnicas de llaveos, golpes y caídas vienen de la lucha olímpica. En cuestión de disciplina, también hay que aprender muchas cosas. Tenés que ser una persona preparada en el aspecto del autocontrol, y tener conocimiento de qué podés aplicar y qué no, porque con las llaves podés provocar lesiones y hasta matar a un persona”.

Claro que cualquier talento extra será ganancia en el ring. Por ejemplo, a los 20 años, Toro ya era Campeón Nacional de Halterofilia, así que cuando entró a la lucha libre profesional, muchos años después, ya tenía músculo político, como dicen los expertos.

“Somos profesionales en el sentido de que sabemos lo que hacemos en la parte deportiva, pero también en la parte artística", explica Toro. “A unos nos toca actuar como muy buenos y, a otros, como malvados y despreciables. La gente piensa que la lucha libre es payasada y simulacros, pero es un conocimiento muy erróneo que tienen. Las cosas no son como se pintan en la lucha gringa. Nosotros combinamos la tradición de la lucha latinoamericana, especialmente la mexicana, con el show y el espectáculo. Nos gusta que el público participe, y la gente se siente super acoplada en el evento”.

Toro es un muchacho dulce, tranquilo, afable y absolutamente educado. Ni los aretes ni los tatuajes le quitan un ápice de formalidad, porque la belleza no es un disfraz. Tiene el semblante despejado, libre de traumas (aunque por supuesto, no de lesiones), y eso quizá solo se lo deba a sus padres, una pareja dulce, tranquila, cariñosa y absolutamente educada: él, soldador, y ella, ama de casa.

Nació en Hatillo 3, el 4 de agosto de 1982, pero creció en la Corina Rodríguez, en Alajuelita, junto a sus dos hermanos menores. Estudió en la escuela Los Pinos y más tarde pasó al Liceo de Alajuelita.

En tercer año se mudó al Colegio Técnico Profesional de San Sebastián, de donde se graduó en autoremodelado, pero un tropiezo académico lo agarró desprevenido al final del camino. “Para mi desgracia, de ser un estudiante muy bueno, pasé a quedarme en cuatro materias. Ni siquiera fui a convocatoria. Simplemente no volví. Me deprimí de una manera y me dediqué a trabajar y a hacer deporte”.

Me decepcioné y me desubiqué completamente”.

Tuvo muchos y diversos trabajos. Pintó aviones y vendió en tiendas hasta que empezó a trabajar en el Hospital de las Mujeres, donde se mantiene hasta la fecha en un puesto en el área de seguridad. Un día, una compañera lo convenció de que volvieran a estudiar, de que se animaran, de que sacaran juntos el Bachillerato. No tuvieron que convencerlo: sacó la cuatro materias que debía, agarró su cartón, y siguió con su rutina.

En ese momento, Toro no sabía que estaba a punto de caer en las manos de un contrincante inesperado.

Invencible.

“Mi intención era seguir estudiando, pero estaba muy enganchado con la lucha libre. Sin embargo, conocí a mi actual esposa, y ella me impulsó a que no dejara el estudio botado, porque decía que yo era inteligente, e insistía en que estudiara, que ella me apoyaba”. Hasta las invitaciones de la boda tuvieron que adaptarse a las circunstancias.

Toro se hizo luchador de lucha profesional como en el 2009, pero desde muy pequeño recibió anticipos de cómo luciría su futuro. Su primera máscara se la regalaron a las 2 años y, a los 7, ya era fanático de la WWF. “Tengo que confesarle que era fanático de La Roca”.

Empezó con la lucha olímpica antes de salir del colegio, luego vino la halterofilia y, en el 2002, un accidente lo dejó sin ambos meniscos. A Toro le parece recordar que, tras el incidente, su mamá lloró más que él. Se retiró durante más de 5 años, hasta que la lucha olímpica lo volvió a jalar y, de ahí, pegó un brinco casi inmediato a la lucha libre.

“La intención de uno no es lastimar a otro compañero… sí pasa, porque es un deporte de contacto, pero usted trata de que eso no suceda. Yo he fracturado costillas y he desmontado clavículas, y eso que yo soy muy limpio para luchar. Pero la idea es dar un espectáculo bonito, un entretenimiento artístico, agradable para toda la familia”.

En el camino, logró atesorar una colección de más 140 muñecos, que sigue creciendo. De hecho, su esposa consiguió que un escultor hiciera una réplica del suyo.

Ya era grande cuando se enteró de que un tío suyo, hermano de su mamá, había sido un famoso luchador del bando de los rudos, llamado Rebelde.

“Lo que son las cosas de la vida. Mi nombre iba a ser Toro Rebelde, pero me quedé solo con Toro”.

Toro siempre fue Toro, porque aunque era delgado, era fuerte. Hace 10 años pesaba 62 kilos con todo y músculos (hoy pesa casi 100). En aquel entonces, las pesas eran su comida favorita. En el arranque, podía levantar entre 75 y 85 kilos y, en el envión, entre 95 y 97.5. “Me entrenaba un cubano que me decía que yo tenía la fuerza de un toro. A veces decía: Les voy a presentar a mi toro, y la gente se imaginaba que iba a salir un chavalo todo fuerte, pero cuando salía aquel flaquillo, tampoco se imaginaban que levantaba tanto peso. Levantaba más que mi propio peso”.

Ese destino de sabores mixtos en que se desenvuelve su carrera como enmascarado está regido por la empresa Luchamanía, una congregación de practicantes con más de 20 años de antigüedad.

Desde siempre, su sede ha sido Plaza Víquez, a la que se conoce como la Catedral de la Lucha Libre. El grupo –al que están conectados unos 60 luchadores, aunque activos hay únicamente 14–, tiene una apretada agenda social, pues recibe (y acepta) invitaciones de todo el país. Una horda de fanáticos y fanáticas de todas las edades los acompaña o los espera o los anima. A la hora de movilizarlos, la inspiración del público hace gran parte del trabajo.

“Luchamanía recibe apoyo del Comité Cantonal de San José, pero nosotros también devolvemos lo que nos dan. Devolvemos nuestro agradecimiento con obras sociales para ayudar a la gente”.

Una cosa es la vida de Toro y otra, la de Rolando. Para el primero, lo más importante es su máscara y los aficionados. Para el segundo, su familia.

“Una vez perdida, el luchador nunca más recupera su máscara. Si te ven sin máscara, se cae el personaje. Hay muchos que pierden su máscara y el personaje muere”.

Toro tiene que estar alimentando a su personaje, que tiene su propio perfil en Facebook. Además, tiene que dar y recibir todo con su mejor sonrisa, desde los saludos hasta los halagos, desde los autógrafos hasta los piropos.

“Cuando nos casamos, hace dos años, perdí un montón de afición, ¿verdad, mami?”, le dice Toro a su esposa, Aura.

“Rolando es una cosa y Toro es otra cosa. Somos muy similares en la forma de ser, pero en cuestiones personales, Rolando es mucho más serio. Toro es mucho más sociable. El anonimato es parte de la expectativa que uno tiene que mantener con el personaje. Toro nunca se quita la máscara frente a la afición. Hay que separar completamente lo que es Toro de la gente. Toro puede socializar pero hasta cierto punto”.

Actualmente, es el campeón nacional de peso wélter, título que arrastra desde el año pasado.

Hace relativamente poco, Toro y algunos compañeros luchadores estuvieron de gira por México. “Me tocó una lucha semiestelar, y ganamos”. Fue un boom, porque los mexicanos no se lo esperaban. A raíz de sus actuaciones, los promotores de una liga profesional mexicana les ofrecieron la posibilidad de volver con un jugoso contrato, pero por diferentes circunstancias, ninguno de los gladiadores ticos dio el paso definitivo.

“Yo no quería ir porque mi hijo estaba a punto de nacer y no quería perderme el parto”, dice Toro.

Además, estaba ‘peleando’ por un puesto en propiedad en el hospital y sintió que lo que estaba en juego era su estabilidad.

“Yo era divorciado. Me volví a casar hace dos años, y ha sido genial. Hasta la fecha, me tocó combinar cuatro cosas más: papá, estudiante, esposo, trabajador… después de que quería controlar solo una: la faceta de luchador”.

El día antes de su accidente, Toro tuvo esta sesión de fotos.

Su última imagen junto a su moto es hoy un recuerdo, pero también un recordatorio de que las cosas siempre pueden cambiar en un abrir y cerrar de ojos.

Hoy está en cama, raspado de la cadera al tobillo. Muy feliz de contar el cuento.