El último capitán

Fotografías y video: Jose Díaz

–¿Puedo tomar unas fotos mientras conversan?, pregunta el fotógrafo Jose Díaz.

Don Beto asiente. Él es la única institución costarricense libre de burocracia. Para encontrarlo, basta con llamarlo. Para visitarlo, basta con entrar. Es viernes y aún es temprano. Es barrio La Granja, en San Pedro, y en la cocina de la casa, alguien prepara el almuerzo. Él está sentado en mitad del salón, rodeado de fotos, libros, sofás, lámparas, cuadros y ventanales. La vocación socialdemócrata de amortiguar el suelo con alfombras convierte la geometría de esas paredes en un proyecto político.

–Don Beto, nunca había tenido oportunidad de conocerlo. Ahora me pienso desquitar.

–Sí sí ssí ssí sss.

–Por ahora solo quería hablar de cuatro cosas: humor, literatura, periodismo y política, en el orden de menos a más desagradable. Y quería empezar por lo que está haciendo ahorita…

“Ahorita estoy conversando con usted”.

–¿Y después?

–Estoy leyendo.

–Pero usted aún escribe, claro.

–Sí, tengo la columna. Chisporroteos.

–Y sigue dando clases.

–No, ya estoy retirándome.

–Ese “retirándome”, ¿qué significa? ¿Todavía tiene un pie en la Universidad?

–Es que todavía no he presentado la renuncia en la U Latina, por razones de edad. Ya no puedo seguir dando clases. Me canso.

–¿Y de qué estaba dando clases?

–Periodismo.

–¿Géneros?

–Periodismo de opinión.

–¿Hace rato que no da clases en la Universidad de Costa Rica, verdad?

–Ah, no. Hace rato que no. Desde que me declararon 'emérito'.

“Tenía que trabajar gratis y dicen que Capitán sin sueldo es nombre de perro”.

–Jajajaja. Qué bueno. Quiero decir, qué absurdo. Lo obligaron a pensionarse.

–Me obligaron a pensionarme… PRIMERO.

–¿Y después?

–Y después, les dije yo: ¿Pero puedo seguir dando clases? 'Sí, pero lo hemos declarado emérito, entonces es gratis'. Dije: Muchas gracias.

–Y eso, ¿hace cuánto fue?

–Me pensionaron a la fuerza cuando cumplí 70 años. Es decir, en el año 90.

–Todo lo que se han perdido sus estudiantes…

–Sí sí ssí ssí sss.

–¿Cómo reparte su día? Usted se levanta siempre temprano, es muy riguroso con sus horarios…

–No me levanto temprano, porque me acuesto tarde.

"A partir de las 10 o de las 11 de la noche es cuando uno puede leer tranquilo sin que lo molesten ni le suene el teléfono, entonces generalmente me acuesto a medianoche. Me quedo leyendo hasta que me da sueño. Generalmente me levanto a las siete y media".

–Eso no es tan tarde.

–No no nno nno nnn.

–Podría ser peor, especialmente porque ya no tiene obligaciones de horario. ¿O sí?

–No, no. Tengo algunas mañanas. Por ejemplo, el programa de radio se graba a las 10. Y a veces tengo reuniones.

Todavía estoy en la directiva de la Editorial de la UNED y dentro del grupo que edita la Revista Nacional de Cultura. Así que tengo reuniones.

–¿Y qué está leyendo? ¿Qué le gusta leer?

–Es una cosa muy curiosa. He descubierto que yo, a lo largo de mi vida, he adquirido muchos libros que no había leído, y que están ahí. Estoy registrando mi biblioteca, de tal manera que no estoy leyendo novedades.

–Creo que eso no es ningún delito. Lo trágico sería vivir pendiente de las novedades.

–Sí sí ssí ssí sss.

”En los últimos años me ha interesado más leer Historia que leer literatura”.

–¿Por curiosidad o porque está preparando algún nuevo proyecto?

–No no nno nno nnn nada nada nada.

–¿Y la escritura? Aparte de la columna, quiero decir.

No quiero comenzar nada que no esté seguro de poder terminar. Como no sé cuántos años voy a vivir, no he querido emprender nada.

–Pero es eso. Es por esa razón.

–No quiero dejar nada inconcluso. Además, debe ser alguna decadencia producto de la edad, pero no se me ha ocurrido nada que valga la pena sentarse a escribir.

–Podría ser una combinación de ambas cosas.

–Cuando terminé de escribir el que ha sido mi último libro, mis memorias, Ochenta años no es nada, sentí que ya lo había dicho todo y que no tenía nada más que decir. Y que ese libro iba a ser como el cierre.

La recapitulación final.

–Después de terminado ese libro, lo único que he escrito como literatura es un cuento.

–Inédito.

–Lo publiqué en la Revista Nacional de Cultura de la UNED… Déjeme ver si lo tengo a mano, porque es un cuento que yo celebro mucho.

–¿Ajá? ¿Le gustó mucho como le quedó?

(Don Beto sonríe y mueve afirmativamente la cabeza).

–¿Cómo se llama? Por lo menos dígame el título.

Espérese. Deme unos cinco minutos para buscarlo.

–Claro. Aquí lo espero, no me voy a ir.

Dios libre se vaya.

–¡Qué cuento tan bonito!

–Es una payasada. ¡Viera lo que me costó armarlo! Porque lo que tenía era la frase final, nada más.

–Es un juego, pero no dan ganas de que termine.

–Y queda bien, al final, el himno. Eso fue lo último que escribí.

–O sea, que un cuento puede nacer por una frase.

–Bueno, este cuento es una frase. La verdad es que lo demás no importa.

–Todo es una armazón para decir esa frase.

–Es el único cuento que he escrito para poder cerrar con una frase. Anduve mucho tiempo con la idea pero, como le digo, me costó mucho armar el cuento.

–Saber qué tenía que pasar antes para llegar ahí.

–Sí sí ssí ssí sss. Y por ejemplo. A la hora de escribirlo, no mencionarla nunca a ella por su nombre y apellido. Es decir, la expresión ‘Pacífica Grey’ no aparece en todo el cuento. Fue un trabajo hecho con cuidado y con ganas de reírse.

Alberto Cañas Escalante nació el 16 de marzo de 1920, en el barrio El Carmen, en San José. Es piscis, pero en un sentido más exacto, es Mono.

El Derecho fue la única carrera universitaria que cursó, pero dirigió varios periódicos y escribió sus editoriales, fue viceministro de Relaciones Exteriores, dos veces diputado, embajador de Costa Rica ante Naciones Unidas cuando se redactaba la Declaración Universal de Derechos Humanos, en 1948 y, más tarde, de nuevo embajador en Washington.

Además, fue el primer Ministro de Cultura que tuvo Costa Rica, en 1970, durante la tercera administración de José Figueres. Otra de sus innumerables misiones en la función pública fue la fundación, en 1971, de la Compañía Nacional de Teatro.

Su bibliografía como dramaturgo, novelista y cuentista suma la treintena de libros. La mayor parte de su vida política transcurrió en las filas del partido Liberación Nacional, pero renunció a él para fundar, en el año 2000, el Partido Acción Ciudadana.

–Usted primero estudió Derecho.

–Primero no: fue lo único que estudié.

–Periodismo, nunca.

–¿Adónde? ¿En Armenia?

–¿En Guatepeor?

– La Facultad de Periodismo la abrí yo, en 1968. Ricardo Castro Beeche, que era el director de La Nación, le vendió al rector Carlos Monge la idea.

-Aquí pocos cultivan el periodismo de opinión.

Chisporroteos nació en 1960. Tiene 53 años.

–Mucho tiempo.

–Demasiado.

–Con razón agotó todos los temas. ¿Y siempre tiene que ser de asuntos actuales?

–No tiene que ser NADA. Es lo que a mí me de la gana.

–Pero lo “que le da la gana” generalmente tiene que ver con la actualidad.

–Ponerme a escribir sobre la muerte de Morazán me parece muy aburrido, ¿verdad? Pues es sobre lo que está pasando, sobre lo que estamos viendo.

–¿Y qué es lo que usted ve que está pasando?

–Soy optimista. Fíjese que ninguno de los candidatos a la Presidencia es diputado. ¡No ve usted qué maravilla!

–¿Maravilla por qué?

–¡Porque los diputados son unas MULAS, señorita! ¡Unas MULAS! A los candidatos los fueron a buscar a otra parte. No encontraron nada entre los diputados actuales.

–De todos modos, es lamentable como se eligen los candidatos a Presidente.

–En Liberación Nacional no había más que un candidato. Porque dígame, ¿quién iba a ir a votar por Rodrigo Arias?

–¿El hermano, tal vez?

–Ni siquiera.


–Es difícil imaginar un cambio político real en este país sin el respaldo de un medio.

–Pero fíjese que, con todo el poder que tiene La Nación, ¿cuántos Presidentes ha puesto?

–No sé, don Beto. Dígame usted cuántos.

–Muy pocos. Ni la señora actual ni Oscar Arias. El último que contó con el beneplácito de La Nación fue este sinvergüenza…

–¿Cuál de todos?

–Miguel Ángel.

-¿Cómo se lleva con la Iglesia?

–Nunca me he peleado.

–Siendo usted tan crítico…

–No ofendo a nadie. ¿Por qué se van a pelear conmigo?

–Cuando uno es crítico, irónico, la gente se ofende, no solo los curas.

–Es una cosa curiosa. Nunca he tenido problemas judiciales, ni me han acusado por injurias. Nunca nunca nunca nunca.

–Polémicas sí.

–Ah sí. Claro que he tenido polémicas. No es que yo evada la polémica, pero si me arman la polémica, para allá vamos. Hace años que nadie me alza el traido.

–¿Qué le falta por hacer?

–Morirme.

–¿Y eso dentro de cuánto, más o menos?

–No tengo idea. Eso no lo dispongo yo, pero es que diay, qué no he hecho.

–Dígame usted qué no ha hecho.

–Por eso. He llenado mi vida. Me siento contento de haber vivido y, sobre todo, de haber vivido sin ofender al prójimo y sin meterme en enredos.

–En algún enredo se tiene que haber metido alguna vez. Esperemos.

–Bueno, pero son de esos que no salen de cuatro paredes. Todos hemos tenido incidentes en nuestra vida. Como decía don José Marín Cañas: Todos hemos hecho algo que mejor no hubiéramos hecho.

–Pero ya está hecho.

–Ya está hecho y ya pasó. Y cuando se tiene la edad que yo tengo, qué importa, si eso ocurrió hace 60 años.

–¿Y cómo se siente con su nacionalidad, con el carácter del tico?


“¡Viera las ganas de ser nica que he tenido toda mi vida!”

–¿De veras?

–¿Por qué un costarricense va a querer tener otra nacionalidad?

–No sé. Hay gente que está muy peleada con su nacionanalidad.

–¡QUE SE VAYA! Que se vaya para Nicaragua.

–O para donde mejor le caliente el sol.

–Diay, pues Armenia.

–¿Qué será lo que pasa en Armenia?

–Costa Rica no es un país del que la gente quiere irse. Esa es una verdad.

–Usted no parece tico, don Beto.

–¿Qué parezco?

–Un peleón. En general, los ticos son pusilánimes.

–Esos costarricenses que se han ido del país, ¿estarán soñando con volver? No sabemos. ¿O estarán soñando con no volver?

–O tendrán un sueño ambigüo.

–Cada uno habla de la feria según le fue en ella.

–A usted le fue bien.

–Los que estamos aquí, aquí estamos. No hay ninguna razón para irse. ¿A dónde se va a ir uno a meter?

–Cuando usted dice que lo único que le falta es morirse, ¿no tiene miedo de la muerte? ¿Qué piensa?

–No pienso. Pienso que el día que llegue, no me voy a dar cuenta.

–Ojalá. Usted pertenece a una generación de gente que marcó la historia costarricense del Siglo XX. Muchos de ellos ya murieron. Debe ser muy raro ver morir a los amigos.

–Sí, eso es una cosa que sí me pone a meditar, a veces. Los amigos de mi edad, todos murieron, no me queda ninguno. Me quedan amigos pero son menores que yo.

–Qué soledad.

–Pues, me invita a reflexionar. Que soy el último. Y que qué gano y qué pierdo con ser el último. Sí, hay cosas que de pronto recuerdo y que no tengo con quién comentar, porque son cosas que solo yo recuerdo. Cosas que solo a mí me importan.