La hija

Fotos y videos: Jose Díaz

Hoy tiene 80 años, pero todo lo recuerda como si fuera ayer, especialmente lo más lejano. Por ejemplo, repasa perfectamente los nombres de sus compañeras de primer grado y, de hecho, escribió la lista en el borde de una fotografía que guarda desde 1941.

Antes estaba más acostumbrada a vivir que a recordar, pero las cosas cambian con el tiempo. Muchos siguen interrogándola sobre esto o aquello, porque desde que nació, incluso antes, Elsa Sáenz Ferreto estuvo rodeada de gente célebre, de esa que suele figurar en los billetes o en los libros de Historia. Cuando abrió sus enormes ojos claros por primera vez, el 17 de mayo de 1934, en Heredia, Elsa se topó con que era la segunda hija de una pareja de importantes educadores, insignes escritores e irreductibles comunistas: Adela Ferreto y Carlos Luis Sáenz.

Para ella, entonces, no hubo temas prohibidos porque creció rodeada de libros y de gente que los escribía, y la norma de su infancia fue que le leyeran a Dickens antes de dormir, que su mamá recitara de memoria el Coloquio de los Centauros, de Rubén Darío, mientras le hacía sus vestidos frente a la máquina de coser (Y oyen seres terrestres y habitantes marinos/ la voz de los crinados cuadrúpedos divinos…), o que su papá escribiera las obras de teatro que más tarde toda la familia representaría la noche de Navidad.

“Mi hermano siempre ha dicho que nosotros crecimos como en otro mundo”.

Carlos Luis Sáenz ya se había convertido en director de la Escuela Normal cuando ella nació. Abierta en 1915, la Escuela Normal de Costa Rica fue, tal y como recuerda doña Elsa, la “primera universidad” que hubo en el país y donde, tanto su papá como su mamá (al igual que cientos de jóvenes de la época), asistieron para convertirse en maestros. Por esas fechas, Carlos Luis Sáenz ya era un conocido educador, poeta de obras infantiles y colaborador habitual de las revistas más importantes de la época, como Repertorio Americano. Sin embargo, aún faltaban algunas décadas para que le dieran el premio Magón (1966) y el Aquileo Echeverría en la rama de cuento (1974), y también varios años más para que escribiera algunos de sus libros más populares, como Mulita Mayor (1949) y El abuelo cuentacuentos (1981).

“Yo a mi papá lo adoré sobre todas las cosas”, dice doña Elsa.

“Cada vez que lo invitaban a dar charlas en escuelas y colegios, a mi papá le gustaba molestar a los estudiantes. Cuando le preguntaban que cuándo había nacido, él adoptaba un tono muy exagerado y decía: Yo nací en mil ochocientos… ¡noventa y nueve! Quién sabe qué se imaginaban los muchachos que él iba a decir”.

También era imposible que su mamá, Adela Ferreto, pasara inadvertida.

Ella también fue una destacada docente, escritora, feminista, comunista y colaboradora y fundadora de decenas de periódicos y revistas nacionales. Aunque empezó a publicar su obra literaria después de 1980 (¡casi a los 80 años!), dos de sus libros ganaron importantes premios literarios. Novela de los viajes y aventuras de Chico Paquito y sus duendes recibió el Aquileo Echeverría, en 1983, y Tolo, el Gigante Viento Norte, obtuvo el Premio de Literatura Infantil Carmen Lyra, en 1984.

“Cuando mi mamá salió de la escuela, mi abuelo, que era un viejo muy retrógrado, dijo que no iba a estudiar más. Entonces la metió en clases de todo lo que una señorita de sociedad podía estudiar: piano, costura, pintura, bordados… Es que si Adelita entra a esa escuela va a perder la fe, decía. Y mi mamá, tiempo después, me confesaba con gracia: Iba a tener razón tu abuelo”.

Sin embargo, narra doña Elsa, alguien desvió lo que parecía ser la domesticación inevitable de Adela Ferreto. “Durante un año entero, la maestra de mi mamá llegaba todas las tardes a la casa de mi abuelo a rogarle que la dejara seguir estudiando. Le decía que mi mamá era muy inteligente y que no iba a hacer nada malo haciéndose maestra. Después de un año de estarse peleando con mi abuelo, este dijo que bueno, pues, que entrara”.

“Por eso es que cuando ella pudo ir a la Escuela Normal, fue como abrirle las puertas del paraíso. Cuando ella entró, el director era Omar Dengo y tenía a los mejores intelectuales del país dando clases… ¡Tenían cosas que yo no me explico!”

Sáenz falleció en 1983 y Ferreto en 1987.

“Ellos estuvieron bien bien de la cabeza, hasta que se murieron”, afirma doña Elsa. “Eso es lo único que yo quiero. Lo demás, no me interesa”.

No es que doña Elsa prefiera hablar de los demás antes que de sí misma, sino que mucho de lo que ella es se lo debe a la influencia imborrable y significativa de otros. En el círculo íntimo de su familia ya sobraran los artistas e intelectuales, pero estos nunca vienen solos.

Su madrina fue la educadora y Benemérita de la Patria, Emma Gamboa, autora de dos bestseller con que muchos niños costarricenses, aún hoy en día, aprenden a leer –Paco y Lola y Mi hogar y mi pueblo– y su rostro quedó inmortalizado en el billete de 10 mil colones. Su tía, Judith Ferreto, fue la enfermera personal y amiga cercanísima de la pintora mexicana Frida Kahlo, quien la cuidó los últimos años de su vida y quien la encontró sin vida.

La compositora Rocío Sanz, hija ilegítima del Dr. Moreno Cañas, fue su mejor amiga y confidente durante toda su vida.

En 1953, cuando Sanz se fue a vivir a México para continuar con su carrera musical, se escribieron toneladas de cartas, que no cesaron de ir y venir hasta el día de su muerte, cuarenta años después.Además, para rematar, durante algunos años fueron cuñadas, pues Sanz se casó (y divorció) de su hermano, Carlos Matías.

“Como sucede casi siempre con los hijos que no son reconocidos, Rocío salió muy inteligente, más que el resto”, cuenta. “Ella nunca jamás en la vida jamás me habló del papá. Para nada. Y yo nunca le pregunté”.

–¿Por qué?

–Porque no.

–¿Y por qué no?

–Si ella no quería contarme, ¿cómo iba yo a preguntarle?

Y para colmo, mujeres. Muchas, aunque nunca demasiadas. Doña Elsa creció rodeada de féminas destacadas en calidad de parientas, tías, amigas, confidentes. María Isabel Carvajal fue otra de sus tías postizas y a quien aún hoy la une, a pesar de los años, un vívido y cálido recuerdo.

Carmen Lyra (el seudónimo de la artista) también era escritora, educadora, defensora de los derechos de las mujeres, los niños y los trabajadores y, por ende, militante del Partido Comunista (cosa que, dicho sea de paso, le valió un doloroso exilio en México, donde murió, en 1949).

Amiga cercana de sus padres, no faltaba a los cumpleaños y siempre llegaba “con regalos extraordinarios”. Más allá de los Cuentos de mi Tía Panchita, doña Elsa recuerda a Chavela como una persona vivaz, curiosa, permanentemente apurada y con una incipiente calvicie.

En la memoria de Elsa Sáenz hay enormes cantidades de material inédito.

Ella vivió en carne propia los sucesos previos y posteriores a la Guerra Civil de 1948, vivió las luchas de sus padres –el exilio en Panamá y México, el desempleo en Costa Rica y el pan de cada día de tantos otros–, pero lo hizo desde un lugar singular, en calidad de jovencita, mucho más protegida que si hubiera sido una mujer adulta.

Su ventaja con respecto al resto, si es que puede catalogarse como tal, era sobre todo lo que llevaba puesto. “Yo tenía muchísimos libros y mamá nos leía mucho. Yo tenía una colección de cuentos de hadas de todos los países del mundo y a mi hermano le encantaba Julio Verne. Cuando éramos adolescentes, éramos superintelectuales. ¡No íbamos a bailar porque eso era vulgarcísimo! En el barrio seguro nos aborrecían porque siempre andábamos quién sabe cómo”.

Lo que para nosotros hoy es materia de examen, para ella es parte de su biografía.

El asunto es que, aunque el Colegio de Señoritas no fuera la mejor opción para una personalidad liberal como la suya, en la década del 50 tampoco sobraban las ofertas para educar a una muchacha. “Me gradué en 1952, a los 17 años”, dice. “Francamente, salí aborreciendo el Colegio”.

“Yo era flacucha y larga larga. Soñaba con entrar al equipo de básquet, pero no se podía jugar porque la directora de entonces, María del Rosario Quirós, dijo que era malo para la mujer.

“Ella decía que el único ejercicio que podíamos hacer para no echarnos a perder era ponernos a regar… ¡y seguro después tenía uno que sentarse en una rueca, a hilar, como la Bella Durmiente!”

“Imaginate. ¡En mi casa, llena de librepensadores, me habían llenado la cabeza con un montón de cosas que en el Colegio no se podían hacer, porque era pecado! En el Colegio había profesoras muy buenas, que cuando se fundó la Universidad de Costa Rica, se fueron a dar clases ahí.

Las clases de música eran una maravilla, con don Carlos Enrique Vargas… el profesor de inglés… la profesora de química… pero, por ejemplo, nos tocó una profesora de sicología que ¡Santa María Madre de Dios! Con otras dos compañeras que eran tremendas, ¡aprovechamos esas clases y nos leímos todo Dumas!”

“Llegábamos a la clases y le decíamos: Niña Cristina, Niña Cristina, ¿usted sabe qué es la libido? Y la profesora se ponía roja roja”.

“Cuando uno tiene profesores malos, sobre todo en secundaria, uno se aprovecha porque uno sabe que no sirve. Los muchachos no son tontos. En cambio, uno se da cuenta cuando un profesor sabe, y lo estima, aunque sea duro”.

“Me hice feminista después de leerme El segundo sexo, de Simone de Beauvoir, cuando mi mamá me lo pasó, después de leérselo ella. Estaba yo como en segundo año de universidad”.

Contra todo pronóstico, Elsa Sáenz no se hizo ni maestra ni poeta ni pintora ni artista aunque, ya graduada de la Facultad de Agronomía, terminó dando clases en la Universidad Nacional y asistiendo a talleres literarios.

“Mi mamá siempre tuvo una gran frustración con las Ciencias Naturales. Ella quería que yo estudiara Farmacia, pero yo decía, ay, no qué aburrido. A mí lo que me gustaba era andar en el campo. En el tiempo mío había carrera de Biología, pero muy cerrada, muy libresca, que tenía poco que ver con la Naturaleza. Yo no sabía qué estudiar y me dijeron que por qué no probaba en Agronomía. Lo cierto es que cuando me di cuenta, estaba yo sola en un aula con 45 varones”.

“No me pasó nada por estar sola entre hombres. A veces me molestaban. En el verano se iban y me llenaban la sombrilla de chicharras. Tonteras. En primer lugar, me compré unas botas de cuero que hacían en Alajuela con una suela así de gruesa, entonces al primero que se acercaba a joderme, le daba una patada. Yo les decía: A mí no me sacan ni una mala palabra ni un grito. No les voy a dar gusto”.

A causa de un largo viaje a Europa, cuando cursaba segundo año de universidad (a Moscú, a un festival de la juventud), no pudo incorporarse al curso regular y tuvo que incorporarse al grupo que venía detrás de ella, donde había otras dos estudiantes de agronomía: Flérida Hernández y Ruth Murillo. Eso la motivó aún más. “Hicimos un bloque de tres”, recuerda.

Una vez graduada, en lugar de irse a estudiar fuera del país, como sus compañeras, la joven Elsa decidió casarse y, acto seguido, se convirtió en la primera mujer agrónoma en traspasar el umbral del Ministerio de Agricultura y Ganadería. “Trabajé como 10 años, pero estaba muy aburrida. Era casi como decían las malas lenguas: El que sabe, sabe, y el que no sabe, trabaja con el Gobierno”.

Así que al cabo de una década, en el año 1965, se despidió de los nemátodos que investigaba en los laboratorios del MAG y se instaló en la escuela de Ciencias Agrarias de la UNA. “Ese trabajo sí fue muy interesante”, dice. “Al final de cuentas, a mí también me encantó enseñar. Mi mamá decía que teníamos el eros pedagógico”.

Actualmente, doña Elsa vive en una casita muy sencilla en los confines de Mercedes Norte, en Heredia, rodeada de gatos, perros y reliquias de enorme valor sentimental, como el juego de muebles que su papá y su mamá compraron para casarse, en la década de los ‘20.

Ella estuvo casada 20 años con el escritor Francisco Zúñiga, pero ni un día más. Solo tuvo un hijo, Carlos Francisco, aunque lo que siente por su sobrina Li puede describirse como “adoración”. Vivió en barrio México hasta el mejor año que ha tenido el futbol local, según recuerda. “Lo sé muy bien, porque vendí la casa en Italia ’90”.

–Y nunca más se volvió a casar.

–¿Casar, yo? Ni loca. Ni amarrada.