Los cincuenta

Fotos y videos: Jose Díaz

Jessica está sentada en una banca de la cocina sobándose las pantorrillas. Las puntas de los pies apenas le llegan al piso. Tiene las piernas secas, chiquitas, torneadas por el movimiento y no necesariamente por el ejercicio, aunque si se las frota como si quisiera sacarles brillo es porque le duelen a causa de sus excesos deportivos. Jessica aún lleva en los brazos el tatuaje oscuro de la carrera del día anterior. Enseña dónde le escribieron el número 110. Sonríe como si su alegría fuera un tic. Compitió en triatlón y se ganó una medalla, pero no es la primera vez. En su casa tiene como 30 más. O incluso más.

En la cocina del salón comunal la actividad va en aumento y Jessica ve pasar las ollas de un lado a otro sin pronunciar palabra. La espera también es un trabajo duro cuando lo que está en juego es un menú de lentejas con pollo, arroz blanco y fresco de tamarindo.

El resto del salón conoce su rutina y por eso la hora del almuerzo no necesita ser anunciada. Delante de las mesas o en los alrededores, unos 35 muchachos terminan de recoger trabajos manuales o le dan los últimos toques de color al ejercicio de la profesora de música. Unos se ríen, otros conversan. Otros simplemente están ya sentados, en sus marcas. Listos.

Por su actitud dócil e incluso por sus berrinches, es fácil confundirse y creer que son niños, pero solo son personas grandes un poco infantiles, algo así como “personas adultas menores”. Ellos conforman la Asociación Comunitaria de Coronado para Personas con Necesidades Especiales (Acocone); asociación que administra el Centro de Atención Integral para la Persona Adulta con Discapacidad (Caipad), de esta misma comunidad. Desde su fundación, en 2004, esta asociación trata de darle respuesta a cuestiones urgentes de la comunidad.

¿Qué le espera a un adulto con discapacidad una vez terminado su tránsito por la educación pública costarricense?

(De izq. a der: Jorge Delgado, César Villalobos, Carol Chaves, Jessica Quintero y Rosemary Moya, profesora de artesanía, durante un paseo reciente a Charrara).

“Todos somos diferentes y todos somos especiales”, matiza Julio Silesky, director del proyecto. “Ellos no están enfermos, solo tienen una o varias discapacidades. Muchos no pueden ser ubicados laboralmente y el encierro los vuelve obesos, ociosos… o se convierten en el empleado doméstico o la empleada doméstica de la casa. En este momento, la metodología de Acocone está siendo utilizada de modelo para otros centros”.

Son 50 pero no siempre llegan todos. Los que pueden, pagan ¢20 mil al mes. Otros tienen becas o ayudas estatales. Se reúnen a diario en el salón comunal del barrio el Carmen, en Coronado, donde se organizan para hacer de todo. Sus actividades van desde el canto hasta la educación sexual, desde el teatro y la danza, pasando por la gastronomía, hasta los deportes y los derechos humanos. De todo.

Silesky habla mientras recoge trabajos, firma circulares, sirve almuerzos, abre la puerta, contesta el teléfono y regaña a uno que acaba de golpear a otro. “Los protagonistas son ellos", dice, con la atención más dispersa que la de sus alumnos. "Uno solo es el guía”.

(Julio Silesky Jiménez, mejor conocido como “tío Julio”, es educador especial, teatrero, bailarín y un gran amante del deporte. Dirige Acocone desde hace 10 años).

Michael Cubillo Gutiérrez es el mayor de sus tres hermanos y uno de los primeros niños con Síndrome de Down del país en ser operado a corazón abierto. Nació el 22 de setiembre de 1979, hijo de un papá bombero y una mamá maestra.

“A los siete años me dijeron que su nivel cognitivo se podía trabajar mejor, entonces fue al aula integrada de la escuela Buenaventura Corrales. Ahí estuvo hasta los 15 años”, relata su mamá, Sonia Gutiérrez Arias.

“Es de las pocas personas con down que yo conozco que prácticamente no tiene problemas de lenguaje”, interviene el maestro.

“Después de la buenaventura regresó a la Centeno Güell por otros cuatro años. Más tarde estuvo haciendo un trabajo de maquila en una asociación, pero no le gustaba. Para mi concepto, ahí los explotaban”, agrega doña Sonia.

Los papás de Michael coinciden en que, desde que empezó a ir con regularidad al grupo de Coronado, hace cuatro años, lo que ha cambiado es su calidad de vida. “Cuando no asistía, hacía muy poco deporte y pasaba mucho tiempo viendo televisión, comiendo y durmiendo. Se estaba haciendo obesito”.

Michael ha cosechado medallas como si fueran chayotes, tanto en el país como en México e Italia. Su colección debe andar por 50. “Las personas con síndrome de down no desarrollan tono muscular, pero Michael sí”, resalta Silesky.

Practica natación, ciclismo, atletismo, futbol, bochas y es uno de los más entusiastas cuando le toca cocina. Le encanta la música y está enamoradísimo de su novia, Milagro Vásquez Zapata, aunque, según sus allegados, aún tiene que superar algunos de los peores defectos del machismo, como los celos y la posesividad.

Jessica Quintero Rodríguez nació en el hospital de Pérez Zeledón, sin embargo, su historia se remonta a las fincas bananeras de Golfito. Su mamá tuvo que pasar internada los últimos siete meses de embarazo, hace 33 años, pues fue un embarazo de alto riesgo: Jessica nació trilliza. Así como su hermana mayor, Jessica y sus dos hermanas nacieron con retardo mental. Empezó a caminar a los cinco años y a los siete empezó a asistir a la escuela de Río Claro de Golfito. “Fue 8 años pero no aprendió a leer ni a escribir”, cuenta su mamá, María de los Ángeles Rodríguez Hernández, quien encaramaba a las cuatro niñas en una bicicleta con tal de llevarlas a estudiar.

El papá de Jessica, Enrique Quintero Flores, trabajó 14 años en Finca 9. Durante tres años utilizó nemagón todos los días, a mano pelada. El nemagón es un poderoso veneno químico, un plaguicida, utilizado en las plantaciones bananeras centroamericanas.

“Para darle fuerza a la mata y que no agarre enfermedades”, explica don Enrique.

Tras mil penurias, la familia de Jessica se mudó a Coronado poco después del nacimiento de las trillizas, en 1981, cuando en Golfito habían desaparecido todas las fuentes de trabajo y hasta la tierra era un borrón estéril. Sus hermanos varones nacieron en San José, pero ninguno nació con discapacidades mentales.

De las hermanas Quintero Rodríguez, ella es la única que continúa soltera, y eso que suele enamorarse unas diecisiete veces al día. “Es muy buena en música, canto, percusión y deportes, como el triatlón y la bicicleta”, enumera Silesky, su maestro desde hace seis años. “Ha resultado una excelente deportista, incluso cuando compite con atletas mucho menores que ella, porque Jessica no es una niña, tiene 33”.

Marco Esquivel Zúñiga tiene 27 años y una larguísima relación sentimental de “un año y siete meses” con su novia, Leidy. Terminó quinto año de colegio con adecuación curricular pero ese no es un buen precedente a la hora de buscar trabajo. Marco lo intentó, pero fracasó. Es quizá lo único en lo que ha fracasado, porque es muy perseverante.

“Lo conozco desde que tiene 8 años, es uno de los fundadores de Acocone”, cuenta Silesky. “Para mí, Marco no tiene retardo, pero la timidez se lo comió. Una timidez extrema. Cuando estaba en la escuela casi no hablaba y, sin consultarle a nadie, lo pasaron al aula integrada. En realidad, se le va la pajarita”.

–¿Y para dónde se te va?

–No sé–, dice Marco, sonriendo con la mitad de su cara.

Marco resultó bueno para casi todo lo que se propone. Lee y escribe, es apasionado cantante, gran actor, músico desenvuelto y bailarín experimentado en todos los ritmos tropicales. Hace artesanías, sigue recetas, trae mandados. Hasta ahora, lo que mejor hacía era correr y, de hecho, gracias a sus dotes atléticas, participó en competencias en Panamá, en 2012, y Corea, en 2013, de donde regresó cargado de medallas. Incluso con una de oro. Hace poco aprobó el curso de manipulación de alimentos, del Instituto Nacional de Aprendizaje, porque lo que le gustaría es casarse con Leidy y convertirse en chef.