Cafeto en flor

Fotografías y videos: Jose Díaz

La razón por la que decidió aprender español fue muy sencilla: en ese tiempo, su hija Magali estaba trabajando en El Salvador como electricista, instalando paneles solares en los techos de las escuelas de la alcaldía de Nejapa.

La muchacha era una suiza dorada, joven y atrevida, que recorría los caminos del municipio encaramada en lo alto del camión de la basura, único medio capaz de transportar los 200 kilos que pesaba la tecnología de punta enviada por las agencias suizas de cooperación.

Para Charlotte, lo más probable es que muy pronto Magali se enamorara y terminara casada con un salvadoreño, dándole nietos salvadoreños con los que ella, Charlotte Robert, jamás podría comunicarse en su lengua nativa.

Solo era cuestión de tiempo para que la profecía telenovelesca se cumpliera –al menos eso pensaba “mamá” Robert–, así que puso manos a la obra.

Era 1999. Charlotte tenía 56 años y 18 de trabajar en el ministerio de Economía de Suiza y, ya que su trabajo se lo permitía, pidió permiso y se vino un mes a Costa Rica, con la idea de aprender el idioma de su futuro (aunque hipotético) yerno.

Se instaló con una familia en Curridabat y, de lunes a viernes, caminaba una hora para llegar a Los Yoses, donde quedaba la escuela en la que se había matriculado. Su viaje había sido más o menos por esta misma época, entre finales de febrero y principios de marzo, que es cuando los árboles florecen con desesperación y casi se vienen al suelo por el peso de sus ramos cargados.

Charlotte, que nunca había estado en Costa Rica –de hecho, nunca había estado en América Latina–, estaba sinceramente fascinada. Durante una de esas caminatas descubrió un pequeño arbolito muy singular, cuyas diminutas flores blancas parecían racimos de jazmines y despedían un olor delicado, estimulante y único.

Quedó muy impactada cuando se enteró –gracias a su profesor de español– de que se trataba de un cafeto en flor. Inmediatamente quiso comprarse un perfume con ese aroma, pero no lo encontró, al menos no en el mercado local, así que le escribió a la perfumista Sabine de Tscharner, radicada en Nueva York y amiga desde la infancia de su hijo Julian. Ella era la única persona que conocía que podría decirle con seguridad cuál de todos los perfumes habidos y por haber contenía la esencia de la flor del café.

La respuesta no se la esperaba. "Ninguno".

Son las 6 de la mañana y, desde la finca La Arcelia, en Tuetal de Alajuela, pueden verse las montañas que llegan hasta el horizonte y cómo, poco a poco, empiezan a desnudarse con la luz brillante y helada de los primeros rayos.

Charlotte se baja del taxi con una bolsa llena de galletas y mandarinas que no son para el desayuno, sino para la merienda de los técnicos del laboratorio que están a punto de llegar. Ya tiene 5 semanas de estar en Costa Rica –esta es la primera de las dos visitas que hará este año–, pero hoy martes 4 de marzo es el día más importante de su viaje: precisamente hoy es la cosecha de las flores de café, necesarias para producir Mountain Blossom, su perfume.

Hoy, gracias al riego controlado en las fincas de don Otto Klöti, se abrieron cientos de miles de botones que, ya mañana, serán colores aplastados en el suelo del cafetal. Porque ahí está el detalle, como diría Cantinflas: la flor del cafeto florece en cuestión de 24 horas y después, plop, como diría Condorito.

Por eso es que justamente hoy, una treintena de mujeres madrugó para recolectar a tiempo los 150 kilos de diminutos pétalos que hay que reunir para, finalmente, extraer 80 mililitros de esencia. Charlotte calcula que solo la producción de esa cantidad cuesta entre $12 mil y $15 mil. “Producir un litro de esencia eleva los costos a unos $100 mil”.

En una de las bodegas de La Arcelia está instalado el laboratorio provisional, tan fugaz como una lluvia de verano. Aquí vendrán a dar las flores, pues –idealmente– no debe transcurrir más de media hora entre el momento en que las flores son cortadas y el momento en que entran en contacto con el químico.

Así que también hoy mismo habrá que dejarlas sumergidas y etiquetadas en los grandes cubos de hexano, el poderoso disolvente que hace gran parte del trabajo de robarle el aroma a las flores.

Todo hay que hacerlo en cuestión de una mañana, y esa mañana, es ésta.

Desde el momento en que Charlotte supo que no existía, el asunto del perfume se convirtió en una obsesión. Precisamente por eso, hizo las cosas con deliberada calma: investigó, se informó y planeó. La experiencia de Sabine de Tscharner fue una aliada indispensable pues, como “nariz” de la multinacional suiza de perfumes y cosméticos, Firmenich, ya había desarrollado aromas para marcas como Estée Lauder y Kenneth Cole. Sabine le ayudaría –como efectivamente ocurrió– a crear esa fragancia que, en un primer momento, definió como “dinámica, femenina, joven e intrépida”.

A Charlotte no le importó tener que esperar cuatro años para poder regresar a Costa Rica y confirmar que sí, que este era el lugar ideal para materializar la idea fija en la que había decidido invertir sus ahorros, su energía y su jubilación. No serían $75 mil dólares de insensatez. “Anduve por todos los países de Centroamérica pero descubrí que aquí había condiciones muy importantes, como la distancia entre los cafetales y los laboratorios”.

Charlotte trabajó cinco años en desarrollar su producto y, mientras tanto, a ambos lados del Atlántico, pasaban cientos de colaboradores y se sucedían millones de circunstancias, favorables y adversas. Desde el 2003 hasta el 2007. “En esos años”, narra Charlotte, “venía a Costa Rica dos o tres veces al año”.

Finalmente, con el perfume listo, se fue a buscar dinero, y lo encontró. “Todos los fondos de inversión posibles”, agrega. “Tenía que tener un producto terminado porque sólo con mis ideas, no iba a convencer a nadie”.

Su encuentro con Link Inversiones fue más que productivo y, sus palabras introductorias, más que persuasivas. “Yo vengo de la Costa Rica de Europa”, dice que dijo el día de la presentación de su proyecto, y que aún pasaron unos segundos antes de que los presentes entendieran el chiste. Después de esa reunión, el grupo de inversionistas apostó un capital de más de $200 mil al perfume de Charlotte Robert que, en el 2008, comenzó a producirse en Costa Rica y a comercializarse, además, en países de Europa como Italia, Alemania, Suiza y Holanda.

El año pasado, su compañía –que es solo ella–, colocó en el mercado 5 mil unidades de perfumes y cremas que huelen a flores de café costarricense. A estas alturas, la definición de su perfil ha ido variando. Ahora el perfume es “exótico, natural, femenino y lujoso”.

Charlotte Robert cuenta su historia en un español lo bastante expresivo como para filtrar la ansiedad que le produce no poder transmitir con él todo lo que le gustaría. Sin embargo, no se da por vencida. Imposible.

Estuvo casada 19 años con un periodista suizo y hace cuatro, después de 28 años de libertad sentimental, se dio cuenta de que aprender español había sido una de sus mejores inversiones. Fue ella misma –y no su hija Magali– la que terminó enamorada, ya no de un latinoamericano, sino del continente entero.

Creció en Berna, en el seno de una familia de famosos pintores, con un papá arquitecto y una mamá todoterreno. Charlotte es jovial y amigable y dice que su energía la heredó de su progenitora, un ama de casa imparable que no pudo ir a la universidad pues, sus padres, al no tener suficiente dinero, prefirieron darle educación superior a los hijos varones.

“Mi mamá tenía energía e ideas de sobra. A veces la llamaba para contarle que tenía que preparar una cena para 20 personas, y entonces me contaba que ella estaba preparando una para 60”.

Fue la mayor de cuatro hermanas que, lógicamente, no tuvieron opción ni argumentos para no convertirse en profesionales. "Mi mamá se hubiera muerto si yo le hubiera dicho que quería ser peluquera", bromea Charlotte.

Vivió y trabajó en Inglaterra, Alemania y Ruanda, donde, gracias a un trabajo para Naciones Unidas, se encargó de capacitar a cientos de funcionarios públicos en las técnicas de organización de bodegas y tratando de establecer protocolos para almacenar –por ejemplo– todas las compras de los distintos ministerios, desde medicamentos hasta computadoras. Según su relato, debe haber sido épico verla inmiscuirse en las filas de una contraparte habitual de su trabajo: el ejército de Ruanda.

Para Charlotte, ya casi es hora de regresar a Suiza. Se va de Costa Rica el 12 de marzo, pero el 18 de este mismo mes tiene que visitar una feria de “perfumes de nicho” en Milán, Italia, que es como decir una exposición de perfumes artesanales. La gran paradoja es que, aunque estos perfumistas no tienen dinero para llenar su publicidad de glamurosas modelos, son, al mismo tiempo, los que venden los perfumes más exclusivos del mercado.

“Todos los costarricenses deberían pasear por un cafetal en flor, al menos una vez en su vida”, suspira Charlotte.

Mientras masticamos las mandarinas, le pregunto si uno podría hacer un perfume, por ejemplo, con flores de mango. Ella sonríe con cierta amargura, pues seguramente ha escuchado mil veces la misma necedad.

Sonríe y dice: ¡Claro! ¡Hágalo!