Desamparados

Fotografías y videos: Jose Díaz

Hernán Calderón asegura que nació en 1910 y, por supuesto, miente. Para lo joven que está y lo golpeado que se ve, incluso podría tener más años. También habrá que creerle cuando dice que su cumpleaños será el próximo 18 de abril, pues no parece haber nada sobre la tierra capaz de hacerlo enseñar la cédula.

Él no niega su deterioro, al contrario. Dice que la energía no le alcanza pues padece de cansancio crónico desde joven y que hasta hace poco le explicaron que podía deberse a un problema de tiroides. “Amanece uno bien relleno y ya como a las 10 de la mañana empieza a marchitarse”.

Desde que aprendió a hacer marimbas, hace unos 12 años, es a lo único que se dedica, pero el negocio no es muy rentable precisamente por eso: porque vive cansado y se demora demasiado en sus oficios. “Se pueden durar dos meses, trabajando a puros raticos”. Los precios de las marimbas grandes (tres octavas y media) rondan los ¢700 mil y el millón de colones, pero hay días en que tiene que sacar fuerzas hasta para levantarse, fuerzas que no encuentra por ningún lado.

Además, una marimba no se vende todos los días, aunque en este momento, en el interior de su taller, hay dos proyectos en proceso.

Estamos en el patio de una gran propiedad en las montañas de San Gabriel de Aserrí, en Desamparados, un lugar fresco, elevado y rural, en el ocaso de la frontera agrícola. Una música bajita, como de radio de pilas, sale del interior caliente de la choza. Llamamos y esperamos pero nadie sale, así que nos vamos. Después de recorrer el centro del pueblo y verificar que Hernán Calderón no está ni en la cantina ni en el parque ni en la iglesia ni en la biblioteca, regresamos a su casa.

Tocamos de nuevo. El músico Mariano Piedra, quien hace 10 años le compró una marimba a don Hernán, lo llama por su nombre. “Nango”, le dice.

Don Hernán abre la puerta, disculpándose por no estar presentable. Nos invita a pasar, y pasamos, pero el calor insoportable del mediodía se filtra por cada hendija y comprime el interior de la casucha, donde cientos de maderas moldes prensas clavos latas bolsas mesas sierras polvo tierra y cables guardan silencio y humedad.

Conversar afuera, debajo de los palos de mango, es mucho mejor. Buena parte de todo lo que vemos, según cuenta don Hernán, le perteneció a su padre y, más tarde, a él. Y lo único que vemos son montañas.

“Las mejores fincas de por aquí eran de papá. A los 16 años, me mandaban a caballo a las 3 de la mañana a jalar el ganado. Eran nueve horas para adentro de la montaña. ¡Duraba nueve horas de ida y nueve horas de vuelta!”

De todo eso, a don Hernán le queda el jergón de zinc y madera por donde crecen matorrales de toda índole, en medio de latas y restos de chatarra. “Vivo arrimado”, dice. Perdió todo lo que tuvo por cultivar dos hectáreas de café caturra, sin saber que la primera cosecha sería hasta los 4 años posteriores. Explica que se endeudó y luego no tuvo con qué pagar.

“Yo fuera millonario. Estas tierras valen un platal”.

Su casa es su taller y su taller es su vida, y ambas cosas parecen fruto de la misma tempestad.

En el interior hay luz eléctrica y el agua sale de un escuálido tubillo, pero a simple vista, no hay rastros de baño ni de cama. En una pila improvisada hay una taza con frijoles crudos, pero remojados. Nada más.

A veces lo contratan para que amenice eventos, cumpleaños. “Y para esas fiestas. ¿Cómo se llaman? Como la del 15 de setiembre. Cívicas”.

En este momento, don Hernán trabaja en una marimba del tamaño de un juguete, pero con ese instrumento –aunque solo fuera recurriendo a su agudísima escala– se podría dar un concierto, y no necesariamente disminuido. El encargo musical para el cura del pueblo está casi terminado, a cambio de ¢80 mil. “Lleva mucho requisito. ¡Usté viera qué pereza da afinar! Con dos limazos de más, ya le baja el tono. Hay que tener muchísimo cuidado”.

El otro encargo es una marimba tenor: un enorme instrumento que aún sigue desmembrado y cuyas teclas y cajas de resonancia ruedan por todas partes. Cuándo podrán unirse es el gran misterio –para eso existe la fe–, pero de que la termina, la termina. En los últimos años, fabricó unas seis.

“Pequeñillas sí he vendido muchas. Vea”, dice, volteando la marimbilla como quien voltea un gatito para buscarle el sexo. “Las cajas de resonancia son tubitos de bambú”.

Una vez, estaba don Hernán en la Plaza de la Cultura, oyendo a unos músicos tocar marimba. Hasta ese entonces, él solo había sido agricultor, chofer de bus y técnico de aparatos electrónicos especializado en televisores. Su último oficio había decaído hasta la quiebra porque él había empezado en un lugar y la tecnología había llegado a otro: cuando un televisor es desechable, explica don Hernán, no hay nada que reparar.

Ahí parado, oyendo a los intérpretes como cualquier transeúnte, surgió su vocación. “Aunque eso de la música será por herencia”, comenta. “A mí me contaba mi papá que él salía con una marimbilla chiquitilla. No eran buenos músicos pero hacían bulla”.

Poco después, por insistencia suya, logró que el conocido marimbista Antonio Ortiz se convirtiera en su maestro. Estuvo tres años con él, aprendiendo. “No es cualquiera”, dice. “Hay que tener oído”.

En contraste con el entorno, absolutamente improvisado, las afirmaciones de don Hernán no son las de un aprendiz: la mejor madera para hacer las teclas es el bálsamo y, para el resto del cuerpo, el cristóbal.

“También intenté hacer un violín”, dice, antes de perderse en la oscuridad del taller. Regresa con el susodicho en la mano: un corrongo aparato en madera de cedro y partes de bálsamo, ébano y arce. “Las medidas sí están correctas, pero está mal pulido. No quería venderlo porque es una muestra. Puede valer unos doscientos mil. ¡El desgaste que lleva eso! ¡Usté viera qué volada de gubia hay que pegarse!"

"Un violincillo de estos uno lo hace en ocho días", comenta con flacidez. "¡Quizá menos!"

“Soy pobre en moneda pero en espíritu, soy millonario”, sentencia don Hernán.

–En serio, ¿por qué?

–Porque me gustan todas estas cosas. Sin embargo, en nada paré. Fue poco lo que tuve… Esas oportunidades de haber tenido, y todo lo perdí.

–¿Estuvo casado? ¿Tiene hijos?

–Yo tenía hijos con las mujeres y después ellas empezaban a portarse mal. Hubo una mujer de San Miguel, Carmela, con la que tuve tres o cuatro hijos.

–¿Cuántos?

–Vea. Yo viví con tres mujeres. Pueden ser unos 12, lo menos, pero ninguno me visita.

–Pero, ¿usted los vio a ellos?

–Cuando yo viví con ellos, sí. Les compraba cositas.

–¿Y recuerda cómo se llaman?

–Qué va. Son muchos.