El alfa

Fotografías y video: Jose Díaz

Recorremos las entrañas del hotel. Son 12 pisos hacia arriba y tres hacia abajo. Él toca con los nudillos antes de abrir las puertas, pero algunas veces simplemente entra.

Cruzamos todo el backstage, invisible a los huéspedes: el comedor de empleados, la sala de descanso, contabilidad, la bodega de proveeduría. Quienes lo reconocen, lo saludan por su nombre. Él devuelve los saludos y los alarga con preguntas.

Circulamos por los pasillos como una pequeña comitiva de entrometidos. Subimos ascensores, bajamos escaleras, merodeamos por la piscina. Gente montando y desmontando equipos. Él avanza, entra, interroga. Finalmente alcanzamos la azotea, donde un viento huracanado barre decenas de paneles solares. Alrededor y a lo lejos, San José es una maqueta de latón sin árboles.

“Me gusta atender aquí”, dice don Francisco. “Obligo a la gente a venir”.

El hotel Park Inn –el sitio de peregrinación– fue idea suya y, por lo tanto, de su empresa, Hogares de Costa Rica.

Inaugurado a inicios de año en el barrio Don Bosco, en pleno corazón de San José, el hotel estaba lleno de certificaciones ambientales antes de comenzar a operar: 125 habitaciones con la medalla Leed Gold en cada una de ellas.

En su momento, medios de prensa local hablaron de una inversión de $20 millones. Don Francisco asegura que, con tal de minimizar su huella ecológica, el costo final aumentó $600 mil.

–¿ Y eso usted cómo lo recupera?

–La primera cosa es la satisfacción personal. Me gusta marcar la diferencia.

La del hotel no fue una idea aislada, sino parte de un conjunto de edificios donde abunda el ladrillo –dos torres con 228 apartamentos y una de oficinas– que han revalorizado totalmente el viejo barrio josefino, emblema de los salesianos, abriendo opciones de hospedaje y vivienda para locales y turistas.

Su convicción acerca del repoblamiento y desarrollo de la capital se traduce en 75 mil metros cuadrados de construcción levantados en los últimos dos años, pero semejante obsesión urbana no la maneja cualquiera: hacen falta visión de largo plazo y una buena billetera.

Uñas inmaculadas, mata de pelo, camisa impecable, ojos claritos. Juan Francisco Escobar Crespo es un hombre alto, pero no inaccesible. Habla con educación y camina con entusiasmo. Si se emociona, no se altera. Nació en Bogotá, Colombia, el 24 de setiembre de 1944, en una familia de 11 hermanos, de los cuales únicamente sobreviven dos. Llegó a Costa Rica a los 21 años, recién casado y sin hijos, pero al año siguiente, nació el mayor de los cuatro que vendrían después. Todo lo hizo sin tiempo que perder: migrar, reproducirse, hacer fortuna.

Fundó su empresa en San José, en 1970, bajo el nombre de Promociones Asociados, preámbulo de lo que sería Hogares de Costa Rica. Desde entonces, siempre ha estado en el trajín de la construcción. El único fracaso que conoce –el único que se atreve a reconocer, quizá porque lo enorgullece– sucedió cuando se salió de sus dominios y participó como inversionista en La Segua, mítica película costarricense de 1984, producida y escrita por Oscar Castillo y dirigida por Antonio Yglesias.

Con un récord de 8.000 viviendas construidas a lo largo de su carrera, Francisco Escobar jamás construyó nada a petición de alguien

En el tema inmobiliario, cuenta que su capital inicial fueron $20 mil con los que desarrolló su primer proyecto “masivo” de vivienda, en Desamparados. Para la época, lo era: 40 casas en dos etapas.

Era mucho más joven, tal vez más ingenuo aunque no necesariamente más idealista. Asegura que hizo de todo, desde comprar el piso hasta pegarlo.

“Cada casa valía ¢66.500, y me dije: ¡Soy un genio! Porque vendí las casas en proceso de construcción, muy rápidamente… Desafortunadamente, en las primeras 20 perdí dinero, pero las entregué y la gente quedó satisfecha”.

Aprendió el negocio con el revés de los bolsillos, y las últimas 20 casas le sirvieron para enmendarse.

“Vendí más caro y fui más eficiente en el proceso. Me metieron menos la mano en la construcción y controlé todo mejor”.

Hacia mediados de los años 70, su empresa edificó lo que hoy consideraríamos parte de nuestra herencia genética. Algunos de estos lugares son hoy más emociones que territorios.

Jardines del Recuerdo, en 1973, en Heredia, el Centro Comercial de Guadalupe, en 1974, la urbanización José María Zeledón, en 1975, en Curridabat, y el Centro Comercial del Sur, carretera a Desamparados, en 1979.

Lo suyo es el desarrollo de grandes proyectos habitacionales para satisfacer demandas colectivas. Su charco es la cosa comunitaria, urbana, ciudadana.

“San José tendría que repoblarse de dos cosas básicas, y la tercera viene por añadidura: gente que quiera vivir en la capital –en áreas compartidas– y, segundo, oficinas que den trabajo a esa gente. La tercera es el comercio: supermercados, restaurantes, cines… Volver a la vida de la ciudad… El problema es que el precio de la tierra se ha disparado y así no se puede desarrollar. Los impuestos también tendrían que ser relacionados… No puede ser que usted tenga un lote que valga medio millón de dólares y pague ¢250 o ¢500 al año de impuestos”.

–¿Es un pionero?

–Completamente

–¿Le importa lo que se genera alrededor de lo que construye?

–Es básico.

–¿Por qué?

–Por una cosa muy simple: Yo no quiero tener 10 guardaespaldas, ni el peligro de que persigan a mi familia.

"Quiero que la gente pueda vivir un poco mejor, que tenga las posibilidades de defenderse y no de atacar el medio social".

–¿Qué hace en su tiempolibre?

–Trabajar.

–Como empresario, ¿cómo se considera?

–Le voy a contar pero no lo vaya a poner.

–Lo tengo que poner.

–Irresponsable.

–¿Por qué?

–Porque tomo muchos riesgos. Eso es lo que me excita.

–¿Nunca se metió en política?

–Dios guarde.

–¿Por qué?

–Porque no tengo paciencia. Yo tomo las decisiones y lo hacemos, sí o sí. La burocracia está en proceso de destruir el país. La corrupción es terrible. No hablemos de política.

–¿Se siente costarricense o colombiano?

–Nací en Colombia pero he tenido el privilegio de vivir en Costa Rica desde los 21 años, entonces usted elija. Aquí he hecho absolutamente todo. He creado cosas e ideas.

–A propósito de sus ideas, casi siempre han sido innovadoras.

–Si nos quedamos viendo el Paseo Colón como la gran avenida del mundo, creo que estamos limitándonos. Hay sitios que nos pueden enseñar más cosas. Yo sólo transferí ideas de afuera. He sido un observador. Y sigo observando.

Dice que le gusta todo, pero menciona lo básico: viajar, leer y hacer deporte. “Viajo para investigar lo que se está haciendo en otros países. Voy a seminarios, congresos, ferias, a averiguar qué se hace, qué no se hace, cómo se hace, en el campo de la construcción, hotelería, cementerios, funerarias…”

También tiene una novia y su propia visión de la relación perfecta: “Cada cual en su casa”.

Monta a caballo, juega golf y va al gimnasio dos o tres veces por semana. Su agenda diaria se despliega como un libro de recetas en el celular que lleva en el bolsillo de la camisa.

–Usted ya se hizo un poco arquitecto.

–Bueno, sería muy tonto si no.

–¿Qué siente cuando ve todo esto?

–Que tengo mucho por hacer. ¡Y que tengo que pagarle al banco!

Actualmente, Francisco Escobar está por iniciar dos grandes proyectos: uno de 60 apartamentos en Escazú y otro de 98, en Heredia. Esperar es un lujo que no se permite. No ha salido de un carnaval cuando ya está metido en otro.

“Vamos caminando”, dice, señalando el camino de regreso y el fin de la entrevista. “Vámonos por aquí, a ver si no nos perdemos”, agrega, al descubrir la encrucijada de pasillos, puertas y escaleras.

“Yo voy siempre adelante, como un animalito”, dice, mientras avanza de primero, buscando la salida.