El alquimista

Fotografías y video: José Díaz

Aunque lo malquiera llamándolo gajo, el corolla cuatro puertas del ‘91 emprende con toda facilidad por las montañas de San Rafael de Heredia, dejando atrás el centro de la provincia y el calor sofocante del mediodía. Aquiles Jiménez tiene siete años de vivir en un pueblito llamado Concepción, en un terreno de unos dos mil metros donde la brisa corre por cuenta de los cerros azules y, gracias a su destartalado automóvil de impecable motor, sube o baja de ahí cuando le da la gana. Trabaja en pleno campo y desayuna oyendo yigüirros. Solitario. Sin vecinos.

–Esa es una ventaja para cualquier escultor–, comenta.

–Esa es una ventaja para cualquiera–, respondo.

–Porque basta que alguien diga que el polvo de mármol es tóxico, para que le echen a uno…

–¿Y es tóxico?

–No.

Aquiles habla mientras conduce, aunque es muy probable que sólo lo haga cuando va acompañado y no cuando viaja solo. Ha sido escultor prácticamente toda su vida y, buena parte de ella, profesor de escultura, que no es lo mismo. Tiene pinta de chef, lo cual es parcialmente verdadero –porque le encanta cocinar– y además, muy comprensible, porque le encanta comer. El próximo 18 de mayo cumplirá 60 años.

Cuenta que de sus cuatro hijos –que hoy tienen entre 26 y 12 años– ninguno estudió en el Conservatorio de Castella, en cuyas aulas él mismo se graduó, en 1972, y donde luego enseñó por casi tres décadas. Ingresó como profesor, a los 27 años, prácticamente recién llegado de Carrara, Italia, donde se graduó en la famosa Escuela de Bellas Artes.

La negativa de su hija mayor, que no quiso entrar al conservatorio siendo una niña, marcó la pauta para los tres hijos menores, aunque años más tarde, convertida en una mujer adulta, le reclamara: “Papi, usted debió haberme obligado”.

Los años que pasó en la meca de los mármoles italianos lo marcaron para siempre, no solo a nivel artístico sino a nivel gastronómico: para el escultor Aquiles Jiménez Arias el vino tiene que ser tinto y el queso, parmigiano reggiano.

Si acepta imitaciones es sólo porque no tiene más remedio, pues la pulpería donde solía comprar su queso favorito está a unos 10 mil kilómetros de distancia.

Es un hombre de estatura mediana aunque, visto por partes, es enorme. Tiene antebrazos de gladiador y torso voluminoso. Los ojos achinados como dos cortes idénticos en un semblante de granito y, en el mentón, una pequeña barba que se ha ido blanqueando con el tiempo sin perder carácter. Para quien lo conozca, sobra decir que Aquiles se parece a sus esculturas, y para quien no, quizá baste con agregar que se parece a Sócrates.

Una vez, en Italia, dos viejillos que estaban en la calle lo llamaron cuando pasaba para explicarle que, al verlo, habían hecho una apuesta. “Él dice que usted es japonés, pero yo digo que usted es esquimal”.

La casa de Aquiles es una galería en la que hay una cocina. Así se resume su mundo, que en realidad son dos mundos perfectamente divididos y a partir de los cuales existe todo lo demás. La solución espacial no podía ser más gráfica: de un lado la carne y de otro, el espíritu.

En el salón principal, enormes ventanales iluminan decenas de piezas medianas y pequeñas que reposan en la cima de pedestales de madera. Es como un jardín interior, con la ventaja de que no hay que regarlo.

(Fotos cortesía del artista)

Muchas de las esculturas recientes, talladas en mármol blanco, no pueden verse sino a contraluz, pues algunas de sus partes fueron delicadamente devastadas a propósito, convirtiendo el mármol en nácar.

También cuelgan algunos óleos, porque Aquiles ha vuelto a pintar.

En el extenso patio repleto de helechos suspendidos, macetas y matas de banano, están los dos talleres de escultura, uno para trabajos en metal y otro para trabajos pequeños, pero a la casa solo entra lo que está terminado. Sin embargo, el verdadero laboratorio del escultor es la cocina.

Colgando de columnas y paredes, larguísimos racimos de chiles secos y oxidados caen en medio del follaje de hierbas aromáticas y platos con más chiles, alrededor de ollas y herramientas para todo tipo de aventuras culinarias. Peruanos, campana, panameños, guajillos, chocolatillos, guatemaltecos. Racimos y racimos de frutos disecados como una hojarasca a punto de caer. La enredadera que baja desde el techo se desparrama sobre el mostrador en ramos de culantro coyote, romero, estragón, cola de caballo, eucalipto, orégano, cebollas, perejil, gavilán y almendro, en cuya fiebre vegetal es imposible distinguir qué es para comer y qué es para curar.

Todo el que visita ese santuario sale recetado. Incluso Atila y Aníbal, que por su naturaleza canina deberían rechazarlo, disfrutan de vez en cuando de una buena enchilada de la mano de su amo.

Toda la obra de Aquiles es un eterno retorno al mismo punto de partida: el pedregal boscoso del río que pasaba frente a su casa, en El Roble de Santa Bárbara de Heredia, donde nació.

Ahí se extendían las 80 manzanas de una finca donde la naturaleza, él y sus ocho hermanos se perdían sin restricciones; un entorno de cafetales, yurros y manantiales que no abandonó hasta que tuvo 18 años.

Desde entonces, palabras como luz, agua, montaña y bosque han sido el sustento de sus formas escultóricas, ancladas a sus materiales legendarios: piedras locales de todo tipo, color y densidad, así como mármoles, serpentinas, maderas, bronces.

“El bosque me dio el sentido de unidad entre todas las cosas y, definitivamente, el pedregal influenció lo que serían mis imágenes artísticas”, dice Aquiles. “Mi obra nunca es una descripción sino como una melodía de fondo que puede incluir varias cosas a la vez, incluso la presencia animal, porque viví rodeado por el río y la fuerza y sutileza de los animales”.

“Estoy muy consciente de que la escultura, para que lo sea, tiene que ser poética. Para mí, debe ir más allá de representar o hacer alarde de diseño. La escultura tiene que ser poética y mágica, aunque el problema es lograrlo. Eso solo lo da el trabajo, el sentimiento de profundidad y la humildad ante la vida. Sé que tengo años de trabajar, pero tengo que empezar de nuevo todos los días. El arte es un camino del conocimiento, no para crear imágenes ficticias sobre uno mismo, sino para evolucionar espiritualmente”.

Ahora que ha retomado el gran formato de la escultura en metal, una parte de su libertad creadora permanece dispersa en el patio, junto a un galerón cuyo techo de láminas de zinc no luce preparado para el invierno que se avecina, aunque sí para recibir de vez en cuando a sus colegas, la mayoría viejos alumnos de la Universidad Nacional, donde trabajó los últimos años antes de retirarse en calidad de catedrático.

"He querido traer los perfiles lejanos de la montaña a los perfiles de las esculturas. ¿Venderlas? No me importa. Es como un reto personal. Hacer obra grande, urbana, sería lo ideal para la escultura. La obra pequeña va a las casas y a los museos, pero la obra grande la puede ver mucha gente".

Muy cerca de ahí, en una esquina sosegada por la sombra de un frondoso palo de anona, está el “birrorum”, que consiste en un par de tablones desgastados para sentarse a tomar cerveza. Más allá, por supuesto, está el “vinorum”, fabricado con una colosal piedra rectangular, cuya semejanza con una escultura de la Antigüedad no es mera coincidencia. “Sin vino, no voy a ningún lado”, sentencia.

Ese recurrido santuario predomina sobre el paisaje del otro espacio de trabajo donde Aquiles juega con su material favorito, la piedra. Andesitas, basaltos, lutitas, jaspes. En su mayoría, gigantescas rocas que se encentran a la orilla de los ríos y que Aquiles, a punta de trabajo manual, reduce a su máxima expresión.

“Me han llegado a decir que por qué cobro tanto por una escultura si la piedra me la encontré en un río”.

“Es como si te dijeran que un libro es menos valioso porque lo escribiste en hojas de papel periódico”.

Y continúa hablando, mientras hace mil cosas a la vez, todas muy cerca de la cocina, pues la hora del almuerzo está a punto de juntarse con la de la cena.

“Es evidente que el arte no es evidente, como dijo T.W. Adorno. Hacemos una labor solitaria, poco entendida y para colmo, dirigida a muy pocos”.

Tocan la puerta y Aquiles regresa cargado de mangas y pejibayes de un color casi fosforescente. Es la vida del campo: alguien pasa y ofrece lo que acaba de apear del árbol o sacar de la tierra. Cuenta que un día cualquiera, cuando estaba recién mudado al vecindario, se encontró delante de su puerta con un cargamento anónimo de lechugas, chayotes, tomates y chiles dulces. Nunca supo quién lo dejó, ni por qué. Desde entonces, cada vez que en su patio se maduran los bananos, Aquiles reparte los racimos calle abajo, sin tocar la puerta, sin avisar y, sobre todo, sin esperar que nadie le de las gracias.

(Retrato de Mario Sarakay)
	

No es un episodio único. Durante su etapa de profesor, Aquiles también impregnó los ejercicios de sus alumnos de una misteriosa generosidad. “Hacía experiencias que eran más un proceso psíquico o espiritual que artístico”, relata. “Una vez, le di a un estudiante una cajita de madera sellada. Adentro había metido algo, ya no recuerdo qué, tal vez una piedrita o una semilla. Le dije: Llévesela por ocho días, y todas las noches, antes de dormir, la suena. Al cabo de los ocho días, el alumno me la devolvió, diciéndome que aunque la había sonado todo el tiempo, no había logrado adivinar qué había adentro. Yo le dije: La idea no es que usted adivinara, sino que soñara con el espacio interior. Estamos llenos de espacios desconocidos, de espacios llenos y vacíos, adentro de nosotros y en el Universo, cuyo espacio también es nuestro. Esa conciencia es vital para un escultor”.

“Muchas veces intentaba desarticular su racionalidad en pos de una imagen poética”, confiesa el maestro. “El mundo, para un artista, tiene que ser mágico, tiene que ver el mundo con otros ojos. El arte existe porque los demás lenguajes son limitados”.

Hace pocos años, en la Universidad Nacional –en el último trabajo que tuvo– quisieron orientar a los futuros pensionados con un curso especial. Su nombre estaba en la lista de candidatos. Lo cuenta y sus ojos sonríen. "Imaginate", dice. "Me querían enseñar a entretenerme".