El artista

Fotografías y video: Jose Díaz

Ofis sale caminando del Calixto rumbo al Calero. Antes de salir, una mano detrás de la barra le pasa una lata de cerveza que alguien le había invitado, pero que él no tuvo tiempo de tomarse. Entre una cantina y otra no hay más de 600 metros, pero el trayecto se vuelve eterno porque, una vez en la calle, Ofis es la distancia más larga entre dos puntos.

En los alrededores del mercado central de Alajuela no cabe ni un alma. Es sábado por la tarde, y la tarde ya va apurada. Cuando lo ven venir, las viejitas lo acurrucan como si fuera un bebé y, los más jóvenes, le gritan su nombre –¡Ofis!– antes de abalanzarse contra él en un saludo que es un puro mate de puños, cuerpo y abrazo.

A todos, Ofis responde con entusiasmo y cortesía. Pregunta por la familia; el estado de salud. Abandona cada conversación con los gestos de un cariño pendiente. Se acomoda el salveque y los bastones de malabarista que carga en una bolsa de cuero, se ordena el pelo, y sigue su camino.

Ofis es bueno para hablar, pero para comunicarse, es un maestro. Usa las palabras, el cuerpo, la ropa y los anteojos. Describe los acontecimientos hasta que los acontecimientos lo describen a él. Muy a menudo, en mitad de un cuento, fija la mirada en el vacío, como si de ahí surgiera cada detalle de lo vivido.

Tiene sentido del humor y sentido del relato. Como los grandes poetas de la antigüedad, desarrolla sus historias en calidad de testigo maravillado, pero es más que un cronista de su tiempo: Ofis también es un referente de los suyos. No habla con metáforas: él es la metáfora.

Aunque se le han caído algunos, en la cara ajusta 18 piercings y, en el cuerpo, más de 50 tatuajes. Además, “unos implantes por allá”. Es un flaco fibroso, de brazos largos y sonrisa salvaje. No tiene hijos ni capacidad para tenerlos, según le reveló un amigo doctor tras unos exámenes de laboratorio. Nunca se ha casado, pero desde hace 4 años tiene una novia, Ileana, la segunda de las únicas dos relaciones formales que ha tenido.

Su vida sigue en la calle, pero no como antes.

Todo lo grave lo dejó atrás: drogas, alcohol, peleas. Cerveza, poca.

"Tengo buena conciencia y por eso nunca me confieso”, afirma.

–Claro que te das cuenta del efecto que causa tu apariencia.

–Eso es lo que me gusta. Cuando hablan conmigo, se dan cuenta de que es un disfraz. A pesar de que he sido un delincuente, y todo, siempre he sido buena nota con la gente. Puedo ser todo, menos traidor.

–Y qué vas a hacer.

–Seguir así. Tengo 9 años de estar sin problemas. Aquí puedo hacer más cosas que adentro. La gente me dice: Pero, ¿no pensás volver? Por eso me gusta siempre andar solo... Yo trato, pero no puedo, por más que yo quiera.

–¿Alguna vez mataste a alguien?

–Nunca.

Ofis tuvo una infancia dura, pero no particularmente mala sino tan jodida como la de cualquiera. Su abuela y su tío le pegaban regularmente con una trenza de cable eléctrico. ¿Por qué? “No sé. Me pegaban”, dice. “Las leyes de entonces no eran como las de ahora. Yo era un chiquillo mal amansado. En Navidad nos daban regalos pero después del 24 nos quitaban los juguetes para que no los despedazáramos. Hace poco me encontré una patineta que me regalaron una vez: tres décadas guardada para que no me hiciera daño”.

Tenía como 13 años cuando dejó de ir al colegio. “Hice toda la escuela y como 6 meses de primer año. Yo era bueno. A mí todos los profesores me decían VUELVA... Usté escoge sus amistades, sean buenas o malas... Yo me incliné por el lado contrario”.

Casi todo lo socialmente censurable, Ofis lo hizo. Casi. De los 42 años que tiene, pasó 13 en prisión, aunque con intervalos entre una condena y otra. La sentencia más larga fue de 5 años. “Muchas, pero cortas”, explica. El itinerario de idas y venidas empezó en 1989 y terminó en el 2005. En la cárcel, repasó lecciones que ya había aprendido en la calle, pero se enfrentó a otras realmente nuevas.

La última vez que estuvo recluido, aprendió a tallar el hueso. Los huesos de la carnicería, blanqueados con los vapores del vinagre. Llegó a tener un rudimentario equipo con el que ejercitó su personalidad. Taladro, prensa y alicates. Su primer trabajo fue un diseño exquisito: la cabeza de un extraterrestre.

Cuando logró terminarla, entendió todo. Se dijo a sí mismo: “Uy mae qué lindo no puede ser”.

Ofis vino al mundo en manos de una partera, el 31 de marzo de 1972, en el barrio San José, en Alajuela. Como su mamá lo regaló al nacer, él prefiere llamarla “la que me parió”. Tiene 5 hermanos a los que considera prácticamente desconocidos. Y la sensación es mutua, asegura. A su progenitor únicamente lo une el recuerdo de una vieja anécdota. Se conocieron en prisión. Sucedió en el módulo penitenciario para jóvenes de La Reforma, conocido como Puesto Diez. “Sin querer me di cuenta en el tabo, que era él”. Conversando sin mayor propósito, salió el nombre de la mujer que tenían en común.

“Yo salí primero que él, entonces iba a verlo”, cuenta. “Siete meses más después de que salí”. Y eso fue todo: la relación duró lo que duró la cárcel. Muy poco. “Mejor, tenía que ser así. Nunca hubo nada en concreto”.

Para ganarse la vida, Ofis ha hecho de todo. Durante un tiempo se dedicó a descargar camiones de lo que fuera. Dice que tenía la fuerza de varios hombres. En el año 96, mientras estaba en régimen de confianza, se reencontró con su mejor amigo, Alfonso Leandro Ávila, que le ayudó a conseguir trabajo en el plantel del Mopt de Alajuela. Trabajó desde finales del 96 a mediados del 97 y, aunque no tuvo ningún problema, no lo contrataron más. Fue de las pocas veces que tuvo un trabajo estable.

“Yo era el mejor trabajador que había”.

En 1998, en la cárcel de San Sebastián, una infección le perforó el pulmón izquierdo. Y de ahí, para atrás. “Antes yo iba a Grecia en bici. Ahora solo en el Puerto puedo andar, porque es todo plano. En cuesta lo veo feo”.

“Cuando me aparece alguna chamba, voy y la hago: limpiar un lote, hacer una zanja en una casa, ayudarle a algún amigo a pasarse de casa…”

–¿Y qué pasó con las artesanías en hueso?

–La gente me hacía encargos y me compraba. Hacía cruces. De todo.

–¿Y por qué no vivís de eso?

–Me robaron el equipo.

Cada cierto tiempo, cuando se le mete el agua, Ofis pasa la noche en el cementerio de la Santísima Trinidad, pues le gusta dormir sobre la tumba de su amigo Alfonso, que murió de hidrocefalia el 23 de diciembre del 2012. Recuerda los episodios finales; sus visitas mudas al hospital de Alajuela; los pésames ajenos. “Las varas son cuando la gente está viva”, dice.

Alfonso era como 30 años mayor que él, pero Ofis nunca dice que lo viera como un padre. “Yo tenía como 9 años y él pasaba delante de mi casa en un cargador del Mopt. Me decía: Móntese, carajillo”.

La palabra ALA (iniciales de Alfonso Leandro Ávila) es otro de los muchos tatuajes que decoran su piel.

–¿Es la persona que más has querido?

–Más que a la familia.

El 27 de marzo pasado también se murió otro de sus amigos más cercanos, Fernando, primo de Alfonso, de un derrame fulminante.

–¿Se te acabaron los amigos?

–No, tengo un montón, no me puedo quejar, pero no así.

“Es como una maldición. No me gusta verlos morirse. Es lo que me ha tocado”.

Caminamos entre el gentío de las fiestas de Carrizal. Es la mañana del domingo 19 de enero. Nada ha cambiado desde la última vez que nos vimos, solo que hoy, el sol pica desde lo alto de las nubes. Ofis es una barrera natural entre nuestro deseo de llegar a la entrada, y la entrada.

Con su impresionante sentido de la moda, hoy viste una falda escocesa, botas negras y una camisa demasiado fácil de quitar. Ofis causa sensación a su paso.

“Ya yo sé lo que sienten Brad Pitt y Tom Cruise. No tengo nada que envidiar”, comenta, con más humor que arrogancia.

A nuestro hombre, su público no le permite el anonimato. Es un público sabio porque, ¿qué haría Ofis con semejante cosa? Pero sobre todo, ¿qué harían ellos sin Ofis?