El cabezón

bombi​A los 7 años, cuando empezó a hacer máscaras en Barva de Heredia, Luis Fernando Vargas Cascante selló su fama y su destino. Aunque sus órdenes patronales digan lo contrario, cualquier otra ocupación ha sido un accidente

Fotografías: Gloriana Jiménez.

En el pueblo había un señor muy raro que vivía solo con su hermana en una casa de abobe. En el patio trasero de la casa había un cafetal y, en medio de ambos, una cerca con un palo de nance. Los chiquillos que venían de la escuela se comían los nances y espiaban hacia el interior desde la cerca. A veces descubrían unas enormes cabezas de colores, no necesariamente humanas ni amigables, que parecían hechas de barro y papel y goma, y nunca podían estar totalmente seguros porque cada vez que abandonaba su obra, el señor tiraba un trapo encima de sus trabajos, irritado por las miradas de curiosidad. Alguna vez los saludaba pero nunca, jamás de los jamaces, decía qué estaba haciendo ni cómo lo hacía: nunca revelaba ni medio secreto de su oficio.

Los chiquillos realmente tenían miedo de ser descubiertos pues más que raro, el señor era introvertido, y más que introvertido, era misterioso. A veces, estando agazapados en la cerca, los chiquillos veían cómo el señor tiraba el trapo sobre alguna cabeza y, de pronto, como por arte de magia, lo descubrían junto a ellos en el cafetal. ¿Cómo cruzaba 25 metros en un abrir y cerrar de ojos? Los chiquillos pensaban que tal vez se trataba del mismísimo Diablo o Pisuicas, del Cachudo en persona, porque era precisamente lo que el señor quería que pensaran cuando insinuó que había hecho una de sus máscaras viéndose en un espejo. Los chiquillos lo pensaban y aún lo piensan.

Bombi, a quien muy pocos conocen como Luis Fernando Vargas Cascante, cuenta la anécdota de su infancia convencido de que “tal vez quién sabe”. El pueblo era Barva de Heredia y el señor se llamaba Carlos Salas, un artista superdotado para la mitología de sí mismo que decía que era el volcán Barva el que le tiraba las máscaras. Murió en 1998, a los 81 años. Su casa, el palo de nance, la cerca; todo lo botaron. Fue por él que Bombi se hizo mascarero.

A Bombi lo operaron de la columna en enero de este año y hasta agosto retomó su rutina normal de trabajo. Cuando dice “rutina”, cuando dice “trabajo”, Bombi no solo se refiere a su puesto como asistente de dirección en la escuela Domingo González, en Santa Lucía de Barva de Heredia, sino sobre todo al desmadrado taller que tiene al costado oeste del parque de Barva, en un tercio de la reliquia de adobe que perteneció a los abuelos de su suegra y que heredaron sus hijos, y donde él ejercita un oficio que lo acompaña desde que iba a la escuela.

Está seguro de que si sacara cuentas, el resultado de la suma serían miles y miles de máscaras de papel maché y fibra de vidrio, adición en la que quizá ganarían las de fibra de vidrio, cuya técnica Bombi aprendió cuando tenía 18 años.

Ahora tiene 53.

La receta parece fácil, pero no lo es tanto. Una cantidad indeterminada de papel periódico, talco y cola se deja podrir en agua durante 15 días y luego, aunque huele a diablos, se guarda en el refrigerador, lista para usarse porque, aunque parezca imposible, aún puede descomponerse más y entonces ya no sirve.

(Primeras máscaras de Bombi en papel maché, la técnica tradicional)

Bombi se levanta de la destartalada sillita de escolar en la que ha estado sentado todo el rato, conversando, y regresa con una bolsa plástica en la mano. Muestra una pasta gris, compacta y, al mismo tiempo, muy fácil de desmenuzar y moldear. Con ella se hacían todas las máscaras tradicionales, hasta que la fibra de vidrio se coló en los talleres, acelerando el proceso a días, en lugar de quincenas, y abaratando los costos a la mitad, pero cediendo en belleza, expresividad y artesanía.

(máscara en fibra de vidrio).

(máscaras en fibra de vidrio).

Bombi adora esa pasta podrida, aunque cada vez la usa menos, porque contrario a lo que sucede con la fibra de vidrio, con el papel maché las máscaras pueden ser mejoradas y trabajadas hasta el último minuto, y el resultado es más artístico y original.

La generación de mascareros a la que él pertenece dio con la receta a punta de prueba y error, porque nadie les enseñó el oficio. Ellos solo eran chiquillos fisgones que, desde lejos, veían trabajar a Carlos Salas, uno de los más grandes mascareros de Barva y quien, junto con Pedro Arias, de Escazú, se robó de Cartago la técnica del papel maché y la introdujo al Valle Central.

(máscaras en papel maché).

(Bombi a los 18 años, con la primera máscara que hizo para vender).

Bombi le dijo al doctor que por qué no lo dejaba queditico con el problema de la espalda, que ya para qué se iba a operar. El doctor le dijo que si lo dejaba como estaba, no le daba más de tres años antes de verlo en una silla de ruedas. Entonces le sacaron un disco de la columna, le pusieron un repuesto de titanio y lo mandaron para la casa con la consigna “No haga loco”, porque por fuera la cicatriz era pequeñita, pero por dentro iba con 85 puntadas.

La elaboración de máscaras requiere muchas horas de trabajo manual, moldeando el barro primero y haciendo el molde después, y después la pulida, la pintada… La mesa de trabajo de Bombi es un viejo pupitre escolar y sus sillas, cualquier taburete de dudosa procedencia, entre más incómodo, mejor. Pero no fue su oficio de mascarero el que le destrozó la espalda, sino su trabajo como camarógrafo de televisión.

Una Semana Santa, a fines de la década del 80, Bombi iba cargado con el equipo de televisión y se disponía a dar el primer paso para cruzar un río, allá por Purisil de Orosi, cuando un pesado resbalón lo dejó sentado en una piedra. Bombi no solo era camarógrafo de televisión: era camarógrafo de noticias, así que el helicóptero en el que dos días antes habían localizado a unos caminantes perdidos que el país entero andaba buscando, y desde el que había grabado las primeras pruebas de que seguían con vida, fue el mismo que se lo llevó a él al hospital. En ese momento no fue nada, pues a los tres días regresó a trabajar, pero el suyo fue un sentonazo de patada larga, cuyo eco le resonó en el cuerpo con más de 20 años de distancia.

Bombi trabajó más de 12 años en televisión, la mayor parte de ellos en las tres ediciones diarias de Telenoticias. Empezó como chofer y terminó como camarógrafo.

De todos los titulares que recuerda –el terremoto de Limón o el secuestro de las europeas Susana Siegfried y Nicola Fleuchaus, en Boca Tapada de San Carlos– Bombi es capaz de extraer de su memoria un vívido relato de la captura y suicidio de Johnny Monge Ramírez, expatrullero que mató a 5 personas, entre ellas dos agentes del OIJ, y que antes de ser atrapado, tras una persecución que duró casi un mes y desplegó fuerzas policiales como para armar un ejército, se suicidó por puro azar en las narices de Bombi, en las inmediaciones del aeropuerto de Limón, el 13 de noviembre de 1991.

(Bombi, en el margen derecho, con bigote).

Bombi nunca ha salido de Barva de Heredia y probablemente nunca saldrá. Lo llevaron a San José, pero solo para nacer, el 14 de noviembre de 1961. Sus padres fueron dos graduados de la Escuela Normal, que además de supervisar a sus seis hijos –Bombi, el menor– se ocuparon de alfabetizar a varias generaciones de heredianos. Ricardo Vargas Alfaro y María Cristina Cascante.

“Nací, crecí y espero morir aquí”, dice, resumiendo lo que fue y podría llegar a ser la gran línea férrea de su vida.

Lo dice con empacho, como si Barva fuera el centro del Universo, y probablemente lo sea. En ese pequeño cantón herediano, Bombi conoció a la que ha sido su mujer desde hace más de 35 años, Ligia Rodríguez Ruiz, y ahí nacieron sus hijos, José Fernando, Cinthya Tatiana y los mellizos (que en realidad hubieran sido trillizos), Luis Miguel y José Ricardo. Siempre trabajó en el pasillo de su casa y apenas hace tres años trasladó sus chunches a la vieja casa de adobe.

Sin embargo, sus zapatos prácticamente recorren solos el tramo que va de un lugar a otro –ni una cuadra de distancia–, lo cual tiene grandes beneficios a la hora de almorzar en familia.

Bombi es un hombre pelón, fornido y de risa fácil. Casi todas sus frases comienzan con un miamor, tal cosa; miamor, tal otra. Cuando no está muy ocupada en actividades artísticas, de su mano derecha cuelga un cigarrito. Es un papá amoroso, casero y entusiasta, que lo mismo compra instrumentos musicales (sus hijos menores tocan tuba y saxofón) que incentiva a su descendencia con la música popular, hasta el punto de convencerlos de que ya que tenían la mascarada, por qué no formar una cimarrona. Con un combo completo de acordes y muñecones, el clan Vargas Rodríguez va y viene por todo el país.

–Yo saludo, porque si no, van a decir: ese mae es un dolor.

¿Todo el mundo lo conoce?

–Así es.

¿Extraña el anonimato?

–Demasiado.

Cuenta que un día, precisamente buscando el anonimato, se dejó crecer el pelo, pero su supuesta clandestinidad fue totalmente avergonzada durante una visita al supermercado, cuando un chiquito que no le llegaba ni a la rodilla lo saludó por su nombre. Entonces Bombi entendió que, ya que no podía ni meterse a una cantina tranquilo (no solo porque se sentía obligado a dar el ejemplo, sino porque cuando se daba cuenta, tenía cinco tragos enfrente), tendría que buscar refugio en otros territorios, algo que sonara lejano e inhóspito, como playa Agujas y playa Bochinche, dos de sus destinos favoritos para escaparse con su mujer cuando se siente definitivamente cansado.

Bombi dice que su trabajo como mascarero es un extra, pero es precisamente lo que siempre ha hecho y lo que nunca ha dejado. No sólo es lo que hace: es en lo que se ha convertido. Modelar barro es un trabajo de todos los días y, cuando no da abasto, el resto de la familia se involucra.

“Fue Carlos Salas quien nos alentó, con su misterio, a seguir nosotros adelante y a ser lo que somos hoy, aunque de forma muy distinta. Él era totalmente celoso de su conocimiento. Miamor, yo no me guardo nada. A mí vienen y me preguntan, y todo lo digo”.

Ya no, pero antes fue un activo promotor cultural de la zona. “Sigo siendo promotor cultural, pero en otras partes”. Fue fundador de la Feria Nacional de las Máscaras y presidente de la primera Asociación de Mascareros del país, y también integró la comisión de cultura de la Municipalidad de Barva. Diferencias de visión y acción con políticos locales lo terminaron alejando de los espacios comunitarios oficiales. Ahora, en su labor de promoción, solo se dedica a dar talleres a donde lo llamen, autodidacta y autónomo, especialmente con jóvenes, talleres prácticos que, obviamente, incluyen su técnica favorita. “Usted se pone a pegar capas y capas de papel y no tiene tiempo de pensar en tonteras”.

–¿Qué pasó, se decepcionó de la política?

–Totalmente desencantado de las malas cabezas.