El chico

Fotografías: Jose Díaz

Sabe que nació el 3 de julio de 1978 en el San Juan de Dios, pero lo sabe porque se lo dijeron. Se enteró cuando fue a sacar su cédula por primera vez y tuvo que llevar dos testigos que confirmaran que él era él. De la cita burocrática le quedó el dato del cumpleaños pero no mucho más, porque la cédula la perdió dos días después de que se la dieron y nunca más volvió a preocuparse por eso.

Edgar Castillo Araya, mejor conocido como “Choriza”, también sabe que su papá se murió de cirrosis y, su mamá, de un ataque de asma, que dos de sus nueve hermanos ya están muertos y que él vive en la calle desde los cuatro años.

–¿Cuántas veces has estado enfermo?

–¿Enfermo como de qué?

–Como de ir al hospital o algo que hubiera necesitado que te viera un doctor.

–Me he resfriado de tanto mojarme en la calle, pero yo me curo solo.

–¿Has pasado muchos días sin comer?

–Yo todos los días como.

–¿Y cuando eras pequeño?

–Claro. ¿No le digo? Me metía a los restaurantes a pedir comida.

–¿Y te daban?

–La gente buena, verdá, porque hay gente...

–¿Nunca has pasado hambre?

–Ah, no. No tanto como “nunca”. En veces. Cuando me levanto, sí.

–¿Qué ha sido lo más duro?

–No no, nada de eso... Lo que pasa, pasa. Yo me he sabido cuidar toda la vida en la calle.

Edgar no ha cambiado mucho desde que era un niño y vivía por donde ahora deambula, en las inmediaciones de Sabana Sur. Con 35 años, mide como un metro cincuenta y tiene ojos claros, muy risueños y brillantes, con largas pestañas color caramelo. Posee lo que anda encima: una enorme camiseta oscura, un jeans flojísimo, unos zapatos deformes y una densa costra de tierra agria y sudor.

Es ansioso, amigable, la sonrisa intacta pero desgastada.

Cuando habla, no evade la mirada y, si es el caso, la clava en su interlocutor.

Camina arrastrando los pies, echando el cuerpo de medio lado.

A los cuatro años empezó a escaparse de la casa. Se iba por ahí con una pandilla de forajidos de su misma edad y otros un poco mayores. Robaban juguetes en Yaohan. Muñequitos, robots. Llegó hasta segundo grado, pero no aprendió a leer ni escribir. ¿Su nombre? Él dice que con costos.

–Un niño de cuatro años es un bebé–, le digo. Él ni se escandaliza ni responde. Me mira y sonríe.

–¿Por qué no querías estar en tu casa?

–Por tonto, por andar con el tarrillo de cemento.

–¿Cuándo dejaste de oler cemento?

–Cuando empecé a fumar piedra.

Su hermano Johnny era un año menor. Eran muy unidos, muy parecidos físicamente y, además, siempre andaban juntos. Una prima de Edgar, que cuida carros detrás del Gimnasio Nacional, dice que eran parecidos porque eran gemelos, pero Edgar no lo cuenta así.

Johnny también inhalaba thiner y cemento pero, además, tenía leucemia.

“Azúcar en la sangre. Leucemia”, dice Edgar.

Johnny iba al hospital a recibir tratamiento –Edgar lo llevaba, lo obligaba– pero los doctores le dijeron que si no se quedaba internado y dejaba de consumir drogas, se moriría.

Esa fue la sentencia que le dieron y la que se cumplió. Edgar recuerda que, cuando Johnny se murió, estaba “amarillo amarillo”. En esa época tenían 22 y 23 años, más o menos.

David, sin embargo, fue el primero en morirse. Era como 10 años mayor que Edgar y Johnny, y también vivía en la calle. Un día que andaba muy enfiestado se cayó al lago de La Sabana y se ahogó, delante de sus hermanos. Quisieron ayudarlo pero ninguno sabía nadar. Llegó con pulso al hospital, pero no aguantó.

Y entonces, ¿qué hiciste?

–Ponerme a llorar. Qué iba a hacer.

Dice que la piedra no lo pone agresivo, pero tampoco le gusta que lo vean fumar, quizá porque –quienes lo han visto– aseguran que brinca como si bailara, se golpea contra las paredes y se arranca el pelo.

El efecto le dura como 20 minutos y, cuando se le pasa, le viene una especie de tristeza que poco a poco se transforma en desasosiego.

Los callos de sus manos son tan grandes que parece que tiene los huesos crispados y encogidos debajo de la piel, más como garras que como dedos.

–¿Te agarrás mucho?

–Sí.

–¿Con quién?

–Con las paredes.

Por las noches, Edgar duerme entre la basura de una casa abandonada que algunos vecinos de Sabana Sur eligieron para tirar sus desechos. Una casa esquinera y enorme, de dos pisos, a la que llaman “la casa de goma” porque, antes de que la desmantelaran, había unos enormes tarros de goma y productos químicos. La casa tiene otros muchos inquilinos, pero ninguno visible durante el día.

Nunca celebró un cumpleaños y nunca estuvo enfermo, pero una vez –hace como siete meses, dice– un taxi se le echó encima y salió huyendo después de atropellarlo. Desde el punto de vista del tobillo izquierdo de Edgar, no fue un accidente, sino una acción totalmente deliberada.

Estuvo una semana en el hospital San Juan de Dios, pero se escapó con el yeso puesto y la vía guindando pues, en vísperas de su operación, no le dieron pollo: lo que tocaba ese día según el menú hospitalario.

Los lazos filiales de Edgar están intactos y, al mismo tiempo, son prácticamente inservibles. Diseminadas por el gran área metropolitana, habla de sus tías como una generalidad, como quien habla del clima. Sin embargo, tiene un sobrino, una novia y una hija.

El primero, David, es lo más parecido a su sombra. Van juntos al búnker y comparten la guarida en “la casa de la goma”. Se conocen las mutuas rutinas y uno siempre sabe dónde está el otro... Y si no lo sabe, lo adivina. A la segunda la ve de vez en cuando y, a la tercera, Tamara, no la ve casi nunca. Cuenta que la niña, de tres años, vive con su abuelo materno en Guápiles.

–¿Te interesa saber si es lunes o jueves?

–La verdad es que sí me gustaría pero tras de que anda uno con ese sol que lo atonta, pior.

–¿Cómo es tu vida?

–¿Cómo?

–¿Cómo es tu vida?

–Mi vida es difícil, sí, claro… Para mí es duro, pero… Cuesta, ¿no? Andar con eso en la jupa…

–¿Quisieras cambiarla?

–Diay, tal vez, algún día, puede ser. Algún día, ¿verdad?

–¿Y cómo te gustaría que fuera?

–Diay, como, como… así, sencillo. Como cuando uno no andaba en eso. Una vida tranquila.

–¿Qué pensás de la gente?

–Hay gente odiosa. Hay gente que lo manda a comer mierda. Hijueputa y todo le dicen a uno… malparidocar’ebarrovaya breté… de todo le dicen. Yo en veces les digo: “Por lo menos no le robo nada a nadie… Yo tal vez le estoy pidiendo una moneda pero tampoco lo estoy insultando… Que dios se lo pague por insultarme”.

–¿La gente es buena o es mala?

–La mitad.

–Cuando no estás fumando o pidiendo, ¿qué te gusta hacer?

–¡No, nombres, al revés! Estoy tranquilo y consigo para fumarme dos piedras, y ya quiero seguir fumando.

–¿Ahorita estás tranquilo?

Masomenillos.

–¿Estás pensando en ir a fumar?

–Ajá, sí, como ayer. Estaba tranquilo. Ahora no, ahora me siento así, taquicardiao.

–¿Asustadillo?

–No, no, con ganas de fumarme otras dos. Con ansiedá. Ya quiero irme.

La mañana del 15 de enero transcurre igual a las demás: los carros que pasan volados para agarrar el semáforo y los carros que se detienen porque ya está en rojo, las monedas que caen en el vaso desechable y el sol hirviendo derramándose sobre la cabeza.

Para Edgar, el tiempo transcurre siempre igual, como una marea turbia e ininterrumpida. No tiene reloj ni agenda ni nada que no pueda perderse en los atajos de la memoria.

La forma más sencilla de detectar los cambios del calendario es cuando llegan señales del exterior, como la lluvia, como el sol. Navidad sería uno de los momentos del año más evidentes pero con respecto a las fechas, los días precisos… Dice que pregunta, pero que de todos modos, él sabe.

–Por ejemplo, yo sé que hoy es martes–, dice.

–¿Martes?

–Hoy es martes.

–Edgar, hoy es miércoles.

–¿Hoy es miércoles? Diay.

Pasado el mediodía, hacemos una pausa. En un chino pedimos para llevar. El chopsuí con carne y verduras en salsa es su favorito.

Poco después volvemos a caminar entre el polvo del parque y el humo de los buses.

–Edgar, voy a venir con una manguera–, le digo. Lo que te hace falta es una buena restregada con agua y jabón.

–Y cepillo de acero–, agrega.

–¿Y por qué no vas al lago y te bañás ahí?

–Los policías no me dejan.

–¿Y de noche?

–¡Nombres! Me puede salir alguien raro.