El "cocorioco"

Fotografías y videos: Jose Díaz

Es una habitación mediana, luminosa, donde hay plantas y cuadros de plantas. Sobre el gran escritorio de madera descansan unas libretas, un teléfono y unos lentes de aro color granate. También hay un estante con fotografías familiares y una despampanante orquídea blanca sobre un pequeño archivo. Todo está muy limpio y tranquilo.

Al fondo, junto a la enorme ventana, una imagen policromada del tamaño de un niño preside cualquier cosa que ahí suceda. Es San Judas Tadeo, el mártir de las causas difíciles, por no decir, imposibles.

Acostumbrado a cotizar milagros de grueso calibre, lo que ahora acontece en esta oficina debe ser poco para el santo.

Se acerca el mediodía y, con él, el recreo de los alumnos, pero eso tampoco importa: entre todas las aulas diseminadas en los 3.200 metros cuadrados de construcción, esta oficina debe ser la única que se mantiene imperturbable ante la avalancha del entorno. No es un asunto de física teórica, sino de voluntad práctica: ni el coro diario de unas 800 voces estudiantiles que ronda los pasillos logrará traspasar el clima de sosiego impuesto por su ocupante, Helia Plasencia de Betancourt.

Directora emérita, patrona vitalicia y matriarca sin límite de suma del proyecto educativo que hoy se conoce como St Jude School, doña Helia tiene 90 años plenos de vida y trabajo y, por lo tanto, derecho de hacer lo que le dé su santa gana.

Hija de médicos –ambos, a su vez, hijos de inmigrantes españoles– Helia Plasencia nació en la provincia de las Tunas, Cuba, el 9 de setiembre de 1923. Más precisamente, sobrevivió varias semanas en la incubadora del hospital que dirigía su propio padre, en el central azucarero Manatí, al este de la isla.

“Yo soy oriental y ¡cáete pa’ tras! ¡Estuve en una incubadora dos semanas! Papá y mamá operaban juntos. Ese día vinieron de la operación y mamá venía cansada… ya estaba para dar a luz en cualquier momento. Se tiró en la cama bocarriba, y miró pa’ arriba el dosel lindísimo, altísimo, y de pronto le pareció que había visto un ratón, y se lo dijo a papá. Y mi papá se quitó la chancleta que tenía, pum, y se la tiró al ratón, según él. ¡Y le dio el gran porrazo y mi mamá pegó el brinco por el otro lado! Del zapatazo dio a luz, con siete meses. Así fue como fui a dar al hospital del ingenio”.

Dirigía la Escuela de Maestros Primarios de Holguín, en 1961, cuando ella y su esposo, el empresario Alonso Betancourt Pacheco, decidieron abandonar la isla y venir a Costa Rica. Los problemas de su marido con las nuevas autoridades revolucionarias lo habían tenido varios meses en la Cárcel de Boniato, ese mismo año, y aunque ese primer episodio parecía haber sido superado, al menos en los tribunales, la familia prefirió dar un giro radical. Para entonces, ya habían nacido los dos primeros hijos: Alonso y Helia Gloria. A Giselle Betancourt Plasencia, la última del clan, le tocó nacer en Costa Rica.

–¿Nunca más volvió a Cuba?

–No, pero lo mío es más largo: Yo vine a Costa Rica hace cincuenta años.

–¿Usted se siente tica o cubana?

–¿Yo? Tica.

–Cubana, ¿ni un poquito?

–Es que no tengo nada allí. Ni nada que hacer. Ni nada que pensar. Lo único que recibí fueron palos cuando fui a salir. ¿Por qué? Porque nosotros no éramos revolucionarios. Allí, o eres, o no eres.

“Yo salí de 24 años, porque me casé. Mi marido tenía 26. Mira, aquellos somos él y yo”, dice, señalando un marco que encierra dos fotos paralelas, en blanco y negro.

–Muy guapos.

–Pues aquellos somos. En esa época yo tenía el pelo clarito, clarito. Y tenía un paje que había que quitarse el sombrero. Parece mentira, y ahora lo que tengo es un cucurucho...

–¿Y qué es un paje?

–¡El pelo de la película Lo que el viento se llevó! ¡Igualita!

Doña Helia llegó a Costa Rica un jueves y el lunes siguiente ya tenía trabajo. El viernes fue a dejar un encargo a la Catedral Metropolitana y ahí se encontró por casualidad con la directora del Colegio de Nuestra Señora de Sión, la Madre Caridad, quien la contrató de inmediato. Los dos años siguientes fueron de trabajo y adaptación, haciendo lo que sabía hacer y mejor aún, lo que le gustaba.

“Una noche me desperté. Estábamos pasando mucho trabajo y le dije a mi marido. Ah, no qué va. Este problema lo resolvemos de otra manera. Yo soy maestra y yo voy a poner mi escuela".

"Y me dice mi marido: Tú vas a poner tu escuela, muy bien. ¿Y con qué la vas a financiar? Digo: Mañana yo voy a arreglar esto. Yo ya había oído hablar del Monte de Piedad, entonces, al día siguiente, tempranito, me fui a dejar mi anillo de matrimonio. Lo empeñé por ¢700. Compré una mesa y cuatro sillitas, y puse la escuela en la calle donde yo vivía. En el primer cuarto puse un pizarrón, lo pinté, y así nació la Católica Activa, en 1963”.

–¿Y el anillo?

–Aquí está. Lo empeñé en noviembre y en febrero me lo devolvieron.

Después de 61 años de matrimonio, doña Helia finalmente despidió para siempre a su esposo, Alonso Betancourt. El suceso cambió su vida, pero no su rutina: todos los días hasta el día de hoy, doña Helia se levanta para ir supervisar la obra educativa que fundara hace 53 años, con su amiga y compañera, Hortensia Esquivel de Luconi.

El recuento es largo, pero cabe en unas líneas: primero, el Jardín de la Infancia Católica; más tarde, la Escuela Católica Activa; luego el Colegio Bilingüe San Judas Tadeo y, finalmente, el St. Jude School, en Santa Ana, un campus de 4 manzanas y casi 800 alumnos.

Como promedio, doña Helia llega a las 9 de la mañana y se va pasado el mediodía. Tiene una oficina e incluso las dos manos derechas de Silvia Ramírez, su asistente personal desde hace una década.

Desde toda la vida y muy posiblemente para toda la eternidad, doña Helia será metódica. Católica. Atenta. Didáctica. Simpática.

“Mira”, me dice. “Mi hija menor tiene tres títulos de medicina. Es dermatóloga. ¡No! Si yo debería estar hecha una belleza, pero ya ves, estoy hecha un cocorioco”.