El español

Fotos y videos: Jose Díaz

Un día cualquiera del año 1971, Fernando pasa por la casa de Marta Lira a conversar con ella. Fernando Díez Losada: sacerdote, 36 años, natural de Valladolid, España, radicado en Nicaragua desde 1962, párroco de la iglesia de Santa Ana, en Chinandega, y autoridad espiritual de la región. Marta Lira Arauz: 17 años, conocida en su casa como Tita, dechado de virtudes judeocristianas, estudiante de quinto año bajo la atenta vigilancia de las monjitas betlemitas de la orden del Sagrado Corazón de Jesús y, casi por divina inercia, futura colega de las monjas.

Lo que el joven Fernando llega a decirle a la señorita Marta Lira, se lo dice de un sopapo y luego se esfuma.

–Te voy a contar algo, pero que quede entre los dos: voy a dejar el sacerdocio.

–¡De verdad!

–Sí, es que estoy enamorado de una muchacha.

­–¡Una muchacha! ¿Y cuál muchacha?

Nadie sabe si el cura huye como una gallina o como un valiente, ni si está aterrorizado o desmoralizado –ni siquiera él mismo lo recuerda–, pero lo que sí se sabe es que el padrecito no se queda a esperar la reacción de su interlocutora, puesto que, pese a la diferencia de edad, ambos padecen de la misma inocencia superlativa. A la fecha, ella es la única que encuentra palabras para contar lo sucedido, porque tras un largo rodeo, Fernando le lanza el bombazo a Marta Lira: La muchacha de la que estoy enamorado sos vos.

“Yo me escapé de morir”, recuerda la involucrada. “Ocho meses después le dije que sí, pero pasé todo ese tiempo muy angustiada. Fue horrible”. La pareja se casa el 9 de setiembre de 1972, en Nicaragua, durante la ceremonia con menos invitados y más paracaidistas de la Historia.

De los 42 años que llevan juntos, pasan los últimos 27 en la casita de Cuatro Reinas de Tibás que compran para echar raíces junto a sus tres hijas, la misma desde la que hoy, con la minuciosa colaboración de su esposa Marta Lira, don Fernando recuerda sus siete vidas como cura, educador, académico, políglota, inmigrante, traductor y columnista mediático.

“De acuerdo con la doctrina católica, yo sigo siendo sacerdote. Tu es sacerdos in aeternum... Tú eres sacerdote eternamente. Es el Sacramento del Orden. Los poderes no se pierden aunque, como en mi caso, el Vaticano le dispense las obligaciones. Uno puede abandonarlo si le da su santa gana, dicho en perfecto castellano, pero eso no significa nada”.

Don Fernando obtuvo su dispensa del papa Pablo VI, en 1972, un mes antes de casarse.

La humanidad de don Fernando Díez asciende más o menos hasta un metro ochenta y, en su semblante, la seriedad presenta rasgos de incertidumbre, con una sonrisilla tan similar a la de la Mona Lisa, como si él supiera algo que nosotros no. Y la realidad es que, a la hora de saber, él lleva ventaja. Si hubiera que hacer un resumen –y hay que hacerlo– habría que decir que, durante toda su vida, don Fernando no ha hecho otra cosa más que estudiar. El saldo es que habla seis idiomas, además de español (latín, griego, inglés, francés, italiano y gallego), ha publicado siete libros y algunos de sus títulos tienen la misma muletilla: Summa Cum Laude Probatus.

Aunque su actual oficina no revela todo lo que sabe –es un espacio de su casa, pequeño y modesto– tiene en su librero lo último de lo último de la Real Academia Española. “Ya los tengo leídos y subrayados”, confiesa. “Ya la Academia no es tan normativa, más bien aconseja”, dice condescendiente. ¿Y sigue al pie de la letra esos dictados? “Tengo incluso algunas columnas que muestran ciertos desacuerdos, pero yo digo como dicen los abogados, solo que en vez de decir, in dubio pro reo, digo in dubio pro academia. Es decir, en caso de duda, estoy a favor de la Academia, aunque claro que se equivoca. Por otro lado, la Academia de aquí no hace nada y por eso alguna vez dije que era la Irreal Academia Costarricense de la Lengua”.

¿Y por qué es tan importante el uso correcto del idioma?

–Se entiende que el lenguaje es un procedimiento de la comunicación. Entonces, si la otra persona entiende lo que uno dice, se cumple esta finalidad, que es la de transmitir ideas. Por otro lado, podemos hablar de un español culto o formal, y un español popular. En el culto, los lectores y la gente exigen que haya un cumplimiento de las normas científicas establecidas sobre el idioma. En la comunicación popular lo importante también es que el interlocutor entienda, pero los regionalismos no son lenguaje formal y no todo el mundo los entiende.

Hizo un año de Derecho en la Universidad de Valladolid, pero se salió para hacerse novicio y luego estudiante de filosofía clerical y luego, teólogo y sacerdote. Mientras seguía con su instrucción eclesiástica, que culminó con un doctorado en Teología, en Salamanca, don Fernando también sacó un título en Filosofía y Letras de la Universidad Complutense de Madrid.

“Uno nada más se presentaba a los exámenes”, comenta, como excusándose por el pecado del conocimiento. Es decir, que ocho años de estudios religiosos intensivos –adobados por los votos de castidad, pobreza y obediencia– no fueron suficientes para llenar su agenda, y entonces decidió invertir su escaso tiempo libre (si acaso dos días a la semana) en nuevas especialidades académicas.

“Se estudiaba Filosofía, Arte, Literatura, Historia e idiomas. El examen de arte lo recuerdo perfectamente. Estaba sentado con un papel y delante un proyector sobre un telón blanco, con 20 diapositivas del arte universal, en las ramas de escultura, pintura y arquitectura. Si uno no sabía cómo se llamaba la obra o quién era el autor, debía decir por lo menos su estilo, su época y su contexto. Para pasar, había que responder bien 18 de 20”.

¿Y usted con cuánto pasó?, le pregunto, previendo que la respuesta será más obvia que la pregunta.

–Yo pasé con sobresaliente, 20 de 20. El examen de griego era traducir un texto, pero al menos le dejaban a uno el diccionario. El de latín era sin diccionario.

Fernando Díez Losada nació en Valladolid, estrujado entre cuatro hermanas (dos adelante y dos atrás), hijo de un médico reumatólogo y de una mamá que, de haber estudiado, “hubiera llegado a catedrática”, como le señalara su padre una vez.

La guerra civil sorprendió a la familia en Galicia, en 1936.

“Estábamos de vacaciones en la casa de mis abuelos maternos y tuvimos que quedarnos más de lo planeado”. Así que, como Fernandito tenía apenas dos años, habló el gallego antes que el castellano. Luego, con la Segunda Guerra Mundial, el vecindario se incendió.

La suya fue una época en la que en España solo se podía ser cura, militar, comunista o mujer. La vocación religiosa no era tal, sino el aire que se respiraba.

“Eso es muy difícil explicar. Eran tiempos de Franco, en que la religión era una obligación, casi como comer.

Había incluso un chiste que decía que Franco había construido una torre más alta que la torre de Babel. ¿Cómo? Pues había puesto un cura y encima un militar, y encima un cura y encima un militar…”

Fue un niño tan normal como todos los de su pueblo, con la única diferencia de que a él no le gustaba hostigar a uno al que le decían “el tísico”: el niño enfermo del barrio. “Entonces los chiquillos, que siempre somos tan malos, lo molestaban. Yo no lo hacía, sinceramente, pero los demás, sí. Todos sabíamos dónde vivía, lo que no sabíamos era que iba a ser un escritor tan famoso”.

El niño, más aquejado por la enfermedad social del conservadurismo que por la tuberculosis (por ser hijo natural de su madre), era Francisco Umbral.

A sus casi 80 años –los cumplirá el próximo 2 de diciembre– sigue siendo un eterno estudiante y quizá por eso, o además de eso pero nunca en contra de eso, goza de un humor libre de impurezas y de una figura literaria. Jamás fumó y nunca lo hará.

Don Fernando tiene un amigote, el periodista y experto en retórica, Víctor Hurtado, con quien comparte una obsesión: conquistar las cumbres borrascosas del idioma. “Discutimos porque yo le digo que el idioma no es lógico. El idioma a veces va en contra de la lógica”. Cualquier encuentro entre ambos podría ser descrito como un fenómeno pluscuamperfecto de acoso textual. Durante muchos años, ambos coincidían en los pasillos del trabajo o se topaban en la esquina del mismo escritorio, hasta que don Fernando decidió abandonar el barco y resolver sus coloquios sobre la problemática de la lengua por vía telefónica.

Aún hoy se saludan como ayer. Don Ferdinando, dice uno. Señor Furtado, responde el otro.

Acostumbrado a la vida del claustro, don Fernando pasó dos décadas encerrado en las instalaciones de la empresa más poderosa de Llorente de Tibás, La Nación S.A.

Ahí sentó la bases de su apostolado: una columna que, aún hoy, sale domingo a domingo, Tribuna del Idioma. Sin embargo, cuando cumplió 65 años, don Fernando se pensionó para seguir escribiendo. La pensión definitiva le llegó el 5 de mayo del 2013, pero tampoco: antes de irse, firmó un contrato de asesoría con la empresa, para no tener que despedirse.

“De vez en cuando me mandan algo. Es como un mal matrimonio, no hay forma de que se acabe”.

Recién ordenado como sacerdote, sus superiores le preguntaron si no le importaría trasladarse a América Central. “Estaba ilusionado, con muchas ganas de trabajar. Dije que estaba bien”. Era 1962. Primero se instaló en la parroquia de Rivas, en Nicaragua, donde tuvo labores de asistente, pero no habían pasado tres meses cuando ya estaba en Chinandega, haciendo de las suyas. En un colegio de varones recién inaugurado por los dominicos, el San Luis Beltrán, don Fernando se incorporó de lleno a la labor docente, dando clases de Español, Historia, Filosofía... “Religión daba otro”, agrega.

Lo suyo no era el ejercicio y mucho menos el béisbol, así que no predicó con el ejemplo, pero se convirtió en uno de los principales promotores del deporte colegial, en la región y en el país. Con su equipo participaron, incluso, en un torneo de pequeñas ligas, en la ciudad de Williamsport, Pensilvania, como los únicos representantes de Latinoamérica. Quedaron en segundo lugar.

“Cuando volvimos a Nicaragua nos recibieron como héroes, primero en Managua y luego en Chinandega. En Managua nos recibió, incluso, el presidente de la República, que en ese momento era Anastasio Somoza Debayle, pero él ya sabía quién era yo. En la época electoral, durante una misa, yo había dicho que todo el mundo debía salir a votar, pero no por aquel candidato que hubiera herido la dignidad humana”.

Más tarde, fuera de la orden de los dominicos y convertido en sacerdote secular, fundó y dirigió dos escuelas públicas: una en Santa Ana, Chinandega, y otra en Nagarote, León. De Nicaragua, finalmente, también lo expulsaría la guerra, en 1978, con la diferencia de que para entonces ya no era sacerdote, sino un verdadero padre de familia.

Hace menos de dos meses don Fernando sufrió un accidente: se encaramó a una banda caminadora y apretó el botón equivocado. El resultado: salió disparado y terminó en el piso. Tenía semanas de estar recibiendo rehabilitación en el brazo derecho, pero sus viajes al hospital acaban de terminar.

Él explica que la caída no le provocó fracturas, pero Marta Lira no es de la misma opinión. “Fueron tres fracturas en la cabeza del húmero, eso dijo el doctor”, insiste ella. “Que no me fracturé”, dice él.

Don Fernando, sería recomendable que le hiciera caso a su mujer.

–Yo en mi casa tengo la última palabra–, sonríe don Fernando: “Sí, miamor.

–¿Y qué me puede decir de las malas palabras?

–No hay malas palabras, lo que hay son malas realidades. Naturalmente, a esas realidades les corresponde una palabra. Mierda no es una mala palabra, sino la descripción de una realidad que resulta desagradable.

Un último detalle, menos escatológico: don Fernando no tiene arrugas, pero le importa un bledo.

[Bledo: (Del lat. blitum). m. Planta anual de la familia de las Quenopodiáceas, de tallos rastreros, de unos tres decímetros de largo, hojas triangulares de color verde oscuro y flores rojas, muy pequeñas y en racimos axilares. 2. Cosa insignificante, de poco o ningún valor. Ejemplo: Dársele, o no dársele a alguien un bledo. Ejemplo: Importarle, o no importarle a alguien un bledo. Ejemplo: No valer un bledo.]