El mago

BilínEl jardinero William Carvajal Angulo llevaría una vida completamente normal si no fuera porque Bilín es el masajista de Escazú: masajista del verbo sobar

Fotografías: Gloriana Jiménez

Un viernes como a las 9 de la mañana, la hija mayor de Bilín, Karla, tuvo un accidente en el trabajo: se cayó de una escalera bajando unos libros de un estante. La muchacha terminó en el albergue del INS y, como a las 6 de la tarde, salió con una noticia para su papá. Me operan el martes, le dijo.

Una vez en la casa, Bilín la examinó con mucho cuidado y se dio cuenta de que tenía la clavícula desmontada. Ah bueno, pensó con alivio. Eso era algo que él podía resolver.

El lunes la muchacha volvió al trabajo y el martes el quirófano tuvo un cliente menos. Durante un par de días, mientras andaba sumergido en sus labores de jardinería, Bilín no pudo sacarse una pregunta de la cabeza. ¿A cuántos operarán así?

No importa la historia, el resultado siempre es el mismo. Bilín narra cada caso como si realmente recordara a cada persona de los cientos que pasan a verlo semanalmente para que los valore y los cure: la jugadora de golf, el chiquito con indigestión, el señor con el tobillo hinchado, el ama de casa con crisis de ciática. Sin embargo, lo de menos es que Bilín recuerde o no qué les hizo. Lo relevante es que, después de sobar a medio mundo, las manos de Bilín forman parte del patrimonio cultural de Escazú.

Bilín no se llama Bilín, pero es inútil preguntar por William Eliécer Carvajal Angulo, porque a ese no lo conoce nadie. En cambio, caminar por el centro de Escazú con Bilín es la mejor forma de saber a quién le duele qué, quién se cayó de la moto, cómo siguió la abuela y con cuántos lesionados terminó la mejenga. Él pregunta, pero además, le cuentan. El interés es mutuo, porque a Bilín nada se le escapa, y es capaz de detectar un tobillo hinchado y una postura dolorida a varias cuadras de distancia. Cuando eso sucede, no hay forma de detenerlo. La pregunta ¿Qué le pasó? casi siempre termina con un diagnóstico y, si es del caso, con un masaje.

El universo de Bilín son las calles y las montañas de Escazú. Nació en el San Juan de Dios el 7 de abril de 1965, al final de una cola de 9 hermanos. Desde chiquillo fue un apasionado jugador de fútbol pero, por razones indestructibles, su papá les prohibía jugar y castigaba con golpes al que se atreviera a desafiarlo. Todos lo desafiaban, ni modo, pero más tarde él y sus hermanos descubrieron que, además de que destrozaban los zapatos y no había plata para reponerlos, otra de las razones para semejante violencia era hereditaria: a su papá también le habían pegado por la misma razón.

“Mi tata traía eso de natural pero nunca lo dejaron. Nunca pateó pero ni una boñiga. Es que en esa época uno le tenía miedo a los papás. Ahora no. A uno le decían: Si corre más, la tierra se le abre. Si corre más, le sale el diablo. Y uno paraba porque les creía”.

En la escuela jugaban con un tarro de jugo y, si tenían suerte, con una bola de tenis. A la salida, Bilín se iba a jugar bola a los potreros. Una vez, en una de esas, se desmontó la clavícula. Tenía como 7 años. Fue la primera vez que su mamá lo sobó. Un tiempo después, el tobillo. Y después, la rodilla. Bilín supo que su mamá sobaba, y que ese era un don incuestionable.

Dos meses antes de graduarse de sexto grado en la escuela República de Venezuela, su papá, que era enzacatador de jardines, lo sacó y lo puso a trabajar. “La escuela me gustaba mucho, demasiado. No era tan tonto ni tan ignorante”, dice Bilín. En ese momento Bilín tenía 12 años y la familia atravesaba una situación complicada, porque su mamá los había abandonado. “Mi papá tenía muchos defectos, pero al mismo tiempo era muy valiente y muy trabajador”.

A los 16 años, se independizó laboralmente y empezó a trabajar como jardinero fijo en una casa. A esa edad también recibió dos cosas: la última golpiza por ser futbolista y su pase a tercera división con jugadores mucho mayores, en el Deportivo Ubaldo Chaves, donde jugó dos años en la media cancha.

Su talento deportivo también iba y venía en primera división, aunque con equipos de fútbol cinco. Años después pasó por la Selección de Escazú, pero no lograron alcanzar la segunda división. Hoy Bilín patea la bola para Cuadrilla, un equipo máster de la comunidad que integran jugadores mayores de 45 años.

“No lo dejé. Nunca lo he dejado. Más bien me pienso retirar ahorita. Ya me siento que no soy el mismo. Uno juega un campeonato pero termina muy lesionado”.

Al fondo solo hay una camilla y una postal. Hay un mueble metálico con unas muletas encima, un par de sillas plásticas y dos repisas largas con un radio y varias botellas de aceite mineral. Un televisor viejo descansa sobre una mesita de noche cuyas gavetas tienen poca cosa, aunque de vez en cuando sale algo tan útil como un pedazo de paleta para entablillar un dedo. No hay ventanas, pero como a la gente le gusta sentarse a esperar en la grada de la puerta, la brisa nocturna empuja el aroma de los palos de guayaba que crecen en la acera de enfrente.

A partir de las 4, el cuartito de Bilín es como un lugar de peregrinación. Los vecinos se asoman, preguntando. Los carros pasan y frenan sin apagar el motor. Muchos de los que aún pueden caminar, llegan a pie desde Bebedero o San Antonio. El teléfono no para de sonar y por eso, muchas veces, la puerta se cierra hasta la medianoche.

Cervicales desacomodadas, parálisis faciales, músculos contraídos, clavículas desmontadas, rodillas o codos que traquean, contracturas aquí y allá, dolores en el costado. Todo, excepto las fracturas, que son intocables.

Una tarde del año pasado, un señor diagnosticado con desgaste de columna llegó a donde Bilín. Tenía dos años de padecer constantes dolores, tomaba toneladas de pastillas, y aún esperaba la cita de su operación, programada para el 2017.

El señor le contó a Bilín que un médico le había ofrecido operarlo de un día para otro a cambio de 6 millones de colones, pero que él no tenía la plata. Bilín lo revisó palmo a palmo, como si tanteara una fruta y, al cabo de un par de sesiones, disolvió el dolor a punta de masajes y ventosas.

Antes iba de casa en casa, cargando una mesa de masajes, pero el sacrificio se volvió inmanejable, porque quien se estaba lesionando era él. Así que consiguió un lugar, que es como una extensión de su propia casa. Cuando cobra, lo que pide es una tarifa mínima.

“Cuando tengo la plata del alquiler, regalo las sesiones, porque no quiero vivir de esto. Es una promesa que hice y entonces tengo que cumplirla”.

“Me gusta ver a la gente bien, gozando de buena salud. Para mí, eso es algo muy importante. Si hay gente que uno puede ayudar, tiene que ayudarla en el momento, porque uno no sabe si mañana ya no está”.

Bilín es un hombre pequeño, fuerte, de manos anchas, endurecidas por el trabajo. Es sociable, pero con un aire discreto. No pega gritos. A veces tiene los ojos profundamente tristes, quizá medio verdes. No le gusta el agua caliente ni estar sin hacer nada. Es alérgico al tomate y a los lácteos. Todos los domingos se levanta para ir a misa de 6 y, después, si se lo piden, sigue trabajando. Dice que tiene años de no ir a la playa, pero como le gusta tanto lo que hace, se pierde en la descripción de los masajes y se le olvida el mar.

“Es que todos servimos para algo, aunque sea para estorbar”.

Un día salvó a una vaca de terminar en el matadero. Estaba en Cervantes de Cartago, haciendo un mandado con un amigo, y la descubrió a lo lejos, porque la vaca venía cojeando. La sobó y de inmediato el animal pudo volver a caminar. Volvió a los ocho días, solo para confirmar que estaba totalmente recuperada.

La verdad es que antes de tocar a la vaca, Bilín había sobado a dos perros: Ponqui y Pirulo. El primero es el perro de su casa, que lo había agarrado un carro, y el segundo es un perrillo del vecindario. A ambos les había acomodado la osamenta golpeada, pero en el caso de Pirulo, no pudo ir más allá.

“Pirulo es drogadicto. Le echaban el humo de la marihuana en el hocico y le gusta andar drogado”.

De vez en cuando le llevan algún perro. Bilín dice que no es su especialidad, pero ahora que sabe que les puede ayudar, no es capaz de negarse.

Cuando tenía 26 años, Bilín tuvo un accidente mientras jugaba fútbol en la plaza de Escazú: se lesionó la rodilla. Se fue al San Juan de Dios y lo enyesaron. A los ocho días volvió para que lo revisaran, pero como no tenía carnet del seguro, lo obligaron a irse a la clínica Moreno Cañas a buscar uno, y como no tenía plata, se tuvo que ir caminando. Hizo la vuelta. Duró como 5 horas. O más. Al volver, tampoco querían atenderlo. De milagro logró entrar al hospital y colarse en una cama del segundo piso. Lo operaron al día siguiente del menisco. Antes de la operación, él se prometió que si quedaba bien –al menos para trabajar, ni siquiera para seguir practicando su amado deporte– ayudaría con sus masajes (su renegado don) a quien pudiera. Pasó 22 años haciendo masajes sin cobrar un cinco.

Ante la pregunta de cómo hace para saber qué tienen las personas y curarlas de sus dolores, Bilín tiene varias respuestas.

“Yo aprendí esto de mi mamá”. “Yo traía el don y nunca quise”. “Tal vez es dios que la sale a uno de la cabeza, porque él es el que cura. Uno es un medio”.

–¿Y viene todo tipo de gente?

–Claro. Aunque no tengan plata. No le digo que yo atiendo hasta a un perro.