El melocotonazo

Fotos y videos: José Díaz

“Si el hombre desciende del mono, el tico desciende de Chiricuto”. Algo parecido debería estar escrito en algún libro de Ciencias, o cuando menos, en alguno de Estudios Sociales, pero el MEPnunca ha predicado con el ejemplo, evitando que el sentido del humor –y cualquier otro– interfiera en su hoja de vida.

Sin embargo, ¿cómo podría explicarse mejor a los niños la Costa Rica contemporánea, la de la crisis de los años ‘80, la del Estado benefactor en pleno saqueo, si no es con la inestimable ayuda de ese rostro colorado, siempre en el margen de error estadístico, a medio camino entre una curul y una cantina, y rematado por unas cejas con vida propia?

La cara de Chiricuto, que no tardará en ser declarada Patrimonio de la Humanidad, es la biografía de una época, hasta que no se demuestre lo contrario. Y claro que jamás se demostrará porque de eso se encargó su creador, Lico Font, cuando inmortalizó su destino con un único verso: “No sea bruto, vote por Chiricuto”.

Don Lico y su ayudante están a punto de terminar la jornada del día alrededor de un estañón azul, donde no deja de dar vueltas una emulsión que más tarde se convertirá en tinta de serigrafía, o en algo aún mejor: batido de polímeros. Las paredes revelan el trabajo diario de ambos colegas, con restos arqueológicos de pintura salpicada y un enorme anaquel donde hay millones de latas apiladas junto a miles de botellas con disolventes y líquidos indebidamente etiquetados.

En su pequeño taller, ubicado a la vuelta de la última vuelta de Barrio Aranjuez, don Lico produce los esmaltes que otros le compran a países como Estados Unidos, México y China. Además, ahí tiene todo lo necesario para fabricar pintura de primera calidad –de hecho, la hace, y la vende a una exclusiva cartera de clientes– y, si quisiera, podría volver sobre sus pasos y producir de nuevo crayolas, plastilina, candelas, jabones, piñatas, muñecos…

Tiene 50 años de demostrar que, al menos para bajar los costos y aumentar la creatividad, la tecnología casera es infinitamente mejor que la tecnología de punta, y que las ventajas comparativas de un producto hecho en Costa Rica son mucho más entretenidas que las ventajas de un artículo importado.

Detrás de don Lico está la cédula de Manuel Elie Font Hazera –inventor, empresario, abogado y artista fuera de serie–, nacido en San José el 8 de mayo de 1943. Su biografía está cruzada por abuelos catalanes y franceses, por bisabuelos banqueros y tías pianistas, por una mamá diplomática y un papá comerciante al que solo le faltó el título para consagrarse como arquitecto.

De pequeño, se mantuvo ocupado siendo niño. Gozó de una infancia llena de música, experimentos y helados de palito, junto a sus dos hermanos, Mario, el menor, y Ligia, la mayor. Su abuelo materno, Elie Hazera, quien vivía con ellos, fue el responsable de muchos de los grandes acontecimientos de aquella época, como la primera vez que vio actuar a Eduardo Jijón Serrano, un ventrílocuo ecuatoriano radicado en México, cuyo nombre artístico era Paco Miller.

“Yo tenía como 7 años cuando mi abuelo me llevó a la carpa Gambrinus, de la cervecería Ortega, en lo que fue la Plaza de la Artillería. Paco Miller se presentaba por primera vez en Costa Rica. Él era un ventrílocuo famosísimo en el mundo entero, descubridor de artistas como Cantinflas y Tintán. Lo ví y pensé: ¿Cómo es posible? ¡No puede ser que un muñeco hable solo! Me quedé tan fascinado con el espectáculo que, cuando cumplí 15 años, después de haber probado con marionetas, hice a Chiricuto, mi primer muñeco”.

Tales descubrimientos trajeron otros nuevos. Después de pasar por los pupitres de la Buenaventura Corrales, donde enseñaba su tía, la maestra Rosita Font, y de cruzar las aulas recién estrenadas del colegio Saint Francis, el joven Lico decidió levantar un emporio en el patio de un vecino, con el cual pudo autofinanciarse su bachillerato en el Seminario. “Mi papá era muy laborioso y mi mamá también. No podían ver a nadie de vagabundo. En mi casa todos nos acostumbramos a colaborar”, cuenta.

“Pusimos una fábrica de jabón y hacíamos un jabón blanco con olor a limón, que servía tanto para bañarse como para lavar la ropa. Ahí comencé yo con mis primeros inventos químicos".

La fábrica la montamos con “Juanra” Montes de Oca y Frank Quintero, ambos compañeros del colegio. Le pusimos Jabón Candado, y lo marcábamos con un sello, así, fuerte. Cada barra tenía 1 kilo y, por cada tanda, sacábamos 200 kilos. Iba y venía del colegio vendiendo jabones en un cajón de cartón. De ida los dejaba y de venida recogía la plata. El negocio duró como un año, pues en ese tiempo también comenzó Punto Rojo, que sacaba el jabón azul. No pudimos competir, aunque ellos vendían la barra a ¢1 y nosotros a ¢0,95 céntimos. Sin embargo, fuimos los primeros en sacar un jaboncito blanco con aceite de coco y lejía de sosa, que significa potasa o soda caústica”. Y aunque al joven Lico lo precedían las ganas de superarse, llegó a la UCR para convertirse en abogado.

“Al principio, Chiricuto era un campesino que andaba con alforjita, chonete y pañuelo rojo, pero luego se fue culturizando. Para llegar a ser Presidente de la República, teníamos que educarlo, así que lo pasamos por el colegio y la universidad, donde se hizo abogado. Si embargo, él sigue siendo el papazaso de todas la nenas, el melocotonazo. Nunca ha querido decir si es casado o divorciado, y no se sabe qué situación tiene. Decían que El cherevequillo era un hijo que tenía por fuera, pero él siempre lo ha negado. Es 100 por ciento saprissista. Una vez, durante una transmisión de fin de año, lo amarraron a un toro y la sacudida fue tan grande que tuvieron que ir a recoger la cabeza de Chiricuto en el polvazal del redondel”.

“Una vez se robaron a Chiricuto, a finales de los ‘70. Acabábamos de terminar de grabar un programa en canal 11, exactamente enfrente de lo que es hoy el AyA. Guardé la valija de Chiricuto en el carro y entré al edificio a buscar las cosas que me faltaban. Cuando volví, la maleta ya no estaba. Un hombre se había llevado el bulto creyendo que había plata, ropa, comida ¡o lo que fuera! Cuando abrió la maleta, allá por Cristo Rey, se encontró a Chiricuto bien acurrucado y se pegó un gran susto, así que se metió a una cantina, donde lo sentaron en la barra y comenzaron a darle guaro para que hablara, pero como no habló, lo agarraron a patadas. En aquel tiempo Chiricuto era famosísimo y el canal había ofrecido una recompensa por él.

La policía seguía investigando y hasta me había enseñado los deditos de Chiricuto, quebrados y tirados en un caño. Como a los 15 días apareció por el canal un viejillo todo barbuchas, con una bolsa de plástico donde cargaba la cabeza de Chiricuto. Venía a reclamar la recompensa, ¡y se la dieron! Como 5 mil pesos de la época. Fue un suceso nacional. A mí me tocó reconstruirlo. Pobrecito. Ese muñeco me daba de comer”

Don Lico podría dejar de trabajar, pero no conoce otra forma de entretenimiento. Claro que también pinta y toca piano, pero eso no cuenta para un autodidacta sin posibilidades de rehabilitación, como él. En esta vida, lo único que logró aburrirlo fue el Derecho. “Hice cuatro años y medio en la facultad y, aunque no me gradué, litigué cuatro años. No sirvo para pelear”.

Lo que no aprendió con libros, lo aprendió de oído. Además de abogado, empresario y comerciante, fue productor artístico, pionero de la televisión nacional, guionista, escenógrafo, músico, comediante y hasta profesor de serigrafía.

Cuando “Titanes en el Ring” vino a Costa Rica, en parte gracias a sus esfuerzos, él también formó parte de una gloriosa confabulación que hizo posible que, en una pelea cuyo monto fue previamente acordado, el candidato G.W. Villalobos se enfrentara a Martín Karadagián. “Hicimos un trinquete para que G.W saliera triunfante”, dice feliz, heroico.

De su primera esposa, Cecilia Benavides Andreoli, enviudó al cabo de 35 años de matrimonio. Con ella tuvo cuatro hijos: Ana Cecilia, Manuel Guillermo, María Catalina y María del Rocío. El 19 de octubre del 2002 volvió a casarse, esta vez con Laura Ortiz Barrionuevo, también viuda y de su mismo barrio. Ella puso los dos hijos que le faltaban a don Lico: Juan Carlos y Marco.

Una pared separa la casa y el taller de Lico Font. La cercanía entre ambos le permite tener más constancia que prisa, así que todos los días cruza el umbral que comparten ambas construcciones y se va a fabricar sus tintas y mezclar sus fórmulas, casi a mano, como un alquimista con vocación de obrero. Su esposa Laura dice que es muy pero muy impaciente. Sin embargo, el entusiasmo de don Lico se ha emparejado con el tiempo, porque si bien antes lo apasionaban solo algunas cosas, ahora solo lo exaltan todas.