El ratón

Fotos y videos: Jose Díaz

Elías no es viejo ni atlético ni muy sociable y no le queda más remedio que ser paciente. Dice que de niño era absolutamente rubio, pero que ahora solo es canoso, lo cual parece un tránsito inevitable.

Tiene la frente salpicada de pecas, como si más bien hubiera sido pelirrojo, los ojos oscuros, obligados a la melancolía por un arco de cejas y pestañas transparentes, y la naricita fina, de una elegancia infantil. “El sol es mi peor enemigo”, dice, con voz de albino.

El año pasado, Elías perdió el 70 por ciento de la movilidad de su brazo derecho, mano incluida. Es decir, el año pasado, su brazo derecho se convirtió finalmente en un adorno que es preciso arrastrar a todas partes sin gratificación ni esperanza. No es que antes hubiera sido la gran cosa, en primer lugar porque Elías es zurdo, pero esa caída –el accidentado resbalón que lo hizo golpearse el codo que apenas venía recuperándose de una cirugía y de una bacteria y de tres años de antibióticos intravenosos que de rebote le afectaron los riñones– le arrebató algunos verbos y su respectivo electrodoméstico. Escribir + computadora. Bañarse + termoducha. Para las cosas que suele y necesita hacer, Elías requería de sus dos manos saludables, pero de pronto, su vida corporal se llenó de tribulaciones, porque esa caída fue solo el principio.

En el amplio salón de la Biblioteca Nacional, sentado frente a la mesa de lectura e inclinado sobre unos mamotretos empastados con olor a periódico viejo, Elías parece más grande de lo que realmente es. Es una sensación difícil de explicar, pero cierta. Tal vez sea por los libros –por el tamaño y la cantidad de libros que lo rodean cada vez que está ahí– que parece un gigante sumergido en un estanque enciclopédico. O quizá sea por el tamaño de su concentración mientras repasa las páginas amarillentas, o por las inconmensurables dimensiones de su empeño.

Obstinado. Firme. Solitario.

La biblioteca es tan enorme y silenciosa como una catedral y la figura de Elías absorto frente a un libro coincide con esa visión de la inmortalidad.

Seis años antes de convertirse en un usuario más de la biblioteca, Elías fue uno de sus empleados. De 1980 a 1986. Se fue a trabajar allí después de que un amigo le sugiriera ir a pedir trabajo, y así, tras una solicitud verbal y pocos trámites burocráticos, logró una plaza en el paraíso –en su versión del edén–, junto a los únicos objetos por los que Elías Zeledón siente absoluto respeto, amor y loco frenesí. Llegó a memorizar el lugar de cada uno de los 700 mil ejemplares de la colección pública. Al menos eso dice él, con orgullo pero sin soberbia, con una especie de fe irracional (valga la reiteración) en que semejante ejercicio espiritual mantendría los libros a salvo. ¿A salvo de qué? Robos. Mutilaciones. Extravíos.

“Muchas veces vengo a la biblioteca a pedir un libro y me dicen que no está, pero yo sé que sí está porque alguna vez lo usé. Sin embargo, ya no está. Desapareció. Se lo robaron”.

–Siempre me echan en cara eso: que no escribo. Hay mucha gente que piensa que robo porque publico cosas de otros. Lo aclaro antes que nada: yo no soy escritor ni soy historiador. Un historiador estudia un tema de determinada época y lo desarrolla. Yo a nadie le he dicho que sea escritor, porque yo no sé escribir. Es la verdad. Mi ortografía es pésima.

–Pero su curiosidad es insaciable.

–Tengo un problema. Haciendo los libros de la historia de Costa Rica me salieron 6 libros más.

–Si no es escritor ni historiador, ¿entonces qué es?

–Soy investigador. Es lo que me gusta.

–¿Y qué investiga?

­–Todo.

–¿Todo?

–Biografías. Historia. Geografía. Poesía. Ensayo. Discursos. Dibujos. Cartas. No me meto con materiales nuevos. No me gusta.

–¿Y qué es un “material nuevo”?

–Digamos de 1990 para acá. Es complicado porque tengo que estar pidiendo permisos.

“Tengo 100 libros escritos y como 60 publicados. Empecé en 1989. Tenía 29 años. En esa época conocí a Luis… Luis Ferrero, uno de mis grandes maestros. Cuando se publicó Los Magones, yo ya tenía escrito el libro de las leyendas. En un año llegué a publicar dos o tres libros pero a veces han pasado tres años y no he publicado ni uno. De todos los libros que he escrito, las editoriales solo me han rechazado cinco”.

–¿Y qué hace con los libros rechazados?

–Borrarlos.

–¿QUÉ?

–Por ahí tengo alguno guardado.

“Moriré sentado en esta computadora”.

Su viaje al pasado funciona así: llega a la biblioteca solo una vez por semana, los martes, a eso de las 10:30 de la mañana, con su cámara y las boletas de una larga lista de los libros y empastados que quiere revisar. Se acomoda en las mesas cercanas a la entrada, por mutua consideración, para que las bibliotecólogas no tengan que desplazarse demasiado lejos con todo lo que pide. Ahí se queda hasta las 4:30 de la tarde, revisando con avidez y sosiego las huellas de un mundo que ya no es.

Si descubre un escritor, anota el nombre, aunque posiblemente ya lo haya memorizado. Rubén Coto, por ejemplo. “Fue el secretario personal de Alfredo González Flores y el ideólogo de la Escuela Normal, en 1914. Escribía una especie de poesía en prosa. Es excelente, bueno, a mí me fascina”.

La norma es que un descubrimiento lo lleve a otro, siempre. Y por eso siempre tiene varias investigaciones en curso. Todo lo raro, lo olvidado, lo singular y hasta lo aparentemente intrascendente con que otros autores salpicaron las páginas del pasado puede llamar la atención de Elías para emprender una investigación que desembocará en un libro, porque el pasado –una vez transcurrido el tiempo suficiente– siempre es algo nuevo, incluso para lanzarnos un dardo envenenado: la sospecha de que solemos repetir nuestros errores. “El hombre es cíclico”, afirma Elías. “Como decían los viejos: El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”.

“Una de las cosas más interesantes de ver los periódicos viejos es descubrir la influencia de la religión católica en este país. Vieras qué increíble. Todavía en las décadas de los ʽ30, ʽ40 y ʽ50, la influencia de la religión era absoluta en la vida social y política”.

Actualmente está dedicado a recopilar todos los materiales que su amigo y mentor, Luis Ferrero, dejó como cabos sueltos en revistas y periódicos. Muchos de estos materiales son artículos sobre el artista Francisco Amighetti. De ese trabajo de recopilación y organización saldrán dos libros que se publicarán el año entrante, que es cuando se cumplen 10 años de la muerte de Ferrero.

“Cuando yo conocí a Luis, en el año 1989, él estaba muy decepcionado de todo y prácticamente no escribía, o muy poco. Se le había muerto la mamá. Él, de todos modos, era un carajo muy difícil. Motivándome a mí a escribir, se motivó él. Una vez me dijo: En usted veo lo que yo era cuando era joven”.

Todos los temas que Elías Zeledón ha investigado tienen raíz local. Todos menos uno. Versos libres e Ismaelillo fue el único libro que lo sacó del dogma, pero lo editó como un homenaje cuando se cumplieron 100 años de la muerte de José Martí, en 1995, aunque quizá también lo venció la tentación, porque Elías Zeledón nació el mismo año que el autor cubano, solo que 100 años después.

En este momento, tiene 12 libros en proceso, 6 de ellos terminados. “Espero que el año entrante se publiquen unos cuantos”, dice.

Publicado en 1989, su libro Leyendas costarricenses lleva 17 ediciones. “Yo calculo que se habrán vendido 30 ó 40 mil ejemplares. Aún hoy se sigue vendiendo”. El libro es una recopilación de unas 300 leyendas ticas, obtenidas a punta de bibliografía. Para elaborarlo, no se dedicó a recorrer el país ni a entrevistar viejitos, sino que se zambulló en cuanto papel de distribución masiva se encontró, por un lado en la Biblioteca Nacional y otro tanto en la biblioteca de la Universidad de Costa Rica. Fueron dos años de dedicación milagrosa. Cuando el trabajo estuvo terminado, el ministerio de Cultura de entonces no lo quiso publicar, así que se fue a tocar la puerta del Museo de Cultura Popular de Barva de Heredia, que pertenece a la Universidad Nacional, y ahí sí.

“La gente me ve y seguro piensa que soy pedante, no sé por qué, pero me lo han dicho después que me conocen. Por eso es que me llevo tan bien con los periódicos”.

Rose Mary Umaña trabajaba en la extinta galería Julián Marchena, que quedaba en los bajos de la Biblioteca Nacional. Mientras Elías suspiraba todas las mañanas cada vez que la veía pasar apuradita, ella pensaba que jamás se casaría con un gordo tan macho como ese. Se casaron el 10 de enero de 1981. Tuvieron cuatro hijos: Nelly (maestra), Ana (enfermera), Alicia (con parálisis cerebral) y David (ingeniero en refrigeración).

Un día, cuando en su modesta casita de Platanares de San Jerónimo de Moravia no cabía un libro más porque ya eran 4 mil títulos apretujados entre las cuatro paredes de la familia, Rose Mary le dijo a Elías que tenía que escoger: o se iban los libros o se iba él. La mayoría de sus libros fueron a dar a la biblioteca de la UCR.

–¿Y por qué no a la Nacional?

–Porque en ese momento estaba cerrada.

“Lo vacilón es que a mis hijos no les gusta leer”.

De los 14 hijos que tuvo su abuelo paterno, Enrique Zeledón Chamberlain, ninguno nació en el mismo lugar, dice Elías que debido a su trabajo como contador estatal, por lo que debía recorrer todo el país y arrastraba a la familia con él. No solo la itinerancia fue uno de los rasgos del clan sino también la mezcla de sangres, como un coctel de ron y whisky. Su árbol genealógico es una enredadera que pasa por Cuba y crece hasta llegar a Escocia.

Lo dice su acta de nacimiento y también su cédula: que nació en Cartago el 18 de junio de 1953, pero no es verdad, porque Elías Zeledón Cartín nació en San Pedro de Montes de Oca, provincia de San José, en lo que hoy se conoce como Calle de la Amargura, muy cerca de la línea del tren. “Antes, cuando uno nacía en la casa, lo bautizaban al día siguiente. A mí me llevaron a La Basílica. Tengo cédula 3. Me encanta ser de Cartago, aunque nunca viví pero ni un día”.

Su papá, Rafael Zeledón Castro (nacido en Turrialba) y su mamá, Nelly Cartín Sáenz (oriunda de Cartago pero criada en Heredia) se casaron a inicios de la década del 50 y Elías fue el hijo mayor. Luego vinieron sus hermanas: Rosario, Elisa y Silvia. La familia se asentó en Moravia, que en aquellos años era una zona semirural, rodeada de cafetales, cercos y pozas por los que rodaba despreocupadamente la infancia de cualquiera.

Su papá tuvo una influencia poderosa en él. Según su propio relato, no solo fue su “mejor amigo”, sino un hombre muy culto, autodidacta, que le enseñó a escuchar música desde pequeño. Aunque adolescente tuvo su lapsus de Los Beatles y Creedence, hoy su pieza favorita sigue siendo el Adagio de Albinoni, de Remo Giazotto.

“Mamá era ama de casa y papá trabajaba en el Invu, en el departamento de arquitectura. Papá se sentaba a leer libros de matemáticas. Nunca he visto a nadie leer libros de matemáticas, solo a papá y a mi hijo. Se parecen mucho”.

“Creo que mi niñez fue linda. Jugaba mucho con los niños el barrio y me adaptaba a los juegos de mis hermanas, y ellas a los míos. Fui un pésimo estudiante. Siempre andaba volando. Desarrollé una poderosa imaginación. Leía a Verne, Salgari, Dumas. En la escuela nunca me quedé pero sí me costaba demasiado. Fui pésimo en matemáticas. Los números y yo somos enemigos. Mi pasatiempo era ir a los charcos y sacar olominas. También ir los sábados al cine de Moravia a intercambiar revistas. Recuerdo que papá compró unas colecciones de libros de la Editorial Costa Rica y entonces yo me hice una promesa: publicar algún día con esa editorial. Me dediqué a hacer álbumes. Recortaba y pegaba cosas que me interesaban. Así empezó mi vocación por recoger y recopilar”.

“Mi adolescencia fue dura y solitaria, entre el Napoleón Quesada y el José Joaquín Núñez, el liceo nocturno de ese mismo edificio”. Se salió del colegio y empezó a trabajar a los 13 años. Entró a la carrera de Bibliotecología de la Universidad de Costa Rica, pero en cuarto año no pudo superar los cursos indispensables de estadística. “Dos veces llevé el curso y dos veces me quedé”.

Lo que no pudo hacer un título lo hizo la vocación y, ya convertido en un adulto, Elías rodó por instituciones como el Archivo Central, el Instituto del Libro, la biblioteca del Banco Popular y el Departamento de Publicaciones del Ministerio de Cultura.

Aunque Elías se pensionó en 2004 (y se arrepiente de ello), siempre vuelve a la escena del crimen. Como esta mañana en que Rose Mary empuja la silla de ruedas por la que Elías sube la rampa de la biblioteca, impedido como está por una artritis crónica e irreversible.

Ya está sentado, esperando los libros. Saca su pequeña cámara. Tose un poco. Tose siempre.

Está listo para continuar su tarea. Está listo para ejercitar nuestra memoria.