El retocador

Fotografías y video: Jose Díaz

Silas, el bodoque tuerto que se agita entre sus pies, no es su única compañía durante el día, porque en el piso de arriba también están Mirrusca y Macha, y en el patio techado que da al taller, está Tobías, que se pasa las horas jugando solo y mascando tucos de madera. Lo sorprendente de esta convivencia es que, pudiendo ser caótica, sea precisamente lo contrario.

Aunque don William Zorrilla comparte su hábitat con cuatro perros y un taller de ebanistería totalmente equipado, su casa es un remanso de limpieza y buen juicio. En ningún lado hay desorden o asomo de desobediencia.

Se acerca el mediodía y solo se oye el crujido del sol en los matorrales.

Don William nos recibe en el portón de su casa, en San Rafael de La Unión de Cartago. Una fabulosa higuera cubre la pared lateral de la cochera y cada hojita brilla como lustrada a mano. La luz entra con esmero a la sala y la cocina y, en el área de trabajo, las herramientas pequeñas se conservan en su estuche y los tornillos tienen un lugar asignado. Hay sierras, pulidoras, lijadoras y taladros, pero hasta las piezas más pequeñas están acomodadas en cajas de cartón. Su pequeña fábrica de objetos de madera tiene la formalidad de una biblioteca.

Don William Zorrilla se parece mucho a lo que lo rodea, pero aún más a lo que hace. Es un hombre menudo y gentil, de voz suave y buen talante.

Ahora que está pensionado y se pasa los días en la casa, lo que le sobra es la atención de sus cuatro camaradas: Silas, el bulldog francés; Mirrusca, la pequinés; Macha, la zaguata, y Tobías, el labrador. Con cada uno de ellos comparte una historia de amor particular: todas inevitables aunque ninguna premeditada. El hecho de vivir a un costado de la autopista Florencio del Castillo (en una zona que hace 9 años era particularmente solitaria), lo dejó en una posición privilegiada a la hora de rescatar animales accidentados, torturados y abandonados. “Cuando me mudé, los botaban acá”, evoca.

Casi todas sus mascotas llegaron por esa vía y, por eso mismo, lo conocen en las veterinarias de varios kilómetros a la redonda. El suyo sería un gran ejemplo hasta para San Francisco de Asís.

En una de las mesas del taller, don William cepilla con delicadeza una de sus últimas creaciones. Se trata de una Vespa llevada hasta las últimas consecuencias de la madera de pino. Más que una moto, es una obsesión. En otra mesa, totalmente desnudo, un reloj de péndulo espera su turno. Y muy cerca de la puerta, como a punto de irse, hay una diminuta bicicleta y un balancín con una locomotora encima.

Lo que don William acaricia con tanto cuidado está hecho con moldes, pruebas, medidas exactas, rigor estadístico. ¿Quién podría considerar eso un juguete? Por suerte para él, casi todo el mundo. Por muy extraño que parezca, en los mecanismos artesanales de don William, la belleza no es un fin sino también un medio, y por eso sus juguetes son para niños de todas las edades, incluidos los niños de la tercera edad.

Su exquisita precisión manual lo acompaña desde que tiene memoria. Su abuelo era ebanista y él siempre vivió fascinado con el espectáculo de la madera. Además, en la casa de su infancia, tomada por una pandilla de nueve hermanos, era impensable estar sin hacer nada y, hacer algo, era sinónimo de usar las manos. Armaban cosas y desarmaban otras. Pescaban. Montaban a caballo. Jugaban bolinchas. No había televisión. “Siempre estábamos haciendo algo”, recuerda.

Incluso montaron un grupo musical, Sonora Juventud, y mientras fue músico, fue baterista.

Su hermano Ferney tenía 15 años cuando, fabricando un avión en la casa, tuvo un accidente –una explosión– y falleció. “Era muy creativo, brillante, y era especial para hacer cometas”.

Fue una tragedia, pero para don William es un orgullo recordar las dotes de su hermano, pues en el pueblo donde nació, hace 67 años (Yumbo, Cali, Colombia), los vientos eran fuertes y la tradición mandaba que, cada agosto, el cielo de la calle principal se llenara de cometas. Hacerlos bien era un privilegio.

Fue en Cali donde don William estudió diseño gráfico como quien se prepara para librar una batalla en defensa de las Bellas Artes. “Cuando comencé a estudiar, había que estudiar de todo”, sintetiza.

Aunque la mayor parte de su carrera la desarrolló apoyado a las mesas de trabajo de la publicidad costarricense, diseñando a mano alzada toda clase de anuncios, su entrenamiento en escultura, pintura y dibujo terminó por imponerse.

A Costa Rica llegó en 1973, en viaje de visita. Su hermano Hugo, un teólogo que por esas fechas estudiaba en San José, lo invitó a probar suerte. “Yo me vine buscando nuevos horizontes, mejor futuro”. Vino y se quedó: a los cuatro días ya le habían ofrecido trabajo y, a los seis meses, ganaba lo suficiente como para que cualquier banco local lo considerara sujeto de crédito. Le faltaba poco para dar el siguiente paso, y lo dio: en 1976 se casó con la tica Denia Peña Álvarez, con quien tuvo dos hijos, Esteban y Silvia.

La familia lo arraigó a Costa Rica, pero no por mucho tiempo. En el ’78, el clan dio un giro hacia Reno, Nevada (EE.UU.), donde don William trabajó en un restaurante, haciendo enormes esculturas de hielo para las ensaladas del bufet, pero cuando vino el invierno, los turistas se esfumaron y con ellos, el trabajo. Entonces la familia encontró un nuevo destino, Chicago, a donde llegó después de viajar dos días en autobús. “Ahí conseguí trabajo en una litografía. Estuve como un año”.

No era cualquier cosa: era Mel’s Litho Service. En esos años, la litografía de Mel era la encargada de imprimir la revista Playboy y, por tratarse de un asunto tan sensible, la tarea de retocar negativos y hacer pruebas de color tenía que encargársele al más minucioso y habilidoso profesional de la empresa. Así, todos esos cientos de negativos de 30 X 40 centímetros que, una vez impresos, encendían las ansias de los lectores, fueron a parar a las manos de don William.

“Llegaban slides y ahí mismo se hacían los negativos, pero se hacían muy grandes para poder retocarlos mejor, a mano, con pincel y un líquido especial. Era un trabajo diario y complicado, porque eran cuatro negativos por foto”. Don William insiste en que la responsabilidad era grande, pues las muchachas no eran perfectas y había que ser, no cuidadoso, cuidadosísimo.

“Granos, machas, defectos”, enumera.

También insiste en que no logró conservar ni una imagen. A lo largo de los años, cuenta, amigos, conocidos y amigos de amigos cayeron sobre sus recuerdos como aves de rapiña, hasta que toda prueba gráfica de su paso por Mel’s Litho Service, en Roselle, Illinois, desapareció de la faz de la tierra. Hoy, de forma casi ofensiva, de su vieja carpeta de trabajos solo salen ilustraciones de cosas que ya ni se toman ni se comen, como la cerveza Tropical o el atún Delicias del Mar.

La aventura migratoria duró poco, pues la familia regresó a Costa Rica al cabo de un año. Sin embargo, don William reanudó los viajes en varias ocasiones. Iba y venía. Regresó a Mel’s Litho y pasó por Fresno, California, hasta que, finalmente, abandonó el tour y se quedó en su casa. Ahí puso una oficina, donde tuvo una larga temporada como diseñador independiente, hasta que llegó la tecnología.

“Cuando aparecieron las computadoras, se perdió lo más bonito, que para mí era lo manual. Eso marcó una diferencia en el mercado. Las empresas regateaban y los jóvenes recién graduados, teniendo el programa correcto, podían hacer todo con la computadora mucho más barato, aunque no supieran dibujar ni una línea”.

Fue así, desencantado del progreso, como llegó a la ebanistería, donde el único mandato era seguir pensando con las manos.

Hace dos años, tras pensionarse, su entusiasmo por la madera también se reajustó: dejó atrás el territorio de la especulación –los muebles de cocina, los armarios y las puertas– y se dedicó a la alta filosofía: casas de muñecas, tractores, caballos de madera, balancines, bicicletas, baúles, repisas en forma de avión…

“Cosas especiales que no existen en el mercado”, resume. “Triste sería quedarme de brazos cruzados”, reflexiona.

“No puedo estar sin hacer nada... Siempre tengo tareas”, dice, y se encoge de hombros. “Algo tengo que hacer”.