El sociólogo

Fotografías y videos: Jose Díaz

German Víquez Angulo es el cuarto de los 17 hijos que María de los Ángeles Angulo Víquez tuvo con Francisco Víquez Madrigal, ambos vecinos de Tierra Blanca de Cartago, unidos en sagrado matrimonio en 1944, cuando la primera tenía 14 años y el segundo, 22. De ese fructífero sacramento que duró 65 años, únicamente sobrevivieron 8 hermanos, mientras que los padres fallecieron en marzo del 2009, con 14 días de diferencia entre una y otro.

Don German revive el pasado plantado entre las eras de su finca, en Cot de Cartago.“Siempre hay uno que hace que el matrimonio continúe”, dice.

“En mi caso, fue mi mamá. A mi papá le gustaba el traguillo, pero solo si le sobraba. A ella nunca le levantó la mano ni dejó de llevar a la casa. Cuando él hacía de pegarnos, nosotros corríamos a meternos detrás de mi mamá y ella nos defendía. Ahora sí, venga pégueles, le decía”.

Es época de cebollas y el aire enchila.

Las tres manzanas de la familia Víquez están prácticamente cubiertas de tallos verdosos y amarillentos. Van a ser las 7 de la mañana y la tierra aún está helada por las bajas temperaturas de la noche anterior. Una luz cristalina limpia el rumor de los jaúles, ladera arriba.

“Papá era agricultor y no tenía nada”, recuerda don German. “Vivía de un jornal, pero donde le dieran un cabito, él sembraba. Mamá fue ama de casa. Tuvo su primer hijo hasta que cumplió 18 años, seguro porque antes no era muy fértil. Mi madrecita no sabía ni leer ni escribir pero ella nos ponía a estudiar y no nos soltaba. Ella nos enseñó a leer”.

–Pero si ella no sabía.

–Pero ella nos enseñó. Dígame usted cómo.

Don German se agacha y aparta las hojas con cuidado. Explica que a un mes de cosechar la cebolla, es bueno sembrar la zanahoria en medio, pues así se aprovecha el terreno preparado y se ahorra algo valiosísimo: tiempo. Efectivamente.

Entre los tallos que salen del campo, unos brotes chiflados, apenas visibles, recuerdan al perejil: son las zanahorias, que ya van creciendo. Semejante secreto es herencia de su papá, un jornalero que toda la vida trabajó la tierra de otros, pero que ganaba lo suficiente como para mantener a su familia alejada del hambre.

“Esas son escuelas que uno vivió y son escuelas que uno quiere dejar”, dice, echando un vistazo alrededor.

Siembra cebollas desde que tiene uso de razón. Nació el 28 de noviembre de 1952 pero una década más tarde, después de aprobar cuarto grado, le llegó el turno de abandonar las aulas, como ya le había sucedido a sus hermanos mayores.

“Me tocaba. Para ganar 2 colones por semana, trabajaba desyerbando, guiando bueyes”.

No había quite. Era una costumbre, una necesidad y un mandato: los niños trabajaban en el campo y las niñas en la casa, hasta que un marido pasaba a recogerlas y sustituía las cuatro paredes anteriores.

Los varones tenían suerte si, algún día, lograban convertirse en propietarios.

La finca de los Víquez se extiende en un terreno inclinado, junto a la carretera que lleva al volcán Irazú, y está rodeada de otras piscinas verdes que, como en una cuadrícula dibujada desde el cielo, se despliegan sobre las montañas y, a veces, incluso, por encima de las nubes.

El paisaje se resume en sábanas de cultivos que desde lejos parecen perfectos y cuya escala cromática solo se interrumpe de vez en cuando, con la silueta oscura de las vacas o los troncos secos de los árboles.

Uno podría juzgar el entorno únicamente por su belleza, pero las vistas del norte agrícola de Cartago le deben mucho a la piel curtida de don German y los suyos.

“Desde hace 30 años, los agricultores estamos llevando palo", explica don German. "Solo el sector cebollero manejaba 300 mil jornales al mes… cebolleros de Santa Ana, de Bagaces, de San Rafael de Alajuela, de Cartago... A mediados de los años ’80, liquidaron mil hectáreas de papa. ¿Sabe cuánta gente comía de eso?”

La pregunta es un soplo que no espera respuesta.

“A este sector lo quieren liquidar, y eso es lo que a uno le duele. Nunca han visto a la agricultura como lo que es, una gran empresa. Vea el caso de Estados Unidos: subsidia al agricultor. Ellos andan en más de $500 mil millones para todos los que producen. ¡Igual que aquí! ¡Subsidiamos a los agricultores de allá!”

Aguacates, lentejas, cubaces, moras, granadillas, higos, zanahorias, frijoles, avena, chiverre, papas y cebolla, además de un gallinero con 15 inquilinas regordetas que dan huevos todos los días y, de vez en cuando, sopa.

En el terreno de tres manzanas todo se produce por generación espontánea, porque don German y sus cuatro hijos mayores se levantan espontáneamente a diario, a eso de las 5 de la mañana, listos para otra jornada agrícola, que empieza a las 6 a. m y termina a las 2 p.m. Si el trabajo abunda, el horario se extiende hasta las 6 de la tarde y más allá. Germán, de 33, Fausto, de 30, Esteban, de 25, y David, de 18.

Otros frentes laborales y estudiantiles mantienen ocupada al ala femenina de la familia: la esposa, Mayela Redondo Víquez, y las hijas, Mariana, Rebeca, María de los Ángeles e Ivone, que en marzo cumplirá 15 años. Todas terminaron bachillerato o están en camino de hacerlo.

“Esta es la riqueza mía y la sanidad de mis hijos", dice. "Ahí los tengo a todos, gracias a Dios... Gracias a Dios me obedecen, y no lo hacen porque soy un canalla, sino porque les he dado un buen ejemplo”.

La finca produce de 50 mil a 60 mil kilos de cebolla por cosecha. De papa, unos 1.800 quintales, es decir, 82.800 kilos por cosecha. Los agricultores trabajan sin descanso y sacan una y media cada año. “Aquí es corrido. Todos los meses hay cosecha”, explica.

La suerte es que la finca es suya, hasta que el banco diga lo contrario. Todo lo que sale de la tierra con tanto esfuerzo, le pertenece a don German, a su familia y al sistema financiero nacional.

“Un muchacho de ahí arriba pidió un préstamo para cultivar y ya le van a rematar la casa. Imagínese. Un hombre que trabaja de sol a sol".

"¿No le dará miedo a un banco quitarle la casa a un pobre? ¿Eso es “banca de desarrollo”? Cuando uno le pide al banco, tiene que hipotecar. Yo pido una platica, y esto está hipotecado".

"El INS no da seguros para la agricultura. Que le pregunten al gerente del INS, que es otro cabo de chancho”.

A finales de la década de los ’70 y principios de los ’80, entre los gobiernos de Daniel Oduber y Rodrigo Carazo, y gracias a la cooperativa Tierra Blanca, 70 jornaleros entre los que se encontraba German Víquez Angulo pudieron comprar 140 manzanas en una de las zonas más fértiles de la región.

A ojos de don German, la cooperativa fue “un modelo único en el mundo” y la verdadera responsable del desarrollo de esas comunidades.

“La cooperativa fue comprando gran parte de Tierra Blanca para que los agricultores tuviéramos casa y tierra”, relata don German. “Funcionó a partir del año ’67. Yo era socio y sé que llegó a tener un capital de ¢1.000 millones. ¿Dónde quedó todo eso? En el año ’90 la dieron por liquidada. Yo perdí ¢2 millones de ahorros, pero hubo gente que perdió los ahorros de toda su vida”.

La casa que está a la entrada de la finca es el hogar del hijo mayor, Germán, casado desde hace más de una década con Rosaura Araya Leitón.

Conforme avanza la mañana, del interior comienzan a salir chiquillos de todas las tallas, siete en total. German Enrique, Ivette, Jorge Eddy, Jonathan, Xiomara, Juan Pablo y Natalie. Tres van para el colegio y cuatro para la escuela, pero mientras están de vacaciones, los niños tienen mucho que aportar a las labores del campo: perseguir a los mayores, corretear entre ellos, subirse a los árboles, recoger huevos o asaltar matas de frutillas silvestres.

“Yo le digo a Germán: Mientras podamos, sígalos mandando. Yo no quiero que dejen de estudiar. Ahí vamos, poco a poco. Se le hacen muy duro los pases, pero ahí le metemos la manita”.

Don German le da mucha importancia al trabajo, pero también al estudio. Cuando la educación nocturna llegó a Tierra Blanca, en 1970, él no desaprovechó la oportunidad y se graduó de sexto grado, a los 18 años. Ahora, tres de sus hijos mayores se están decidiendo por carreras universitarias como la Agronomía, el Derecho y la Criminología.

A un costado del terreno, en un cobertizo forrado con madera y plástico, uno de los proyectos más ambiciosos de la finca aguarda en baldes debidamente etiquetados y en decenas de plantas que apenas sobresalen por encima de las macetas, acomodadas en altas hileras. Un semillero con tres variedades de papa, cuyo valor podría alcanzar ¢500 la unidad, son una de las grandes promesas que don German le hizo a su familia.

“El agricultor de Costa Rica es tan honesto que no necesita subsidios. Basta con que le paguen lo justo”, aclara. “Si yo volviera a nacer, volvería a ser agricultor, porque se trata de nuestra seguridad alimentaria, pero la gente que no ha vivido del agro, no le importa nada. Para producir, hay que saber, hay que tener cabeza”.

Don German se incorpora y hace una pausa. Todavía está lejos de cosechar toda la cebolla que sembró hace unos seis meses y aún le toca improvisar, es decir, levantar otro secador artesanal para que las ramas de las hortalizas recogidas estén lo suficientemente secas como para trenzarlas con facilidad.

“Todo lo que yo le he dicho, es parte de lo que yo siento, pero también de lo que sienten muchos otros agricultores”, reflexiona Don German. “Dios todo lo hizo bien hecho, y la muerte es lo que dejó mejor hecho, porque la muerte no perdona a nadie. Todos estos ladrones que se roban el país, ¿no piensan que algún día se van a morir? La muerte es la que hace justicia”.

Un arado de luz de 24 grados barre las nubes lentamente. La vista termina hasta donde alcanzan las montañas y el paisaje flota en un océano profundo y celeste. Todo crece sin necesidad de moverse. Los muchachos pasan de un lado a otro cargando enormes sacos. El día apenas comienza.