El universal

Toñito​El único responsable de que Rodrigo Antonio Aguilar Morales se fugue de vez en cuando de los escenarios más selectos de Montes de Oca y salga a recorrer el mundo es su acordeón, mejor conocido como el acordeón cosmopolita de Toñito

Fotografías: Gloriana Jiménez

En el tercer plano de un plano iluminado por un bombillo de 25 watts, está Toño. A su alrededor hay otros músicos y alrededor de estos, una multitud. Toño apenas se mueve y durante las tres horas que dura el concierto, se mantiene discreto entre cajas vacías de cerveza, abrazado a un instrumento que, después de vivir pegado a su pecho prácticamente toda la vida, es una especie de caja torácica suplente: su acordeón.

Mientras toca, pero también mientras transcurre el receso musical, la expresión de Toño presagia bondad, gentileza y algo que no es precisamente sed, pero que lo mueve a hidratarse bajo estrictas normas de calidad y disciplina.

El rincón estelar que ocupa Toño en el Acapulco es como una trinchera en el campo de batalla, un lugar privilegiado para determinar el estado de la situación, aunque nunca ajeno a los estragos de la contienda. En la mítica intersección de Vargas Araya, toneladas de cuerpos se van amontonando y apretujando hasta que a las 9 de la noche, cuando la jornada no va ni por la mitad, ya no cabe un alma. El Acapulco se desborda, convertido en un foco de sedición y flagrancia, donde el volumen compite con el calor, y la intensidad con la intención.

Al final de la noche, otros músicos e intérpretes se habrán sumado a la velada, como la Maja (“la majadera”) que nunca falta cuando llega la hora de interpretar La puerta de Alcalá. Miralá.

Lo que sucede en “el Aca” todos los jueves es lo más parecido a un turno bajo techo, y el grupo Vernáculo, con su heroico y obstinado repertorio de música popular reformulada gracias a la ironía y el doble sentido, el principal responsable de los hechos.

¡En la guitarra, Rodrigo Vargas Avilés! ¡En el baby bass, Valentín Ramírez Segura! ¡En las maracas, el vecino más cercano! ¡Y en el acordeón y la flauta traversa, Rodrigo Antonio Aguilar Morales! Es decir, Toño. Toñito.

Más o menos un cuarto de siglo tiene Toño de andar rodando con su acordeón por algunos de los grandes escenarios de Montes de Oca, habiendo habitado con regularidad al menos seis de ellos, algunos de los cuales ya ni siquiera existen: el recordado bar Génesis, Anochecer, Fuera de Control, La Bamba, Fitos y el Acapulco.

La mayor parte de ese recorrido –más bien, todo– Toño lo hizo con el grupo Vernáculo, cuyo éxito es incuestionable e incluso inexplicable, tanto, que Toño no deja de hacerse una pregunta filosófica:

“¿Para qué nos querrán en un bautizo o en un té de canastilla?”

Pero ellos van donde quiera que los llamen, incluso de día, con humildad y buena letra. A donde tengan que ir, van, con alguna de las versiones que tienen de sí mismos: Vernáculo-tres-equis, Vernáculo-bailable, Vernáculo-para-adultos-mayores...

“Tenemos esa virtud. Tratamos de complacer los gustos del público, pero eso sí, no somos troveros… no tocamos trova… Silvio Rodríguez y todo eso, no”.

Lo que Vernáculo toca, sobre todo, son los neurotransmisores y las sinapsis del sistema nervioso de su audiencia, ejercitando su rapidez mental y su anuencia corporal. Lo que el grupo provoca en la gente es lo que uno, con las mejores intenciones, le desea incluso a su peor enemigo.

Toño nació en un hogar jaloneado por los dos extremos del amor. Por un lado, su mamá, Dinorah Morales Jara, abnegada maestra, madre y esposa –20 años menor que su marido–, deseaba que su hijo mayor estudiara música de manera académica, y hacía todo lo posible por propiciarlo, y por otro, su padre, Rodrigo Aguilar Vargas, violinista, acordeonista y mecánico, heredero de una estirpe de músicos populares, sostenía que si a Rodrigo Antonio le gustaba la música, tarde o temprano se haría músico, así que para qué insistir con el tema del estudio y las lecciones de conservatorio.

Su hermano menor, Manuel Emilio, eligió otro tipo de instrumentos de trabajo y se dedicó a la mecánica.

“Mi papá y mis tíos eran tan pobres que comenzaron como Les Luthiers, haciéndose sus propios instrumentos. Como no tenían plata, entonces se hacían un violín con una lata de sardinas. Mi papá era el menor de todos. Nació en 1917 y a los seis años ya tenía un instrumento de esos. Eran siete hermanos y todos eran músicos, porque mi abuelo también era músico. Tocaban guitarra, mandolina, acordeón, violín y los instrumentos de percusión. En 1800, mi abuelo tocaba una acordeón diatónico, que no tiene teclas, solo botones, como el que los colombianos usan para el vallenato”.

Toño tenía 17 años cuando su papá murió, pero su mamá aún vive. De hecho, ahora que está mayor y padece de alzheimer, lo hace en la casa contigua a la de su hijo, que no le pierde paso.

“Gracias a mi mamá me hice músico. Mi papá fue el gran ejemplo de mi amor por la música”.

No es el único acordeonista del país, pero cuesta encontrar otro como él. Toño, 48 años, autodidacta del acordeón, flautista, intérprete de tiempo completo, conocedor implacable del repertorio folclórico costarricense, latinoamericano y europeo, viajero empedernido y, al mismo tiempo, militante del cantón de Montes de Oca, del que prácticamente nunca se ha movido desde que nació, el 22 de julio de 1966.

Mucho de lo que Toño sabe hacer en la vida, lo perfecciona de noche. Él dice que es igual de día, pero no es verdad, porque es durante las madrugadas que se aventura a hacer experimentos, como adulterar un merengue con jazz flamenco o encerrar un bolero guanacasteco en el compás de un bossa nova. A esas horas se pasea a sus anchas por Internet, dejándose llevar por la marea de Youtube, sumergido en las interpretaciones de algunos de sus favoritos, como Sivuca, Jo Basile, Richard Galliano, Dick Contino.

–Viendo, ¿aprendés?

–Sí, claro. Si uno le pone cuidado, descubre los trucos que a ellos les ayudan a mejorar la interpretación. Aparte que inspira. De ahí es que uno saca baterías para seguir adelante.

Para un autodidacta al pie de la letra como Toño, ninguna búsqueda es finita, y por eso la Web se volvió su parque de diversiones permanente y su mejor pretexto para acostarse a las 4 de la mañana, y levantarse al día siguiente al mediodía.

“A esa hora empiezo a arreglar acordeones, pero si tenemos que empezar temprano, no tengo problema. Soy un músico disponible a cualquier hora”.

Toño se hizo músico gracias a una partitura bien escrita. Desde chiquitillo recibió clases formales de violín y flauta traversa y, además, contaba con la leyenda del abuelo Aguilar y su descendencia. Cuando tenía cinco años, solo le quedaban dos tíos, aunque uno ya no podía tocar, porque estaba viejito. Los dos que quedaban se reunían a tocar –uno era su papá– y Toño los seguía e imitaba.

“Los principios míos como músico fueron en la iglesia de San Rafael, donde tocaba flauta dulce desde los 7 años, aunque en realidad empecé antes. Desde los 5 años acompañaba a mi papá a los Rezos del Niño con una guitarra que me hizo mi tío. Era una guitarrilla de juguete pero andaba yo todo feliz, a lo Marito Mortadela”.

Lo del acordeón es otra historia. Toño se hizo acordeonista por mano propia, tal y como pronosticó don Rodrigo, pero a pesar de él. “Mi papá no quería que tocara acordeón, quizá porque era un instrumento más de pachanga. A los ocho años me regalaron uno, pero solo porque lo vieron como un bonito juguete, un Hohner mignon”.

Como todo era un juego, Toño siguió jugando. Persistió con ayuda de unos métodos que, insiste, si se siguen paso a paso, conducen al estudiante directamente al corazón de la palabra autodidacta. Ya para entonces también tocaba flauta traversa y estudiaba en la escuela Inglaterra, a 75 metros de su casa, donde lo único que había de Inglaterra era la foto de la Reina, pero también un piano.

“Era malísimo para el futbol, así que mis compañeros me decían, vaya a tocar, mejor”.

Cuando salió del colegio, en el año 1985, consiguió su primer trabajo como flautista en la banda municipal de San Pedro de Montes de Oca, con un sueldo de ¢500 al mes. Entró a la Universidad de Costa Rica y lo intentó en Ingeniería Mecánica. “Pero me di cuenta de que lo que me gustaba era la música”. Así que iba dando palos de ciego en la carrera y, al mismo tiempo, daba sus mejores notas en la Estudiantina de la UCR, donde el profesor Ricardo Solano le ayudó a perfeccionar su dominio del acordeón.

En 1992, como integrante del grupo folclórico Curime, recibió una oferta que no pudo rechazar: Francia. “No podía llevar una carrera porque empecé a viajar. Hacíamos viajes largos, pero el más largo fue en 1994, de tres meses y medio, a Francia y Bélgica, de norte a sur y de este a oeste. Vivíamos con familias o en colegios. En el 96 fuimos a España 45 días, también con Curime”.

“Una etapa muy bonita fue cuando estuve en el grupo del Colegio de Licenciados y Profesores, Colipro. Después de 18 años tuve que salir porque no era colegiado. Éramos 12 integrantes y solo tocábamos música costarricense con influencia europea, valses, pasillos, mazurcas, mucha compuesta por el profesor Juan Luis Sanabria. Nos gustaba mucho porque era música costarricense nueva”.

–Hubo un tiempo en que di clases, pero no soy un buen profesor de acordeón. Me sentí buen profesor para principiantes, pero dado que no recibí instrucción, no sé…

–¿Enseñar te da pudor?

–Eso, pero si alguien me pide consejos, en todo lo que yo pueda ayudar…

La segunda vez que intentó enrolarse en la academia, persiguiendo sueños de meteorólogo, solo estuvo seis meses. La razón para dejarla fue la misma. Y no hay nada de que arrepentirse, dice Toño sin decirlo. Fue así como llenó varios pasaportes. Sus aventuras por el mundo se las debe a Curime, La Malacrianza, Luis Ángel Castro y Mestizzo: fugaces, clausurados o activos grupos costarricenses de música típica y folclórica que lo llevaron a Francia, España, Italia, Grecia, Hungría, Rumanía, Austria, Serbia, Bélgica, Holanda, Corea del Sur, México, Guatemala, Nicaragua, Colombia, Brasil…

“Íbamos a estas giras, pero no recibíamos nada. Allá nos ayudaban con alimentación y hospedaje y nos llevaban a conocer lugares, pero no íbamos a hacer fortuna. Lo más que vi fueron viáticos de 3 euros al día, cuando vimos algo, pero a raíz de los viajes, conocíamos grupos de distintos países e intercambiábamos música. Eso es lo más interesante: compartir con gente diferente a uno”.

Cuando no está subido en algún escenario, Toño está en su casa, reparando instrumentos o metiéndole mano a su segunda adoración, un “escarabajo” del 75 color rojo vino.

–Yo lo veo muy morado.

–¡No! ¡Qué va! Antes era saprissista pero me hice cartago.

–¿Desde cuándo?

–Fui saprissista desde que nací hasta que llegó Vergara.

Toño asegura que los jueves son días mágicos y que no es un comentario a la ligera: durante su larga vida de músico popular ha podido comprobarlo. Lo dice precisamente un jueves, en medio del molote nocturno, imperturbable como un santo, enamorado de su fe como un creyente.

“Comencé a los ocho años y todavía no aprendo. Uno va perfeccionándose. No se puede estancar y tiene que estar aprendiendo de otros acordeonistas… efectos, técnicas, formas de improvisar, armonías… El acordeón es un instrumento de viento como la flauta, pero muy versátil. Se puede tocar todo tipo de música, salvo la clásica, porque necesitaríamos más escalas en la mano izquierda”.

Esa noche, su acordeón es como el pedestal del mundo y, si no, por lo menos su caja de resonancia. Dice el refrán que nunca falta un borracho en una vela, pero la verdad sea dicha.

Que nunca falte un Toño en una fiesta.