La bandera

Dayana Hernández González​Fue una adolescente humillada y sumisa, ajena de sí misma… hasta que tomó control sobre su identidad. Hoy, Dayana Hernández es una de las líderes de la comunidad trans costarricense. “Mi nombre es mi bandera”, dice.

Fotografías: Gloriana Jiménez

Por un momento, en el 4º piso del Ministerio de Salud solo se escucha la voz de Dayana. “No me parece que deba usarse la palabra travesti; no está bien. Lo correcto sería decir trans…”

Es una larga mañana de argumentos que desbordan el pequeño salón de reuniones, donde cabe cualquier punto de vista pero ni un invitado más. Autoridades sanitarias y representantes de distintas organizaciones precisan los términos de un proyecto muy importante, relacionado –entre otras cosas– con la prevención del VIH-Sida. Están en juego políticas de salud, presupuestos, campañas, poblaciones.

Dayana insiste: “La palabra trans es la que mejor define a las personas cuya identidad de género no va de acuerdo con su sexo biológico. Es un término más inclusivo y menos morboso”.

La reunión podría extenderse hasta la tarde, y la agenda de Dayana aún está repleta de pendientes, como el caso de su amiga Antonella, que urge resolver en un quirófano. Lo que antes fueron sus pechos se han convertido en una masa gigantesca de biopolímeros que amenaza con aplastarle los pulmones. Es un asunto de vida o muerte, y por eso Dayana anda la copia de la denuncia por trato discriminatorio y violación de derechos humanos que ya dejó en la contraloría de servicios del hospital al que Antonella acudió sin ningún resultado.

Si Dayana Hernández está ahí esa mañana es porque lidera Transvida, una organización pequeña pero poderosa que busca, precisamente, materializar los derechos de la población trans costarricense y cuyo centro de operaciones está en el teléfono celular de Dayana, es decir, en su bolsillo.

Su activismo también es atípico y está muy lejos de limitarse a traducir las necesidades de la comunidad que representa: Dayana hace cosas con cada palabra que pronuncia.

“Como líder, como vocera, yo tengo que empezar los procesos para poder darle la experiencia después a las chicas”.

“Hermana, parece muy simple, pero la gente tiene que entender que somos seres humanos y tenemos sueños y creamos vínculos. Creo que la discriminación y el estigma son como la pobreza y nunca los vamos a poder erradicar, pero la educación es una herramienta y un escudo para enfrentar a la sociedad. Ya que una es educada, inteligente y guapa, entonces los demás ven a una persona real, y muy diferente del prejuicio que tenían en su cabeza… Cuando me monto a un bus, cuando hago fila en un banco, cuando voy por la calle… Nuestra presencia, educa”.

De la primera infancia de Dayana prácticamente no hay fotografías. Quizá tenía un mes de nacida, o quizá solo algunos días, cuando llegó –cuando la llevaron– a la casa de su abuela paterna, Mayra, quien desde ese momento se convirtió en su mamá. “Me dejaron en un hotel de la red zone, para decirlo con más glamour. Mi mamá biológica era una yonqui. Tuvo ocho hijos y a todos los abandonó”.

No sabe cuántos, pero llevaba varios días sin comer cuando la dejaron en casa de su abuela, en Loto 2 de Desamparados. Dayana ni siquiera está segura del lugar exacto donde nació, aunque supone que fue en San José. Lo que sí sabe con certeza es que fue el 15 de julio de 1983, bajo el signo de Cáncer, y que lo único que llevaba puesto era su nombre, el primero que tuvo: Yanan.

Otra cosa estuvo clara desde el principio: había llegado al lugar correcto.

“Estoy muy orgullosa de mi historia. Mi mamá me agarró con 40 años. Tuvo que volver a empezar. Eso es amor. ¿Usted se imagina, amiga? Mi mamá es increíble. Muy recta, muy trabajadora, muy honrada. Trabajó 21 años en el siquiátrico y ya se pensionó, pero es muy activa. Ahora trabaja cuidando gente mayor. Todos los viejitos son como de 90 a 1000 años para arriba”.

Con su abuela vivían dos tías, Nana y Mayu, que a su vez tenían hijos que fueron como hermanos y hermanas para Dayana. Una familia numerosa en la que todos fueron creciendo y encontrando su propio espacio, hasta la fecha, con la suma de nuevos sobrinos y nuevos nietos.

“Yo nunca puedo echarme a morir o estar sin trabajo por el ejemplo de mi mamá. Ella me agarró y me crió. La educación, el conocimiento, los valores… todo viene de ella. Lo hice inconscientemente: me tatué el nombre de mi mamá en mi mano derecha. Luego descubrí que tenía sentido, porque ella es mi fuerza, mi puño”.

Dayana asegura que nació con su definición de género intacta, y que para ella fue fácil saber quién era en su interior: lo difícil fue aceptarlo y entenderlo pero, sobre todo, sobreponerse a la crueldad indescriptible que genera la ignorancia de los demás.

“Siempre fui mujer. Nunca dudé de ser mujer hasta que me dijeron que era hombre”.

Su familia la contuvo, pero la escuela y el colegio fueron una larga cadena de torturas. “Mi infancia fue 50 por ciento un dolor horrible, pero fue otro 50 por ciento bonito, con mis primas. Siempre fui muy femenina y muy callada. Yanan era una persona sumisa, que aguantaba toda clase de abusos, pero me construí desde cero. Por eso, ahora, ser Dayana es una conquista. Para mí, Dayana es una bandera”.

“La escuela fue horrible, traumática, por el maltrato y el bullying. El colegio lo odié. Los adolescentes son muy crueles. Era callada, sumisa, traumada, insegura. En la casa no sabían nada de lo que me pasaba. No, no lo contaba, también por miedo a que me respondieran que ‘quién me tenía andando de playo’, aunque no creo que nadie en mi casa me hubiera dicho eso, pero yo tenía miedo de que me lo dijeran. Recuerdo que al fondo de la casa había un espacio desocupado y yo lo pedí para hacer mi cuarto. Llegaba del colegio, les sonreía a todos, pero me encerraba ahí a llorar. Pasé segundo y tercer año llorando todas las noches”.

“Nunca me vestí como hombre, nunca. Mi mamá tenía un dicho: Usted con su plata hace lo que quiera. Así que yo ahorraba toda la plata de la merienda, como ¢1200 y me iba a San José a comprarme camisetas”.

“Siempre tuve claro que yo quería triunfar en la vida. En octavo yo no quería dejar el colegio, así que me pasé al nocturno. La gente empezó a aceptarme más y, como mujer, eso me liberó. Por primera vez, tuve amigos entre mis compañeros”.

“Yo saqué el colegio como trans. Fui al INA durante 8 meses a estudiar inglés conversacional como trans. He trabajado en salones de belleza y call centers como trans. Con el paso del tiempo he hecho muy buenas alianzas. Soy leal. Soy de verdad. Mi mamá tenía otro dicho para eso. Ella siempre nos decía: ¿Somos o no somos?

Una de dos: la puerta de la casa de Dayana siempre está abierta porque no para de entrar gente, o no para de entrar gente porque la puerta siempre está abierta. Niñas, amigos, gatos, tías, amigas de amigos y un largo etcétera. Todo el mundo trae algo distinto –una cámara, una escoba, una botella de ron, un libro para colorear– y para todos hay unas palabras de bienvenida. Incluso para quienes llaman por teléfono, avisando que vendrán. “Aló, Gatita, ¿cómo amaneces, mi amor? Ay, hermana. Aquí en la casa, ¿por qué mi amor? Vea, gatita, la vara está así. Bueno, Gatita, nos vemos aquí. Miau, miau, miau”.

Dayana comparte la casa con una de sus sobrinas, que pasa la mayor parte del tiempo en el colegio, así que ella podría pasar mucho tiempo sola, reflexionando sobre la inmortalidad del cangrejo, pero el vecindario y la vida misma se lo impiden: sus amigas son un contingente de mujeres con mucha determinación y hoy, el flujo migratorio es como de temporada alta.

Otra razón que explica el estado permanentemente abierto de la puerta es que la oficina de Dayana está en mitad de la sala de la casa, en un armario que ella ha ido atiborrando poco a poco de cuanto papel o libro le han dado en los distintos seminarios y talleres en los que suele participar, incluso antes del 2009, cuando oficialmente se conformó Transvida.

“Nuestro activismo comenzó porque ya era demasiado abuso contra nosotras. Yo estaba cansada de esperar respuestas. Ahora trato de ser la luz para mi comunidad. Yo estuve en la oscuridad, y sola”.

Todos los sábados, Dayana y un grupo que ronda la veintena de chicas se reúnen con una psicóloga para emprender la tarea de conocerse más y mejor, para informarse, formarse y transformarse. Prácticamente todas las reuniones de Transvida son talleres dedicados al tema de la autoestima, la imagen y el autocuidado.

“Nosotras no somos travestis. Somos mujeres trans. No animamos a las mujeres trans a modificar su cuerpo. En primer lugar, las invitamos a trabajarse primero internamente, ojalá por un periodo largo de tiempo, seis meses o un año. Después, si quieren operarse, perfecto. Es su cuerpo y su dinero, pero les decimos que si lo van a hacer, que lo hagan bien, con información y conciencia”.

Más que sabor, Dayana tiene energía. Más que ocurrencias, determinación. Belleza mucho más que artificio. “Mi cabello me define. En esta casa no hay un peine. Soy una mae muy unplugged. Me encanta leer, comer y dormir. Soy como una osa. Me encanta estar en el cuarto. Ahí pienso, reposo, imagino, construyo y deconstruyo”.

El tiempo pasa muy rápido, pero la realidad mucho más despacio. Dayana no tiene prisa por llegar a ningún lugar porque, asegura, su labor no tiene plazo. “Tengo 31 años. Con todo lo que me ha pasado, he aprendido a sanarme, a curarme, a perdonarme. Estoy completa. Tengo control emocional y tengo control de mis acciones. Tengo sueños, tengo una vida, ahora estoy mejor que nunca”.