La bohemia

Fotografías y video: Jose Díaz

Anita atravesaba el Parque Central apuradísima, porque venía orinándose desde que se montó al bus, allá por Plaza Víquez. Andaba con una biblia en la mano, según el protocolo del grupo de renovación carismática que frecuentaba los sábados y, como ya no aguantaba las ganas de ir al baño, se metió a la primera soda que se encontró de camino.

En esa época –inicios de los años ‘80– Ana Cecilia Chinchilla Ortiz era una adolescente dientona y flacucha, de pelo corto y grandes anteojos polarizados que contrarrestaban su eterna alergia a la luz. La falta de dinero la había sacado de las aulas desde los trece años, pero conseguía trabajos ocasionales con los que lograba aportar algo a la economía familiar. Vivía en la León XIII con su mamá, tenía 3 hermanos y ninguna claridad sobre su futuro.

Al salir del baño, un señor le preguntó con amabilidad si no quería tomarse algo antes de irse.

Si quiere se toma un fresquito, un cafecito, dice que le dijo el fulano. Anita aceptó la invitación y se tomó un café, y después, un sánguche. Los parroquianos le preguntaron que en qué andaba y ella contó que en asuntos de fe, pero que lo que realmente le gustaba era cantar.

¿Entonces por qué no canta?, dice que le dijeron.

Anita se puso de pie y cantó a mano alzada todo lo que se sabía. En pocos minutos, agotó su repertorio de flamenco autodidacta, pero fue suficiente. Emocionados, los viejillos le dieron un arreglo floral y, entre todos, juntaron 1000 pesos.

Anita recuerda que semejante suma era un platal y que, cuando llegó a su casa, le dio a su mamá todo lo que se había ganado y ésta salió directo a comprar un diario, no sin antes preguntarle mil veces que de dónde había sacado tanta plata, aunque Anita ya estaba cansada de explicárselo. La soda, por supuesto, se llamaba La Perla.

Anita nació en la Maternidad Carit el 12 de junio de 1965. Hizo la primaria en la escuela América Central, de Guadalupe, y sus estudios formales concluyeron cuando llegó a primer año. Trabajó desde pequeña, pero no fue el trabajo lo que la sacó del colegio, sino la pobreza. El Patronato Nacional de la Infancia le daba un carnet para poder trabajar, y Anita se aprendió su número de cédula antes que la tabla del tres. Laboró en una pulpería y también como obrera de fábrica, secretaria, agente de ventas, vendedora de tienda y empleada doméstica.

Salvo un pequeño radio de tubos al que vivía pegada desde chiquilla, en su biografía no existe evidencia científica para que amara tanto la música, pero ella cree que tal vez –solo tal vez– heredó su pasión de un tal Chacumbele, cantante y guitarrista oriundo de Alajuela. Dice Anita que “podría ser”, porque ese señor, Rigoberto Ortiz Artavia, era su abuelo paterno. Sin embargo, ella misma reconoce que el dato tiene una cotización a la baja, porque con costos conoció a su papá y, mucho menos, a su abuelo.

De jovencita, Anita veía una guitarra y se le caían las babas, según su propia y detallada descripción, pero una guitarra era un lujo imposible en su casa. Con un salario de empleada doméstica, su mamá, Flora María, tenía que ingeniárselas para sostener un hogar de cuatro muchachos. Sin embargo, Anita siguió suspirando por lo imposible y escuchando con recelo la promesa que le hacía una amiga de la familia: “Yo te voy a regalar una guitarra cuando San Juan baje el dedo”. Anita no entendía si debía sentirse frustrada o esperanzada, hasta que un día, cuando cumplió 15 años, la señora se apareció con una guitarra usada, pero guitarra al fin.

Aún hoy, cuando muestra sus instrumentos de labranza –dos guitarras curtidas y remendadas– surge algo ferozmente natural en ese abrazo, porque Anita quizá pueda cantar sin guitarra, pero lo que no puede hacer es sostener una guitarra sin echarse a cantar. Y ahí está la cosa. Anita no canta porque quiere sino porque no puede evitarlo, con una potencia que le sale de las entrañas y la abandona en territorio mezzosoprano. Una vez lanzada, su voz es un elemento salvaje y excesivo, oscuro e insurgente, que ella administra como puede: antes, con más intuición que oficio, ahora, con más oficio que riesgo.

Nadie le enseñó nada que ella no pudiera aprender en la calle por sí misma.

Cuando, a los 17 años, Ana Cecilia Chinchilla Ortiz descubrió que la ciudad podía convertirse en su escenario y que ella solo tenía que rondar, cantar y cobrar, ingresó para siempre en el padrón invisible –y cada vez más diezmado– de músicos ambulantes, obstinados e insobornables de San José.

Al principio, improvisaba sus canciones y cobraba ¢25 por cada una. Recorría la ciudad de lunes a sábado, en un itinerario olímpico de sodas, bares y cantinas, muchas de las cuales ya no existen. Soda Palace, El Parque, La Perla, soda El Puente, El Imán, El piano blanco, Chelles, Las Condes, El Boruca, La Embajada, el Bar Limón. Componía al vuelo sobre cualquier tema que le solicitaran sus clientes. ¿Amor o despecho? ¿Nostalgia o desesperación?

Durante años, Anita inventó canciones que se extinguían a su paso. La ciudad vio brillar fugazmente centenares de melodías y letras suyas que se iban amontonado y apagando una tras otra sobre la barra de las cantinas o en el suelo de los salones, entre parejas apretujadas o al pie de meseros descarrilados. Su nombre artístico ya es historia. Este año, Anita de Costa Rica cumplirá 49 años. Apenas rasga las cuerdas, ella también se convierte en el instrumento de su guitarra.

No solo para sobrevivir sino porque también es muy católica y devota de la virgen, Anita fue puliendo otras especialidades y regiones del canto, como los novenarios, los funerales y los rezos, especialmente durante y después de Navidad.

Las misas las cantó desde siempre, pero aprendió a sacarle partido a su voz frente a cualquier altar. Sus especialidades siempre fueron la música española y mexicana y las baladas románticas en español. Jamás se le cruzó por la cabeza la idea de usar escotados vestidos de brillo y lentejuelas. Jamás un ceñido traje de luces en lo alto de unos tacones. ¿Viajando sola, en bus, bajo la lluvia, con la guitarra al hombro? Anita pudo ser una diva errante y tóxica, pero en cambio se convirtió en una militante del bolero trabajador, con jeans, chaleco, boina y corbata.

El suyo siempre fue un atuendo guerrillero, pragmático y asexuado. Hasta la fecha, lo más llamativo de su heroico acto solitario sigue siendo su voz.

“Ray Tico siempre me halagaba. Llegaba a la soda Palace y me regalaba mil pesos. Me decía que era una lástima que en este país no apoyaran al artista”.

Llegó un momento –que aún perdura– en que la calle se puso mala. Muchos lugares cerraron y otros, sencillamente, desaparecieron. El público también cambió. Los clientes se volvieron insensibles. ¡Hasta los borrachos cambiaron! Nada volvió a ser como antes para los músicos callejeros, desterrados de sus viejos dominios a punta de karaokes, televisores y rocolas.

Anita está actualmente en su etapa mariachi. A la calle, sólo sale los viernes, de 5 a 8 p. m, enfundada en una versión radicalmente modesta de Lola Beltrán, pero canta donde la contraten. Su negocio más reciente fue con el Instituto Nacional de las Mujeres (Inamu), que requirió de sus servicios para animar parte de los actos protocolarios del día Internacional de la Mujer, tras un pago simbólico de ¢30 mil.

Anita contará con una hora de espectáculo –de 9:30 a 10:30 a. m. en la Plaza de la Cultura– el próximo viernes 7 de marzo y no precisamente el 8, que es el día oficial de la celebración.

Aunque al repertorio que aún ensaya para ese magno evento le falta una pieza clave en la reivindicación del género humano –Rata de dos patas, de Paquita la del Barrio–, al menos sí incluirá su mejor pieza del momento, su hit vocal, la canción que hoy por hoy le permite lucir el esplendor de su registro: Cucurrucucú, Paloma.

Y de veras que la canta ligerita y sentida, sin que se le arrugue una nota.

El barrio El Carmen de Dulce Nombre de Coronado es un lugar accesible, siempre y cuando uno no trate de llegar en bus. Sin embargo, para la familia Salmón Chinchilla –que no tiene carro– es la única vía considerada para entrar o salir. Todos van o vienen porque trabajan y, el que no trabaja, por lo menos canta.

Es la hora del almuerzo y en la casa están casi todos, más bien, todos los que quedan: María Guadalupe, la hija menor, de 20 años; Ana María, de un año y dos meses, hija de María Guadalupe; Carlos Manuel, de 64 años, el marido de Anita, y Anita.

El gato, Silvestre Antonio, herencia de la hija mayor, Ana Cecilia, se restriega en las patas de las sillas esperando que eso le conceda unos huesos de pollo.

La cocina sigue activa –con una olla de frijoles en acción–, pero la mesa ha ido perdiendo sus clientes. Solo María Guadalupe sigue sin probar la comida, delante de un plato ya frío, porque dice que le duele una muela. Su gran barriga de ocho meses le pertenece a su segundo hijo, Alejandro Felipe, que nacerá a finales de marzo. Como es lógico, María Guadalupe también goza de una voz privilegiada, pero al mismo tiempo, también de un desinterés notable por la música.

Carlos Manuel Salmón se calza un sombrero negro antes de salir a trabajar. Él también es un músico ambulante. Es un hombre pequeño y ligeramente encorvado que, con todo y anteojos, no debe superar las 80 libras, sin embargo, hasta hace muy poco arrastraba una tumbadora casi de su misma talla por los buses de San Pedro, y con gran esfuerzo recorría los pasillos en movimiento tocando calipsos y contando chistes. Ganándose la vida con el sudor de su frente, como es natural, solo que en su caso el sudor venía de todas partes, debido a una discapacidad que lo tenía prácticamente paralizado.

A Carlos Manuel todo el mundo lo conoce como El Llanero Solitico, pero muy pocos saben que es el marido de Anita, desde hace 27 años.

El lugar donde vivían antes también era bueno: no en vano pasaron 18 años en la casita del barrio Tico Block, en Mata de Plátano de Goicoechea, pero después de la tragedia, las razones para irse se multiplicaron.

La noche del 20 de noviembre del 2011, la hija mayor de la familia Salmón Chinchilla, Ana Cecilia –que en ese momento tenía 25 años– estaba en el portal de su casa, con su hermana y varios amigos. A los pocos metros, se desató una pelea: dos borrachos contra dos policías. Podría decirse que todos, ebrios y autoridades incluidas, eran conocidos del barrio. Ana Cecilia estaba llamando a la policía cuando sonó un balazo. En medio del forcejeo, uno de los policías sacó su arma y la disparó. La bala no era para ella, pero fue su pecho, su pulmón y el borde de su corazón los que la vieron pasar.

Las circunstancias no han colaborado para aliviar el dolor de la familia pues, después de dos años de muerta, siguen sin noticias de un juicio. Y lo que es peor: en una audiencia preliminar, descubrieron que el policía que llegó a declarar no era el que accidentalmente disparó el arma.

“Mi hermana no era un perro”, dice María Guadalupe.

“Yo tengo mis momentos”, reflexiona Anita. “Ya es mucha la ausencia. Ya son dos años sin verla. En sueños le pido que se me aparezca, y se me aparece. Un día la vi parada en el marco de la puerta, más delgadita de lo que era, con la mano en la cintura. Aquí estoy, mamá. ¿Me querías ver?

Mientras habla, Anita mece a Ana María en su regazo, hasta que la nieta queda convertida en un trapito tibio y sereno. La tarde empieza a caer y es hora de la siesta. En la sala hay una penumbra inofensiva, como las estrellas de estereofón y escarcha que cuelgan del cielo raso.

“Antes me iba bien. Lo único que no pude lograr fue una casa propia, pero me siento orgullosa porque todo lo que tengo es fruto de mi trabajo”, dice Anita, sin percatarse de que sus cuentas deben estar equivocadas. En la sencilla operación de dar y recibir, ella siempre ha dado mucho más.