La diva

Ivonne Durán Orozco​Hace más de 40 años, Ivonne Durán se quitó los zapatos por primera vez para recibir una clase de danza. Como muchos de sus colegas, ha tenido dos vidas: una en la calle y otra en los escenarios. Hoy dirige el Taller Nacional de Danza

Fotos y videos: Jose Díaz

Ivonne Durán Orozco nació en el primer piso de la casa de dos pisos de sus abuelos maternos, en Barrio Aranjuez, el 18 de diciembre de 1957. No fue un acontecimiento caracterizado por la discreción y el sosiego, pues su parto se convirtió en una situación de emergencia y, ante la inminente catástrofe, hubo que llamar a un doctor. Ivonne cuenta que la partera hizo lo que pudo hasta donde pudo, pero la situación se salió de su cauce.

“Estoy viva porque tenía que vivir. Pesaba 14 libras y media. Tenía el tamaño y el peso de un niño de varios meses. No había tiempo que perder. Fue, como dicen, un parto traumático”.

Su mamá ya había traído al mundo a sus tres hermanos –Álvaro, Bernardo y Clara–, pero eso no allanó el camino de su llegada, que superó todos los índices de masa corporal.

Aún sos muy alta. ¿Cuánto medís?

–Mido 1, 72, pero me he encogido. Ahora mido como 1,69. Dicen que uno empieza a encogerse después de los 50…

Ivonne reflexiona un momento. Su propósito no es ser graciosa, pero una vez adentrada en el terreno de las tallas, se le hace inevitable evocar viejas postales familiares. “Tengo tías que han terminado como yaxes. Se sentaban a la mesa y no se veían, hechas un ganchito”.

El nacimiento de Ivonne estuvo precedido por otra situación desbordada: su mamá –“una macha bella, blanca como una rata; la mayor de ocho hermanos”–, decidió separarse definitivamente de su papá, un mes antes de que Ivonne naciera. “A los ocho meses, mi mamá dijo Hasta aquí”. Y entonces Ivonne vino al mundo 30 días después, voluminosa y revuelta. La casa de Aranjuez se convirtió en la suya –en la única que conoció y la que dejó para casarse– y sus abuelitos, en los cimientos de su infancia. Cincuenta y siete años después, aún es fácil topársela por los alrededores, entre Aranjuez y Escalante, como si un polo magnético la mantuviera sujeta a las mismas cuadras de toda la vida, pese a todos los viajes, giros y residencias lejanas.

Ivonne tiene la voz noble y áspera, y su charla transcurre bajo los efectos de una amena desorientación. Suspende las frases, hace pausas, rectifica y sale volando hacia la diagonal. Recuerda cientos de detalles y, cuando los reconstruye, improvisa una coreografía. En la vida real, lejos del escenario, Ivonne tiene un aura distraída y de inconsciente voluptuosidad, como una auténtica diva francesa de la nouvelle vague.

Hace un par de meses la sorprendió una noticia: si aceptaba, se haría cargo de la dirección del Taller Nacional de Danza, institución que había sido su fuente más regular de ingresos desde 1991, cuando la maestra Mireya Barboza la convocó por primera vez para formar parte de su cuerpo docente. Medio tiempo: un tesoro. Desde entonces, Ivonne dio regularmente clases de danza contemporánea en el TND. Ahí, por donde siempre anduvo, a la vuelta del Calderón Guardia.

Ivonne aceptó el puesto, bajo la premisa de que lo que es bueno para la danza, es bueno para ella, pero sobre todo, bajo la herencia traumática del subempleo. Jamás siquiera se planteó si debía cambiar de actividad, aunque su trabajo regular como intérprete y profesora nunca fue suficiente para practicar uno de los deportes favoritos del ciudadano modelo: acumular.

“Para mí, la danza ha significado mi realización como persona. No he tenido facilidades ni comodidades económicas, pero me siento completa cuando bailo. Es lo que soy. Siento placer y emoción. Cuando veo a los bailarines haciendo una clase, siempre quiero estar ahí. Nunca puse en duda que la danza era lo que tenía que hacer. Trato de entrenarme todos los días y cuando no lo hago, siento que estoy incompleta. La danza es tan importante para mí como la comida”.

Su paso por el grupo Losdenmedium, fundado en 1988, no solo fue decisivo a nivel artístico, sino también doméstico. Entrenaban diariamente y trabajaban como profesionales, pero no cobraban salario. Ivonne resume la vida económica del bailarín con otra sentencia autobiográfica: “Me la jugué en mil y una cosas”.

Ivonne creció rodeada de música, pianos, migraciones y movimientos involuntarios. Su abuelito, Rafael Ángel Orozco Bejarano, fue músico, pianista, compositor y supervisor de escuela. “Y por cierto, le quitó una novia a don Arnoldo Herrera”, agrega Ivonne. Al abuelo, los nietos le decían Filitito, y a la abuela, Clara Rosa Campos Bonilla, Talita. El abuelo no tenía necesidad de imponer su influencia, pues había otras vías para mantener hipnotizados a los nietos. Una era la música y la otra, la memoria.

“Siempre viví con piano en la casa, aunque mi abuelito nunca nos dio clases a nosotros. Yo quería aprender, porque veía a las chiquitas a las que él les daba clases, y decía, Qué dichosas, ya tocan piano. Yo no tocaba ni los pollitos”.

Ivonne, además, prefería muchas veces escuchar por boca de su abuelo las historias de expresidentes y antepasados que salir a jugar. Cierta vez, su capacidad para argumentar lo convenció de otorgarle una milagrosa dispensa. “Cuando le di un buen argumento, me exoneró de ir a misa. Le dije algo así como que el ritual de la iglesia era siempre el mismo y no se renovaba. Mi abuela decía que faltar a misa era pecado mortal, pero a él le interesaron tanto mis argumentos que me dijo: No se preocupe, yo me entiendo con su abuelita. Me liberó de la tortura de sentirme que pecaba”.

Ivonne iba para primer grado cuando la familia decidió mudarse a Nueva York. Todos sus tíos habían emigrado y su mamá, María Adoración Orozco Campos, había sido contratada por una empresa de ticos con sede en Manhattan, así que, durante cuatro años, Ivonne aprendió a recorrer en inglés las calles y los puentes del Bronx, pero sobre todo de Brooklyn.

“En verano, íbamos a los parques solitos, a bañarnos en los chorros, a andar en bicicleta, teníamos amigos… Yo me sentía muy feliz. Además, como había que cambiar de vestuario con cada estación, sentía que siempre era Navidad. ¡Yo era feliz estrenando ropa! Las muñecas no me gustaban. Quizá por eso me gusta tanto cambiarme de ropa en el escenario. Nos vinimos, por dicha, porque si no, estaría absorbida por el consumo”.

Cuenta Ivonne que los primeros tiempos fueron terribles, pero que poco a poco le fue cogiendo el gusto a los rascacielos y a las costumbres neoyorquinas de la década del 60. Además, al cabo de un tiempo, Talita y Filitito también se unieron al combo de migrantes, y eso mejoró el color de la gran ciudad.

“Terminé primer grado, a duras penas, en una escuela pública, y a partir de segundo grado, en una de monjas. Me pasaba pensando qué andarían debajo las monjas”.

Cuando ya estaba adaptada, la familia decidió regresar a barrio Aranjuez. Por un lado, a Filitito le dio un mal de patria incurable, pese a que logró apropiarse del órgano de la iglesia Santa Juana de Arco, en Jackson Heights, donde daba conciertos gratuitos. Sin embargo, el abuelo no pudo superar la certeza de que su deber era morirse en Costa Rica. Y por otro lado, comenzó la Guerra de Vietnam. Para la mamá de Ivonne, que sobre todo temía por la juventud de sus hijos mayores, eso supuso la aparición de dos fuertes argumentos para marcharse: el servicio militar y el consumo de drogas. “Mami dijo: Vámonos, porque a los primeros que mandan es a los latinos y a los negros”.

Entonces la familia regresó y, para Ivonne, eso supuso un nuevo reajuste de personalidad.

“Soy como un cuadro clínico de inadaptación”.

Cuando puso un pie en la escuela República de México se dio cuenta de que no sabía español. Sus maestros precisaron: sabía hablar pero no escribir. “Así que mi abuelito nos puso a hacer copias todas las vacaciones”.

Sus antecedentes la favorecieron, porque Ivonne siempre fue una alumna de 10 corrido. No le costó encarrilarse y, de hecho, cuando llegó el momento de abandonar la primaria, gracias a sus méritos académicos, le ofrecieron una beca en un colegio privado.

“Yo tenía mucha conciencia social. Mi casa era humilde y pensé: Qué pereza ir a un colegio de clase alta, siempre voy a estar en desventaja. Además, era de monjas, y yo ya sabía lo que eran las monjas. Tampoco me dejaron ir al Castella, que era a donde yo quería ir”.

Ya en el colegio quería ser bailarina, pero antes se hizo cantante y guitarrista. Se metió a la estudiantina y al coro. Sus hermanos, experimentados compositores de los festivales de la canción, componían y descomponían en conciertos y serenatas. “Obligué a mi mamá a que me comprara una guitarra. El profesor, Carlos Cabeto Chacón, de Puntarenas, era un excelente pedagogo porque nos ponía a leer de todo. En esa época no me gustaba leer, pero ahí fue cuando le agarré el gusto a la lectura… Por cierto, me gustaría, ahora que estoy en edad madura, entrar a estudiar guitarra clásica”.

La fiebre por las artes diversificadas le duró hasta que finalmente cayó en el estudio que Mireya Barboza tenía en Otoya, por el Simón Bolívar. Tenía 16 años. Llegó impulsada por Sandra Rivas, cuñada suya por aquel entonces, y bailarina consumada.

La imagen de su tía Tere (la menor de sus tías) también se proyectaba sobre Ivonne como una prueba de que la danza podía ser el destino de alguien. Tía Tere se había ido a Londres muy joven, para estudiar ballet con una beca que le consiguió Grace Lindo, pionera de la danza en Costa Rica y maestra del método de Isadora Duncan.

Ivonne no tuvo que esperar el final de ninguna función para saber que la danza era su vocación y que ahí se quedaría a vivir. Empezó sociología en la Universidad de Costa Rica pero, esta vez, las buenas calificaciones no causaron el efecto disuasorio de siempre.

Ivonne Durán se casó, tuvo dos hijas –hoy de 31 y 20 años– formó parte de muchos grupos artísticos y fundó otros. Bailó con Danzacor, Danza Universitaria, Losdenmedium y Espacio Abierto. Tuvo giras artísticas por decenas de países y también trabajó en teatro. Varios años de residencia en Limón la hicieron una adepta incondicional del Baile de Cuadrilla. En el año 2009 obtuvo el Premio Nacional de Danza, el mismo año en que ganó su bachillerato en Danza de la Universidad Nacional, donde obtuvo una maestría profesional en el 2012.

“Mi carrera en danza fue de la práctica a la reflexión y el estudio, como casi todos los bailarines de mi época. Bailamos primero y nos graduamos después. Me gusta mucho la manera en que aprendí”.

La carrera de Ivonne empezó por el final, como quien dice. Eso merece otra tanda de aplausos.