La extraterrestre

Gilda Victoria Aburto Arrieta​Gilda Aburto habla con la misma propiedad de entomología forense o boxeo que de ovnis o ecosistemas marinos. Periodista, cronista deportiva y estrella juvenil de baloncesto, todos los temas la apasionan: su curiosidad no es de este mundo

Fotografías: Gloriana Jiménez

Un día Gilda estaba en su casa de Tibás, donde lleva viviendo 30 años, cuando sintió el impulso irresistible de abrir la puerta de la calle. En la acera, metido en una caja de zapatos, había un gatito recién nacido, sucio como si acabaran de sacarlo de una alcantarilla, sin edad ni fuerzas para maullar. Conmovida, lo llevó delante de Julio Alberto Bustos, su marido, quien de inmediato le ordenó dejarlo exactamente donde lo había encontrado, razón suficiente para que Gilda lo bañara con agua tibia, le pasara la secadora y le pusiera un platito de leche en la cocina. Con el paso de los días, cuando Gilda descubrió que la bola de pelos rubios era una hembra, tomó medidas cautelares: lo bautizó Gato. De eso, hace tres años.

–Pero es una gata.

–Es que me caen mal las mujeres.

–No lo creo.

–Ahora ya estoy cambiando.

–Cambiando qué.

–Siempre me he llevado mejor con los hombres.

–Comprendo.

–Cuando fui capitana del equipo de volibol del colegio, las compañeras no querían entrenar porque les venía la regla o se les rompían las uñas. Me ponía furiosa. Cuando era joven, yo solo era deporte deporte deporte.

(Equipo de la Universidad Centroamericana (UCA), de Managua, Nicaragua, ganador del campeonato nacional de baloncesto, categoría Primera División, 8 de mayo de 1977. Gilda, primera, extremo inferior derecho).

Con el primer hombre que Gilda se llevó de maravilla fue con el escritor Juan Aburto, destacado narrador nicaragüense a quien se reconoce como el pionero de la cuentística urbana en ese país, autor de una decena de libros, ganador de la Orden Cultural Rubén Darío en 1986 y nombrado Ciudadano del Siglo en el 2000, 12 años después de su muerte. Su papá.

Con él, Gilda compartió experiencias difíciles de superar para cualquier otro hombre en su vida: veladas de boxeo, música clásica, letras de tango e interminables pláticas en la ventana de su casa en Managua, ambos sentados en la oscuridad y hasta el amanecer, sin poder dormir por el calor.

El amor por el boxeo no fue un accidente sino una acción familiar totalmente premeditada, hasta la fecha. El papá de su papá, Doctor Juan Gregorio Aburto –a quien Gilda no conoció– fue médico del ring. “Crecimos viendo boxeo. Iba a las peleas con mi papá en la época en la que el boxeador Alexis Argüello empezó a pelear. ¿Sabés que Nicaragua tiene varios títulos mundiales? Allá todo el mundo boxea; es el segundo deporte después del béis”.

(Dr. Juan Gregorio Aburto)

(Juan Aburto, escritor)

Gilda fue deportista toda su vida. De joven ganó torneos, campeonatos y medallas en algunas de las disciplinas que practicó con vehemencia, como atletismo, volibol, basquetbol y softbol. Más tarde se hizo periodista, entre Managua y San José, especializada en periodismo ambiental –trabajó 25 años en organizaciones como WWF (World Wildlife Fund) y Rain Forest Alliance– y deportivo. Acumula como si fueran postales los diplomas de los cursos y capacitaciones que ha recibido en torno al tema (legislación forestal, manejo de bosques, ecosistemas marinos y costeros, vulcanología, manejo de desechos sólidos) y además de ser una de las poquísimas periodistas mujeres del país experta en boxeo, Gilda es entrenadora nivel 1 de boxeo (tiene el título de la Asociación Costarricense de Boxeo Aficionado) y entrenadora nivel C de futbol, por la Federación Costarricense de Futbol. Tan cierto es, que entrenó al real Azofeifa de Alajuelita durante una temporada.

Explica que lo del boxeo fue, sobre todo, para conocer el gremio desde adentro, y lo del futbol, para limitar las posibilidades del machismo y ganarse el derecho de opinar en su propia casa, especialmente delante de su único hijo, Rigoberto Morris Aburto, hijo de su primer matrimonio con el destacado atleta Rigoberto Morris McPherson, fallecido en 2001.

“Sí me hubiera gustado ser entrenadora de un equipo infantil y sé que seríamos invictos, de punta a punta. Y le tenía hasta nombre: Las marabuntas. No es que no lo vaya a hacer, es que todavía no lo he hecho. Yo no soy gringa, pero he seguido mucho la filosofía del gringo en el deporte. Al gringo no le basta con competir; el gringo lo que quiere es ganar. Estados Unidos no es un país futbolero, pero ha ido a casi todos los mundiales de futbol”.

–Solo te faltó el futbol americano.

–¡Jugué! –, dice, y regresa con uno de sus cientos de álbumes de fotos. No me gustaba mucho, agrega, buscando las fotografías precisas.

–Qué dicha. Si te hubiera gustado…

–Tal vez por la violencia del juego.

Gilda muestra una foto de 1978 en la que ella (con camiseta 31) y sus compañeras visten el uniforme del equipo de futbol americano de la Glide High School, de Roseburg, Oregon. En la misma foto, los muchachos lucen las faldas cortitas de las porristas, en un justo intercambio de roles.

En esa época, Gilda tenía 22 años, pero parecía de 16. Es un rasgo que la acompaña hasta la fecha. Comer años es otro de sus talentos.

En el caso de Gilda Victoria Aburto Arrieta, todo, absolutamente todo, se remonta a su infancia. Nació el 16 de abril de 1956, en Managua, en medio de cuatro hermanos: Juan y Alfonsina, los mayores, y Eunice y Margarita, detrás de ella.

“La casa donde yo nací la bombardearon los guardias de Somoza porque había un nido de guerrilleros. ¡Ya no pudieron poner una placa que diga Aquí nació Gilda Aburto!”

Llegó a Costa Rica en 1979, como dos semanas antes del triunfo de la Revolución Sandinista. “Soy más tica que nica. He vivido más tiempo acá. Desde chiquitita siempre veníamos a ver a mi tía. Tengo más familia aquí que en Nicaragua”.

“Dice mi mamá que yo siempre fui muy inquieta. Empecé a caminar a los 9 meses y me cerraban la puerta para que no me escapara. Dice que jalaba una silla para salirme por la ventana. Me subía en todo. Mi mamá me decía El mono. Un poquito más grande, cuando vivíamos en otra casa frente a una iglesia evangélica, me escapaba y me iba a la iglesia o me iba a caminar por el vecindario. Mi mamá me iba a buscar a la calle, donde yo me ponía a platicar con toda la gente, el vendedor de periódicos, el lustrabotas…”

“Aprendí a leer antes de ir a la escuela. Me sentaba en los regazos de mi mamá cada vez que ella leía el periódico. Qué dice aquí, qué dice aquí, le preguntaba. Ella me explicaba las letras”.

“A mi mamá le gustaba mucho la astronomía y podía identificar las constelaciones. Le gustaba sacarnos al patio y buscar la Osa Mayor, la Osa Menor, Alfa Centauro… En el 69, cuando el boom del hombre a la Luna, yo estaba en sexto grado y mi papá nos regaló un telescopio. Entonces pudimos ver los cráteres de la Luna y los anillos de Saturno”.

“También recuerdo que en los años 60 hubo una impresionante lluvia de meteoritos. Una noche sacamos las camas al patio y nos pasamos la noche entera gritando y contando la aparición de cada meteorito, todos los hermanos. Siempre nos gustó mucho estar viendo las estrellas”.

Gilda tendría unos 9 años la primera vez que vio un platillo volador. Era la hora de almuerzo y su familia estaba sentada alrededor de la mesa, enfrascada en otros platillos, allá en la calurosa Managua. De pronto empezó a soplar un viento fuertísimo y todos se levantaron a ver qué pasaba. Su mamá se fue corriendo al patio, a recoger la ropa tendida, mientras el resto de la familia salió a la calle principal, para descubrir que la vía estaba sembrada de diminutos remolinos de polvo, como pequeños tornados, y que a unos cuantos metros de distancia en el cielo venía bajando un platillo metálico, enorme, “con muchas ventanitas”. Antes de chocar con los postes del alumbrado público, a plena luz del día, el artefacto desapareció en las narices de todos. Pocos días después, mientras iba a la pulpería por un mandado, tuvo otro avistamiento: un objeto inexplicable y alargado en medio de las nubes.

“Debe ser un cometa”, pensó Gilda. “En ese momento no sabía qué era aquello, sino años después, al estudiar el fenómeno. Quizá todo eso me hizo ver que hay un universo del que no nos hablan ni en la escuela, ni en la iglesia, pero que existe y es real y la gente lo vive a diario en todo el mundo”.

Todo lo que Gilda hizo ‘después de hacerse grande’ tiene que ver con lo que aprendió de pequeña, y no todo está relacionado con su papá, por supuesto, sino también con Petra del Socorro Arrieta Ramírez, mejor conocida como Gracia Arrieta, nacida en Pacayas de Cartago el 19 de noviembre de 1923. Petra o Gracia, como quieran llamarla, empezó a trabajar en Radio City a inicios de la década del 40, donde transmitía saludos y leía comerciales en inglés y en español. Además de ser considerada la primera locutora del país, la Srta. Arrieta le dio voz a uno de los personajes más famosos de la radio costarricense de todos los tiempos, en un programa de Radio América Latina que enseñaba inglés, especialmente a quienes deseaban migrar hacia Estados Unidos. La Niña Pochita. Su mamá fue la Niña Pochita.

El programa se escuchaba en Managua y fue así como la voz de Gracia llegó a oídos de Juan quien, como buen escritor, le mandó cartas durante 6 años, hasta que vino a conocerla, el 2 de noviembre de 1949, para después proponerle matrimonio y celebrarlo en Nicaragua, el 1 de abril de 1950.

“Ahí se acabó la Niña Pochita y ahí se acabó todo”, murmura Gilda. Mi mamá nunca debió irse de Costa Rica para Nicaragua. Ella era muy inteligente y tenía su trabajo. Allá se dedicó a ser ama de casa, criar 5 hijos y llevar una vida muy dura”.

Juan y Gracia frente a la soda Palace, 1949.

En su infancia no hubo mayor lujo que el conocimiento y, sin embargo, Gilda hasta ahora se da cuenta –no sin dolor– que fue justamente su mamá quien pagó por ellos esa atmósfera de plenitud intelectual. “Ella era como una esclava y no nos dejaba hacer nada, y a nosotros tampoco se nos ocurría. Hoy me pregunto a qué hora dormía mi mamá. Se anuló y nunca se quejó de nada. La mujer antes se casaba y pasaba a ser propiedad del marido”.

No es su caso, precisamente.

Casada desde hace 20 años en segundas nupcias con el multifacético chileno Julio Alberto Bustos, Gilda comparte con su marido, además del lecho, todos los temas de su interés. ¿Cuáles? Todos. Entre ellos no existen temas prohibidos ni aburridos ni trasnochados o difíciles.

“Hemos tomado muchos cursos juntos”, aclara. “Creo que tuve la gran ventaja de encontrar en esta vida a alguien que se parece mucho a mí en muchos aspectos, nos complementamos muy bien, tenemos las mismas inquietudes, la misma forma de pensar, los mismos "ideales de guerrillero", le digo yo, de las luchas sociales, de cambiar el mundo, el mismo afán por aprender cada día algo nuevo, el poder hablar sin cansarnos nunca, de cualquier tema, ya sea trivial, o profundo, o de Derecho, ingeniería, historia, agricultura, enigmas ancestrales, o lo que sea”.

Ambos adoran el boxeo, los diccionarios y los pastelillos dulces. Eso sí, lo del envenenamiento saprissista es únicamente responsabilidad de la cónyuge.

Desde que tiene memoria, los concursos de conocimientos han sido su perdición, aunque eso es solo una forma de decirlo… perdición es un término confuso. Su más reciente aventura televisiva, el año pasado, le reportó una ganancia de ¢7.5 millones. Participó en Quién quiere ser millonario y se retiró en el umbral de los 35 millones, por gallina. Gilda sabe que, para lo que ella sabe, fue una ganancia modesta, pero afirma que le entró miedo de no poder contestar las preguntas que venían. ¿Miedo de no poder contestar o de perder el dinero acumulado? Ella dice que de ambas, pero conociéndola, es probable que la sola idea de verse envuelta en un error enciclopédico la haya aterrorizado. De haberlo querido, hubiera arrasado.

Para ese entonces, su historial como concursante, espectadora y ludópata era largo y tendido: Fantástico, de Canal 7, Saber para Ganar, de Canal 13, Saber y Ganar, de la televisión española, así como los programas en inglés Tic Tac Dough, Jeopardy y Genio National Geographic. “Me fascinan los programas de concursos de conocimientos”, dice Gilda, entregada a su adicción. “Para mí, ganarme una enciclopedia era más valioso que ganarme una refrigeradora, por ejemplo”. De todos modos, en su casa se amontonaban los coffee makers y las ollas arroceras, producto de sus correrías. Enciclopedias se ganó una, una única vez.

“Tuve una infancia muy bonita porque mi mamá era una mujer muy inteligente y mi papá también. Eran muy cultos y siempre buscaban la forma de aprender más. Él no nos dejaba leer Selecciones ni revistas como Fantomas, Batman o Superman, que de todos modos las leíamos a escondidas. Él tenía una biblioteca muy extensa y eso era lo que nos dejaba leer. Sin censura. Éramos lectores voraces porque teníamos hasta los libros de medicina de mi abuelito. Pasábamos leyendo de la mañana hasta la noche. Tal vez por eso mi mamá no nos decía nada con relación a la casa y a las responsabilidades domésticas. A veces mi mamá me mandaba a la pulpería y hasta veía rara la calle, porque pasaba horas y horas leyendo”.

“Me subía a la copa de un árbol que había en el patio, después del almuerzo, y leía mientras veía la ciudad de Managua a lo lejos. Me pasé la infancia subida a los árboles. A los 12 años me leí las obras completas de Freud”.

Gilda suspira a medida que habla. Siempre. Cuenta que tiene sueños extraordinarios. Naves. Luces. Seres pequeñitos. “Todos los días se ven ovnis. Lo raro más bien es que no se miren”.

“En esto del fenómeno ovni, lo más importante para mí ahora es la gente que ha tenido un contacto más cercano con seres de otro planeta y que, una de dos, les dicen que están locos o que es el Diablo, el Maligno. He conocido personas aquí en Costa Rica que tuvieron una experiencia de abducción, que fueron secuestrados por extraterrestres, y luego aparecieron con marcas o cicatrices, moretones o quemaduras, y que no saben exactamente qué fue lo que les pasó. Muchas veces lo cuentan a sus familiares y tienen que sufrir el rechazo y hasta les prohíben hablar de eso; gente que luego se la pasa empastillada”.

“Yo hago la diferencia entre un contacto consciente, donde los seres se aparecen a plena luz del día y hablan con uno, y el otro, que es el secuestro, que es cuando te toman en contra de tu voluntad y hacen experimentos físicos con tu cuerpo. Estas personas sufren terrores nocturnos y desarrollan fobias, a la oscuridad, a ciertos animales, a las luces brillantes… Esa gente, para mí, es a la que hay que ayudarle, porque la ciencia, los médicos y la religión niegan estos hechos”.

Actualmente, además de leer y estudiar todo lo relacionado al fenómeno ovni en todas las fuentes disponibles, Gilda colabora con la página de su amigo Alexis Astúa, enigma-tico.com, y escribe artículos, expone casos, adjunta fotos, evacúa consultas, atiende medios, y le ayuda en la administración de comentarios. Sin embargo, esto no es ni de lejos lo único que Gilda sabe hacer ni hace.

Las paradojas de la vida. El día que le vino la regla, Gilda era una adolescente que no tenía la menor idea de qué se trataba. Ninguna de sus fuentes habituales de información la habían prevenido para el crecimiento.

Siempre comía a deshoras debido a sus entrenamientos deportivos después del colegio, y ya su mamá le había advertido que los malos hábitos le iban a provocar una úlcera, así que cuando ella vio sangre, pensó: ¡La úlcera! ¡Me voy a morir! Por esos días, su mamá andaba atareada con la fiesta de graduación de su hermano mayor, y ella pensó que sería de muy mala educación arruinar la ceremonia con la noticia de su muerte inminente, así que decidió quedarse callada. Pasados un par de días, y segura de su destino, Gilda se arrimó a la pila de lavar, donde su mamá se encargaba de la ropa de la familia.

–Mamá.

–Qué pasó, qué fue.

–…que me está saliendo sangre y me voy a morir buaaaaa….

“Mi mamá se fue a buscar una toalla y me la dio. Póngase eso, me dijo, y solo eso me dijo. Yo pensé: ¿Y cómo sabe ella de dónde me está saliendo sangre si yo ni siquiera le he dicho? Ya era la noche y no se me quitaba, así que al otro día le pregunté que cuándo se me iba a quitar eso, y ella respondió: Uuuuuuuuh. En un montón de días. Y eso fue lo único único único que ella me ha dicho al respecto”.

–Aún estoy esperando que mi mamá me venga a decir algo.

–¿Nunca te dijo nada?

–Nada.

Un último dato: Gilda tiene otro título. Hasta donde sabemos, ella es la única mujer estudiosa del fenómeno ovni en Costa Rica, así que si los extraterrestres han visto a alguna otra ufóloga espiándolos desde territorio nacional, por favor, que se pronuncien.