La jefa

Fotos y videos: Jose Díaz

Silvia lo recuerda, pero no se lo explica. Se ve a sí misma saliendo de la casa con cuatro chiquitos en los brazos o en el coche o de la mano. Cuatro chiquitos recién bañados y desayunados, listos para repartir entre la guardería y la escuela antes de las 7 de la mañana. No un día, sino todos los días. De lunes a sábado va llena de chupones, bultos y pañales. Tal vez sí se lo explica, pero no lo recuerda. ¿Sale también en invierno? ¿Quién sostiene la sombrilla cuando cae un diluvio? ¿Es ella la que se agacha para amarrar unos cordones sueltos en medio del torrente? Silvia sabe que alguna vez lo hizo, lo que no recuerda es cómo.

Todo eso pasó hace más de 20 años, cuando Silvia tenía 19 y nació su primera hija. Ahora tiene 45 y mucho rato de no sentirse agobiada o sobresaltada porque tiene que proteger a su rebaño, defenderlo a como dé lugar, pero a veces, cuando sale temprano de su casa en Villa Esperanza de Pavas, ve a cientos de mujeres apuradas y con racimos de hijos que se van desgajando a medida que corren detrás del bus, haciendo exactamente lo mismo que ella hacía, y es cuando le parece aún más increíble que ella también haya pasado por algo semejante. “Juventud divino tesoro”, se dice a sí misma, al cabo de un minuto de silencio.

En la biografía de Silvia hay un padre que hiere y una mamá que trabaja; cuatro hijos que crecen y dos hombres que golpean. También hay muchos trabajos nada gratificantes y peor remunerados. Finalmente, hay palabras para contarlo, e incluso para tratar de entenderlo.

Silvia Elena Valverde Araya nació en San José hace 45 años y, de los siete hermanos, ocupó el sexto lugar. Lo natural hubiera sido que todos nacieran en Río Frío, Limón, donde estaba asentada la familia, pero su mamá, Rosalía Araya, era una maestra educada en las costumbres de la ciudad que pensaba que lo mejor para sus recién nacidos era venir al mundo en un hospital capitalino. Su padre, Ramón Valverde, era capataz en las fincas de banano y eso le daba derecho a una casa –la casa del capataz–, quizá no tan espectacularmente bella y cómoda como la casa del mandador, pero tampoco tan húmeda y hedionda como las barracas de los peones.

Silvia y sus hermanos gozaban de una libertad tremenda y, cuando no iban a la escuela, se dedicaban a jugar y a zambullirse en ríos de espuma cristalina mientras su mamá los esperaba en la orilla con frescos y canastas de sánguches. Ese pedacito de su infancia, cinco años a lo sumo, es una joya transparente. Le gustaba tanto esa vida que hasta el humarascal en el que flotaba la casa cuando encendían la cocina de canfín era como un perfume. Es cierto que, si llovía, el bananal se convertía en un lugar lleno de peligros y accidentes, quizá incluso sin lluvia, pero ese mundo brutal de trabajo, machete, sol y mosquitos no era el suyo. “Fue una época hermosa. A mí me gustaba Río Frío”, dice Silvia. “Lástima que no nos quedamos viviendo allá, porque hubiera sido otra historia”.

La historia que a Silvia le gustaría cambiar es la siguiente: ella y su familia aterrizando en la casita de sus abuelos, en Pavas (un lugar diminuto con dos cuartos en los que, de pronto, empiezan a convivir 12 personas), después de que prácticamente los echan a la calle y tienen que despedirse de Río Frío para siempre. ¿Por qué? Su padre. Una caída en una zanja. Un golpe en la columna. Una operación que lo inmoviliza durante muchos meses. Una espera que se transforma en abandono. “Un día vimos que mamá estaba echando todas las cosillas en un camioncillo, porque seguro ya había hablado con abuelita. Nosotros estábamos felices porque no conocíamos San José. Qué íbamos a entender”. El padre, su padre, había decidido recuperarse en casa de una hermana que vivía en barrio México y usar la plata de su liquidación en asuntos más apremiantes. Cuando supo que su familia estaba en San José –cuando supo por boca de su esposa que en Río Frío no tenían qué comer y que la casa del capataz ya no existía– se enojó y, por supuesto, siguió viviendo con su hermana.

“A mi papá le había sobrado un vuelto y mi mamá le dijo: Deme eso a ver qué puedo hacer”.

La mamá de Silvia se fue al Invu y logró amarrar la compra de una casa que había descubierto, abandonada, a los 200 metros de la casa donde vivían hacinados. Y ahí se fueron. “Cuando ya mami hizo las vueltas y todo el papeleo, diay, papi llegó”. El nuevo hogar era tan diminuto como el anterior, “pero era de nosotros”, recuerda Silvia. “En esa época el barrio ya era terrible, ahora lo que pasa es que es violento. En ese lugar nos empezamos a hacer más grandecillos”.

La vida familiar cambió, empeoró. “Cuando papi no estaba en la casa, era bonito. Papi llegaba y se acababa la felicidad. Lo primero que hacía era fulminarnos con la mirada”.

–¿En qué trabajaba tu papá?

–En varias cosas… fue guarda, policía.

–¿Y tu mamá?

–Mami intentó volver a trabajar como maestra, pero no quería dejarnos tanto tiempo solitos, entonces iba y planchaba, limpiaba casas ahí en Rohrmoser, porque papi era muy tacaño y lo que le daba era una miseria. Nosotros hubiéramos sido felices si hubiéramos vivido solo con mami, aunque hubiéramos sido igual de pobres. Si a uno le dan amor cuando está chiquitico, tiene la estima como alta, uno se siente como protegido.

“Papi nos decía cosas como quítese de ahí, inútil, usted no sirve para nada. Yo digo que nos odiaba y, al mismo tiempo, se suponía que nosotros debíamos respetarlo… Papi no le pegaba a mami, no la maltrataba físicamente. Es cierto que los golpes duelen, pero las palabras quedan resonando de por vida. Todos nos fuimos apenas tuvimos cuerpillo”.

Silvia llegó hasta sexto grado. Le gustaba estudiar, pero a la altura del colegio se sentía muy poca cosa, y en su grupo de amigos las cosas no iban mejor, pues los que no eran agredidos eran abusados o sencillamente ignorados. La mayoría pasaban molidos a golpes por hombres borrachos que, a su vez, les administraban el mismo tratamiento a sus mamás. “Las notas mías eran excelentes. Yo quería ser maestra, pienso que por mami, pero uno con la estima baja no puede llegar a ningún lado por más que quiera. La falta de dinero, no: la falta de cariño. Me hubiera gustado mucho estudiar, pero bueno, no fue porque mami no nos pusiera. Yo pienso que la estima tiene que ver mucho con que uno sea feliz o infeliz”.

Silvia tiene 15 años de trabajar regularmente como empleada doméstica, pero también trabajó como salonera, cocinera, vendedora de lotería y lo que hiciera falta. “Los pobres, lo que queremos es trabajo”, dice. Se fue de su casa a los 14 años y su hija mayor, “Mimi”, nació cuando ella tenía 19, es decir, hace 26 años. Después nacieron John (25), Mauricio (17) y Diego (15). “Esos son mis cuatro hijos hermosos a los que amo con toda mi alma”, sentencia Silvia.

El padre de sus dos hijos mayores era un hombre “muy irresponsable y golpeador” que, al final de la relación, cuando Silvia finalmente lo dejó, harta de la miseria y las golpizas, tuvo la osadía de llegar al cuartito que ella había alquilado a duras penas para robarle el único objeto de valor que Silvia se había comprado en años: una plancha. El sujeto aún tuvo tiempo de arruinarle una pintura de labios, dejándole un mensaje en el espejo, antes de desaparecer para siempre: “Me la llevo por todo lo que te di”.

Su siguiente relación, igual de violenta, le dejó a sus otros dos hijos. “De todo lo malo salió algo bueno, no solo por ellos, sino porque huyendo de eso encontré una casa y finalmente la compré”.

Su hermana Rosaura la ayudó todo el tiempo y, cuando no pudo hacerlo, inventó la manera. Rosaura tuvo cinco hijos, se convirtió en enfermera y sacó una licenciatura. Para Silvia, “Chava” es una de las personas más importantes del mundo. “Tenemos historias parecidas. Nos llevamos muy bien. Ella es una supermujer”.

A Silvia le encanta leer, escuchar radio, cuidar sus plantas –tiene un largo pasillo repleto de macetas– y, sobre todo, respirar la paz de su habitación. “Mi casa es mi tesoro. Me costó millón y medio, hace como 19 años. Después de mis hijos, que logré sacarlos adelante, mi casa es mi mayor logro. Yo nunca pensé que pudiera tener una casa”.

A Silvia también le gusta ir a las compraventas de libros y revolcar los estantes. Un día se compró uno titulado Las mujeres que aman demasiado y, con cada página que leía, pensaba: ¡Dios, pero si esa soy yo!

“Yo nunca pensé que mi historia fuera a tener un final tan maravilloso, pero para que fuera más maravilloso todavía, tendría que ver a mis dos hijos menores graduados, encaminados. A partir de ese día, todo lo demás es ganancia”.

Hace una década, cuando había dejado de buscar pareja y creía que todos los hombres eran iguales, Silvia conoció a Mario. Mario Alberto Cedeño Soto, con licencia B3. Entonces se dio cuenta de que efectivamente todos los hombres son iguales y también, algunas veces, diferentes, y esto la convenció de que sus nietos finalmente tendrían un abuelo amoroso y trabajador, y de que ella terminaría de pagar su casa con la ayuda de alguien, con la ayuda de Mario.

Todo lo que nunca pensó que pasaría, empezó a suceder, incluso algo tan inesperado como la tristeza –pero no cualquier tristeza, sino como el derrumbe de una montaña de escombros–, porque aunque todo iba mucho mejor, hace un par de años Silvia se deprimió. Un día amaneció incapaz de continuar y terminó delante de una psiquiatra que, conforme Silvia le narraba su tristeza, iba llenando talonarios y talonarios para recetarle pastillas y pastillas.

¿Doctora, qué puedo hacer?, le preguntaba Silvia.

Dele tiempo al tiempo, le respondía la doctora, pero el tratamiento avanzaba, las dosis aumentaban y no había ninguna mejoría. Al cabo de dos años, cuando se vio empastillada y de todos modos, desanimada y aturdida, pensó que era hora de dejar el insomnio de las drogas. Así que botó las bolsas de medicamentos y, en su lugar, tomó melatonina, hierba de san juan y cloruro de magnesio. Pudo dormir y dejó de ser un zombie.

Silvia está convencida de que no sabe expresarse, pero ese convencimiento no agota el ritual que, desde hace años, comparte con su hermana Rosaura y su mamá. Las tres se reúnen para hablar de cualquier cosa, y siempre terminan reconstruyendo el pasado. La conversación es una coreografía que dura horas. Se cuentan lo que ya saben, aunque a veces hay un chispazo y alguna recuerda algo olvidado, y juntas avanzan en esa maraña de visiones y emociones compartidas, apoyándose una en las palabras de la otra, contándose la misma historia mil veces, siempre la misma pero siempre diferente, desde todos los ángulos posibles, bajo todas las luces y todas las sombras que encuentran a su paso. Hablan sin detenerse como si abonaran un enorme campo de oraciones enlazadas. Silvia cree que su historia no merece contarse porque es la historia de muchas mujeres. No está segura de hacerlo, porque cree que cuando algo se comparte con tanta gente ya no tiene nada de especial.