La joya

Maga​Maga cuenta los mejores chistes y hace las mejores chalupas del oeste de San José. Todos los años dice que está a punto de morirse, pero hoy cumple 60 y no hacen falta velas: su presencia basta para que cualquier lugar se ilumine

Fotografías: Gloriana Jiménez

María Magdalena González Pérez tuvo su primer accidente grave cuando tenía 15 años y tres meses de embarazo. Dos carros la levantaron mientras cruzaba la calle, pero no le pasó nada que no se curara con agua y jabón. “Un milagro. Unos cholloncillos”.

Al año exacto, el segundo. Venía de bailar. Regresaba en moto con un amigo por las inmediaciones de Lindora, que entonces –hace más de 40 años– era mitad montaña y mitad potrero. Eran como las 5:30 de la tarde. A lo lejos vieron el bus de Puriscal, lejísimos, en el horizonte de la carretera, pero cuando Maga se percató, estaba debajo de las llantas. Dice que paró el bus con la cabeza, pero en algo colaboró su rodilla izquierda, que no se recuperó del todo ni después de siete operaciones. Estuvo internada un año y nueve meses en el San Juan de Dios, chinga, enyesada de la cabeza a los pies. La jalaban con poleas y mecates. Fue una recuperación con aires de presidio. Ahí cumplió 16 años. Una vecina de cama le enseñó a fumar y entonces ella les pedía cigarros a los pocos amiguillos que llegaban a verla. “Ese día iba a ir a pisar, pero no pude”.

El tercero ocurrió mientras andaba recogiendo leña a la orilla de un río. Una cabeza de agua se la llevó de espaldas, torrente abajo. Tenía casi ocho meses de embarazo de su hija menor, María Esther. Los golpes que se dio con piedras y troncos le volvieron a abrir la rodilla y la dejaron con los pines en la mano. “La carne de uno es como carne de chancho”.

El último accidente –el más reciente– fue esta madrugada. Una caída sin gracia la dejó con una herida tremenda en el brazo derecho a la altura del codo, pero por el lado de adentro. Por segunda vez en su vida, Maga celebró un cumpleaños en el San Juan de Dios, de donde salió vendada, pero libre.

Maga duerme en un sofá blanco debajo de la ventana de la sala de su casa, en la misma cuadra en la que ha pasado los últimos 35 años, en el mismo pueblo en el que ha vivido toda su vida: Escazú.

Como todo en ella, aún cuando fuera por necesidad parecería que lo hace por gusto. En este caso, no hay duda de que si le cedió su cuarto a una de sus nietas mayores, Daniela, fue porque le dio la gana.

“No soporto estar encerrada”, dice.

Al sofá regresa por las tardes, a veces, para hacer una siesta, y a veces, después de esa siesta, se levanta con la energía multiplicada, lista para una jornada de trabajo que puede extenderse hasta las 3 de la mañana.

Las visitas no le estorban ni para dormir, y más le vale. En su casa, la gente entra y sale por oleadas. La principal razón es Maga (lo que dice, lo que hace), y la segunda razón, también es Maga (lo que dice y cómo lo dice, lo que hace y cómo lo hace).

Maga se levanta todos los días entre las cinco y las seis de la mañana, chorrea café y enciende un cigarrito. “Me lavo el pichel y me voy a ver mis matas y a sembrar árboles hasta en propiedades ajenas. O a la orilla de la calle, a mí qué me importa”. No tiene patio, pero sus plantas brillan por el pasillo en macetas de todos los tamaños, con las hojas verdes y lustrosas, como si las acabara de encerar.

Entra a la cocina por segunda vez para hacer el almuerzo, pero esta vez, ya no vuelve a salir. Cuando se trata de cocinar en serio o de saciar antojos o de tener las manos ocupadas con bolitas de masa, ese territorio es solo suyo. Afortunadamente el espacio tiene algo de escenario, y Maga se mueve libremente como una hormiguita en busca de fuego. Su familia come todos los días pero los lunes hay sopa para quien le encargue. Olla de carne y mondongo son dos especialidades de la casa. El resto de los días, los pedidos incluyen casados, chalupas, tacos y empanadas.

Por el exceso de demanda y no por otra razón ha tenido que sacrificar la atención personalizada y a veces, por la calle, la saludan clientes que ella ni reconoce. Las solicitudes de comida vienen de todas partes, desde el colegio y el ebais hasta el mismo vecindario.

“Pasa gente hasta de Cartago”.

Alérgica a la autocompasión, Maga se hace buena compañía. Suele conversar con ella misma, decirse cosas, consciente de que hay preguntas y respuestas que, en aras de la honestidad, no deberían salir de uno mismo.

“Yo soy mi misma patrona y lo que hago mal hecho, yo misma me lo devuelvo. Vuélvalo a hacer, me digo”.

¿Por qué son tan ricas las empanadas?

–Yo misma me lo pregunto.

¿Quién te enseñó a cocinar?

–La pobreza y la necesidad. En mi casa éramos tan pobres que a veces solo había frijoles y tortilla, o arroz y tortilla y aguadulce.

Lo que Maga siente por sus ollas y sartenes no es amor sino algo que está más allá, en la frontera de la locura y la brillantina. Podrían ser más de 100, pero nadie se ha detenido a contar su colección. Cada cierto tiempo las saca todas y las vuelve a lavar y a pulir, solo por el gusto de confirmar que están limpias. Es entonces cuando le dan las tres de la mañana, concentrada y laboriosa.

“Es mi debilidad”, dice Maga. “Comerme un poquito de arroz y frijoles en una ollita bien limpia… Lo que más me fascina es el arroz y los frijoles con un buen pedazo de gordo… De algo tengo que morirme, ya uno enfermo no se puede comer nada. ¡Es mejor un hijueputa muerto-lleno que muerto de hambre!”

Con las ollas, Maga hace incluso una labor social, pues hay quien le lleva cazuelas percudidas, como pacientes terminales, a ver si tienen remedio. Maga las examina cuidadosamente y, a veces, dictamina una terapia de seis horas de brillo. Nadie más lejos de santidad que Maga y al mismo tiempo, más cerca.

¿Puede haber labor más beatificante que lustrar durante seis horas una olla ajena? ¿Mayor milagro que convertir un metal en un espejo? A propósito, su hijo Marciano (Manuel Enrique) tiene siempre lista una predicción.

“Cuando usted se muera, la van a enterrar con las joyas”.

A su alrededor todo brilla y relumbra y aún no está conforme. Por si acaso, después de cocinar, echa agua hirviendo y cloro y más agua caliente. Tiene varios meses de tener la casetera descompuesta, y sufre porque si hay algo que adora, además de sus ollas, son sus casetes, recopilados durante 30 años de adicción. “Sin música, yo no soy nada. Con música, uno hace el oficio con ganas”, dice, mientras sacude las caderas de un lado a otro.

Para Maga, esa carencia es una dolencia que ayuda a que sus fines de semana le pertenezcan al bar Cristian, a una cuadra del parque de Escazú centro, donde Maga oye las canciones que le gustan y se pone de tan buen humor que es aún más deslumbrante que en su cocina.

Tose, fuma, bebe. Trabaja duro toda la semana, pero cuando llega el sábado, cambia de instalaciones. Prácticamente no para de bailar ni de contar chistes desde ese día hasta el domingo y, si por ella fuera, vencería el obstáculo que hay entre ambos días. Pero ni siquiera la cantina del pueblo es 24/7, como Maga.

“Yo camino por aquí a cualquier hora de la noche, a veces jumas, y nadie me hace daño, más bien me cuidan. Hasta los piedreros me llevan a la casa”.

Maga, entera, pesa como 40 kilos. Sus pies caben en la palma de una mano. Chiquitita, seca, ágil, contagiosa, ronca. Fuertísima. Los trapos de la cocina parecen cadáveres después de que los exprime con la fuerza de unos dedos que en realidad son máquinas de triturar.

En su casa fueron cuatro hermanos, pero ella nació de última, en la casa de su familia en el barrio Corazón de Jesús, el 6 de diciembre de 1954. Tuvo una infancia pobre, alegre y salvaje. Los ríos de Escazú tenían pozas cristalinas y los chiquillos jugaban chócolas, trompos, mecate. Maga recuerda que se guindaba de las ramas de los palos y de las hamacas, que se tragaba las cuestas a la velocidad de los cartones y que empezó a trabajar y a recoger café como si fuera un adulto cuando tenía 14 años. También recuerda, sin rencor, que primer grado lo repitió ocho veces. “Nunca me gustó la escuela. Iba solo a dormir. Entré de 7 y salí de 14. Las maestras me recibían pero ya ni me hacían caso”.

En los ojos de Maga, cualquier persona, brilla. Le gusta provocar, ojalá risas. “Charlatana. Vulgar. Vacilona”, dice, hablando de sí misma. Es fácil verla por la calle, de día o de noche, caminando con alguna de sus máscaras, bromeando hasta con las piedras. En medio de todas las carencias, sus cuatro hijos crecieron con la vacuna del humor de su madre. Y así los nietos. Nunca dramatiza y, cuando lo hace, inmediatamente se corrige el estilo. “Estoy en la edad del fantasma. Veo a todo el mundo y nadie me ve a mí”.

–¿Cómo hizo para criar a sus hijos?

–Con sánguches de bostezo y rebanadas de viento. Y ningún hijueputa se murió.

“Nunca he creído en los apellidos. Un hijo no se llena con un apellido. Nunca me gustó obligar a nadie. Yo salgo a la calle y saco culo y saco pecho. Paseo por el panteón y visito a dos, y saco culo y saco pecho”.

A sus hijos, Maga los dejó González Pérez, como ella. Ninguno lleva los apellidos paternos. “Yo sí sé de quién son mis hijos, gracias a Dios y a la virgen, pero nunca le pedí nada a nadie. Nunca me humillé. Soy muy orgullosa, y con este orgullo, Dios me ha recompensado”, dice, y enumera todo lo que antes no tenía y ahora tiene, para agregar de inmediato que los chunches tampoco son tan importantes, porque a la muerte nadie se lleva nada.

“Lo que Dios me ha regalado hasta ahora es para disfrutarlo”.

–Mi papá era un gran borracho, pero trabajó 25 años en el Country Club.

–¿No importa que lo ponga así, tal cual?

–Cuidado la demandan, por mentirosa... Trabajó en mantenimiento de jardines. En esa época hacían todo con machete. Murió porque lo levantó un carro a los 78 años, pero estaba entero. Venía jumo, después de ver a una hermana, ahí en Pavas.

­–¿Lo querías?

–Claro. Era jumo pero vivía jalando cositas para uno. Y sobre todo, era un gran borracho pero nos respetó mucho a nosotros y eso es lo que más vale. Pobremente. Nos hacía cariñito cuando había que hacerlo, con respeto.

“Mi papá le pegaba a mamá cuando estaba borracho. Venga hínquese, le decía. No sé por qué ella le hacía caso, pero él agarraba un comal de hierro como de 200 años, que era de mi abuela, y le daba. Yo tenía 13 años el día que lo dejé durmiendo por 5 horas, inconsciente. Para qué le pegó, me dijo mi mamá. Ahora va a quedar maldita para toda la vida. Yo le dije: No me interesa. Lo que me interesa es que usted tenga paz. Esa vez, cuando él hizo para darle, yo le agarré la otra oreja al sartén y se lo solté de la mano. Y bam. Le di. Cuando él se despertó, yo me dije: Qué dicha que se despertó –porque creí que lo había matado– y salí corriendo antes de que me agarrara. Entonces él me gritó: Corra hijueputa, porque es la última vez que va a correr en su vida. Claro, me maldijo. Yo me devolví: No me importa, pero es la última vez que usted le pega a mi mamá. Yo ya estaba cansada. Nadie ponía orden, ni mis hermanos mayores, hasta que yo puse orden. Un año después tuve el primer accidente. Y esta patica renca es mi orgullo, porque él nunca más volvió a pegarle”.

“Por cierto, con ese mismo sartén hago las tortillas”.