La mujer que nunca soñó con el asfalto

Wendy Vanessa Sánchez Artavia​​Wendy Vanessa Sánchez fue salonera, vendedora de enciclopedias, padre de familia y mujer. Hoy trabaja como ‘peón de bacheo’, uno de los trabajos más duros de la red vial nacional

“Nací en el Hospital San Juan de Dios, el 23 de noviembre de 1960, a las 3:10 de la madrugada. Vea qué exacta soy”, comenta, sonriendo con pudor. “Soy Sagitario”.

–¿Sagitario de las buenas o de las malas?

–De las buenas, y de las tontas.

Van a ser las 5 de la tarde y Wendy Vanessa Sánchez Artavia sigue sin almorzar. Se levantó a las 4 de la mañana y empezó a trabajar desde las 6 a. m. Su jornada laboral, que hoy incluyó derramar asfalto hirviendo sobre 150 metros de carretera en los alrededores de Sarchí, terminó al filo de las 3 p. m.

Como la comida china es su favorita, Wendy sabe que en el restaurante Mei Wah, en el centro de Alajuela, el hambre de un cliente vale por dos.

Muy pronto, sobre la mesa habrá un plato desbordado de jamón, pollo, cerdo, camarón y todo lo que haya cruzado los arrozales de la cocina.

“Sietemesina. Pesé 5 libras y una onza. Era una mirrusquita. Cabía en la palma de la mano de mi tata. Mi tía dijo que con un solo ojo hubiera bastado. No, si a mí no me querían desde chiquitita”.

La charla se vuelve ligera comparada con la densidad del menú que se revela ante nosotras, emociones culinarias que se multiplican con la salsa de soya y el tabasco. “Mido 1,70, más o menos. Antes pesaba 55 kilos pero ahora 60. Ya estoy más gorda“.

Wendy Vanessa come despacio. Está agotada pero lo disimula con la costumbre. A punto de cumplir 53 años, tiene la piel exhausta y el pelo quemado, “pero largo”. Está animada. Dice que es la segunda vez en su vida que una mujer no transexual la invita a almorzar.

“Soy josefina. Me crié en Cinco Esquinas de Tibás. Soy la mayor de cuatro hermanos: Luis Fernando, Noé Adolfo, que murió el 10 de mayo pasado, y Ennio Bernardo. Mi papá nos abandonó cuando yo tenía como cinco años. Nos abandonó y se llevó todo. No sé por qué se llevó hasta mi ropa. Desde los 8 años trabajé en una pulpería, La Margot, se llamaba, en Cinco Esquinas. Ganaba ¢10 a la semana. También trabajé en la fábrica de zapatos Luis, en la tapicería Guido y en la ferretería Manolo. Desde chiquitita tuve que pulsearla. ¡Hasta en basureros anduve buscando comida! No soy maleanta porque Dios es muy grande. Lo peor es que la gente quiere que uno siga viviendo duramente”.

Camiseta amarilla del Ministerio de Obras Públicas y Transportes (Mopt), un pantalón beige oscuro, zapatos de tacón cuña, abiertos en los extremos, y medias blancas. Se levanta los ruedos para enseñarme un tobillo nacarado, casi transparente. Bromea diciendo que se broncea en una morgue. A veces Wendy habla en un susurro y cuesta escucharle.

Más tarde contará que practica para afinar su voz, pues aún le parece demasiado grave.

“Cada vez que me dicen, ‘Sí, señor’, siento que me muero”.

Terminaremos de comer y el pan cuadrado con margarina, típico de la gastronomía chino-costarricense, seguirá intacto en su canasta de plástico. “La primera vez que salí a la calle vestida de mujer fue el 12 de agosto del 2011. Tenía cita en el Instituto Nacional de Seguros a las 7 de la mañana”, dice, con su inflexible memoria. “Ese día me sentí feliz. Me sentí bonita. Hasta me dijeron ‘Adiós mi reina’, por ahí por donde está el Conavi, en La Uruca”.

Foto/Anel Kenjekeeva

–¿Cuándo, cómo descubriste que eras una mujer?

–Tendría como 4 o 5 años cuando me puse por primera vez un blúmer de mi mamá. Ella no era de cariñitos. Me pegó una tunda terrible, pero todavía me acuerdo que era verde o celeste.

“Cuando estaba en la escuela, como en tercero o cuarto grado, una compañera que se llamaba Sandra Zamora me regaló unas blusas de ella. Yo me sentía de lo más contenta, por que sabía que eran de mujer, porque las blusas de mujer se abotonan al revés”.

“Como a los 7, 8 años, me gustaba ponerme los bluyines que mi mamá compraba. Con los carajillos del barrio nos íbamos a una poza y yo me bañaba en jeans. ¡Ella no sabía! ¡Si se hubiera dado cuenta me mata! ¡Me asesina!”

–¿Qué ha sido lo más difícil de sentir que tu cuerpo no te pertenece?

–Mi sexo. Vieras las ganas que tengo de cortarme esto. Preferiría vivir un segundo como mujer que un millón de años como hombre. Y como dicen, al que no quiere caldo, dos tazas, porque como hombre, salí muy favorecido.

–¿Qué buscás con los Recursos de Amparo?

–Que me dejen ser mujer. Es lo que quiero.

Según sus propios cálculos, Wendy se automedica hormonas femeninas, estrógenos y progesterona, desde hace unos 30 años. Para ella, el momento de comenzar a ingerirlas coincidió con el momento de empezar a tener “uso de razón”. Sin embargo, la asesoría al respecto no ha sido muy científica. Los años de luz y oscuridad, intentando ser, hacer y deshacer, han sido muy largos y aún hoy siguen siendo arduos e interminables. Sabe que es imposible, y por eso mismo sonríe cuando me cuenta que una vez le salía ‘leche de los pechos’ y que quiso amamantar a su hijo menor. Se pasaba día y noche tirándose de los pezones con un sacaleche. “Me fui al Ebais y cuando la doctora me vio, me mandó a siquiatría”.

Algunas cosas las aprendió en el camino, pero otras siempre las supo.

Por ejemplo, Wendy siempre supo que ella era una mujer aunque no lo pareciera, pero hasta hace poco tiempo supo que su condición era la de una ‘mujer transexual’, es decir, una mujer que no se identifica con su sexo biológico, que es de varón. Eso no impidió que su vida transcurriera con la ‘normalidad’ a la que tiene acceso la mayoría, es decir, una normalidad llena de carencias materiales y rigores morales.

El 18 de octubre de 1990, Wendy se casó por la vía civil bajo el nombre de Francisco Javier Sánchez Artavia, y el 9 de mayo del 91 lo hizo por la Iglesia Católica. El 17 de agosto de 1991 nació su primogénito, Francisco Javier, y el 24 de febrero de 1993, su segundo hijo, Josua Emmanuel. El tercero, Karol Emilio, nació el 9 de julio de 1995. Su matrimonio duró 23 años. Su divorcio está en trámite, pero Wendy aún está casada. "Para mí, el matrimonio es para toda la vida”.

–¿Querías seguir casada?

–Sí. Mi esposa siempre supo que yo me vestía de mujer, desde antes de casarnos. Fue lo primero que le dije. Lo que sucedió es que hace siete años ella inició otra relación y, tres años después, ella ya no quería nada conmigo.

"Ya la perdoné, pero me duele cómo me ha tratado”.

–¿Y cómo la trataste vos?

–Siempre la traté como quisiera que me trataran a mí. Yo la amaba. Yo le decía ‘mi vida, mi cielo’, y era como que le echara agua hirviendo.

–¿Y ahora quién te gusta?

–Soy lesbiana. Siempre me han gustado las mujeres. También me gustan las mujeres transexuales como yo, pero no los hombres.


Ojalá hubiera cervezas, pero Wendy Vanessa es aún más sencilla que ese deseo.

Con las bodegas del Mei Wah a nuestra disposición, solo pide un vasito con agua, “para no eructar”.

No es una mujer, es una dama.

–¿Te gusta tomar?

–Soy pobre, pero fina. Me gusta el güisqui (con el índice y el pulgar, hace la seña universal que significa “poquito”). La otra vez compré una botellita chiquitilla de Johnny Walker y me duró como tres meses.

–¿Otros vicios?

–Dejé de fumar hace 14 años. Se lo pedí a Dios y me hizo el milagro, porque por mí, estaría fumando hasta hoy. Yo me llegué a fumar cuatro paquetes en cinco horas. O una rueda en dos días.

“Para mí, esa ley antitabaco está mal. A la persona que antes se fumaba un cigarro, la están obligando a comprar 20. Están obligando a la gente a fumar más, porque ya no venden ni medios ni sueltos. Ahí debe haber intereses creados”.

No lo dice abiertamente, pero Wendy tiene otro vicio, legal pero sospechoso. Terminar primer año del colegio le sirvió para cimentar las bases del castellano, y entre el castellano y la lectura, Wendy dio el salto de calidad.

De su bolso saca el teléfono y comienza a buscar archivos sin fondo entre las teclas diminutas. “Tengo como 500 libros en mi biblioteca virtual”, dice. El recuento es abrumador. Entre lo que ha leído, lo que está por leer, lo que está medio leído y lo que aún guarda para sus madrugadas de insomnio, es la primera vez que parece realmente desquiciada.

La Biblia, La Iliada, La Odisea, Las mil y una noches… “Si no lo ha leído, ¡léalo! En la cultura árabe, las cosas del cuerpo humano las ven con mucha belleza y naturalidad. Yo me leí los tres tomos, que eran como tres biblias, lleno de poemas árabes”.

Julio Verne, Mi lucha, Agatha Christie, Alejandro Dumas, El Corán, El Principito, El Poema del Mío Cid, El Lazarillo de Tormes, Harry PotterLa cabaña del Tío Tom, Caperucita Roja (“pero la versión original”), La Cenicienta, Cómo colocar alfombras, Cómo colocar persianas, Cuentos de Canterbury, Cumbres Borrascosas, La Dama de las Camelias, De la Tierra a la Luna, Cortázar, Drácula, El Código Da Vinci, Fausto, Bodas de Sangre, Cuentos de Kafka…

“La Ilíada es cansada, más bonita La Odisea”.

Juan Rulfo, H.G. Welles, Borges, Miguel Strogoff… “Me lo leí varias veces. ¡Le recomiendo que se lo lea!”.

La razón es ésta: Wendy fue vendedora de libros y enciclopedias toda su vida. Empezó a los 12 años, vendiendo ejemplares de La Casa del Buen Lector. Después trabajó con la editorial Océano, pero renunció en el 2005. “Yo era buenísima vendedora”.

–¿Y por qué dejaste ese trabajo?

–Por los dientes. Ya me daba vergüenza salir así.

–¿Qué le pasó a tus dientes?

–Algunos problemas… Se me cayeron. Los pagué a hacer en la Caja, espero que me los den antes de que se termine el año.

–Ahora entiendo por qué te gusta tanto leer.

–Es que trabajé como 30 años y me leía todo lo que vendía… de Life, de Selecciones… De ésta me leí los tres tomos de Gran Crónica de la Segunda Guerra Mundial.

"El primer tomo era De Munich a Pearl Harbor, el segundo De Pearl Harbor a Stalingrado, y el tercero De Stalingrado a Hiroshima”.

–Tenés buena memoria.

–Alguna. Usted me pregunta cómo andaba vestida ayer y no me acuerdo.

En Agosto de este año, Wendy interpuso dos Recursos de Amparo ante la Sala Constitucional, uno de ellos contra la Caja Costarricense del Seguro Social (CCSS), porque no le quieren dar hormonas femeninas, y otro contra el Ministerio de Obras Públicas y Transportes (Mopt), su actual patrono, porque quiere que la dejen ser mujer.

Desde el 1 de julio del 2009 trabaja en el plantel de Alajuela, como ‘peón de bacheo’. Según explica Enrique Loría, uno de sus superiores, entre las labores de Wendy Vanessa están carretillar, cargar asfalto, ‘cuadrar hueco’, palear, limpiar cunetas con pala y cuchillo y, eventualmente, descargar cemento.

“Él ingresó aquí siendo todo un caballero, y como dos años después tuvo una transformación”, señala Loría, quien es Jefe Administrativo de la Región 3. “Él decidió expresar su preferencia y a nosotros no nos importa nada que él quiera ser Wendy. Lo que él tiene que comprender es que tiene que respetar las normas de seguridad indispensables para realizar el trabajo para el que fue contratado”.

–¿Le exigirían lo mismo a una mujer biológica?

–Se trata a todos los empleados por igual.

–¿Hay otras mujeres trabajando en las cuadrillas?

–Hasta la fecha no trabajan mujeres. Es un trabajo bastante pesado.


Terminamos de comer y salimos hacia la calle, sin rumbo definido. Los negocios empiezan a iluminarse y bandadas de pájaros, quien sabe cuáles, estremecen las copas de los árboles oscuros. Visitamos una cafetería del centro y, por último, emprendemos el regreso al autobús. Por una calle que pasa a un costado del Teatro Municipal de Alajuela, cientos de personas caminan en sentido contrario al nuestro. Nosotras vamos y ellos vienen, o viceversa.

–Wendy, tus jefes dicen que, en tu caso, hicieron una excepción, pues siempre te han amonestado verbalmente, y no por escrito ni con sanciones, como manda el reglamento.

–Todas las veces lo han hecho verbal porque les da miedo hacerlo por escrito. No me dejan usar aretes, me querían cortar el pelo y no me permiten usar mis pantalones tubo de corduroy… Y me han llamado la atención para que no ande las uñas de un color muy llamativo. ¿Qué es lo que les molesta?

–Ellos dicen que no les molesta nada y que en la institución existe la equidad de género. Hablan en nombre de la seguridad laboral.

–¡Pero en la cuadrilla prácticamente solo yo uso el casco! Casi ninguno usa los guantes ni los anteojos. Tampoco existe un pantalón de uniforme para los bacheadores, solo camisas.

“Me gustaría seguir trabajando en el Mopt, pero sí me gustaría estudiar. Si me dieran chance para cambiar de puesto, lo haría. Ese sueldo no alcanza para nada, menos para quien tiene familia”.

–¿Cuánto ganás?

–¢160 mil al mes, pero pago ¢60 mil de pensión.

–Es muy duro ese trabajo tuyo.

–Nada femenino.

–¿Y entonces?

–Trabajo es trabajo.