La "Popo"

Fotografías y video: Jose Díaz

No es probable, aunque sí posible, que todos los días se levante a las tres de la mañana a dar vueltas por la casa, simplemente porque no puede dormir. Eso explica que, dentro de las ocho pastillas que consume a diario, haya dos especialmente dedicadas a mejorarle el sueño. De todos modos, está en pie como un soldado entre las 5 y las 6 de la mañana, preparándose para el baño, lista para un desayuno militar: café con leche y galletas de soda con queso crema.

En su vieja casa del barrio josefino La Pitahaya, el mundo es suyo. Tiene una ventana por la que entra el sol, el periódico del día, hilo para el crochet, cientos de sofás, frutas, un tele y una huerta. No cultiva la diabetes ni las cataratas y, al no padecer ninguno de los grandes males propios de su edad, tampoco restringe su dieta. Además, con Roberto y Gloria –vecinos, paisanos y contemporáneos suyos– puede practicar el cantonés y el dialecto de Sanjeon, la aldea de sus padres.

Almuerza a eso de las 11:30 a. m –cualquier platillo que prepare Jazmina Castillo, la mujer que le hace el trabajo doméstico–, y el resto del día lo dedica al mismo entretenimiento silencioso: los tapetes multicolores de las labores manuales, las mostazas chinas de la huerta o la lectura. Todo sin anteojos.

“En realidad, uso lentes de contacto permanentes”, aclara. “No sé ni cómo quitármelos. Ahí viven”.

-¿Miopía o astigmatismo?

-Viejera.

-¿Algún otro asunto?

-Tengo un bastón, pero no lo uso.

-Sí lo usa- interviene Jazmina, que supervisa el diálogo desde la puerta.

Aurora Wong Sanchún está a punto de cumplir 89 años. Por estas fechas, sigue enfrascada con las labores de un pequeño bolso. Su hija mayor, Sonia, se lo llevó para que lo copiara y ella lleva varios días enroscado la lana azul-plomo con la puntita metálica del ganchillo, esperando sacar una copia exacta del mismo producto. Cuando compara sus avances, montando una tela sobre otra, descubre que lo que ella está tejiendo tiene libre albedrío. Qué más da. Basta con deshacerlo o voltearlo para seguir adelante.

Al fondo de la sala está el altar a los difuntos, un trinchante decorado con imágenes orientales sobre el que descansan los retratos de los familiares fallecidos. Delante, en una hilera, hay platitos con manjares comunes: mandarinas, panecillos rellenos, cerdo asado…

Según la tradición, se prenden velitas y se quema incienso para venerar la memoria de los muertos, y como los alimentos son una ofrenda, se dejan ahí hasta que se pudren y, más tarde, se botan.

El 23 de abril de 1924, María Flora Crecencia Sanchún Sanchún casó con Benjamín Wong Chang. Un año más tarde –ya asentados en Guanacaste–, nació Aurora, la primogénita, el 14 de marzo de 1925, quien conoció poco la escuela y mucho el trabajo pues, sus padres, ambos comerciantes, llegaron a tener un gran patrimonio en el próspero, inclemente y lejano Puerto Cortés, hoy Ciudad Cortés.

Antes de que Aurora cumpliera los 8 años, antes de la bonanza económica de su casa, sus padres decidieron vender todo su patrimonio y regresar a China. Para entonces, la familia se había multiplicado a siete miembros. El viaje en barco duró cerca de un mes pero la nueva mudanza hasta Sanjeon no superó los dos años.

Doña Aurora recuerda que sus padres construyeron una nueva casa y que, en invierno, el hogar se calentaba con una especie de monte que usaban para cocinar (no con leña) y que fue ahí –y en ningún otro lado– donde ella aprendió ambas lenguas, el cantonés y el dialecto propio de Sanjeon. También recuerda que, a partir de entonces, dejó de ir a la escuela. En Costa Rica había cursado hasta segundo grado.

El regreso marítimo fue igualmente largo e incluso más numeroso, pues se les sumó una nueva hermana, Flory, la única descendiente que nació en China. De vuelta a Costa Rica, se fueron directo a Puerto Cortés, y ahí, uno tras otro, llegaron los que le faltaban al clan. La alineación Wong Sanchún se completó con doce jugadores: Aurora, Franklin, Betty, Isabel, Virginia, Flory, Andrés, Seidy, Lidiette, Gladys, Miguel Ángel y Benjamín. Poco a poco, Aurora se convirtió en una mujer de origen chino que nació en Costa Rica y, también, en una costarricense que emigró a China por un breve lapso de tiempo. Aprendió español antes que cantonés, pero su nombre sabe escribirlo en ambos idiomas. Fue la que trabajó de primero y la que primero se casó. Se convirtió en la “Popo” el día que nació su primer nieto, hace 42 años.

Soda, panadería, pensión, comisariato, dos fincas de ganado, salón de baile, empresa de buses, servicios de peluquería y costuras y dos cines: el Flora y el Chiang Kai-shek. “De cuando en cuando pasaban películas chinas e iba toda la chinada del pueblo. Asistir a una auténtica película china, hace 60 años, era todo un espectáculo, pero era para los paisanos nada más”.

Cuenta doña Aurora que el capital de la familia se sostenía, sobre todo, con mucho esfuerzo en primera persona. Ella, por lo menos, no se recuerda de joven sino trabajando. Y después de casada, mucho más. En aquel tiempo, la comunidad china de Puerto Cortés no era muy grande, asegura. “De 10 a 15 familias”.

El joven comerciante Emilio Chan Taisín llegó al pueblo y se instaló con su tío Rafael Chan a dos cuadras de la casa y negocios de la familia Wong Sanchún. A Aurora le llevaba 14 años de vida y mucho más de ruedo, porque cuando finalmente arribó a Puerto Cortés, al filo de los 40 años, ya había recorrido medio Costa Rica en busca de fortuna. Ella tenía 19 años cuando se casó con él, en 1944. Los hijos empezaron a nacer al año siguiente pero, comparada con su mamá, doña Aurora fue muy austera. Solo tuvo a Sonia, Emilio, Hilda, Doris y Javier.

“Todos nacieron en la casa, con doña María Luisa de Arrieta, la partera. Ella llegaba a bañármelos durante 8 días”.

Emilio Chan Taisín nació en Sanjeon (Cantón, China) el 16 de julio de 1911, siendo el primogénito de su casa, y murió en San José el 16 de octubre de 1987. Llegó a Costa Rica cuando tenía 18 años, gracias a su tío Rafael Chan, “que lo mandó a traer, por la mala situación que había allá” y, por lo tanto, hablaba perfectamente el cantonés. Llegó a Puntarenas, donde se hizo comerciante y activo miembro de la comunidad. De los 18 hasta casi los 40 años estuvo en un recorrido empresarial de Puntarenas a Guanacaste y de Guanacaste a la Zona Sur. Era fumador, gran lector, locutor y, según cuentan, ávido de escribir con pluma y tinta china. Además, utilizaba el ábaco para cualquier operación matemática propia de los negocios.

La casualidad quiso varias cosas, porque antes de ser vecinos en Puerto Cortés, Aurora y Emilio ya lo habían sido en China, pero nunca se conocieron. Suena imposible, pero así fue.

Durante el breve periodo que la familia Wong Sanchún regresó a China, se instalaron a una cuadra de la casa del joven Emilio Chan que, pocos años después, emprendería un viaje hacia Centroamérica y recorrería las costas de Costa Rica hasta terminar en el extremo sur del país, abrazado a la niña que, veinte años atrás, había jugado en su misma cuadra.

El matrimonio Wong Chan levantó cabeza con los negocios familiares y, por supuesto, con su propia empresa: un comisariato. Se vendía de todo. De todo es de todo: víveres, artículos de ferretería, carbón, pólvora, zapatos, balas, manteca, azúcar, fósforos.

“Todos esos productos venían de Puntarenas”, recuerda doña Aurora. “Los productos chinos se compraban en San José, en El Acorazado de España”. Esta era una famosa tienda de ultramarinos que abastecía a la comunidad de roductos chinos, especialmente de alimentos.

Ninguno de los hijos aprendió el chino. Lo intentaron con Sonia, la mayor, pero abandonaron el propósito cuando la niña se negó a volver a hablarlo, por lo mucho que la molestaban los compañeros de escuela. “Además, con el ritmo del negocio, costaba mucho que los hijos aprendieran a hablarlo”. Y aunque no aprendieron el idioma, sí las costumbres: ellos también trabajaban como chinos y, más adelante, cuando el límite de escolaridad lo marcó el sexto grado, debido a la falta de colegio, todos huyeron hacia la capital. Y no sólo terminaron el colegio, sino también la universidad.

En 1973 se quemó todo. Todo es todo. Como la casa y los negocios estaban juntos, todo se pulverizó bajo una misma llama. En esa época había paludismo y el ministerio de Salud fumigaba la zona. Algunos lo hacían con agua y otros con canfín. Don Emilio Chan, precavido y radical, prefería el segundo. Sin embargo, era mucho más precavido que cualquier otra cosa, razón por la cual, cuando le avisaron del incendio que consumía su patrimonio, él tuvo tiempo de ponerse los zapatos, caminar hacia la caja fuerte y rellenar con calma la bolsa de harina que guardaba impecable para la ocasión.

Ambos inauguraron una nueva vida en La Pitahaya, sin negocios y sin hijos. Hasta el día de su muerte, don Emilio siguió ayudando económicamente a su familia en China, costumbre que heredó doña Aurora hasta que la realidad la persuadió de lo contrario, en vista de que su ayuda simbólica era insignificante frente a la fortuna que había logrado amasar su cuñado, reputado economista en un gigantesco banco estatal de Cantón. Y otra cosa: hasta hace unos tres años, doña Aurora aún seguía enganchada a un negocio al que era adicta, distribuyendo números para los tres sorteos semanales de lotería.

Los hijos y la "Popo" se reúnen una vez por semana, los jueves, religiosamente. La llevan a pasear, a comer y a disfrutar de los nietos, que ya van por 17. Ayer la invitaron a comer paella de un restaurante muy fino, pero el menú no le gustó mucho, así que regresó a la casa y acabó con las mandarinas, el cerdo asado y los bollos dulces rellenos de lechón. Se ríe cuando lo cuenta. Los difuntos deben estar felices.