La rosa

Fotografías: Jose Díaz

Sucedió a finales de octubre, hace dos años. Eran como las 9 de la noche, quizá un poco más tarde. Las calles cercanas al hotel Radisson estaban desoladas. María caminaba rumbo a su casa, en Tibás, pues venía de regreso de una actividad cultural en el centro de San José. No había razón para no caminar. Caminar significa ahorrar.

María iba como siempre: apurada pero no indiferente, alerta pero no asustada, con su falda larga, sus sandalias de plástico número 35 y su bolso de tela. A lo lejos reconoció a un hombre alto que se aproximaba en medio de la oscuridad. Contrario a lo que suele hacer, María no se cambió de acera. No sabe por qué no lo hizo. Aún no se lo explica.


En el instante en el que se cruzaron, el hombre alto la jaló del cuello y la arrastró hacia las imposibles laderas que bajan al río Torres. El pelo largo de María se enredó en los brazos del hombre alto, mientras su cuerpo diminuto se contorsionaba como el de una fiera arrastrada sobre piedras, troncos, vidrios y basura.

María luchaba por encontrar la cara del hombre alto en medio de la oscuridad, para clavarle las uñas, herirlo, pero sus manotazos solo cruzaban el aire nocturno, levantando puñados de tierra húmeda.

Dice María que todo sucedió en segundos. Las amenazas de muerte del hombre alto rápidamente sofocaron sus gritos pero no su desesperación. Pensó que moriría pues el hombre alto no paraba de repetírselo y, cada vez que lo hacía, sus manos estrangulaban con más fuerza la garganta de María.

Cuando estaban muy cerca de la orilla, en una zona enmarañada de tallos ciegos, el hombre alto se descuidó un instante y María, sin pensarlo dos veces, se tiró al río.

María no sabe nadar y la oscuridad era absoluta.

Tragó agua hasta reventar, pero logró aferrarse a las ramas que sobresalían del terreno hasta alcanzar la orilla. María estaba empapada y herida. Sangraba y estaba descalza. Tenía tierra por todos lados y miles de vidrios invisibles clavados en el cuerpo. No sabía hacia donde ir, pero encontró una malla que daba a la calle. Había perdido su bolso, su chal. En medio de las tinieblas reconoció a una pareja que se acercaba, unos metros adelante. Se quedó hecha un puño entre la basura, quieta, callada, pues temió ser confundida con una delincuente.

Cuando finalmente llegó a su casa, María fue al baño y vomitó hasta cansarse. Se bañó. Se acostó. Los que la oyeron llegar, se preocuparon, especialmente su mamá, que en ese entonces aún vivía con ella. Tras el ataque, María estuvo como 15 días sin salir de su casa. Una herida grande en la rodilla se le infectó y le costó mucho que sanara.

Cuando María Quirós Céspedes nació, el 1 de julio de 1981, su familia vivía en La Florida de Tibás. Una familia de cinco miembros: dos hermanas y un hermano; ella, la mayor.

"Siempre les llevan aborrecimiento a los primogénitos. Les quitamos la juventud a los padres... uno se las roba... ya no van a vivir tranquilos nunca más... Ya la vida no será color de rosa".

Su mamá trabajaba limpiando casas y su papá en una imprenta de los alrededores. Cuenta María que aún iba a la escuela cuando sus papás finalmente se separaron debido al fanatismo religioso de su progenitor, que llegó al punto de entregarle todo el salario al pastor de su iglesia.

“La relación de ellos no fue bonita: todo fue un error. 19 años de casados para nada. Mi papá nos decía que teníamos el diablo adentro porque no íbamos a la iglesia”.

Su infancia y juventud transcurrieron entre Tibás, Lomas de Desamparados y de vuelta a Tibás.

En cuanto a carencias, la vida de María no tuvo nada fuera de lo común. “Mi familia siempre vivió como una guerra de unos contra otros, y es por eso que uno aprende a tener un corazón más frío. A mí, mi papá no me quería y me decía que era tonta. Nunca me llevé con mis hermanos”.

María se graduó de sexto grado a los 15 años y, desde entonces, no volvió a las aulas. Era una niña retraída a la que le gustaba pintar en silencio. Prácticamente no hablaba. Una vez ganó un certamen escolar.

Muy a menudo, sus compañeros de clase le pedían que les hiciera dibujos y María, en vez de pronunciar palabra, dibujaba lo que le pedían.

“Todos pensaban que era autista, y seguro lo era. Me curé callejeando”.

El horario actual de María es muy estricto y abarca todos los días de la semana, excepto los lunes. No es exactamente laboral, pues no le genera ingresos de ningún tipo, pero ella se lo impone con rigor y disciplina.

Todos los días, María se levanta a las 6 de la mañana a limpiar la casa, barrer y lavar trastos.

“En realidad, lo primero que hago cuando me levanto es peinarme la greña”, aclara.

Desde hace 15 años vive con su abuela María Isabel, quien tiene problemas del corazón, diabetes y depresión. En esa casa –en la que también viven dos de sus tíos– cuenta con un cuarto prestado, así que ella devuelve el favor haciendo los oficios domésticos. Su abuela tiene 7 periquitos a los que María les habla desde buena mañana, mientras les lava la jaula y les pone agua.

“Yo ahí soy como invisible”, dice, aliviada.


De martes a viernes, a eso de la 1 p.m, visita la Biblioteca Nacional, donde repasa meticulosamente los periódicos del día en busca de la agenda cultural. De martes a jueves, de 1:30 a 3 p. m, acude a la biblioteca del Centro Cultural de España, donde vuelve a revisar la programación semanal de actividades artísticas, pero también oye música, revisa novedades editoriales y se pone al día con libros de arte. Los viernes, de 12 a 2:30 p. m, acude a la mediateca de la Alianza Francesa, donde utiliza Internet y repite sus búsquedas favoritas: cultura general, música, arte y libros.

Estos servicios, todos gratuitos, le permiten a María conectarse con su otra jornada laboral: la agenda cultural josefina, también gratuita, en buena medida.

Todas las noches, excepto los lunes, María encuentra algo interesante que hacer y sin pagar un centavo.

En la ciudad, todo lo que sea gratis, María lo aprovecha hasta sus últimas consecuencias.

“Si hay un concierto de piano pero no tengo nada en el estómago, prefiero mil veces ir adonde haya algo de comer. Hay veces que puedo hacer varias cosas a la vez”.

–María, ¿cómo estuvo la última exposición a la que fuiste?

–Muy buena. Había una mesa llena de vinos y comida.

Uno de los días que nos encontramos, su plan era ir a un concierto de guitarras en el Colegio Calazans, en San Pedro, a las 7 p. m. Era domingo y estábamos en el parque España, en el centro de San José. Pensaba ir a pie. “Duro una hora. Son unos 5 kilómetros”. María nos explicó que, por aquello de los pases, siempre prefiere caminar y nunca tomar el bus, excepto para ir y volver a su casa. Incluso a veces también camina hasta allá, de ida o de vuelta. Entre semana, su presupuesto diario es de ¢225, pero los fines de semana puede llegar a gastarse unos ¢1.500, porque además de los pases, su registro de gastos incluye una hamburguesa.

“A mí la plata me dura mucho porque estoy acostumbrada a no tener nada”, dice.

Hay otros gestos que María guarda únicamente para los fines de semana, como su rosa en el pelo, que es solo para sábados y domingos. Cuenta que ella misma las desarma de los ramos artificiales y las vuelve a armar, pétalo por pétalo, sobre una colita, con muchísimo cuidado. Insiste en que tienen que verse naturales, porque si no, no le gustan.

–¿Cuántas flores tenés?

–Solamente los colores románticos: rosado, rojo, fucsia y blanco. La blanca es por la rosa de José Martí, por su poema: “Cultivo una rosa blanca…” La roja es la de Oscar Wilde, la de El ruiseñor y la rosa… Es un cuento muy triste, pero esa es la realidad... La rosada es por los cuentos de Washington Irving, Leyenda de la rosa de la Alhambra. La fucsia es por la rosa de El Principito...

"Es como si yo hubiera agarrado la rosa que está en esa estrella".

–¿Te sentís sola?

–Siempre fui una persona solitaria, desde pequeñita. Ya aprendí a llevar la soledad. Nunca me he sentido mal por estar sola… Uno siempre encuentra alguna alegría en la soledad.

–¿Pensás en el futuro?

–Para qué. Yo soy así, como las hojas que lleva el viento. El viento las guía. A mí también.