La rubia

Fotos y videos: Jose Díaz

Tatiana sonríe y dice Ya vuelvo. Desaparece detrás de una puerta pero se asoma de nuevo. Espérenme en mi oficina, dice. Al fondo del pasillo. A la izquierda. Tatiana no tarda en llegar y, cuando lo hace, su sonrisa sigue donde estaba.

No es nada personal, pero Tatiana aborrece las entrevistas y sus efectos secundarios, como la exposición mediática, las fotografías y la mirada pública. Ya me lo había advertido mediante un único y breve intercambio de mensajes –“Me asusta aparecer en los medios de comunicación, incluso en mi familia prefiero estar siempre detrás de la cámara” – así que en ese momento pienso que lo más probable es que el 80% de esa alegría sean puros nervios.

El edificio donde está su oficina es uno de los muchos que hay en varios kilómetros a la redonda y que forman parte de la gigantesca empresa para la que trabaja y que, precisamente por sus dimensiones, le ha facilitado las cosas a la hora de pasar inadvertida. Aunque ella sea quien es, su figura no tarda en perderse en una nómina de al menos cinco mil empleados, con la ayuda de una arquitectura monumental donde, en perspectiva, hasta los furgones parecen carritos de juguete.

Su tarea en la industria es la tarea. Junto a un selecto grupo de especialistas, siete en total, Tatiana comparte la enorme responsabilidad de calmar la sed de una nación.

Así que ella lo ha visto con sus propios ojos: un mar interminable, creciendo día y noche, todos los días del año. Digamos un millón setecientos mil hectolitros anuales de cerveza. El océano embotellado. La cifra posiblemente ni siquiera quepa en la mente de Stephen Hawking. En la de Tatiana tampoco, con la diferencia de que, para ella, esa barbaridad de cerveza no es un concepto abstracto, sino precisamente el caudal inagotable de cebada, agua, lúpulo y cereales en el que ha tenido que navegar durante los últimos 13 años de su vida. La única diferencia no es de trabajo, sino de formato. Todos sus colegas son varones.

Tatiana Rodríguez es la única maestra cervecera del país.

Tatiana Rodríguez no es tica: es de Alajuela. Sonríe porque habla y también al contrario. Hoy lleva una camisa ligera color verde agua, jeans y los zapatos más entusiastas de la región, apenas para escalar desafíos profesionales del tamaño del Chirripó. Es, sobre todo, espontánea, pero su charla es precisa, elocuente, sencilla y amena. Nació el 3 de diciembre de 1969, tiene un hijo y un doctorado en ciencias con énfasis en Química orgánica de la Universidad Federal de São Carlos, de São Paulo, Brasil. Habla cuatro idiomas y aunque no le gusta dar entrevistas, al menos en español tiene una capacidad expresiva invulnerable.

Fue workohólica y le encanta viajar, tanto, que en un sentido no tan estricto, confiesa que aceptó el reto de convertirse en maestra cervecera únicamente porque le ofrecían la oportunidad de hacerlo.

Cuando selló su contrato laboral, pronunciando las palabras Sí, acepto, inmediatamente se ganó el boleto que la llevó a Alemania, donde finalmente vivió y estudió hasta obtener –en cuestión de un año– el honroso y preciado apelativo de brewmaster en la Universidad Técnica de Berlín.

Eso fue en los lejanos años 2002 y 2003. Entonces tenía muchas menos barreras culturales que ahora, y tomó riesgos. En invierno llegó a beber cerveza tibia, incluso caliente, en los mismos términos que sus anfitriones. Lo único que no aprendió fue el alemán.

“Realmente la práctica hace al maestro, como dice el dicho. Vine con un montón de títulos y en realidad no sabía nada. Aún hoy sigo aprendiendo”.

Tatiana ha participado en la formulación de, al menos, siete cervezas, incluyendo una nueva que está en fase de desarrollo y que todavía no sale al mercado. Aún así, es incapaz de atribuirse ningún mérito para ella sola y más bien, de sus palabras se desprende que el concepto “de autor” no goza de mucha popularidad en su gremio. Habla de su jefe, Joachim Wagner, como de un maestro al que jamás podría superar ni teniendo dos vidas.

–¿Y como cuánto durás en formular una nueva cerveza?

–¡Antes duraba hasta tres días!

–¡Qué rápido!

–¡Qué va! Una eternidad. Ahora me toma más o menos una hora.

­–¿Una hora?

–¡Es que es una receta de cocina!

“Ser química es una ventaja y una desventaja. Uno termina resignándose a que no puede saberlo todo, pero la clave es el trabajo en equipo”.

–¿Y cuál es la cerveza perfecta?

–¡A mí me gustan todas! Una cerveza para cada ocasión, como dicen.

–Desde tu exclusivo punto de vista.

–Amarga, seca, encorpada y con buen balance.

–¿Encorpada?

–Una que te deja como una sensación de llenura en la boca.

“En la playa me tomaría una que sea más liviana, más refrescante, siempre amarga… Por ser catadora, uno tiene un paladar… ¡Uno se vuelve un dolor! Eso sí, la cerveza tiene que ser fresca”.

–¿Fresca?

–La frescura es muy importante. Vos sabés que una cerveza está fresca cuando querés una segunda.

–¿Y cuando querés una tercera?

Cuando Tatiana define su trabajo, al mismo tiempo lo defiende, en especial de la ligereza de quienes tienden a creer que en sus horas laborales ella no hace más que tomar cerveza, ojalá con chifrijo y ceviche, sus acompañamientos ideales.

“Ser maestra cervecera es básicamente resolver problemas”, sintetiza. “Estamos a cargo de la producción y este proceso es bastante complejo, pues al ser un proceso biotecnológico, pueden pasar muchas cosas. A veces pasan tortas. Bueno, no necesariamente tortas. Situaciones inesperadas. Todo tiene que ser exacto”.

Por supuesto que sabía que entraba a un mundo dominado por hombres pero, de algún modo, de ahí venía. “Ya tenía 30 años y era la única mujer en el área de producción. Me sentía muy presionada. Me decía a mí misma: Tengo que dar la talla porque, si yo fallo, se van a cerrar las puertas para el resto de mujeres que vengan detrás de mí”.

Pero ni las puertas se cerraron ni las mujeres hicieron fila para entrar.

Trece años después, solo otra mujer llegó al área de producción: una ingeniera joven, aunque con experiencia. “Cuesta mucho encontrar a alguien que quiera meterse en esto”, comenta Tatiana, mientras avanza por la planta donde, en ollas inconmensurables, se cocinan cerca de 80 mil litros de un mosto concentrado, el primer paso en la fabricación de cerveza.

Es entonces cuando explica que, al principio, durante unos cinco años, no paraba de trabajar. Llegaba a las 6:30 de la mañana y se iba a las 9 de la noche y, tal y como ahora, estaba disponible a cualquier hora, cualquier día de la semana. Aún hoy su teléfono sigue abierto para que la llamen cuando sea, pero su horario es mucho más potable: de lunes a viernes, de 7:30 a. m. a 5 p. m. Fue su hijo de siete años, al parecer, quien le puso límites a esa vida desenfrenada.

–Antes de entrar en este negocio, ¿te gustaba la cerveza?

–¡Me encantaba! En Brasil me entrenaron bastante bien. ¡Especialmente con los churrasquinhos! Allá se dice que la cerveza se toma estupidamente geada. En Alemania me terminaron de entrenar. Ellos toman todos los días y la cerveza es parte de su vida cotidiana, como cualquier otro alimento. Le dicen “el pan líquido”.

–La cerveza es un gran alimento. ¿Verdad o mentira?

–Tiene minerales, carbohidratos y vitaminas, el problema es cuando se pasteuriza, porque pierde estas últimas. ¡La cerveza artesanal tiene muchísimas vitaminas!

–¿Engorda?

–La cerveza, por sí sola, no engorda. Engordan los malos hábitos alimenticios, porque los carbohidratos tienden a acumularse en el abdomen. Es un tema de moderación, porque una cerveza tiene menos calorías que un jugo de naranja o una bebida gaseosa. Pero la gente acostumbra acompañar la cerveza de cosas que sí engordan mucho. Un consumo moderado para una mujer pueden ser dos cervezas por día y, para un hombre, tres, con un día de descanso a la semana en que no se tome nada. Esto funciona excepto para una persona alcohólica, por supuesto.

“Yo amaba Brasil. Su cultura, su gastronomía, todo. Además, vivía en un pueblito con dos universidades. Yo quería quedarme allá, pero también estaba mi familia… mis abuelitas estaban ya muy viejitas. Entonces me propusieron este trabajo”.

Hasta el último día de su estancia académica en Brasil, en el 2001, Tatiana había sido investigadora: una científica en estado puro. Trabajaba con hongos y zompopas, “particularmente con hormigas cortadoras de hojas”, dice su currículum.

Dejó los microscopios y se mudó a la alta cocina. Eso fue lo más duro, según confiesa: pasar de trabajar con organismos imperceptibles a manipular 14 toneladas de cebada malteada y, en ambos casos, estar obligada a tener un final feliz.

Hoy más que nunca, con una responsabilidad tan grande como invisible, el trabajo diario de Tatiana Rodríguez alimenta a buena parte de la población. Ella es única. Y no es rubia.