La Señora Ríos

Fotografías y videos: Jose Díaz

En estos momentos, lo más importante sería conocer el destino del payaso, porque eso es precisamente lo que necesita saber para avanzar con la historia. Sin embargo, una vez que el payaso dijo que se salía del cuento porque quería ser futbolista, ella no supo qué más hacer ni adónde llevarlo.

Para la escritora no es un dilema sencillo. Lleva semanas varada en un limbo de hojas en blanco. ¿Qué será del payaso? Los días pasan en medio de la incertidumbre. Es como la quinta vez que Lara Ríos dice que ya no volverá a escribir y es como la quinta vez que rompe su promesa.

Marilyn Echeverría Zürcher de Sauter tiene ochenta años en algún lugar; en cualquier lugar menos en el ánimo. “El espíritu es el mismo. El espíritu es el mismo”, reitera. Lleva la mitad de su vida firmando sus obras con el pseudónimo de Lara Ríos y, con él, ha escrito algunos de los títulos más difundidos de la literatura juvenil costarricense, muchos de ellos declarados de lectura obligatoria por el Ministerio de Educación Pública, como Pantalones cortos, Verano de colores, Mo y Aventuras de Dora la Lora y Chico Perico.

Nació en 1934 y empezó a escribir a los 9 años, después de asistir a una función de circo.

Ella pensaba que esas rimas eran geniales pero fue obediente y las guardó. Su literatura no salió del clóset en las siguientes tres décadas, hasta que, en 1975, su libro Algodón de Azúcar se ganó el primer certamen del premio Carmen Lyra, de la Editorial Costa Rica. Ya esa misma editorial le había rechazado un libro, Cuentos de mi alcancía, pero una vez consagrada, la mandaron a corregirlo para poder publicarlo.

Aunque su obra ha colaborado en el intento de empujar a miles de estudiantes hacia las letras, ella se ha ido alejando cada vez más de la literatura, exiliada de su propio reino básicamente por un tema de edad. ¡Pero si ya tengo ochenta años!, exclama, como si declarara la grandeza de un título nobiliario. Y más adelante, agrega: “No se me ocurría nada. Como que se me agotaron las ideas. Creo que ya dije todo lo que tenía que decir”. Además, según cuenta, antes no le habría dado pereza rescribir un cuento trabado, pero ahora sí, mucha pereza, una soberana pereza.

Su afán por abandonar la escritura se remonta unos 12 años atrás, pocos años después de que le diagnosticaran Síndrome de Tourette y tras haber publicado La música de Paul. Ella juró que esta enfermedad neurológica, que suele aparecer antes de los 18 años, sería superior a sus fuerzas. “Los médicos no entienden por qué se me desarrolló ya de grande. Quizá porque tuve una época de mucha tensión”, recuerda. “Cuando esto pasó, sentí que no podría volver a escribir y que con ese libro había matado a todas las hadas y duendes. Me sentía discapacitada”.

Y por sentirse limitada, sus personajes fantásticos habituales le cedieron el protagonismo a otros que tenían que lidiar con diferentes condiciones: ceguera, down, Tourette, polio, parálisis cerebral… En 2004, una nueva historia de Lara Ríos, Aventuras de Dora la Lora y Chico Perico, ocupaba un lugar en las estanterías del país y un nuevo renglón en las listas del MEP.

Lara Ríos sobrevivió a su infancia, pero no a su vocación. Fue una niña muy enfermiza, cuyos malestares la obligaron a permanecer en cama incluso meses, rodeada de frascos de medicina, pero también de otra variedad de remedios: libros. Los primeros le sirvieron para curarse, y lo segundos, también. Tosferina. Sarampión. Viruela. Apendicitis. Extracción de glándulas. “Tuve que leer mucho porque en aquel tiempo no había vacunas”, dice. “Mis papás, para entretenerme, me traían muchísimos libros. Leí montones y tenía la cabeza llena de duendes, de hadas, de gnomos, de brujas…”

Por si esa terapia no fuera suficiente, la escritora revela que ya con sus compañeritos de la escuela República del Perú ejercitó su pasión narrativa, allá por la década del 40. Inventaba fábulas que luego les contaba para dejarlos con la boca abierta, hasta que una vez, una colega sin sentido del humor le explicó a la maestra que “todos los cuentos que contaba Marilyn eran inventados”. Aquello fue el acabose. La pequeña Marilyn lloró como una Magdalena en un rincón del aula, hasta que se le secaron las lágrimas, y aunque la maestra la dejó desahogarse, tampoco le brindó ningún consuelo. ¿Y por qué no? “Diay, porque era una tontera”, comenta la escritora, setenta años después. “Es que yo lo que quería era que creyeran que eran cuentos de grandes autores”.

Lara Ríos siempre ha trabajado en su casa o, más bien, nunca hubo diferencia entre una cosa y otra. Tuvo cuatro hijos relativamente seguidos. Cuando dice que antes tenía una vida social muy activa, uno se la imagina preparando banquetes y puliendo candelabros, pero no. Durante muchos años, su agitada vida social consistió en hacer labores de caridad, emprender algunos negocios, atender las necesidades extracurriculares de sus hijos, dirigir el Instituto de Literatura Infantil y Juvenil (sección IBBY de Costa Rica), tallar madera y pintar.

Ahora vive en una elegante penumbra llena de salones y sofás y cuadros y alfombras cuyo aire fresco ni se compara con el trance candente del exterior.

A esta superprotegida urbanización en Lindora se mudó hace 15 años, en compañía de su marido, Werner Sauter, después de pasar toda una vida en barrio Dent.

Vivir en este lado de la capital le permite rutinas que le habrían resultado imposibles del otro. Se levanta temprano, camina por el barrio, ve las noticias, hace la siesta, se acuesta a las 10 p. m. “Leo montones”, enfatiza, al tiempo que se levanta y regresa con un paquetón de libros. Aunque dice que le encantan los títulos para niños y que, aún hoy, en las librerías, se desvía automáticamente en la sección infantil, ninguno figura entre sus lecturas en curso. El que está leyendo ahora es Hasta no verte Jesús mío, de la mexicana Elena Poniatowska.

“No me pidás que te diga de qué se tratan porque no me acuerdo. Ahora tengo memoria de teflón porque nada se me pega. Otro síntoma de la edad”.

Muchos de sus 15 libros los fabricó de noche, con un cierto espíritu clandestino. “Era imposible escribir con los muchachos dando vueltas alrededor”. Sin embargo, gran parte de su material literario lo extrajo de su propia experiencia, si es que los bichos sobrenaturales que suelen aparecer en sus cuentos carecen de un origen igualmente autobiográfico.

En la década del ’70, cuando quiso mandar a concursar sus obras literarias, fue que surgió la necesidad de encontrar un seudónimo. “Anémona suena a mono”, le dijo una amiga, cuando oyó el bautizo literario que planeaba darse a sí misma. Esta misma amiga le prometió encontrar algo más bonito y así, al cabo de los días, le propuso que por qué no se ponía Lara Ríos.

Lara es la protagonista de la novela Doctor Zhivago”, cuenta doña Marilyn. “Me quedo con el Lara Ríos, porque Marilyn Echeverría Zürcher de Sauter es como para pegarse un tiro”.

Doña Lara trae a la mesa del comedor un puñado de sus libros, como regalo. Son seis dedicatorias cuyas manualidades requieren varios minutos. Tiene la caligrafía de una refinada alfabetización. En cada línea deja una palabra cariñosa.

“He cumplido”, dice.

Y colorín colorado.