Los enamorados

Marta y Elías​Marta Bonilla y Elías Bolaños utilizan su propiedad en San Joaquín de Flores para autoabastecerse, reinventar el folclor, desterrar el cemento e impedir las deudas. Su granja es un ejemplo de insurrección, trabajo duro y amor

Fotografías: Gloriana Jiménez

De los dos, Pancho fue el primero en morir. Él y su amigo Chame pasaron 18 años juntos y se murieron con una diferencia de 6 meses. Uno en 2012 y el otro en 2013. Ambos rondaban los 40 años de edad, lo que significa que habían alcanzado la vida promedio de su especie.

Hasta el día en que se encontraron, las vidas de Pancho y Chame no podían haber sido más diferentes. Chame llegó a la granja con cinco meses de nacido y, a partir de ahí, llevó una vida de estrella de cine. Realmente estaba muy cerca de serlo porque, aparte de comer y dormir, su única gran preocupación era lucir más adorable que el niñito Dios, a cuya mamá tenía que cargar en las múltiples representaciones navideñas. Diciembre triplicaba su estrellato, aunque el resto del año no faltaban solicitudes para conocerlo en persona.

Todos querían acariciar a Chame, el burrito consentido de la granja de Marta Bonilla y Elías Bolaños.

Pancho, por su parte, pasó sus primeros 20 años en una finca cafetalera en Naranjo, absolutamente solo entre las montañas. No estaba acostumbrado a tener compañía, porque a su alrededor nunca había nadie, ni animales ni personas. Su principal alimento eran las matas de café y el monte que crecía entre las piedras. Todos sus días eran exactamente iguales en medio de esa nada repleta de arbustos, viento y soledad. Pancho estaba en estado de abandono y sus cascos le habían crecido tanto que parecían zapatos de payaso, volteados hacia arriba. Nunca levantaba la cabeza, agachada permanentemente, y su depresión se hizo tan profunda que quedó mudo.

Sus dueños decidieron deshacerse de él y consiguieron que alguien se lo llevara de ahí, pero antes de dejarlo salir, quizá para ocultar evidencias, le cortaron los cascos con un machete. Pancho salió del cafetal rumbo a Heredia. Iba renco, desnutrido, repleto de parásitos y tapizado de tumores.

Pancho tuvo que permanecer en cuarentena, pero la primera etapa de su recuperación duró seis meses. Poco a poco ganó peso, dejó de renquear y su pelito recuperó brillo y color. Se hizo amigo de Chame, y su primer rebuzno en años lo pegó cuando le pusieron a Mecha a la par, una burrita recién llegada. Doña Marta lo recuerda todo con lujo de detalles.

“Le volvió la voz cuando le llegó la meneca. Seguro le decía cosas de amor”.

La biografía de Pancho y Chame, hoy fallecidos, terminó de darle sentido a lo que ella y su marido anhelaban construir. Gran parte de ese proyecto ya está hecho: se llama Granja Burro de Portal, en San Joaquín de Flores. Su nueva estrella es única. Se llama Vica.

“¡Vea qué violenta que es doña Marta manejando! ¡Vea qué violenta!”, dice don Elías, desplegando una enorme sonrisa como si fuera una señal de tránsito, mientras su mujer avanza dando tumbos en el camioncillo de 2.5 toneladas sobre el camino de tablas y troncos.

Don Elías se acerca con unos tallos recién cortados. Las manos verdes, las uñas negras.

“Morera. Comida para los animales”, dice.

En las alturas del enorme solar de la entrada, el guanacaste y los higuerones filtran el aire de la tarde que, aún antes de la lluvia, corre limpio y transparente. Don Elías lleva chonete, jeans, faja con hebilla de capataz y zapatos de trabajo, exactamente la misma ropa que usa para salir, solo que con barro, cuitas y olor a ternero.

Según las innumerables cuentas de doña Marta, en la granja hay más de 80 bocas que alimentar, contando hasta las gallinas. La única traducción para semejante cifra es una: trabajo. Mucho. Desde que amanece hasta que la muerte nos separe.

“En la madrugada, a las 4 a. m, hay que irse a cortar pasto, y luego hay que venir a picarlo. Hay que lavar baldes, limpiar canoas, barrer las cuadras, barrer el patio, limpiar los caños, repartir el pasto para cada animal, repartir el concentrado sin olvidar las vitaminas. Hay que revisarle las heces a todos los animales, ordeñar las cabras, recoger la basura para el abono –más tarde repartir el abono, según sea el caso– y desramar los palos. Las aves claro que quitan tiempo, pero mucho menos que los mamíferos”.

“Ya no encuentra uno dónde ubicarlos, porque ya no hay espacio bajo techo. Y a todos los recién nacidos hay que darles protección especial”.

La empresa de la familia Bolaños Bonilla es única en su especie, pues consiste en cultivar una modalidad invertida de frontera agrícola. En su versión de las cosas, la agricultura no es quien le roba territorio a los bosques, sino que ésta, aliada de los bosques, pretende arrinconar a las urbanizaciones. Por ahora, su foco de resistencia cuenta con 2000 metros en el corazón de San Joaquín de Flores.

“Aquí hay que llevar controles de los ciclos de cada animal, porque si queremos tener leche, tenemos que saber que la gestación de las cabras y las ovejas dura cinco meses, aunque las ovejas dan tan poquita, que apenas alcanza para las crías”.

“No es que ellos se reproducen como ellos quieren. Es un proceso planificado, por espacio, por salud y por economía. Sí necesitamos que haya crías todo el tiempo, porque es lo que a los chiquitos les gusta, pero tiene que ser en orden. Esto conlleva un cuidado extra: evitar la consanguinidad”.

La granja también es huerto, jardín, aula, corral, despensa y patio. En resumen: todo lo que hay alrededor de la casa, crece y se multiplica.

La lista de productos es larga: leche de cabra, huevos, café, carne (de pato, conejo, pollo, oveja y cabra), queso, yogourt, rompope, leche dormida, tomate silvestre, lechugas, culantro, rábanos, maíz y todos sus derivados (mazamorra, chorreadas, tortillas…), cebollinos... “Claro, hay momentos en que también hay pepino, coliflor…”, enumera doña Marta. “Frutas no, porque las ardillas se las comen todas”.

Sebastián Bolaños, el hijo de la pareja, llega todos los días a trabajar desde buena mañana. “Si él no hubiera venido a ayudarnos, estaría enferma o con menos animales”, sentencia doña Marta, mientras calienta pan dulce y chorrea café en la cocina de leña. “Gracias a Dios se apuntó. Es un mocoso muy bueno. Yo le digo mocoso, pero ya es un viejo de treintipico”.

“Siempre tuvimos animales, desde que nos casamos”, cuenta doña Marta. “La gente venía y nos pedía permiso para verlos y tocarlos”.

“Siempre nos pedían prestado el burro”.


“Lo pedían para el portal, la procesión, la fiesta de los chiquitos y la de los empleados, para los turistas, para recaudar fondos, que se quemó una casa, que alguien necesita una operación… Nunca cobrábamos”.

“En la cuestión económica, no tenemos dinero, pero no le debemos nada a nadie”, explica don Elías. “No es que no me interese la platilla, porque la platilla es un medio muy importante, pero no vivo angustiado por mensualidades ni cuotas ni intereses. Y eso me lo enseñó mi papá, a ser una persona ordenada. Es preferible no tener, a deber”.

La primera gran razón para abonar todas sus energías a su proyecto Granja Burro de Portal fue huir de las deudas. Como toda decisión importante, fue una decisión política, tomada hace unos 10 años. Don Elías tenía más de 30 años de trabajar para una transnacional como transportista independiente. Su equipo de trabajo era un único camión.

“Entonces la compañía le pidió que renovara su flotilla”, narra su esposa. “Eso significaba enjaranarse en unos ¢10 millones. Decidimos que mejor no”.

“Por ahí del 2004, empezamos a orientar esto como un proyecto recreativo y educativo, concientizador. Por ejemplo, hacemos énfasis en el cuidado de los árboles, que producen oxígeno, y los desechos de los animales los convertimos en abono”.

A la granja llegan grupos de todas las edades, de todas partes del país. “Aquí vienen chiquitos que viven en urbanizaciones de cemento por cemento más cemento. Esto significa que han visto los animalitos, pero solo en la televisión o fríos en el supermercado. Cuando vienen aquí, se sorprenden por cosas como que ellos también orinan o tienen olor”, relata doña Marta.

“Uno les pregunta, a ver: ¿Quién sabe a dónde tiene la cabrita la leche? Algunos responden: ¡En la refrigeradora! Otros se burlan, entonces nosotros les decimos: A ver, entonces explíquenos usted dónde. Y responden: ¡En la cajita! También vienen maestras que nos sorprenden. Una vez vino una que me llamó aparte y me dijo: Es que no quiero que los chiquitos me oigan, pero dígame una cosa: ¿Cuál es la esposa del caballo? ¿Verdad que no es la vaca?

–No se lo puedo creer. Le hubiera dicho que la caballa.

–Pues eso lo han preguntado otras. No una ni dos.

–Imposible.

–Sí, se lo aseguro. Usted no tiene idea de lo que la gente es capaz de afirmar y preguntar.

Ambos tienen 64 años y medio. Elías Domingo del Espíritu Santo Bolaños Víquez nació el 31 de marzo de 1950, en Flores, el cantón más pequeño del país, y Marta María de Los Ángeles Bonilla Rojas el 5 de junio de ese mismo año, en el San Juan de Dios. Se conocieron veintitrés años después y se casaron el 24 de enero de 1976. Ella pasó 21 años en el Banco de Costa Rica, como cajera, y él siempre en el campo: antes, durante y después de dejar el colegio, en tercer año.

–¿Y qué pasó después, cuando se casó?

–Fue peor, porque tuvo que trabajar el doble, contesta doña Marta.

Cuarenta años han transcurrido desde entonces y el milagro es que aún coinciden en su forma de ver el mundo.

Ella dice: “Yo lo llamaría un estilo de vida como de nuestros abuelos, más sano, más solidario, más fraternal. A la gente moderna le tocan la puerta y ni se asoma. Eso yo lo siento horrible. Yo a todo el mundo le digo pase adelante. Uno es de brazos abiertos, de compartir, de no cerrarse como en la ciudad, donde no se saludan y si se muere un vecino, ni cuenta se dan”.

Él agrega: “Aunque ustedes me vean con cara de loco, estos animales que están ahí son mis sicólogos”.

“Hay una pregunta que es clásica”, cierra doña Marta. “Todos los grupos que vienen, sin importar la edad ni la condición, preguntan: ¿Cuál es la que no se reproduce, la mula o la burra? ¿Y cómo es que hacen para proseguir la especie?