Ovnipresente

Fotografías: Jose Díaz

Durante la última sesión de meditación colectiva, hace una semana, Freddy se vio a sí mismo saliendo de su cuerpo y abandonando el planeta. Cuando estaba a punto de cruzar la bóveda celeste, flotando como una nube en un viaje de dimensiones astrales, “un par de carajos vestidos totalmente de blanco”, lo llevaron ante la presencia de otro ser igualmente inmaculado y brillante, pero de mayor jerarquía. Freddy reflexiona. “Diay, puede que fuera Jesucristo, tenía barba y pelo largo… No estoy seguro de quién era, pero era el jefe”.

–¿Estabas dormido?

–No.

–¿Estabas despierto?

–Tampoco.

–¿Y después, qué pasó?

–Nada. Solo lo vi y ya.

Era una tarde de aguacero cerrado en las inmediaciones de Escazú y Freddy andaba con miedo de mojarse porque venía saliendo de una gripe atroz que, de hecho, casi le impide su viaje a San José, adonde se reuniría con el grupo de meditación.

“Todavía ando medio delicadillo”, dice, tocándose la garganta. Sin embargo, ni se mojó ni recayó. Ese día, aunque del cielo llovieron sapos y culebras, Freddy se dio una tranquila vuelta por los confines del Universo como quien sale a pasear a la esquina. Le bastó con cerrar los ojos y concentrarse.

Nacido y criado en Aguas Zarcas, cuarto distrito del cantón alajuelense de San Carlos, Freddy Acuña Acuña es un campesino condenado por el arte y, también, un artista condenado por el campo. Desde hace 25 años, sus esculturas florecen y se multiplican en racimos de colores interminables e intermitentes, como si fueran frutos de madera escarchada y adn confitado que despliegan todo el caudal de bichos que aún le falta a la biología terrestre.

Sus tallas y bajorrelieves, dibujados al ritmo de una gubia casera, hacen que la madera recupere el sentido del humor que perdió cuando la bajaron del árbol.

“El que no conoce de arte, me pide un caballo y quiere que relinche”, dice Freddy. “Hay quienes quieren perfección, no una creación mía. Si quieren un caballo perfecto, ¡tómenle una foto!, ¡les sale más barato!"

“El caballo perfecto ya lo hizo Dios. Ahora yo voy a hacer mi propio caballo”.

(Izq. Vacaciones, 1995. Abajo, Adán y Eva, 1989)

Freddy se pasó su infancia cultivando y cosechando cuanto crecía en las fincas paternas –que en ese entonces aún eran 30 manzanas y de las que, de puro milagro, logró heredar 642 metros cuadrados– pero no supo, no pudo y no quiso dedicarse de por vida a la agricultura.

Llegó a cursar los primeros años de colegio pero se aburría, según sus propias palabras, así que –sin saberlo– consumó la máxima de la poeta Dorothy Parker: “El aburrimiento se cura con curiosidad. La curiosidad no se cura con nada”. Rápidamente aprendió el oficio de ebanista, gracias al contagioso taller de un vecino, y fue así como pasó largas temporadas en Guanacaste y Heredia.

“Rodé mucho por todo lado. No me gustaba estar en la casa”.

Al filo de los 30 años, harto de fabricar juegos de sala que nunca le pagaban, siguió el ejemplo de un hermano y se puso un tramo de frutas y verduras en las inmediaciones del mercado de Ciudad Quesada.

“Decidí cambiar de trabajo; dedicarme al comercio”, cuenta. “Estando de vago ahí, esperando a que la gente llegara, empecé a hacer unas tallillas. Vi que tenía habilidad, que me gustaba dibujar con un cuchillo, así que las hacía y las guindaba a la par de los bananos”.

El negocio de las verduras no tardó mucho en pasar a un segundo plano y Freddy tardó aún menos en dedicar sus horas laborales a rediseñar los límites de la realidad, antes tan estrechos.

Finalmente, Freddy sentó cabeza en un estilo artístico que podría describirse como costumbrismo-psicodélico o primitivismo-alienígena.

Su fugaz paso por el INA fue un fracaso pedagógico, pues lo ponían a repetir unos moldes más domesticados que domésticos, cuando él realmente estaba listo para viajar al futuro en una espiral de colores complementarios.

Escenas bíblicas, fulguraciones oníricas, ataques bucólicos y postales autobiográficas: cada una de sus piezas es, desde aquellos años, un universo desbordado de picardía, agitación y extravagancia.

Por esa época comenzó a jalar con Lucrecia Corrales y, un par de años después, ya convertido en artista de tiempo completo, se embarcó en otro negocio que aún conserva: su familia.

-Yo me casé viejo, como de 30, dice.

-Freddy, eso no es viejo.

-Bueno, Lucrecia también era vieja, tenía como 28.

Su taller es un toldo al aire libre a un costado de su casa, contiguo a un jardincillo en el que crecen, apocalípticamente, palos de papaya, matas de banano, café, caña, yuca, orégano y culantro.

Ahí se concentran la mayor parte de sus herramientas: tres gubias, un mazo pequeño y una mesa de madera devastada junto a la que se sostiene, con un mordisco feroz, una prensa de hierro. Un tronco con vocación de silla remata su paisaje: el trono perfecto para quien domina un reino que es, sobre todo, de este mundo.

La vieja casona familiar, donde Freddy vivió junto a sus 11 hermanos, permanece deshabitada al frente de su propiedad con un rótulo de “Se vende”. Mientras la familia sueña con convertirla en un café-galería, Freddy la usa de bodega, y además de su colección de animales transgénicos, también guarda kilos de aserrín, ramas y la sierra-cinta con la que prepara sus trozos de cedro o laurel.

-¿Por qué no vendés tu arte en tu casa?

-Porque no me dejan. Me negaron los permisos.

-¿Quién no te deja?

-La municipalidad, que me manda al Ministerio de Salud. Dicen que tengo que remodelar y poner baños y que si no, no puedo vender aquí. Nunca me han querido dar la patente de vendedor ambulante porque dicen que no hay.

Freddy ha tenido sus rachas. Artísticamente hablando, las cosas no siempre le salieron tan torcidas como en los últimos meses. Gracias a un amigo, viajó tres veces a Estados Unidos (a California, en 1998, y a Santa Fe y Tucson, en el 2004) y el año pasado y este, al menos pudo mostrar su trabajo durante el Festival Internacional de las Artes y su versión nacional, respectivamente.



Sin embargo, motivado por la regularidad del desempleo, Freddy también ha trabajado como corresponsal de prensa (actualmente su cámara está al servicio del programa Flechas TV, “Solo mamá te ve”, reza su slogan), realizador de televisión (sus versiones de La Segua y La Llorona intimidarían al mismo Steven Spielberg), ambientalista (“Si no estamos haciendo nada en este planeta, mejor vamos jalando”) y militante activo de fenómenos extraterrestres.

“A mí me dicen: Mae, ¿qué es esa vara? ¡Diay, la palabra lo dice, güevón! Ovni… Objeto Volador No Identificado… Pero yo no me agüevo…"

"¡No le creyeron a Jesús, me van a creer a mí!”

Un día caminaba por las laderas del volcán Arenal con su cámara de video, cuando de pronto descubrió en el cielo un enorme aro de luz que, poco a poco, se quemó hasta desaparecer.

Era una especie de estela refulgente y sinuosa que duró pocos minutos antes de extinguirse. Freddy grabó el acontecimiento y, durante meses, trató de encontrar una explicación que se ajustara a sus necesidades.

Compartió el video con amigos y vecinos e incluso con canales de televisión. Los que no le dijeron que era un avión, un jet o un satélite, le preguntaron que si estaba loco, fumado o ambas.

Mientras avanzaba en sus pesquisas –observando el video como un poseído, afición que le quedó desde entonces– descubrió algo que no había visto hasta entonces: una especie de rombo tornasol, transparente como una medusa suspendida en el cielo, que aparecía y desaparecía mientras duraba el fenómeno.

Esto sucedió el 27 de abril del 2006, cuando Freddy tenía 47 años.

La explicación satisfactoria nunca llegó pero lo curioso es que, desde entonces, las cosas más insólitas, inexplicables y paranormales se han hecho comunes en la vida de Freddy.

Freddy no es de los que sienten solo estupor. Si se siente asombrado por algo, también añade susto, éxtasis, desconcierto, admiración y felicidad. No se distingue por la moderación sino por su desbordamiento de sabiduría y emociones asociadas. Cuando cuenta un cuento, por ejemplo, suele encaramar una frase encima de otra, como si construyera un andamio interminable y destartalado de afirmaciones y descripciones incompletas, que más vale decir rápido y a medias que perder en el olvido de la perfección gramática.

“A veces se traba”, dice su esposa Lucrecia.

A veces es poco.

Le pregunto si regresará a San José para la próxima meditación, el mes que viene. Piensa un segundo, y responde, con fulminante sabiduría: “Nadie ha secado un pañuelo con el sol de mañana”.