Supermansito

Fotos y videos: Jose Díaz

Gerardo Vargas fue el mayor de nueve hermanos pero fue un niño tímido y flaquito, con muchos lunares oscuros sobre una piel muy blanca, cohibido por todo, avergonzado por nada. Vivía fascinado por los superhéroes de las historietas y tenía los cuadernos llenos de figuritas que volaban a puño cerrado o lanzaban rayos ultravioleta. Su papá compraba revistas que él y sus hermanos leían, repasaban y vendían. Le iba bien en la escuela, aunque nada del otro mundo. Su materia favorita era Estudios Sociales pero con la matemática, cero. Repitió tercer grado. De esa época, recuerda lo que más le gustaba: pintar supermanes en cualquier superficie de la Tierra.

Adoraba los dibujitos tanto como a su papá, pero por esos años empezó a sentir por él una especie de apasionado terror. Gilberto Vargas Montes era un pescador con alma de comerciante que de joven había recorrido Puntarenas pero que, a raíz de un accidente, había terminado en un tramo del mercado de Cartago, El pesquero, dedicado al comercio de pescado. La familia venía de hacer un tour por Barrio México, Barrio Cuba y Pavas, durante el cual el progenitor ya había demostrado que era mujeriego, irritable y violento. “Era un aventurero, bueno para las hembras, terrible con las mujeres. Mamá sufrió mucho con papá. Era muy bravo. Le pegaba a mamá porque era muy enamorado”.

La primera vez que Gerardo Vargas se vistió de superhéroe estaba como en tercer grado, en la escuela Winston Churchill de Cartago. Aunque ese traje de supermán ya traía cola, para efectos históricos, la primera vez que oficialmente se ajustó unas mallas azules y una capa colorada fue durante una velada escolar, en la cual las maestras lo colgaron de unos mecates y lo soltaron en lo alto del salón de actos para que rescatara a unos niños de un supuesto incendio.

“Esa fue mi primera representación. Todos los chiquillos gritaban supermán supermán”, recuerda.

“Me han dicho que hasta me parezco un poquito a Christopher Reeve, especialmente cuando era joven”, dice, señalando una breve colección de recortes que, pegados estratégicamente, ilustran con disimulo a quien aterriza en la sala de su casa. Entre las reliquias de papel periódico que amarillean junto a otras imágenes impresas, está la cara del actor estadounidense que durante una década fue el hombre de acero, pero que moriría el 10 de octubre del 2004, tetrapléjico, a los 52 años de edad, tras 9 años de luchar contra la parálisis.

“La mayoría de los actores que han interpretado a supermán han muerto así, trágicamente”, explica, mientras regresa de un nuevo viaje a su habitación, cargado de más bibliografía.

Las expediciones mantienen la puerta del cuarto de par en par y dejan al descubierto uno de los grandes supertalentos de don Gerardo: su infinita capacidad para crear el desorden y luego, acomodarlo. Su cuarto es una maqueta de la teoría del caos. Como él es consciente de la situación, dice que le da vergüenza que entremos, pero en realidad, lo que le da vergüenza es confesar que muchas veces se siente solo.

“Soy muy sentimental. Llorón. A veces me agarra como resentimiento”.

Quebrantos y quebraduras: don Gerardo ha tenido de ambas. Los accidentes en motocicleta han sido casi de rutina (choques, caídas, empujones) y como él es la carrocería, siempre se ha llevado la peor parte. De hecho, aún cojea un poco debido al último que tuvo. Sin embargo, su lista de enfermedades y padecimientos es otra cosa, una especie de biografía paralela que ha ido engrosando su expediente médico hasta el punto de hacerlo atractivo, fruto del esfuerzo y la dedicación del paciente.

Don Gerardo sale del cuarto cargando un bulto de cuero, de los que se usaban antes para ir a la escuela.

–Son los archivos míos–, dice.

–¿De qué?

–De todo lo que padezco.

Extiende una constancia de la Caja Costarricense del Seguro Social, fechada en diciembre de 1996. En el papel hay una hilera vertical en la que se lee el siguiente diagnóstico:

Neurosis ansiosa depresiva

Dermatitis

Gastritis

Sinusitis

Bronquitis aguda

Infección vías respiratorias

Rinitis

Faringoamigdalitis

Lumbalgia

Colitis

Psiconeurosis

Úlcera duodenal

Impotencia

Cuando calcula que la lectura terminó, agrega que hace como 15 años lo operaron de “hiperplasia prostática”, pero que la cosa no mejoró.

Toda la vida laboral de Gerardo Vargas estuvo ligada a la industria escolar costarricense. Empezó a trabajar a los 18 años, en 1966, mucho antes de casarse pero mucho después de tener su primera moto, porque nunca ha podido manejar carro sin ponerse nervioso.

Durante 35 años seguidos barrió aulas y lustró corredores en escuelas públicas, desinfectó baños y sacudió oficinas. También arregló pupitres, podó jardines, hizo mandados. Durante todo ese tiempo, aunque de una manera humilde, tangencial, se sintió parte del cuerpo docente, quizá porque uno de sus anhelos incumplidos fue convertirse en educador.

“Quería prepararme, pero me costaba mucho el estudio. Me agarraba mucho dolor de cabeza. Es por unos quistes que tengo ahí”.

Cinco años pasó en la escuela República de Brasil, de Tablón del Guarco, y 30 en la escuela Barrio Nuevo, de El Guarco. Como conserje, fue casi un maestro.

“En los últimos años me sentía muy agotado de tanto limpiar. Las neuronas mías comenzaron a sufrir. Trabajaba demasiado, en la mañana y en la tarde. Era una escuela de 300 niños, dos pabellones con ocho aulas. Le daba mantenimiento a todo. Hasta me encargaba de cosas que no eran propias de mi trabajo, pero lo hacía. Qué no hacía. Nunca tuve problemas con nadie. Nos llevábamos muy bien”. Don Gerardo lo narra sin mayores referencias climatológicas (ni autocompasión ni nostalgia ni frío ni calor) porque es algo que quizá no tendría la menor importancia a menos de que –como ahora– alguien se lo preguntara.

Cuando finalmente se pensionó y por fin soltó la escoba y el “palopiso”, relevado de sus funciones en el comité de ornato, fue cuando nuestro protagonista se llevó el verdadero desaire: se vio a sí mismo libre de tareas, encerrado en su casa, sin razón ni motivo.

Como estaba muy deprimido, decidió estudiar para convertirse en payaso profesional, recibió cursos, acudió a congresos y, finalmente, le puso nombre a su nuevo experimento: Cartuchito.

El salto cualitativo lo dio poco después, cuando agarró valor y sus mallas azules y empezó a salir a la calle. Así, convertido también en supermán como último recurso de la autoayuda, descubrió que había cosas peores que el aburrimiento: la criptonita.

“Actor y maestro. Claro que me hubiera gustado ser ambas”, dice. “Actor soy ya, sin fama”.

No fue ni su primera depresión ni la última, pues la relación con su papá siempre lo llevó zigzagueando por un camino de emociones complejas, dándose contra los filos del amor y el pavor. Dice don Gerardo que a veces se metía al ropero de su padre a oler su ropa, a inhalar su presencia.

–A mí se me dio mucho la muerte de papá. A mis hermanos no se les dio tanto. Yo casi me muero”.

–¿Y qué edad tenía usted?

–Papá falleció cuando yo tenía como 30 años.

–¿Y su mamá?

–Mamá está viva, pero la cuidan mis hermanas, porque tiene alzheimer. Ella no se queja de nada y ya no se acuerda de nada. Come un poquito. Come lo que le dan.

–¿Cómo se llama su mamá?

–Betty Ramírez Monterrosa.

Gerardo Supermán Vargas nació en San José el 11 de abril de 1948. Vive desde hace 30 años en la ciudadela El Pedregal, en Taras de Cartago, en una callecita lateral bombardeada por la música indiscriminada de los vecinos… Rocío Durcal, reggaetón, rancheras… temas con razones de sobra como para empezar a llorar desde temprano. Dice que nadie reclama ante la catástrofe sensitiva, o bien porque no están en la casa y no reciben el golpe mortal de las detonaciones, o bien porque solo están esperando su propio turno en la consola.

En la sala de su casa hay unos superparlantes que tampoco auguran buenos modales, pero don Gerardo afirma que no es su caso y que él no contribuye a la epidemia ambiental, aunque más tarde confesará que sus hijos sí, porque a veces los superparlantes tiemblan ante los superpoderes de la música cristiana.

Su emisora favorita es Faro del Caribe, pero le da lo mismo la denominación del mensaje religioso, pues lo acepta en todas sus presentaciones, evangélico o católico. De hecho es muy devoto y le agrada mucho “el temor de Dios”. También es supersticioso. “Cada cierto tiempo me baño con romero o con siete hierbas”, confiesa. “Quita las malas auras y atrae la buena suerte”.

Además de la familia, en la casa viven tres loras, un perico, una gata y cinco peces del tamaño de la pecera, es decir, enormes.

Esta ensordecedora mañana de miércoles, todos andan trabajando, excepto don Gerardo que, como casi todos los días, sigue a la espera a ver qué le depara el azar. Debajo de la camisa de botones lleva la sudadera azul con el peto rojo, listo para salir a la calle.

Me la paso en la casa o me voy a hacer mandados. Me voy al mercado. A veces me voy a La Sabana con la caña de pescar o a vender bombitas a la Plaza de la Cultura”.

Su rol de payaso es exclusivo del ámbito privado, por decirlo de algún modo, pues Cartuchito, sus canciones y sus “números de magia cómica” solo aparecen cuando a don Gerardo lo contratan para fiestas infantiles, muy de vez en cuando. Cuando esto sucede, despliega todas las artes de la globoflexia, con ramilletes de flores infladas y perros hinchados como chorizos, pero para un público muy reducido.

Por el contrario, el disfraz del superhéroe no es una inocentada, como podría creerse, sino un acontecimiento beligerante en sí mismo, desestabilizador, público. Peor aún, gratuito. Mal que bien, esta personalidad se ha convertido en el valor agregado de su pensión y en el acto más extravagante de su personalidad sumisa.

Desde hace unos 15 años, cualquier evento masivo es bueno para luchar por la justicia. Huelgas, marchas, topes, carnavales, partidos de la Sele. Nombre una causa y ahí estará esta versión cartaginesa del adalid gringo. “Ya me da un poco de vergüenza vestirme así, porque estoy mayor. No sé qué pensarán algunos, si hombre ridículo o qué. Aunque otros dicen que qué bonito”, comenta. “En las huelgas ando luchando a favor de los trabajadores”, y agrega, como impulsado por una fuerza superior: “El copetico yo me lo hago”.

De su matrimonio con Mayra Cubero, en 1970, resultaron los tres varones de la familia Vargas Cubero, y nada más. Hoy todos los hijos son adultos, deportistas y comerciantes pero, cuando fueron niños, asegura que no les pegó. “Nunca nunca. Muy poquito. Ya no se acostumbra eso de pegar. Más bien son ellos los que me regañan a mí porque en veces soy un poquillo desordenado”.

Su relación con su esposa ya no camina muy bien o, mejor dicho, avanza divinamente por el terreno de la indiferencia mutua, asegura don Gerardo. Sin embargo, no siempre fue así. Cuando aún era novio de su esposa, poco antes de casarse, ésta le regaló un pañuelito perfumado. Por la intensidad con que don Gerardo inhala ese recuerdo, lo único que le queda aparentemente 45 años después, valdría la pena preguntarle a doña Mayra de cuál perfume se trataba.

Como a estas alturas ya hay cierta confianza, don Gerardo acepta nuestra invitación a almorzar.

¿Usted sabe qué se pone Supermán antes de salir de su casa?, pregunta. Obviamente, él mismo se muere por responder. Su perfume”, dice.

Y nos vamos al mercado de Cartago.