El Atentado

El Atentado

Esos quejidos de dolor son el único registro audiovisual del estallido. Los captó la filmadora que cargaba el camarógrafo costarricense de Notiseis mientras grababa las declaraciones que ofrecía el guerrillero Edén Pastora, cuando la explosión sorprendió a todos.

Despedida por la onda expansiva, la cámara voló pero siguió registrando los primeros segundos de una tragedia que comenzó hace 30 años y que aún no termina. Era el miércoles 30 de mayo de 1984 y una veintena de periodistas –la mayoría costarricenses- estaban dentro de una casucha rústica en la margen nicaragüense del río San Juan.

La hora exacta nadie la recuerda; testigos coinciden en que había caído la noche cuando llegaron a la remota zona de La Penca, tras un recorrido de aproximadamente 200 kilómetros.

El viaje duró siete horas: cinco en una caravana de viejos vehículos Land Rover, que salió desde el Hotel Irazú, en San José, hasta Boca Tapada de San Carlos; dos más navegando en pangas por las aguas de los ríos San Carlos y San Juan hasta el campamento donde los esperaba Pastora.

Las dos pangas atracaron en un simple desembarcadero y los periodistas subieron unos escalones de barro a la orilla del río desde donde se divisaba la endeble estructura, iluminada apenas por dos bombillos y rodeada de lodo, en una zona selvática donde había llovido copiosamente aquel 30 de mayo. Habían sido convocados a la rueda de prensa entre la noche anterior y la mañana de ese mismo día. Todas, menos una, eran caras conocidas en el gremio periodístico costarricense, acostumbrado a toparse con los colegas extranjeros porque Costa Rica era base para informar al mundo de la guerra que desangraba a la región centroamericana.

Ninguno de los 22 periodistas iba preparado para pasar la noche fuera de casa, no llevaban muda de ropa, ni cepillo de dientes, tampoco calzado apropiado para caminar en el barro, ni siquiera pasaporte. Cuando salieron de San José desconocían que cruzarían la frontera hasta Nicaragua. Tanto misterio era usual en tiempos de guerra; el viaje se alargó, se hizo de noche y no podrían embarcarse por el San Juan para regresar a suelo tico porque en la oscuridad lo que se moviera por el río era blanco de un disparo. Resignados, los reporteros, camarógrafos, fotógrafos y asistentes se acomodaron en el cuarto principal de la casucha, donde dormirían en el suelo, y acordaron posponer la conferencia de prensa hasta la mañana del 31 de mayo, cuando habría suficiente luz para la prensa televisiva.

Edén Pastora minutos antes de que explotara la bomba.
Foto cortesía de The Tico Times

Pero en La Penca ya estaba Pastora, bañado, presto con su uniforme verde olivo, conversador. Se generó un diálogo espontáneo, una pregunta llevó a la siguiente y se improvisó una conferencia de prensa cerca de las 7 de la noche. Había que tomar nota y grabar al líder guerrillero. Los periodistas corrieron a desempacar sus libretas, filmadoras y cámaras fotográficas. Pastora estaba apoyado en un mostrador y en media luna alrededor suyo empezó a ubicarse la prensa, los de televisión y radio en primera fila, los de prensa escrita donde encontraron espacio.

Nelson Murillo tenía 24 años de edad y trabajaba para Notiseis. Con micrófono en mano le formuló dos preguntas al guerrillero nicaragüense y mientras escuchaba atento a sus respuestas, se desató la carnicería humana que tenía como único objetivo asesinar a Pastora. La explosión abrió un hueco en el techo de la casucha y otro en el piso, la sangre se mezcló con el barro. Era una escena dantesca que, tres décadas después, Pastora recuerda con detalle.

A 12 kilómetros de La Penca, pero en la ribera costarricense del San Juan, Luciano Santana, de 69 años de edad y habitante de La Cureña escuchó un estruendo, pero no se sorprendió. A principios de la década de 1980, los vecinos de la zona fronteriza estaban familiarizados con los sonidos de la guerra y supusieron que el estruendo era un combate entre soldados del gobernante Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) de Nicaragua y los guerrilleros del movimiento antisandinista Alianza Revolucionaria Democrática (ARDE), fundada por Pastora en 1982 luego de pelearse con la cúpula del FSLN. Aturdidos por la detonación de la bomba los periodistas también creyeron que estaban en medio de un fuego cruzado. ¡Al suelo!, ordenaron los guerrilleros de Pastora, que pensaron que los atacaban con morteros, un arma de guerra que se utiliza para lanzar bombas. Quienes no estaban ya abatidos por la bomba obedecieron. ¡No disparen!, imploraba el periodista costarricense de Canal 7, José Rodolfo Ibarra, que entonces tenía 22 años de edad. Su temor era que las metralletas de ARDE mataran a los periodistas.

Lo que quedaba de la estructura de madera se movía como si estuviera temblando. ¡Comandante, comandante, comandante!, gritaban los guerrilleros buscando a Pastora cuando dejaron de disparar.

El barro agravó la condición de los heridos al causarles una grave infección.
Foto cortesía del Colegio de Periodistas de Costa Rica
¡Nelson, Nelson! ¿Dónde está Nelson?, decía el malherido asistente de Canal 6, Evelio Sequeira, de 43 años, buscando a su colega periodista. Todos estaban a ciegas. Era una masacre a oscuras donde lo único que estaba claro eran los llantos y alaridos angustiantes. Era la primera vez en la historia mundial que se cometía un atentando terrorista durante una conferencia de prensa.

El campamento de La Penca era la base del movimiento antisandinista ARDE. Sus miembros eran vistos como "contras", breve para contrarrevolucionarios, el calificativo que recibían los que se oponían al FSLN. Así que Pastora, aunque hoy reniega del mote, era un "contra" para la prensa internacional –o como él se describe- una piedra en el zapato de la izquierda y de la derecha política. Él era un rebelde entre los rebeldes, un personaje tan incómodo que era válido preguntarse cómo seguía aún con vida, dice el periodista brasileño Gilberto Lopes, quien con 36 años cubría la conferencia de prensa para la Agencia France Press.

Comandante Cero, el célebre nom de guerre de Pastora, lo adquirió a finales de la década de los años setenta, cuando lideraba la guerrilla sandinista que acabó con la dictadura de Anastasio Somoza en 1979. Tres años después, con una billetera provista por los Estados Unidos de Norteamérica (EE.UU.), peleaba contra el ejército del FSLN que otrora lideró. Su grupo armado tenía un pie en el sur nicaragüense y otro en el norte costarricense, con la complicidad de funcionarios de la Fuerza Pública y de la seguridad nacional tica en el gobierno de Luis Alberto Monge (1982-1986). Monge, presionado por los EE.UU. para que Costa Rica apoyara el conflicto bélico, decidió declarar la neutralidad perpetua, activa y no armada del país, el 17 de noviembre de 1983. Ese acto político incluyó pedirle a Pastora, también con nacionalidad costarricense, que saliera del territorio nacional porque su presencia comprometía esa declaratoria. Para el hoy jefe del Ministerio Público, Jorge Chavarría, vinculado a la investigación en la década de 1990 como fiscal de juicio de San José, el día que se expulsa a Pastora comienza a planearse el atentado.

En el norte de Nicaragua, desde Honduras, los estadounidenses financiaban a los contras de la Fuerza Democrática Nicaragüense (FDN). Y como quien paga la fiesta es quien manda en el baile, el gobierno de Ronald Reagan exigía que la ARDE y el FDN se unieran y fueran los dos brazos de una misma tenaza para estrangular al sandinismo. Pastora se oponía a la estructura que patrocinaba EE.UU., y –como recuerda Ibarra- la prensa internacional quería escuchar de su propia boca el por qué. Pastora estaba ávido de contar su versión, de denunciar la presión estadounidense, de decirle al mundo que seguiría peleando contra los sandinistas con o sin apoyo de Washington.

21 señuelos

El terrorista logró camuflarse entre los periodistas camino a La Penca.
Foto cortesía de The Tico Times

El día del atentado, en las primeras horas de la mañana, la convocatoria al encuentro con Pastora llegó a Canal 7. Una llamada de Amelia Rueda, entonces coordinadora general de Telenoticias, alertó a Ibarra. El joven periodista, quien planeaba asistir esa mañana a clases en la Universidad de Costa Rica, cambió su ruta y se dirigió a la oficina. Ahí dejó el saco y la corbata y salió acompañado del camarógrafo, Arturo Masís, conocido como Monimbó. ARDE los citó en un hotel capitalino, desde donde los miembros de la prensa fueron traslados en vehículos de la organización a una “casa de seguridad”, primero, y de ahí a La Penca. La primera parada era para confirmar la identidad de los convocados y revisar sus equipos, pero según recuerda Ibarra, ese chequeo nunca se dio.

En el Hotel Irazú se encontraron con 11 colegas más de la prensa nacional, entre ellos Murillo, quien tenía un año de haberse graduado de periodista y cuatro meses de haber empezado a trabajar en Canal 6 cubriendo “sucesos”, incluidas las tensiones propias del conflicto armado en la frontera norte de Costa Rica. A Murillo lo enviaron con el camarógrafo de 26 años, Jorge Quirós, y el ayudante Sequeira. El resto de periodistas era más experimentado: William Céspedes, 42 años, de Radioperiódicos Reloj; Carlos Vargas Gené, 61 años, de La República y Edgar Fonseca, 29 años, de La Nación. En el grupo iban los fotógrafos, Juan Carlos Ulate, 22 años, de La República y José Antonio Venegas, de 34 años, de La Nación, medio que contaba con vehículo propio conducido por Miguel Sánchez Castro, de 27 años. Dos costarricenses enviarían noticias a la República Popular China y a Estados Unidos: Roberto Cruz, 46 años, laboraba como corresponsal de la agencia oficial de noticias Xinhua y Edgar Ulate, 27 años, corresponsal de ABC News.

Linda Frazier, periodista estadounidense que murió en el atentado. Tenía un hijo de diez años.
Foto cortesía de The Tico Times

Junto a los 13 periodistas costarricenses iban 9 reporteros extranjeros. Los estadounidenses Linda Frazier de The Tico Times, Tony Avirgan de la cadena televisiva ABC y Reid Miller de la agencia de noticias Associated Press. La inglesa Susan Morgan, que escribía para Newsweek, el portugués Joaquín Da Silva, representante de la empresa Portuguez TV, el brasileño Lopes, el boliviano Fernando Prado de Swedish TV y el sueco Peter Torbiörnsson, quien 27 años después confesó públicamente que él había sido instrumental para facilitar el atentado.

Los grandes ausentes en la rueda de prensa fueron los periodistas nicaragüenses, sin acceso a los territorios dominados por los contrarrevolucionarios en el sur y el norte de Nicaragua. Carlos Fernando Chamorro dirigía el diario nicaragüense Barricada, que se nutrió de la información distribuida por agencias internacionales para informar del atentado.

De las 22 personas que se registraron como miembros de prensa, una –la menos conocida entre conocidos- utilizó la profesión como coartada. Para él, sus “colegas” fueron el anzuelo.

Todos, menos éste


El impostor
Foto cortesía de The Tico Times

Per Anker Hansen nunca viajó a Centroamérica. Entre 1979 y 1980, él reportó como extraviado su pasaporte en Copenhagen, la capital de Dinamarca. Cuatro años después, el año del atentado de La Penca, su documento de viaje (el número No. 3284612) registraba movimientos migratorios en varios países de la región. Per Anker Hansen, que entonces era estudiante, nunca puso un pie en esos países. Alguien lo hizo por él, adulterando el salvoconducto y haciéndose pasar por un fotógrafo danés acreditado en Europa-Sept, una agencia con sede en París, Francia, que también resultó ser ficticia.

El falso Per Anker Hansen visitó -al menos- EE.UU., México, Honduras, Nicaragua, Panamá y Costa Rica utilizando el pasaporte fraudulento. En Panamá, donde vivió y compró el automóvil de un marine estadounidense, obtuvo una licencia de conducir, que fue clave para desenmascararlo, cuando ya era demasiado tarde para hacer justicia.

El 30 de mayo de 1984, el supuesto danés, llegó al Hotel Irazú cargando un maletín de metal que todos pensaron contenía su equipo fotográfico. Llevaba una gorra, lentes oscuros y barba. Su imagen está en múltiples fotos y vídeos del trágico día. En el hotel, Avirgan, el estadounidense de la cadena televisiva ABC, se presentó y entabló conversación. Como el falso periodista dijo ser danés, Avirgan le mencionó varios nombres de destacados periodistas de esa nacionalidad que conocía. Curiosamente el falso Per Anker Hansen no conocía a ninguno.

Su coartada estaba cuidadosamente planeada. Tras el atentado, el "danés" simuló estar herido y logró ser evacuado en la primera panga que salió de La Penca hacia Boca Tapada. De ahí viajó al Hospital de Ciudad Quesada, en San Carlos de Costa Rica, en la misma ambulancia que transportó al periodista del 7, José Rodolfo Ibarra. En el camino pidió un cigarro y el socorrista de la Cruz Roja no sólo le dio permiso dada la circunstancia, sino que también bromeó con él.

La esposa y periodista del estadounidense Avirgan, Martha Honey, no estuvo en La Penca. Ese día se quedó en San José escribiendo un artículo que sería primera plana del reconocido periódico The New York Times. Cuando se enteró del atentado viajó al hospital sancarleño a esperar a su pareja. Ahí recuerda haber visto por primera vez al terrorista.

Noté que este individuo estaba sentado en una silla de ruedas justo fuera de la puerta de una sala del hospital. Tenía barba, era Per Anker Hansen, pero yo no sabía quién era él. En un momento dado una enfermera se me acercó y me dijo: "¿usted es la mujer que vino a recogerlo?" y lo señaló. Le dije que no sabía quién era, que yo estaba ahí esperando a mi esposo y le pregunté si tenía noticias de Tony (Avirgan), pero no sabía nada de él. Entonces pregunté quién era ese individuo y me contestó: "Su nombre es Per Anker Hansen, es un periodista danés, y está esperando a una mujer que lo va a recoger para irse del hospital, no está herido". Cuando Tony llegó en la última ambulancia temprano en la mañana (del 31 de mayo), salí a toparlo y cuando regresé la silla de ruedas estaba vacía.

Al día siguiente, el impostor se esfumó del hospital. La investigación judicial determinó que en la madrugada del 31 de mayo recorrió en un taxi los 154 kilómetros entre el Hospital de Ciudad Quesada y San José, y ese mismo día abandonó Costa Rica por vía terrestre. Según Jorge Aguilar, el taxista que lo condujo, Gaguine iba acompañado de Torbiörnsson.

Sedientos de justicia, periodistas estadounidenses, víctimas del atentado y colegas de los muertos, se obsesionaron con las dos preguntas centrales: ¿cuál era la verdadera identidad del falso periodista Per Anker Hansen? y ¿para quién o quiénes trabajaba? La prensa demoró nueve años en esclarecer la primera respuesta. Escudriñaron con cuidado, insistentemente, hasta revelar la identidad en una publicación del diario estadounidense The Miami Herald del 01 de agosto de 1993.

Juan Tamayo y cuatro periodistas más probaron que el falso fotógrafo era en realidad el argentino Roberto Vital Gaguine, guerrillero de izquierda, una revelación que volvió los ojos acusadores hacia el FSLN. Un desertor del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), la guerrilla izquierdista argentina, radicado en Europa dio pistas valiosas para identificarlo. Dijo a The Miami Herald que Per Anker Hansen era un argentino miembro de esa facción, al que conocía únicamente como "Martín el inglés" -porque hablaba fluidamente ese idioma-, y que su esposa se había suicidado. Debido a que los sandinistas carecían de cualquier tipo de red de espionaje sofisticada a principios de la década de los ochenta, "contrataban" trabajos a extranjeros entre ellos a miembros del ERP. Siguiendo estos indicios y con la ayuda de autoridades argentinas y periodistas de ese país interesados en el caso, dieron en el clavo.

Per Anker Hansen, el impostor, era en realidad Gaguine, nacido el 23 de junio de 1953, hijo de inmigrantes (de padre turco y madre griega), con estudios en EE.UU. y en Londres, Inglaterra. Para confirmarlo compararon una huella dactilar encontrada en la licencia de conducir panameña -que llevaba foto de Gaguine y el nombre de Per Anker Hansen-, con una huella dactilar de 1972, registrada cuando Gaguine tramitó a los 19 años su documento de identidad en Argentina. La coincidencia fue perfecta, era la misma persona. Más aún, el diario informó que el autor material del atentado había muerto el 23 de enero de 1989 en un ataque de la guerrilla contra los cuarteles del ejército argentino en La Tablada, en las afueras de Buenos Aires.

Mientras tanto un testigo clave observaba silencioso y ocultaba información. El sueco Torbiörnsson, entonces de 43 años, calló hasta cumplir 70. En 2011 divulgó el documental Last Chance: Goodbye Nicaragua y admitió públicamente haber introducido a Gaguine en La Penca, atendiendo una petición de sus "amigos" del gobierno sandinista. Simpatizante con el FSLN, accedió un mes antes del atentado a ayudar al falso periodista a espiar en Costa Rica para los sandinistas, aunque niega haber sabido que el agente era en realidad un terrorista y mucho menos que llevaba una bomba. Para Pastora, Torbiörnsson es una "piltrafa humana". En el documental, Tomás Borge, miembro fundador del FSLN y exministro del Interior de Nicaragua, se enfrenta a Torbiörnsson cuando éste lo llega a entrevistar.

La cámara oculta

La bomba amputó ambas piernas de la periodista de The Tico Times, Linda Frazier, de pantalón oscuro.
Foto cortesía del Colegio de Periodistas

Cuando llegó a La Penca, Gaguine cargaba un estuche de aluminio. En la parte externa de esa maleta, se apreciaba el nombre de una conocida marca japonesa de equipo fotográfico: Canon. El disfraz era tan obvio que no levantó sospecha alguna entre los 21 verdaderos periodistas, mucho menos entre los militantes de ARDE, que transportaron al grupo en el que estaba camuflado el terrorista.

El barro agravó la condición de los heridos al causarles una grave infección.
Foto cortesía del Colegio de Periodistas de Costa Rica

Una vez en la casucha, Gaguine colocó la valija al lado del mostrador contra el cual se apoyaba Pastora. No tenía tiempo que perder para asesinarlo, e iniciada la repentina conferencia de prensa, el terrorista simuló tener un problema con el flash de su cámara para salir de la endeble estructura.

Gaugine detonó una bomba tipo Claymore, de construcción casera. Después de analizar láminas de zinc, maderas quemadas y esquirlas tomadas en la escena, forenses del Organismo de Investigación Judicial (OIJ), con ayuda de la Oficina Federal de Investigación estadounidense (FBI), concluyeron que el artefacto era una platina de hierro en forma cóncava cubierta de explosivo plástico C-4.

Para desatar la reacción química del explosivo plástico C-4, Gaguine usó un radio de comunicación, un walkie-talkie, marca Icom, modelo 2A de 399 frecuencias. El aparato estaba envuelto en plástico. La periodista Honey, esposa de Avirgan, uno de los heridos en el atentado, sostuvo en su propia investigación periodística que un funcionario militar de EE.UU. tomó esta evidencia y nunca fue devuelta a las autoridades costarricenses. La fiscal Alejandra Arce, quien llevó el caso de 2005 a 2013 en el Ministerio Público de Costa Rica, asegura que ninguna línea de investigación se centró en el walkie-talkie, porque no tenían pruebas señalando en esa dirección.

Gaguine lo calculó todo, menos un puntapié que supuso el fracaso del atentado: asesinar a Pastora. La guerrillera de ARDE, Rosa María Zembrano, alteró accidentalmente el desplazamiento de la explosión, cuenta el fiscal general de Costa Rica. El azar también le salvó la vida a Monimbó, camarógrafo de Canal 7. Cuando navegaban por el río San Juan, en el último tramo hacia La Penca, los dos botes que transportaban a los periodistas chocaron y el agua dañó la filmadora de Telenoticias. Monimbó intentaba repararla en un cuarto aparte cuando sobrevino el atentado que le amputó las piernas a su colega de Canal 6. Su reacción fue instintiva.

¡Nelson, Nelson! El periodista de Notiseis escuchaba a su asistente llamándolo, pero apenas si le salía la voz para contestar, porque estaba asfixiándose con un enorme orificio en la garganta atravesado por dos clavos, vidrios y una astilla de madera; se encomendó a Dios, dispuesto a morir. El costado izquierdo de su cuerpo se llevó la peor parte: fémur roto, hombro y pómulo destrozado y quemaduras en todo su cuerpo. No podía caminar; Ibarra, su colega de canal 7, sí, y se desplazó buscando a Monimbó. En el camino oyó su apellido, lo llamaban suplicando ayuda. Ibarra se inclinó, pero no reconoció la cara renegrida por el explosivo. "¿Quién sos?", tuvo que preguntar. Auxilió a Quirós, quien murió esa misma noche, continuó caminando y se detuvo porque sintió una mano en su tobillo. Nuevamente preguntó, "¿quién sos?”. Era Nelson, aunque era imposible reconocerlo.

Las víctimas yacían esparcidas dentro y fuera de la casucha donde Ibarra, quien además de periodista era cruzrrojista, se agachó a buscar material para hacer torniquetes. No pudo incorporarse más: el líquido de su rodilla derecha se había regado, su brazo derecho tenía quemaduras de primer y segundo grado y 52 esquirlas entre la axila derecha y sus dos extremidades inferiores. Al menos su cuerpo estaba completo. Linda Frazier, en cambio, perdió sus dos piernas a la altura de los muslos y dio vueltas sobre su tronco esperando su inevitable muerte. Los huesos de la mano izquierda del estadounidense Avirgan estaban expuestos y se rellenó un profundo hueco en la cadera con su propia camisa, para evitar desangrarse. El antebrazo derecho de una quemada Susan Morgan colgaba del codo y el 60 por ciento del cuerpo del chofer de La Nación estaba achicharrado; Roberto Cruz, quien falleció en 2003, regresó a casa sin el ojo y la pierna izquierdos, la pierna derecha con lesiones de gravedad y de por vida; mientras Vargas Gené, uno de los periodistas más sobresalientes en la historia del periodismo costarricense, quedó sin una mano y sin una pierna.

El gobierno de Costa Rica estaba en una situación crítica. Entre los heridos había muchos costarricenses, pero en suelo nicaragüense. La Cruz Roja y la Fuerza Pública necesitaban entrar al vecino territorio a evacuar a las víctimas al hospital más cercano, el de Ciudad Quesada. Luis Alberto Monge, el presidente de la República, estaba de gira en el viejo continente intentando convencer a los europeos de una muy comprometida neutralidad costarricense. A la cabeza del Poder Ejecutivo estaba el vicepresidente Alberto Fait, quien contactó a su par nicaragüense para que permitieran el rescate.

La escala de prioridades favoreció a Pastora. No era el más grave, pero fue el primero que evacuaron en una lancha rápida por el río Sarapiquí. A partir de ese momento y por razones de seguridad, Pastora pasó a ser “Vilma”. De esa manera, el rescatista Juan Bautista Arroyo reportaba por radio la condición del guerrillero al director de socorro de la Cruz Roja de la época, Manuel Salazar.

En San José, Pastora fue trasladado a la Clínica Bíblica, un centro médico privado que entonces sólo tenía dos puertas de ingreso y salida y las autoridades de Fuerza Pública costarricense consideraron era más fácil de custodiar que el capitalino y público hospital México. Dos días después, Pastora fue trasladado a la privada Clínica Metropolitana de Caracas, Venezuela, donde tardó dos meses recuperándose de quemaduras en sus manos, pecho, y lesiones en su pierna derecha.

La primera panga con heridos viajó de La Penca en Nicaragua a Boca Tapada en Costa Rica con la inglesa Susan Morgan, al brasileño Lopes -quien llevaba su mano en la cabeza de la inglesa para convencerla de que seguía con vida-, el periodista de Telenoticias, el de Radioperiódicos Reloj y el terrorista, de quien empezarían a sospechar el día siguiente, cuando nadie lo volvió a ver.

A las 11 de la noche, los fotógrafos de La Nación y La República, abordo de la última panga que partía de La Penca, intercedieron ante los guerrilleros de ARDE para que incluyeran a Murillo, de Notiseis, en ese viaje. Aguantó cuatro horas desangrándose y estaba tan malherido que los contras pensaban dejarlo morir en La Penca.

El hospital de Ciudad Quesada recibió a los heridos entre la medianoche y el amanecer del 31 de mayo. Ahí estaban algunos familiares de las víctimas y representantes de las embajadas de todos los países de donde procedían los periodistas extranjeros, menos una. La esposa de Avirgan asegura que de la embajada estadounidense nadie llegó a San Carlos, lo que le pareció muy extraño considerando que había fallecido una periodista estadounidense y había dos más heridos.

La embajada de Estados Unidos fue la única embajada que no envió a nadie al hospital de San Carlos. Yo estuve ahí toda la noche. Fue extraño, Linda Frazier murió, Reid Miller y Tony (Avirgan) estaban heridos. Los británicos estaba ahí, todos los de otras nacionalidades estaban ahí, pero nadie de la embajada estadounidense.
Pasarían más de nueve horas para que la trágica noticia llegara a los familiares de las víctimas. En la casa de la familia del periodista Roberto Cruz, el teléfono sonó a las 4 de la madrugada del jueves 31 de mayo y la gravedad de las heridas del corresponsal de Xinhua se materializó sólo cuando lo visitaron en el hospital México.

La vida de los heridos se desfiguró y para algunos como Vargas Gené, Murillo y Cruz se convirtió en un calvario hospitalario: cirugías reconstructivas, tumoración de esquirlas y un consecuente viaje al quirófano, pérdida de la escucha. Vargas Gené fue intervenido quirúrgicamente 38 veces en los años posteriores al atentado y Murillo pasó en cama los primeros siete meses después del atentado, recuperándose de la fractura más grave que tenía, una quebradura del fémur izquierdo que acortó su pierna cuatro centímetros. Hoy, 30 años después, Murillo todavía espera por una evaluación médica en el Hospital México, para determinar si requiere una operación de columna, que sería su intervención número 31. Al igual que Monimbó, Murillo está pensionó por invalidez, a causa del atentado.

30 años de heridas abiertas

Reencuentro de los sobrevivientes.
Foto cortesía de The Tico Times

Nadie se atribuyó la responsabilidad del atentado que mató a siete personas -tres periodistas y cuatro guerrilleros de ARDE-, y dejó heridas a otras 22. Nicaragua nunca ha investigado lo ocurrido en su propio territorio y la causa penal abierta en Costa Rica fue contra persona "ignorada", aunque Roberto Vital Gaguine estuviera identificado, pues no se tenía rastro de él ni confirmación oficial de su muerte.

La investigación se empantanó en el sistema judicial costarricense a lo largo de muchos años y fue hace tan sólo siete meses, en diciembre de 2013, que la fiscalía solicitó que el caso fuera desestimado. El caso, sin embargo, no prescribirá nunca porque en 2011 fue declarado un 'crimen de lesa humanidad', es decir, un asesinato perpetuado con conocimiento de causa contra una población civil (periodistas). Aunque el mismo Fiscal General tiene pocas esperanzas, explica que el caso podría ser reactivado si hubiera indicios para procesar a los autores intelectuales.

"Treinta años de impunidad es una desgracia para cualquier país y para cualquier ciudadano", dice Ibarra, una de las víctimas, quien en la actualidad labora en la Municipalidad de Escazú.

Cuando se trata de señalar al autor intelectual, las sospechas se enfilan hacia varios frentes.

Una investigación de Avirgan y Honey, que presentaron en setiembre de 1985, señala entonces como responsables no sólo a la CIA, sino también a los contrarrevolucionarios del Frente Democrático Nicaragüense (FDN) y a un grupo de cubanos residentes en Miami, Florida, que operaban en el norte de Costa Rica con apoyo de funcionarios de la Fuerza Pública. Treinta años después, Honey y su esposo consideran que el FSLN es corresponsable y creen en la posibilidad de que Pastora estuviera opuesto a permitir que ARDE participara del tráfico internacional de drogas en el sur de Nicaragua ,

Con base en lo que sabemos, creemos que tanto la CIA como los sandinistas -el Quinto Directorio de (Tomás) Borge- estuvieron involucrados y tenían información al respecto. Ambos tenían razones para deshacerse de Pastora, incluyendo el tráfico de drogas. Una de las cosas que tuvimos reservas para revelar -porque era muy peligroso y difícil de probar- fue que había tráfico de drogas en el frente sur (nicaragüense) y Pastora estaba tratando de detenerlo y de evitar que sus pilotos se involucraran y muchos de esos pilotos estaban trabajando para la CIA y estaban implicados en narcotráfico. Creemos que el tráfico de drogas pudo haber sido un factor para eliminar a Pastora.
razón suficiente para que intentaran asesinarlo.

En 1990, luego de que el fiscal a cargo de la causa emitiera un informe sobre la investigación judicial, se giró orden de captura contra John Hull, un ciudadano estadounidense que también se hacía llamar Felipe Vidal. Las autoridades lo consideraban un agente de la CIA sospechoso de supuesto tráfico internacional de drogas y armas hacia la contrarrevolución nicaragüense, y lo acusaban de aparentes acciones hostiles en suelo costarricense. Esta causa, que ya prescribió, estuvo ligada a la de La Penca hasta el año 2005, lo que hizo aún más creíble la hipótesis de la CIA como autor intelectual del atentado.

Los ojos se volvieron hacia el FSLN cuando The Miami Herald revela la verdadera identidad del terrorista en 1993 y su ligamen con los sandinistas y los agentes de la izquierda argentina que los asistían con trabajos sucios. Lo mismo ocurre con el informe de la Comisión Especial para Estudiar e Investigar los Hechos Relacionados con el Atentado de la Penca, expediente No. 11129 de la Asamblea Legislativa de Costa Rica. En 1994, los diputados coincidieron con esa versión y en el 2011 salió a la luz la demoledora declaración del excomandante sandinista Luis Carrión, viceministro del Interior de Nicaragua cuando ocurrió el acto terrorista. En Last Chance: Goodbye Nicaragua, el polémico documental del periodista sueco Torbiörnsson, Carrión dice que supo, después del atentado, que la dirección del Ministerio del Interior, ocupada por Tomás Borge, había llevado a cabo la matanza de La Penca.

Son versiones que para efectos prácticos de las víctimas dan igual. El crimen cumple su trigésimo aniversario cubierto por el velo de la impunidad: nunca ha sido llevado a juicio, no hay condenados ni las víctimas han sido resarcidas. ¿Quién ordenó el atentado? Depende de quién responda. Siglas, muchas siglas: CIA, FSLN, FDN, sospechas y ninguna prueba sólida para hacer justicia.

Para los más optimistas, hacer justicia todavía es posible. En 2005, el Colegio de Periodistas demandó al Estado de Costa Rica por violación de Derechos Humanos, ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, con sede en Washington D.C.. La petición aún está en estudio y si es admitida será un triunfo legal para las víctimas, pero también un nuevo obstáculo. Las heridas siguen abiertas.

Editor Ejecutivo: Antonio Jiménez Editora General: Amelia Rueda
Periodista: Alejandra Fernández
Programación: Marco Chacón
Productor: Luis Carlos Bogantes
Asistente Administrativa: Kemly Chaves
Colaborador: Oscar Collado


Publicado el 30 de mayo de 2014
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