¡Cenicienta su madre!

Francisco arranca y lo primero que dice es que se conforma con un empate. Con 25 años de ser taxista, es la primera vez que a Francisco Meneses García le piden una predicción deportiva, y no de cualquier marcador, sino del partido que Costa Rica está a punto de jugar contra Italia, allá en Brasil, es decir, aquí, en Costa Rica, donde está la mitad de la cancha.

Incluso los medios internacionales de prensa repiten que el partido se disputa en el Itaipava Arena Pernambuco, en Recife, pero es difícil creerlo mientras surcamos las inmediaciones del Cementerio General de San José, en busca de clientes para el taxi.

El partido está precisamente ahí, en las calles vacías. Faltan 10 minutos para que empiece el juego y la capital de Costa Rica, con todo y sus habitantes, parece una maqueta del Viejo Oeste a la que solo le faltan unas bolas de pasto barridas por el viento. Es increíble ver cómo se despeja una ciudad de más de un millón de habitantes, un viernes a las 10 de la mañana. De pronto no hay nada: ni presas, ni pitos, ni estrés. De pronto no hay ni huecos.

En Recife, dicen, la temperatura es de 29 grados de hornazo. La pequeña pantalla del taxi parece una parrilla en la que está a punto de freírse el futuro del futbol costarricense. Los equipos salen a la cancha y plantan su himno como quien clava una bandera. Los italianos, recontraguapos, parece que juegan en el equipo de Dolce&Gabbana. La suerte está echada. La maría también va desbocada y sumando decimales. Me pregunto si es una ilusión óptica o si las graderías del estadio brasileño lucen tan rojas como las veo.

Ahí por La Castellana se sube Ivette Pérez, una muchacha que, con el celular desenfundado, dice que va cerquita, pero lejos. Va volando, aunque va con tiempo. Va apurada, aunque no va tarde. No es su trabajo en una óptica de Cartago lo que la tiene tan nerviosa, sino las posibilidades que le ve a Costa Rica. “Yo digo que dos a cero, ganando Costa Rica”.

Después de dejarla en la parada de buses, el taxi se enrumba hacia la avenida Segunda. Los pocos seres vivos que aún quedan en la calle, indiferentes al partido, están ahí por algo, empezando porque se lo merecen. Supongo que nadie en su sano juicio debería andar en la calle hoy, a estas horas, no sin un radio, no sin consecuencias. De pronto, la acera izquierda se desboca de peatones que corren hacia la plaza de la Democracia, donde una pantalla gigantesca emite las primeras jugadas.

A la vuelta de Chelles, la cara de desesperación de Leonardo Picado lo dice todo. Se sube al taxi con su enorme fe. “Espero que ganemos, aún cuando un empate es un buen resultado”. Medita un instante y agrega: “Uno-cero. Gana Costa Rica”. Leonardo estudió Historia, trabaja en la Uned como investigador y, aunque va para Aserrí, lo dejamos en el Centro Comercial del Sur. Es todo lo que pudo decirnos y fue todo lo que pudimos darle.

Al otro lado de la calle, a pocos metros del Ministerio de Seguridad, Suly Asprilla carga con sus dos hijos, uno de 5 años y otro de casi 2. Suly no espera un taxi: nos espera a nosotros. Se sube y nos explica que, de no ser porque le dijeron que tiene una displasia y debe sacar una cita de inmediato en el Calderón Guardia, estaría en su casa viendo el partido. Es su hijo mayor, Leonardo, quien se encarga de decirnos que su mamá es colombiana, pero que él es tico. El resultado del marcador, según Suly, será de 2 a 1, ganando Costa Rica.

En la rampa del Calderón Guardia recogemos a tres generaciones: Elsa Arguedas Vargas (quien vive en Amsterdam desde hace tres años pero que hoy, casualmente, está en Costa Rica), Dinorah Vargas Guerrero (la mamá de Elsa, quien viene de una cita médica), y Sharon Arguedas Alvarado, en el papel de la sobrina que acompaña a la abuela y a la tía a hacer mandados. Elsa afirma en que el resultado del partido será 1 a 0, ganando Costa Rica. Su mamá insiste en que no: será 2 a 0. Elsa prefiere ahorrar, contagiada de luteranismo o calvinismo o algo típicamente holandés: “No mamá. No hay que ser tan ambicioso”. Las dejamos en una cafetería en las inmediaciones de Los Yoses, luego de haber pasado por un bar, no apto para la abuelita Dinorah, en el que la gente se descolgaba de las ventanas y se abría el pecho a gritos. La abuelita se hubiera quedado encantada, que conste.

Pocos minutos antes de que termine el primer tiempo, un foul no pitado por el fallido árbitro chileno enfurece al estadio brasileño y a todo Costa Rica. Por suerte, vamos solos en el taxi y no queda registro ni testigos de las palabrotas que, como animales salvajes, brotan de mi boca transformada en hocico. El estadio brasileño hace eco de mis adjetivos. ¿Los espectadores realmente dicen lo que parece que dicen? Más tarde, el abogado Daniel Espinoza dirá, poco antes de bajarse por la Corte: “Ese es un robo que se castiga con cadena perpetua”, pero es en medio del bochorno que se revela el portento: el capitán Ruiz, impulsado por la sed de venganza o de justicia o lo que sea, salta como un resorte disparado hacia el infinito para meter un golazo de cabeza que tintinea en el marco italiano como no se había visto en los 44 minutos anteriores. Golazo. Oro puro. Creo que en lo que sea.

El gran ojo del Ovsicori debe haber registrado el estruendo nacional.

Si en el primer tiempo las calles estuvieron desoladas, en el segundo tiempo celebramos la Semana Santa, pues los siguientes viajes fueron realmente milagrosos. Por suerte nos encontramos a una funcionaria pública escapada, a una mamá con hijo y abuelita que venían de quitar un yeso del Hospital de Niños y a un ama de casa en fase de superación personal, rumbo a un curso impostergable de manualidades. No hubo más goles, pero tampoco hicieron falta. Las calles estaban a punto de estallar.

En todas las épocas, la vida de los seres humanos siempre tiene un “antes” y un “después”. Esa es la lección de hoy: antes, el Itaipava Arena Pernambuco era solo un estadio multiusos de la ciudad brasileña de Recife. A partir de hoy, el Itaipava será recordado como el estadio en que la Selección Nacional de Costa Rica derrotó a Italia en un Mundial de Futbol.

Tomen, incrédulos. Ahí tienen un resultado: uno a cero. Cenicienta su madre. Tan linda es mi Costa Rica.