De la romería, por donde vinimos

Crónica​No es tanto el de ida como el camino de regreso el que convierte a los romeros en auténticos peregrinos y en potenciales pecadores. Su fe es, ante todo, una actividad corporal

Gotas de sudor frío le corren por el escote, mientras un hombre le mantiene los pies levantados y otro le sostiene la cabeza desmayada, evitando posibles golpes contra el piso, pero sobre todo, evitando que sus ojos sean tragados por el escote. Ella tiene un perfil agradable, pestañas cortas, labios gruesos, caderas tonificadas; posiblemente unos 30 años. Lleva lycra y, hasta hace muy poco, un suéter deportivo. Ahora está tirada en el pasillo de un bus de Cartago que avanza a paso lento hacia San José, pasada la medianoche del 2 de agosto, pálida y desfallecida como una hoja de papel, ceñida a una camiseta sin mangas y despojada de la única prenda que evitaba que el prójimo entrara en contacto visual con sus frondosidades. Ahora es muy tarde. Su síncope cardíaco, su devoción y sus estremecedoras gotas de sudor son casi noticia internacional.

Para quienes van de regreso a la capital, el único horizonte es un bus, o cualquier otra cosa que se aleje del Valle del Guarco. La carretera vieja a Tres Ríos es el cauce de un millón de personas que muy pronto llegarán a remplazar al otro millón que ya se encuentra a los pies de La Negrita, esperando devolverse. De la terminal salen autobuses llenos cada cinco minutos y, aún así, Cartago centro podría ser rebautizado como El Gran Parqueo. Alrededor de la Basílica deambulan miles de personas y, alrededor de las personas, cientos de buses, busetas y taxis en idéntica actitud, aunque mucho menos cansados.

Digámoslo con sinónimos. Hordas, miríadas y legiones de seres humanos duermen en cartones o simplemente se recuperan antes de emprender el regreso, envueltos en trapos y bufandas, apretujados unos a otros, aferrados a un sánguche o a una empanada que les quema los dedos, con el semblante revuelto y los ojos exhaustos. Miles de coches, sillas de ruedas, cobijas, capas y mochilas arrastran su pequeña comitiva humana. Es una visión apocalíptica.

Los fieles que no se devuelven de inmediato, aguardan en la acera abandonados a su suerte, o en los rincones menos propicios para el descanso. Acampan delante de las puertas y casi parece que están a punto de comenzar una nueva vida.

Ya no tienen cara de peregrinos, sino de pecadores, porque la fe es, ante todo, una actividad corporal. Y eso sí que despeina.

Lo primero que hizo su hermana cuando la vio en ese estado, fue decirle que recostara la cabeza en su regazo. Luego intentó sacudirla, dándole golpecitos en la cara y hablándole bajito, sin resultado. Después abrió la ventana, con la esperanza de que el aire fresco la reanimara, pero cuando se dio cuenta de que no respondía, se fue a hablar con el chofer. Sus vecinos de asiento reaccionaron mucho más rápido, rebuscando entre sus cosas una botella de alcohol o de colonia para bebés, aunque nadie encontró ni un confite. Uno de ellos, sin temor a represalias, abrió la mitad de las ventanas, sumiendo al bus en la hipotermia. La hermana de la víctima tuvo que brindar una improvisada conferencia de prensa, sin prensa, en la que solo declaró que su hermana padecía de una afección cardiaca.

De la oscuridad brotó una cruzrojista con walkie-talkie. Corrección: era un celular, pero ella lo manipulaba como si se tratara de un walkie-talkie. La mujer se acercó al asiento de las hermanas y, después de hacer un par de preguntas, habló por su aparato con voz impersonal. “Colega, tengo aquí en el bus a una paciente con síncope cardíaco. Está pálida, fría y no responde. Necesito que me mande una ambulancia pero ya. La placa del bus es veinteceronueve. Cambio”. Volviéndose hacia los demás pasajeros, preguntó en voz alta: “¿Por dónde es que estamos?”

La ida le recuerda a los peregrinos las grandezas del espíritu, mientras que el retorno les echa en cara las limitaciones de la carne. A los transportistas, la romería les recuerda que la fe mueve montañas, y que para su fortuna, las montañas no se devuelven caminando.

En primera fila, un viejo habla con el chofer.

–Este es el agosto de Lumaca, dice.

–Para mí, son como 80 mil pesos, dos diítas, responde el chofer.

–Ya suena, le dice el viejo. “Cuesta ganárselos”, agrega, como con culpa.

–Desde ayer ando manejando, y no he parado.

–Entonces este bus no es de Lumaca, dice el viejo, suspicaz.

–No, pero vea. Ahí ando todos los permisos. Vea, dice el chofer, señalando unas hojas pegadas al parabrisas.

–Es que con esto, todo el mundo gana: buses, taxis y piratas, agrega el viejo, convertido en sabio.

El ronroneo del motor adormece los sentidos. Finalmente, el chofer apaga las luces. Los diálogos se van apagando poco a poco. Ni siquiera lloran los bebés. Al primer kilómetro de recorrido, todo el mundo ronca. Súbitamente se encienden las luces. Alguien se descompuso. Una mujer gruesa y pequeña, vestida de azul, empieza a dar órdenes. Tres pasajeros le ayudan a acostar a una muchacha en el pasillo del bus. La chica parece dormir, sin suéter, con ese frío, en ese piso metálico. El autobús se detiene a la altura de Recope. Un regimiento de cruzrojistas sube por todas las puertas que se abren de golpe. Son tantos que casi no cabe ni la camilla. Todos dan órdenes, hasta que se organizan. A duras penas, bajan a la víctima, que no reacciona ni cuando tiene decenas de manos y ojos encima de su humanidad. Se la llevan entre muchos. Nadie preguntó su nombre.

El suceso deja al bus despabilado y nervioso. Además, con la luz, ha vuelto el frío. Nadie tuvo la delicadeza de volver a cerrar las ventanas que los heroicos pasajeros abrieron para oxigenar a la muchacha. El chofer amenaza con un cobro doble a los que se bajaron a llamar a los cruzrojistas. Con la sangre agitada, nadie puede volver a dormir. Así, el bus se aleja de La Negrita. Así, los pasajeros se alejan de su milagro.