De mall en peor

CONSUMO​Tras un ejercicio de observación en el día más compulsivo del año, léase Black Friday, uno se pregunta qué sería de la existencia de tantos mortales si no existiera Multiplaza Escazú

En días como este, embalsamados para el consumo masivo, el polo magnético de Escazú no se discute, mucho menos tomando en cuenta que Escazú es el cantón del país con más centros comerciales per cápita. Un auténtico polo.

Así que allá nos fuimos a celebrar Black Friday. A ver quién se rebaja más.

Antes de llegar a Multiplaza, nuestro verdadero destino, hicimos una primera parada en Walmart. Entramos en calor con la imagen de una doña empujando un carrito con cuatro pantallas planas. Conmovedor, porque una mujer sola que lidia con cuatro cajas de semejante envergadura y logra meterlas al carro sin ayuda, es más que una compradora, ¡es una heroína!

Nos alejamos de la escena sin tiempo para condecoraciones, porque teníamos urgencia por sumarnos a ese nuevo mundo de oportunidades. En la carrera, casi chocamos con una enorme pirámide de productos en cuya cúspide estaba el precio de uno de los televisores de nuestra mujer-maravilla. Únicamente ¢465.000. Apenas. ¡Con razón!

El local estaba desierto de un lado y sobrepoblado del otro. Había mucha gente en el área de tecnología y ninguna en el área de supermercado. Algo así como Celulares vs. Lácteos. Sin embargo, las pirámides de televisores llegaban hasta las salchichas, en el otro extremo de la tienda, como si los consumidores tuvieran una extraña obsesión por estos aparatos, especialmente por aquellos que parecen volverse tecnología obsoleta con solo mirarlos y que, además, deben ser ensamblados en alguna maquila asiática o latinoamericana en condiciones de semiesclavitud.

Salimos huyendo sin dar explicaciones, en primer lugar porque no había que darlas y, en segundo, porque en Multiplaza la acción estaba garantizada.

Muy mala señal fue llegar a cierta esquina y descubrir a un enjambre de guachimanes ofreciendo las aceras y cualquier lote baldío a los carros que les pasaban delante, pero peor fue confirmar que a la entrada del centro comercial no había necesidad de tiquete para el parqueo.

Un primer vistazo a la situación arrojó una primera sentencia: Si la gente estuviera trabajando, este mall estaría vacío. A ver: son las 10 de la mañana del viernes 27 de noviembre. Que alguien me explique.

La fila para entrar a la tienda de Michael Kors me recuerda mi juventud en Cuba, cuando llegaba el ron a la bodega. Por el entusiasmo de los compradores, que exhiben una lujosa paciencia en pleno pasillo, supongo que las carteras del señor Kors deben ser regaladas. La situación no es, sin embargo, tan extraordinaria como parece.

Si Bimba&Lola tuviera ventanas, la gente se saldría por ellas, y en Zara Home parece que celebran el Día Internacional de la Mujer. La locura se repite en Massimo Dutti, pero la muchedumbre también alcanza para llenar Bershka, donde un guarda de seguridad se transformó en oficial de tránsito para que las filas de quienes iban a pagar no impidieran la respiración de las cajeras.

Nuestro recorrido avanzó por otras vitrinas y otros molotes. De pronto, una imagen espeluznante: una mujer sentada en una cafetería vacía… con un libro en la mano. Pero, ¿qué se cree? ¿Y qué será lo que lee?

Dos muchachas pasan delante de un local de lujo, y una le dice a la otra: “Hay tiendas que definitivamente están vacías en cualquier época del año”. “En cualquier época del daño”, quisiéramos agregar, porque ahí, ni por más negro que se ponga el viernes.

El furor de las masas se repite en Hilfiger Denim y, en la frontera con Zara, solo pienso en los ojillos de felicidad que, a estas alturas de la bolsa, debe andar exhibiendo Amancio Ortega que, un día sí y otro también, pasa de la riqueza al superávit. Compren, compren, y hagan feliz a un viejecito.

Esta sentencia no tiene desarrollo, pero necesito que conste: No hay forma de caminar como un homo sapiens con las manos llenas de bolsas.

La mayoría de cafeterías están activas y sin sillas disponibles, porque comprar da hambre y el gasto de dinero es proporcional al de calorías, que más vale reponer de inmediato.

Por otro lado, muchas de las personas que, sepultadas en sus propias bolsas, se sientan a tomar capuchinos y pasteles, tienen en su mirada un brillo de voracidad y rapiña imposible de disimular.

Quizá se deba a la miopía, pero es difícil distinguir si son personas o bombillos lo que decora las galerías de Multiplaza. Desde lejos, las pequeñas cabecitas se confunden en la perspectiva claustrofóbica, pero infinita, de los pasillos. No se agüeven. El consumo apenas empieza. Ya casi es Navidad.