Pumita por la pista

Fotografía y video: Jose Díaz

Rita. Así se llamaba la muchacha de la que se enamoró por primera y única vez, cuando tenía como 14 años. Es cierto que ella tenía como 13, pero no fue la juventud la que hizo que su amor fuera imposible. “Los amigos me decían: Cómo hizo usted para entrarle a esa cabra, si es la más bonita del barrio”, comenta.

Carlos había llegado hasta Alajuela en una vuelta del destino, de la mano de su mamá, sin nada que ocultar pero también sin mucho que ofrecer. Era flaco, solitario, guapo y humilde. Estudiaba en el lugar que le daría un oficio: el Técnico Vocacional Jesús Ocaña. En ese entonces, sin que nadie supiera, muchas cosas accidentales sucedían para siempre.

“Jalamos cuatro años y cuando vi que no había nada que hacer, me vine para San José. La familia quería para ella un novio de plata, como un doctor o un abogado. Todo el mundo se opuso. Y terminó bien casada, pero con un mae que la explotaba”.

“Eso se volvió como un mito para mí. Nunca la volví a ver. Rita. Esa fue la mujer de mi vida”.

Poco después de cumplir 18 años, Carlos ya se había convertido en un soltero empedernido. Terminó la secundaria, regresó a la capital y casi de inmediato se instaló en el departamento de Barrio Luján que ha sido su base de operaciones durante los últimos 25 años.

–Viví juntado pero nunca me casé. Y aquí estoy.

–Empujado por el recuerdo de Rita.

–Dicen que uno sueña lo que uno añora, o lo que teme, y a veces me despierto y me digo, ‘Mirá, soñé con Rita’. Y me molesta. ¿Sabe por qué me molesta?

–No.

–Porque los sueños son tan tan reales.

–¿Te fastidia que no sean verdad?

–Cuando uno se despierta, la realidad es otra.

Carlos Rodríguez abrió los ojos por primera vez en un salón de la Maternidad Carit, en San José, un 23 de marzo de 1967. Hijo único de Otilia Ramírez Jiménez, desde pequeño peregrinó por algunos barrios capitalinos como La Cruz y Amón hasta alcanzar los confines de San Ramón, Alajuela centro y de vuelta a San José.

Creció sin padre, sin hermanos y sin estudios de conservatorio, pero le gustaba la música. A mediados de los años ’80 se graduó del colegio como Técnico Contador Medio. Ganó el examen de admisión de la Universidad Nacional, donde en algún momento pensó continuar una carrera artística, pero entre estudiar o trabajar, la vida solo le dio una alternativa.

Años después aprendió a coser en una vieja Singer, con la que ejecutó auténticas obras de arte, pero la vendió como reliquia hace relativamente poco. Los hijos también fueron llegando: Ariel en el ’93, Michelle en el ’95, Valeria en el ‘97 y, por último, Kendric, en el 2002.

Su mamá Otilia, con quien compartía vecindario, murió en el año 2000.

La música le gustó desde siempre, pero desde siempre, ese tema fue otra historia.

Carlos domina cuatro apodos pero solo uno lo traduce a la perfección. Pumita. Con este aprendió que la realidad es un recurso no renovable y que, a la hora de buscar sustitutos, más vale no adelantarse con prejuicios. Hay que probar, y él probó. Soñaba con convertirse en solista, pero empezó a cantar por accidente.

Sereno, de Manantial, fue lo primero que llegó a su garganta, con el grupo Impacto 2000. Incluso llegó a estar en la banca del grupo La Banda, pero nunca lo tiraron a pista.

“No tuve oportunidad. Tal vez la hubiera tenido, pero el grupo desapareció. Cuando me di cuenta, ya no existía”.

Con el productor Rodrigo Maffioli grabó Tú, solo tú, de Bertine Osborne, y así empezó una carrera basada en la persistencia más que en la ambición.

Un amigo suyo, Francisco Peña, le llevaba la agenda artística. Corrían los primeros años de la década de 1990.

“Aquí los solistas no se cotizaban, y si acaso me conseguía una presentación cada dos meses”.

Excesivas dosis de perseverancia llevaron a Pumita a un nuevo destino: los concursos de belleza. Ahí, además que cantar, podía recurrir a otros talentos, como la animación en vivo y la presencia escénica requerida.

“Un amigo, Roberto Badilla, me metió en los concursos que él hacía, como Señorita Discoteque... Incluso en el ’92 me tocó acompañar a Tica Linda en la carroza de fin de año… Al principio tenía miedo, pero después me sentía muy lucido”.

Pumita y Carlos son parientes demasiado cercanos como para esperar que lleven vidas totalmente separadas.

Una melena permanentemente acondicionada, por ejemplo, es parte del ajuar artístico de Pumita, pero Carlos la luce todo el tiempo, sin pagar derechos de autor. “Yo siempre he usado el pelo largo”, explica.

En San Carlos, a Pumita lo consideran parte de la familia. Es un artista popular, tan local que es, incluso, rural. “Es la zona que más visito”, confiesa. “Me presento en bares, salones, discotecas y centros turísticos”.

Este año ya hizo el mismo viaje cuatro veces. Su carro podría llegar solo hasta el Rancho Naomi, en La Tigra de San Carlos. Se presentó en enero, después en abril, luego en junio y, de nuevo, en agosto.

Su estilo artístico viene en tres presentaciones: oscuro, salvaje y ranchero, acompañados casi siempre de un combo de bailarinas que salen en ropa interior a interactuar con un tubo imaginario, bailando y sonriendo, aunque también sonriendo y bailando. Lo más importante, como ya se sabe, no son las apariencias sino lo que hay por dentro. La presencia de las bailarinas asegura la buena acogida de los varones, pero Pumita es un innovador y dos de sus tres espectáculos fueron pensados especialmente para las mujeres y, si es necesario, hasta se pueden adaptar para público infantil: La noche gótica y El paso del Depredador.

“Cuando hago este tipo de show, no hablo ni animo”.

La noche gótica promete.

Primero se oye la banda sonora de la película Batman y lo que sale es Pumita disfrazado de Batman, seguido por dos mininas despampanantes pero con actividades conexas: Gatúbela y Batichica.

Pumita se la tira a pura mímica. De pronto Batman se comporta más insinuante y goloso que de costumbre, pero hasta ahí. “Lo que hago es bailar al estilo de un stripper, pero no mucho. Tengo mis límites”, aclara el artista.

En su versión para niños, Batman llega solo y es más inofensivo que un peluche.

Desde su creación, en el 2009, El paso del Depredador conquistó al público.

“Este otro gusta demasiado. Este traje es muy bonito, muy impresionante. En tres concursos me llevé el primer lugar”.

Con este vestuario, Pumita desafió sus talentos hasta el límite del atrevimiento.

Si hacerlo fue una osadía, usarlo es un desahogo.

“Con este traje no puedo usar nada por debajo, porque es un taparrabo y tengo que pintarme las piernas en forma de malla. Necesito un asistente”.

“¡Las mujeres sí que son curiosas! Cuando llegan y me tocan, ¡yo las asusto! Hago maniquí en la puerta y entonces llegan y toman fotos… Parece un muñeco pero ya cuando me tocan se dan cuenta de que es una persona. Después de eso hago lo que es ya el paso... Suenan los sonidos y la música de la película”.

–¿Y qué hacés cuando suena?

–Los mates del Depredador. Pura pantomima. Pura fantasía. A la gente le gusta, es algo sorpresivo.

“Inventé lo de los trajes por una sencilla razón: la mayoría de los bares que visito, cobran ¢1000 de entrada o no cobran. Quise llevar algo diferente, porque cantantes habemos muchos, pero siempre es lo mismo –su estilo, su música–, y murió. A mí siempre me ha gustado mucho la fantasía y entonces, como me ha ido muy bien en los concursos de Halloween, decidí montar un show extra”.

El sabor ranchero es el regular y el único que incluye música en vivo, es decir, Pumita con sombrero y camisa de cuadros, dos pistolas y unas pistas. De hecho, el Show Ranchero es la única oportunidad de escuchar alguna de las 25 canciones de su autoría, o alguno de los cerca de 40 covers que interpreta como solista, desde hace más de 20 años.

“Yo estoy enfocado en una época pasada”, aclara. “Estoy identificado con cantantes como José José, Julio Iglesias, Los iracundos, Buddy Richard… Canto y hago covers de temas muy sonados en el pasado”.

–¿No cantás tus canciones?

–Yo he llevado un tema mío a las emisoras, pero ahí hay otros intereses. No hay apoyo al artista nacional. Lo que nos queda es sacar el tema, montar un video y colgarlo en Youtube. Ahí sí: la gente lo ve y lo aprueba.

–¿Significa que nunca cantás nada tuyo en los espectáculos?

–Sí, a veces. Lo que pasa es que al no ser canciones conocidas, la gente no le da la importancia. La música de uno es muy difícil llevarla al éxito… Para que una canción pegue y a la gente le guste, tiene que oírla muchas veces.

­–¿En dónde quedan tus canciones?

–Las meto de relleno.

Sin embargo, Pumita ha tenido sus momentos estelares y sus efectos colaterales. En 1997 grabó el disco Cada vez que te recuerdo, con 10 canciones originales.

–De ahí pegamos el tema Sabes. Ese fue un boom.

–¿Dónde?

–En todo lado.

–¿Y por qué?

–Porque fue un tema cómico.

–¿Ah sí?

–Es un tema rap. Todo se hizo con el propósito de llevar risa, de que la gente vacilara. Se grabó en el 97. Yo nunca había hecho un video.

“Con ese tema fui a Colombia, Panamá, Nicaragua, Honduras y Puerto Rico en el año 98. Ha sido tanto el pegue de eso que a veces yo llego a algún lugar y la gente me dice: ‘¡Sabes!’ Era un tema como machista, como imponente. Al final, el chavalo machista termina todo humilde. Yo salía como un despojo”.

La vida cotidiana de Pumita transcurre lejos de los escenarios, en las inmediaciones de la Corte, en el centro de San José. Disciplinada y tranquila. Su jornada laboral va de lunes a viernes, de 9 a. m a 3 p. m, entre números y facturas, resúmenes contables y balance de pequeñas empresas. Como asistente de contabilidad, Carlos Rodríguez sabe que ninguna libertad es mayor que la de inventarse a sí mismo.