Summa Cum Laude

El Rio de Janeiro es una institución esquinera de barrio México que no pudo ser redimida por el perlin y los colores pastel y que, gracias a dios, la gente sigue tratando como a una cantina. Precisamente ahí, el ambiente se calienta con frías y todas las mesas, más que mesas, son jardines color ámbar con tallos que crecen como la espuma. Entramos y no hay donde sentarse, pero en el segundo piso hay una mesilla redonda frente a un televisor, que es lo único que necesitamos para sobrevivir al partido Costa Rica-Uruguay, el primero que juega la Sele en este mundial 2014. Son las doce y el partido es a la una. Rio de Janeiro. Su sola pronunciación ya da calor.

No somos lo únicos frente al televisor. Una camada de siete amigos con edades suficientes para trabajar, aunque quizá con la mínima para beber, ya están formados en hilera, con la ansiedad a todo volumen. Detrás de ellos, otro grupo de compañeros de trabajo arrima las sillas del bar, como si estuvieran en su casa, porque lo están. Casi todos varones. Motores Británicos, me explica uno de ellos. Julio. Quiero decir, Julito. Mimejoramigojulio. Más allá hay otras mesas, con otras novias y otros televisores, pero jamás con el espíritu didáctico que reina de este lado, pues todas las mesas murmuran más o menos lo mismo: Suárez está lesionado y Saborío debe estar deshojando margaritas en Salt Lake City.

A la una en punto, se anuncia lo inevitable: los dos equipos salen al campo. La audiencia hace gárgaras con el himno nacional. La gente aplaude y traga. La pantalla deja de ser una pantalla y se convierte en un imán, o cuando menos en una pizarra donde se dan nuevas lecciones de aritmética: dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son once jugadores uruguayos que no parecen atemorizar a la concurrencia. Los comentarios calientan el juego. “Son rocones”. “No son tan buenos”. La confianza puede provenir del menú, porque en el segundo piso del Rio de Janeiro hay como 20 chifrijos por metro cuadrado. Y cervezas proporcionales a semejante empresa.

La lealtad costarricense no se despega del tele y las expresiones de cariño se multiplican. “¡¿Por qué pitás, hijueputa?!” A la 1:16 se da el primer acuerdo nacional sincero desde las pasadas elecciones: un fuera de lugar frente al marco tico. La idea se resume en una sentencia: “Eso no es gol”. Es el momento en que la afición intuye –aunque apenas acepta–, que en nuestro futbol hay cierta timidez, cierto miedo, cierto clóset. Y es así como llega el minuto 23 y su penal. Con el resultado, dan ganas de enviar una postal por correo: Gracias, Junior Díaz. Todos aquí te recuerdan con cariño.

Intrigada por el exceso de hidratación a mi alrededor, le pregunto a mimejoramigojulio que por qué no se comen una boquita, y me explica que se reunieron temprano para desayunar, y que cada uno llevó algo, y que ahora mejor se dedican a beber por beber, porque ante la falta de hambre nada mejor que el exceso de sed. Eso es resultado del futbol, como puede comprobarse en los alrededores.

Cuando finaliza el primer tiempo, las mesas se descongestionan. Las cortinas el segundo piso se inflaman como globos fugaces. La tarde fluye con un sol tibio y lejano. De pronto, llueven los mensajes de celular. ¡Se murió don Beto Cañas! ¡Ay, don Beto! ¡A mitad del partido! Don Beto, ¿demasiada acción ciudadana para soportarlo sin protestar? Qué manera de irrumpir en el segundo tiempo, don Beto. Es usted un patriota. Incorregible hasta el final.

Nadie se esperaba el primer gol de los ticos: esa es la verdad. Todo el mundo seguía atento al televisor, masticando su tortilla frita como se mastica la fe perdida, pero a las 2 de la tarde con 13 minutos la cantina se descarriló. El grito de gol botó cervezas, reventó botellas y degeneró en abrazos. GOOOOOOOL. El grito se prolonga y se deforma hasta convertirse en una especie de brindis con brinco y alabanza.

Por un lado, pienso que el segundo piso del Rio de Janeiro se va a trasladar al primero con todo y clientes, y por otro, creo que no hay nada mejor que besarse con desconocidos y sentir, aunque sea por milésimas de segundo, que hay algo que nos une de corazón, y que no es precisamente el corazón sino lo que creemos que éste significa. Eso que no se siente nunca en ningún otro lado. Con excepciones, obviamente.

Tres minutos después, otro gol cae en el marco uruguayo como una réplica del terremoto tico, pero el último gol, en el minuto 84, ya no es gol, sino milagro. ¿Quién dijo que ganar no era lo importante?