Alta presión

Nuestra Voz​Tiene cuatro décadas en la industria de la información. Conoce a todo el mundo y todo el mundo la conoce. Amelia Rueda tiene una fama que la precede y una voz que la supera.

Fotos: Kurt Aumair

Amelia Rueda no da autógrafos ni cree en los juramentos de la amistad incondicional. Es exigente pero no inflexible; impaciente pero no amargada. Quizá también sea muy buena actriz o una mártir del modelaje, es difícil saberlo, pero lo cierto es que entre los millones de recortes de su archivo personal no hay una sola foto que la muestre seria, desaliñada o lejanamente fruncida. Coqueta no: coquetísima. Jamás se despeinó en 40 años de carrera y para probarlo están ese par de mamotretos rojos que documentan prácticamente todo lo que la prensa dijo sobre ella, desde 1974 hasta la fecha. Poco importa si la recolección de datos fue imparcial, porque ella asegura que siempre somos subjetivos.

“Creo en la honestidad, no en la objetividad”.

La gente cree que los líderes de opinión tienen agendas ocultas. ¿Cómo sostiene la credibilidad?

–Yo no tengo padrinos. Mi trabajo ha sido aceptado por el público y eso me ha permitido estar vigente. En este negocio, si uno no genera rating, no sobrevive, porque los medios son negocios, pero también entendí que con nuestro talento generamos mucho dinero para los medios.

"Quizá por eso no me dio miedo lanzarme a hacer mi propio sitio de noticias, porque en el periodismo multimedia el talento es vital, pero el talento propio".

Amelia Susana de Los Ángeles Rueda Ahumada, nacida en Buenos Aires, Argentina, el 3 de octubre de 1951, abre la boca y algo pasa, pero la explicación va más allá del fenómeno físico.

“Es que soy muy apasionada y logro conectar con la gente”, afirma.

Desde hace 16 años, esta periodista dirige el programa Nuestra Voz, en radio Monumental, y desde hace ocho, su propio medio mutiplataforma: ameliarueda.com. Sin embargo, mucho antes de que eso sucediera, pasó por la televisión, con idénticos resultados: fundó noticieros, propuso temas y levantó audiencias.

Desde muy joven se acostumbró a entrevistar personajes como Noriega o Somoza y, durante al menos dos décadas, sostuvo un pulso feroz con la actualidad.

“Para mí, la profesión del periodista es demasiado seria porque tiene la posibilidad de que cada cosa que haga, por pequeña que sea, se pueda multiplicar”.

Amelia es pequeñita, firme, carismática, directa. No sobreprotectora ni confianzuda ni exagerada. Toca piano; lee poesía. Cuando conversa, es cautelosa, pero cuando trabaja, combativa.

“La radio me hizo sentirme más cerca de la gente. Descubrí que no tenía que actuar, tenía que ser. Yo no invento un personaje: soy así. Vivo lo que hago en la radio”.

–¿Y qué hace?

–Intento cambiar las cosas que están mal y estimular las que están bien. Quizá por eso, lo que menos le gusta es que la gente se sienta distante de las noticias.

“Al contrario. ¡Que se meta! ¡Que opine!”, exclama. “Nuestra Voz no se llama así por accidente”.

Según su propia definición, es “una trabajadora como cualquiera”, “una revolucionaria”, “una persona comprometida con que las cosas mejoren”.

-¿Qué mejoren, cómo?

“Una denuncia de algo que esté fallando ayuda a que el mundo esté mejor”, dice, y repite cada vez que puede, con una convicción casi publicitaria.

–En Costa Rica, actualmente muchas mujeres lideran programas y espacios informativos, e incluso son propietarias de esos medios. ¿Esto tiene algún significado?

–No creo que porque haya mujeres los medios van a ser mejores, o porque los países tengan mujeres presidentas van a tener mejores gobiernos. Respeto a quien trabaja y hace aportes, independientemente de si es hombre o mujer.

Contrario a las coordenadas de permanente exposición mediática, Amelia Rueda no se considera una mujer pública, y mucho menos una que esté dispuesta a hacer concesiones sobre su intimidad.

“Soy una mujer privada: tengo mi vida privada y trabajo en la empresa privada. No soy una persona pública”.

Asegura que detesta la chota y que prácticamente no acepta invitaciones sociales. Es adicta a la feria orgánica; prefiere las orquídeas.

No le gustan las justificaciones: ni darlas ni pedirlas, y afirma, como quien confiesa una ventaja genética, que en toda su carrera periodística jamás hizo una nota de “sociales”.

Amelia Rueda fue mamá de tres antes de cumplir los 30 años y eso impidió algunas veces, a lo sumo, la culminación de hazañas domésticas, como asistir a graduaciones de sexto o a citas pediátricas de último momento.

Tras su divorcio y con una carrera en ciernes, durante muchísimos años sólo se ocupó de hacer lo imposible, por eso lo que corre por sus venas no es precisamente culpa. “Soy una mamá buena, ¡buenísima! Cuando no estuve con mis hijos, fue porque estaba trabajando para ellos”.

El resto lo explica, en parte, la gran institución del matriarcado.

“Me tocó criar a mis hijos con la ayuda de mi mamá, pero siempre corriendo. Por eso los disfruto tanto ahora, porque ya no tengo que correr por ellos: ellos corren por mí”, asegura.

“Amelia habla constantemente de su familia, pero lo hace con un celo que más vale no provocar”.

–¿Alguna vez se intoxica de información, noticias y primicias?

–En general, me intoxican los sucesos.

–¿En cuáles temas cree que Costa Rica no ha logrado avanzar en los últimos 30 años?

–En primer lugar, uno no puede perderse en los temas pequeños si primero no logra generar la confianza de la gente en la política y propiciar que esa confianza nos de poder. En el régimen democrático vivimos de eso.

“No creo que sea ingenuo pensar que si yo logro propiciar obra pública, producción, educación, trabajo… la gente no va a recuperar la confianza en sus gobernantes. Lo que sí no creo es que se vaya a acabar la pobreza. A estas alturas de mi vida, no puedo pensar que eso va a suceder, ni se lo voy a pedir a ningún candidato”.

Hace unos meses le pusieron una multa carísima por utilizar el celular mientras manejaba y terminó felicitando a la oficial de tránsito que la multó por cumplir de manera inflexible con su trabajo y hacer caso omiso de sus ruegos. “Con eso soy absoluta”, explica. “Si una persona está cumpliendo con un trabajo, tiene que ser responsable con ese trabajo, hacerlo bien. Yo soy la primera que trato de dar ese ejemplo”.

–¿Es muy severa consigo misma?

–Me exijo muchísimo pero me entiendo muchísimo, entonces me quiero muchísimo.

–¿Se le conoce mejor por sus palabras o por sus actos?

–Por las dos.

–¿Alguna vez pensó en regresar a Argentina?

–Si hay una ciudad latinoamericana en la que me gustaría estar, sería en Buenos Aires…

Hace una pausa para rememorar viejos encuentros familiares y lugares como Salta, al norte argentino, donde nació su mamá.

Se pierde en las estrofas de La Patriótica Costarricense, la canción de cuna que heredó gracias a su papá. Canta cuatro palabras pero se detiene.

–Soy costarricense, pero hace rato que no creo en las fronteras. Creo que todo eso es impuesto por el hombre y no entiendo cuál es la diferencia entre la gente de aquí o la gente de allá.

Amelia Rueda habla cuando opina y opina cuando habla.

Considera que la maternidad está sobrevalorada y asegura que su carácter es de argentina y no de tica. Todos los temas le interesan y viceversa. Si hemos de creerle, podemos confiar en que su micrófono seguirá dialogando por mucho tiempo más. “Yo hablo con todo el mundo”, dice, e inmediatamente confiesa que cada vez que está al aire, se le sube la presión. “No lo sabíamos pero lo comprobé científicamente”.

Como quien filtra un secreto muy bien guardado, sostiene que lo que menos le gusta de los políticos es que nunca responden lo que se les pregunta. Se acomoda en el asiento, como para tomar impulso.

“Por eso hay que interrumpirlos”.