América Argentina

Argentina 0 (4) - Holanda 0 (2)

El partido fue el negativo de la semifinal del martes. Sin goles, con un fútbol entrabado por la cautela en los tres cuartos de cancha donde no hay marcos, pero también, sin un equipo sometiendo al otro. Un choque táctico de jugadores de alto nivel que saben apegarse a guiones previos y a improvisar cuando hay que hacerlo.

Pasa el equipo que demostró más aplomo en los noventa reglamentarios y en los 30 de alargue. Porque si bien el partido terminó con empate a cero, en actitud los argentinos ya habían superado a los holandeses. Argentina no anotó por fallas propias, Holanda porque los argentinos neutralizaron sus posibilidades ofensivas.

El primer tiempo tuvo un remate directo a marco. Un tiro libre de Messi que embolsó Cillessen. Y poco más hay para decir. Robben apenas levantó la mano para decir presente aplastado por el peso de un Mascherano que sabía cuándo buscarlo, Sneijder y van Persie imposibilitados para aportar.

No es tan aventurado decir que esta Selección Argentina, la de Brasil 2014, se ha amoldado -en parte consciente, en parte inconscientemente- a los rivales que enfrentó. Así, no sería casualidad que desplegara su tradicional ofensiva (3 goles) con el equipo que le jugó más abierto, Nigeria. Y que en ese mismo partido recibiera dos anotaciones. Aparte de los africanos, sólo Bosnia-Herzegovina le anotó un gol a Argentina hasta ahora.

No fue un encuentro atractivo, no hubo destellos, pocos balones se acercaron a los arcos de Cillessen y Romero. El partido, los 90 reglamentarios y los tiempos extra, se jugó sobre todo en la cabeza de los 22 jugadores y, aunque suene especulativo, Argentina parecía confiar en su superioridad anímica: un equipo de jugadores autoafirmados resistentes a la duda. No así sus rivales holandeses.

No fue la noche de Messi y aparecieron Mascherano y Romero. No fue la noche de Robben y no tuvo nadie que lo sustituyera.

Los penales, esa ruleta rusa, siempre ponen los nervios de punta. Pero Romero terminó de debilitar las esperanzas de Holanda cuando detuvo el primero, el de Vlaar. No fallaron Messi, Robben ni Garay. Romero volvió a hacerse gigante negándole el penalti a Sneijder.

Siguieron Aguero y Kuyt, positivos, y le quedó la gloria a Maxi Rodríguez que cobró con tal potencia que ni las dos manos de Cillessen, adivinando el balón, pudieron impedir que Argentina entera corriera a abrazarse en esa gramilla de Sao Paulo extendida hasta el otro lado del río de la Plata.