Between

Fotografías y video: Jose Díaz

Johnny Dixon saluda con la mano, pero festeja con los dientes y el pelo. Está asomado al balcón de su apartamento, recibiendo la ventisca, en espera de que las visitas suban hasta el segundo piso y se instalen en su sala, que consta de cuatro sofás, dos mesitas, un televisor y tres guitarras. Lleva camisa de botones y pantalón gris de vestir con mocasines. Al final de las escaleras, apenas alcanzamos contacto físico, se carcajea. Palmadas en la espalda. Efusividad. Es como si el entusiasmo lo despeinara y le sacara las faldas. Tiene una melena que no es precisamente un afro y una barba que no es precisamente negra.

“Tengo una abuela india y una abuela inglesa, un abuelo chino y un abuelo mulato de origen francés”, dice, podando biografías.

“Yo soy between. Soy un blanco oscuro”.



Van a ser las cuatro de la tarde y, aunque es buena hora para un receso, no acepta nada sino que ofrece repostería de pollo para acompañar una de sus especialidades culinarias: café con leche en polvo batido a mano.

Es un apartamento pequeño de dos cuartos.

Un espacio funcional de colores neutros, sin adornos, con una cocina cuyas gavetas ocultan ingredientes tan poderosos como el cow foot, una planta muy popular en Limón para la hora del té y la eterna juventud, según prescripción del usuario.

En la pared más prominente de la sala, un mural entre el ocre y el sepia evoca una antigua escena antillana o similar, con montañas al fondo y bellas casas rodeadas de altas palmeras. Un carruaje de dos caballos cruza la calle principal de la estampa, en dirección a un pequeño puerto con veleros.

Sobre los sillones azules también hay varios álbumes esperando –uno de ellos póstumo, dedicado a su amigo del alma, Luis Fernando Crespi– y, emplasticadas para siempre en el resto de los libros, desfilan sus apariciones en la prensa escrita de los últimos 40 años.

Pintura y bitácora son obra de la paciencia artesanal de su esposa por 30 años, la sueca Kira Kunsitis.

Ella pintó cada trazo y engominó cada recorte.

“Yo a mi mujer la quiero mucho. Increíblemente. Se me muere y yo me muero tres, cuatro, cinco meses después. Podés hablar con ella de cualquier vara. Es doctora, economista, maestra de matemáticas, pintora, traductora. Una maravilla”.

Desde el fondo de la cocina llega el ritmo de una cuchara convertida en batidora. Hoy no hay nadie en casa excepto él, pues el matrimonio Kunsitis-Dixon distribuye su residencia periódicamente entre Europa y Centroamérica, y no siempre las temporadas coinciden con las convivencias.

“Es muy difícil casarse con un tipo como yo. Perdón. Casarse con un tipo como Johnny Dixon. Es que realmente son dos: el tipo que está tranquilo, tocando lo que le da la gana, y el otro que tiene la obligación de hacer, y una responsabilidad para mantener al otro Johnny Dixon”.

De pronto, dos humeantes tazones de bebida milagrosa están frente a nosotros, repletos de polvos y espuma azucarada. “Aquí está mi señora… y Crespi”, dice Dixon, señalando una de las innumerables imágenes.

–Muy bella, su esposa. ¿La sueca?

–La actual.

–Es muy guapa.

–¡Kira es una mujer...! ¡A veces me pongo bravo con ella! Yo le llamo ‘Doña Toda’. Es muy inteligente... ¡Más inteligente que yo, güevón!

–Eso es mucho decir.

–Me agüevo cuando me acuerdo de eso.

–¿De qué?

–“¡Que es más inteligente que yo!”, dice, carcajeándose en un silbido. “Me hizo darle todo lo que yo tenía. Casa, plata, fincas. Lo puso a nombre de ella. Todo. ¿Verdad que es inteligente esa mujer? Después de 10 años, nos casamos. Cuando ya la conocía bien y ella conocía todas mis artimañas”.

Alguna vez, hace mucho tiempo, a Dixon lo bautizaron Míster Versátil.

El apodo resulta excesivamente ajustado a la realidad, tanto como los mamelucos brillantes y sensuales que él inauguró en los inicios de su carrera, a mediados de los años ’60, antes que Tom Jones.

Entonces hacía sus primeras giras centroamericanas y firmaba sus primeros contratos.

“¡Qué Tom Jones ni qué nada! Yo estaba antes que Tom Jones y, después, cuando él salió, me agüevé todo. Dije: ¡Este hijueputa me está imitando pero como ya está en televisión, la gente va a creer que yo lo estoy imitando a él!”.

Entre los anuncios pagados y las páginas editoriales, con notas y entrevistas, los recortes se cuentan por montones.

Las fotos muestran la jugada que nadie cuenta –vestuarios, amigos, conjuntos, sitios, lealtades, favores–, la atmósfera incandescente de una larga noche de verano.

–Esos trajes, ¿dónde habrán quedado?

–Eso era lo que a la gente le gustaba. Y claro, yo me movía mucho en el escenario.

La personalidad artística de este músico costarricense, autodidacta, nacido en Barra del Colorado, Limón, el 7 de enero de 1942, resultó aún más ambiciosa que el sobrenombre. “Yo me hice músico de niño. Mi papá cantaba y mi mamá tocaba la guitarra”, recuerda. Es cierto que por su garganta de intérprete y compositor pasaban con igual felicidad el soul, el bolero, el rock, el jazz, el calipso y la salsa, pero él puso eso y más.


Vestido para la ocasión, ya en los años ‘70 había domesticado un guardarropa salvaje y cosechaba una jauría incontenible de seguidoras, como era de esperarse, en virtud de unos pectorales a juego con un abdomen cuadriculado.

“Vea los sixpack que yo tenía por ahí”, comenta, señalando otro de los recortes. “Las mujeres se ponían locas cuando me veían con esas varas. Me tiraban calzones. Era una loquera. Uno tenía que vender todo: voz, movimiento, cuerpo… todo. ¿Quién quiere ver un gordo en el escenario? Solo Barry White, es el único… Si yo hubiera podido cantar chingo, ¡lo hago!”

Dixon cantaba y la música lo seguía. Tenía 26 años cuando se fue por primera vez a Estados Unidos, donde supuestamente se convertiría en ingeniero forestal, pero terminó probando aplausos en Nueva York, Nueva Jersey, Miami y Canadá.

“Nada de becas ni qué mi abuela. A trabajar como negro. Estudiaba de 6 a 10 de la noche y, después, a cantar. En el día, a trabajar. Uno de esos sueldos era para mi mamá”.


Algunos de sus tutores académicos, camuflados entre el público de sus presentaciones, lo animaron a seguir cantando. Dejó la universidad cuando le faltaba poco para terminar la carrera.

De regreso al país, en la década del ‘70, se dedicó a calentar la escena nocturna de Costa Rica, siempre como showman. Entonces no hubo hotel ni club ni piano-bar que, en busca del verdadero prestigio, se privara de sus actuaciones. Con una agenda rebosante, cantaba solo o acompañado por orquestas, aparecía en televisión, animaba eventos y se convertía en un militante destacado de la farándula nacional, que en aquel entonces no solo requería de chismes sino de talento. Más que una estrella, Dixon era una constelación. “Johnny Dixon trabajaba de lunes a sábado, todas las noches”, sentencia.

Grabó algunos discos en 45 rpm y se unió a varios conjuntos –como en el caso de Los Álamos– pero su actitud artística siempre estuvo más cerca del escenario que del estudio de grabación. La suya fue una carrera en vivo y a todo pulmón, con actuaciones en directo y sin segundas oportunidades.

Tuvo la vitalidad del actor y no la del coleccionista de acetatos.

“Yo estaba muy quitado al plan de grabaciones, porque todos ganan menos usted”, cuenta, sin desviar la atención de los recortes. “Grabé más de 30 canciones pero siempre para distribuir entre los amigos. Con los años me fui dando cuenta de que mi carrera había sido escénica... Ponía al público a cantar o los ponía a cantar conmigo”.

Con ese talante comenzó a viajar por Europa, donde se instaló por temporadas, contratado por hoteles en Alemania, España, Holanda, Italia, Grecia, Francia, Kenia, Marruecos e Inglaterra. Con ese mismo afán regresó al país, a principios de los años ‘80, donde siguió alternando presentaciones y contratos.

–¿Nunca hizo otra cosa que no fuera cantar?

–No, porque no sabía robar. Si hubiera sabido robar –como todo ese montón de güevones que andan por ahí– hubiera tenido que saber cómo correr. Para robar, hay que estar en buenas condiciones físicas.A finales de esa misma década, cuando finalmente sentó cabeza como empresario local, en Playa Bonita de Limón, Johnny Dixon ya era uno de los artistas limonenses más consolidados e internacionales de Costa Rica.

“En Hong Kong, son serviciales, respetuosos, te ayudan en todo... Los alemanes son fuera de serie… Los ingleses, un poquito conservadores, ellos siempre han tenido ese aire… El italiano, escandaloso toda la vida, bochinchero, como el francés… por ahí andan esos tipos… Al final, todos son gente increíble”.

Ubicados al oeste de San José, los Condominios Montegalán quedan tan lejos del Caribe como para tentar al olvido. Aunque la distancia le ha enseñado a vivir como un josefino –anónimo entre desconocidos– Dixon sigue siendo un orgulloso limonense y un artista sin ganas de renegar de su madurez ni de su cólera. Como pocos, está convencido de que su talento se lo debe al lugar de donde viene.

johnny dixon canta caribbean people

“Nosotros no tenemos folclor, mentira. Aquí tenemos música típica, pero Costa Rica no tiene música folclórica”, repite. “Que nosotros tengamos algo como la murga, el tango, el merengue… Algo que nos identifique, que nos diga qué es lo que somos, no tenemos”.

–¿Y el calipso?

–¡Debiera! El único lugar que puede dar la música folclórica de este país, es Limón. ¡Si yo digo esa vara me matan! Bueno, ¡te lo estoy diciendo! ¡Me matan! Pero es cierto. Por las diversidades de colores que hay ahí.

“Un piano, ¿cómo está construido un piano? Tiene caoba –parecido a mí–, teclas blancas y teclas negras, y los pedales de abajo, ¿de qué color son? Amarillos. Así puse yo al mundo musical allá: el chino, el negro, el blanco y el indio. Si toda esa carajada no estuviera junta, no habría tan linda armonía y tan bella melodía”.

Se levanta y trae un disco. Es el único que le queda, dice. Un cd artesanal de 15 piezas, cinco de las cuales son total y completamente suyas. Tracks 3, 5, 6, 9 y 10 Lyrics & Music by Johnny Dixon. La cara del cantante, impresa en blanco y negro sobre el disco compacto, es más o menos la misma que tenemos delante, quizá con unos años menos encima. Extraño Amor, Good Bye Amigos, Caribbean People, Memories y Woman.


Hay dos Johnny Dixon: el que canta y el que está aquí. Somos dos, totalmente diferentes. El otro, cuando está en plan de trabajo, no habla ni dice nada. El otro solo quiere ganarle a Johnny Dixon. Punto. Yo no tengo contrincante”.

Hace rato, el cantante se acomodó al cinto una de las guitarras y, durante todo el rato, ha estado frotando la superficie musical que brota del equipo de sonido, rasgando su propia partitura encima de la conversación.

“Al artista limonense no le dan pelota”.

"Fui el primer afrocaribeño en cantar en el Teatro Nacional, en el 2008, con la Big Band. ¡Tantos años para que llegara un negro a cantar ahí! Uno bailó y otro tocó piano, pero fui yo el que cantó. Eso a mí no me molesta. Allá cada quien con sus carajadas. Limón es la cuna de todo”.

–Y ahora, ¿en qué se le van los días?

–Componiendo.

–¿Y cómo se encuentra?

–No le debo nada a nadie, nunca le robé nada a nadie, nunca le hice un mal a nadie. Mis hijos están todos bien, gracias a Dios. Mis señora me quiere increíblemente. Mi exesposa me adora –suena raro–, y nos llevamos muy bien todos. Me siento bien. ¡Estoy esperando que me salgan las arrugas y no me salen! Las canas están floreciendo por todo lado. Yo me hallo bien y me siento bien, pero en el plan artístico, estamos feos.

–¿Siente que el país le debe algo?

–No, a mí no me deben nada. No tengo seguro ni pensión, pero hice mi trabajo y me pagaron. Yo era el que tenía que ver cómo hacía porque ganaba mejor que otra gente… lo normal, me ganaba el día.

–¿Nunca le faltó trabajo?

–Nunca. Después de los años, cuando me vine y la gente se dio cuenta de que yo estaba aquí, empezó todo el mundo a llamarme. Me dije: ¡A la pucha, estoy como Don Quijote! ¡Estoy cabalgando de nuevo! Actualmente trabajo con la Big Band de Costa Rica y con un grupo de calipso.


Cuenta que su último viaje artístico lo dejó anclado en la isla de Aruba durante casi dos meses, con dinero suficiente en el bolsillo. Acaba de regresar y no tiene ninguna prisa por volver. En Aruba se sacó las ganas de cantar.

–No está pensando en abandonar los escenarios.

–No, no. En parte lo hago para estar en forma. Una o dos veces por semana, algo sucede: me llaman. Y eso significa que todavía se acuerdan de mí, que está bien la cosa. Quiere decir que hice bien mi trabajo, tanto, que todavía me andan buscando.

–¿Extraña esa vida artística, activa de lunes a sábado?

–Sí. Solo los domingos tenía libre.

“Antes había bohemios. Ahora ya no hay donde ir. Trabajo-casa-tomar-a-la cantina y se acabó. Ya no hay nada. Todos los salones de baile desaparecieron. Había bailarines que iban solo a bailar, no a tomar guaro. Otros llegaban a ligar. Todo eso desapareció".

“Con el karaoke, todo el mundo quiere ser estrella y artista”.

–La gente ya no baila con los grupos de música chiquichiqui.

–De aquí a unos 10 años más, con costos habrá músicos populares. Es muy triste.

–Durante muchos años, este país bailó con esa música.

–Ya no hay salones de baile, y eso no debiera pasar. Mata a los músicos.

“Tenemos músicos fuera de serie. Ahora todos van a estudiar para ser profesionales, pero cuando terminan, ¿qué hacen? Dos, tres presentaciones durante todo el año en el Teatro Nacional y después, ¿a dónde van? Después tienen que empezar a matar chivos –como decimos nosotros–, a buscar qué hacer para ver cómo se ganan la plata. Esos estudiantes que salen como músicos de las universidades, hacen tres, cuatro, cinco presentaciones al año. ¿Cómo van a vivir de eso?”.

–Si pudiera cambiar algo de la escena artística, ¿qué sería?

–Que volviéramos al año ‘70, con el ambiente musical que había.