Calentando motores

Los reflectores del planeta giraron hacia el Maracaná en Río de Janeiro, en el debut este domingo de la Selección Argentina, y en particular del astro Lionel Messi. Los ojos del Mundo iban a seguir el mejor jugador, y cuando decimos seguir, nos referimos a exigir.

Messi ya no es el "pibe" del 2006 (cuando anotó el que, hasta hoy, había sido su único gol en mundiales), ni la promesa en deuda de Sudáfrica 2010. Este, lo exige el Mundo entero, tiene que ser su Mundial. Es el favorito de su país y de los seguidores planetarios del Barcelona.

Di María, Mascherano, Maxi Rodríguez y el Kun Agüero eran, nada menos, los compañeros de Lio Messi en la ofensiva argentina.

Un equipo que, de entrada, mete miedo. A los tres minutos, una jugada de balón detenido terminó rebotando en los pies del joven Kolasinac para anidar en el fondo de su propio marco. El joven bosnio, con apenas 20 años, entró a la historia con el autogol más veloz en copas del mundo.


El segundo tiempo empezó con la misma tónica. Sin grandes sobresaltos, sin gritos ahogados de gol en las graderías. Hasta que se llegó a ese punto maravilloso del fútbol donde lo que no se resuelve en la pizarra, lo resuelve el arte. Messi encontró su juego por 30 segundos, avanzó pasada la media cancha, hizo pared, recibió ya en plena cabalgata en los linderos del área y, frente a cuatro defensores bosnios, remató para pelllizcar el vertical derecho del portero Begovic.

Estalló en euforia Messi, que cargaba los ojos del mundo sobre sus espaldas, además de la deuda de ocho años sin gol en Mundial.

Argentina quiso ampliar pero tampoco tuvo con qué. Hacia el final del encuentro, los bosnios recuperaron la fe después del descuento de Ibisevic que coló la Brazuca entre las piernas de Sergio Romero. Pero ya era muy tarde para reaccionar.