Cuando esperar es trabajar

Fotografías por: Gloriana Jiménez

Ocho horas después de terminada la primera parte de la jornada legislativa del 1 de mayo, el tiempo insistía en transcurrir como si no pasara nada. El tiempo insistía y los 57 diputados colaboraban. Y no es que no pasara algo, pero es que todo lo que pasa en la Asamblea Legislativa es, con el debido irrespeto, un bostezo. En los baños de mujeres, por ejemplo, pasaban cosas. “Tenemos que venir a limpiar cada diez minutos” reveló una conserje del turno de la tarde.

Otro ejemplo. Después de haber escogido a su Presidente –lo cual les tomó toda la mañana, pobrecitos– los diputados debían escoger al resto del Directorio Legislativo, lo cual no fue tan desproporcionadamente desesperante. Acto seguido, los nueve jefes de fracción tenían derecho a usar el micrófono 15 minutos (cuando el sentido común dice que si son nueve, lo ideal es que lo usen como quien se mete a un cajero automático). A menos de que fueran a cantar, claro.

Porque lo improductivo no es que los diputados hablen –aunque lo importante es que digan algo–, sino que lo hicieran cuando alguien los escucha.

¿Alguien ha visto la cara de un diputado cuando tiene que oír durante 5 minutos a un opositor o, peor aún, a uno de su propia bancada? De hecho, ¿quién escucha a quién, si el lugar de negociación no es el plenario? ¿Entonces para qué se molestan? ¿Entonces para qué nos molestan?

La espera fue terrible y sigue siéndolo, porque al ser las 8:32 p.m. aún no termina.


Quienes llegamos desde temprano a la Asamblea Legislativa en calidad de humildes trabajadores, muchas horas después seguimos aquí en calidad de rehenes. De alguna forma, todos estamos secuestrados en virtud de un destino político común y todos empezamos a padecer el Síndrome de Estocolmo, que es la única forma en que se puede describir la ansiedad por la llegada de la Presidenta Chinchilla y su último discurso ante el plenario, cuerpo diplomático, magistrados y un largo etcétera.

La mandataria empieza a hablar a un cuarto para las 9, lo cual es muy extraño, pues había advertido que asistiría al concierto de Paul McCartney, y su discurso es de 35 páginas. ¿Cuánto puede durar el infinito político que nos arrulla? Obligados a esperar, todos los aquí presentes moriremos con las botas puestas. Lo que es poco probable es que el exbeatle tenga la misma paciencia que nosotros, los ticos.