El Machaco

Fotografías: Jose Díaz

Tiene unas manos grandes, con unos dedos rollizos y alargados de uñas delicadas. Todos los días se pone traje y zapatos que parecen nuevos porque, a lo mejor, lo son. Tiene la voz muy suave y una personalidad honrada y mansa. Sus modales son los de un caballero que, cuando piensa en la música que le gusta, solo puede oír la voz romántica de Los Panchos o de Toña La Negra, aunque hace mil años que no suenen en la radio.

Dice que fue un gran bailarín y, animado por el recuerdo, vuelve a recorrer los sudorosos salones de su juventud…

Montecarlo y El Platense, en Zapote… El Hawai, en Moravia… El Gran Parqueo, Los Higuerones y El Jorón, en Desamparados…

“Las orquestas eran muy grandes”, comenta, como si en lugar de medirlas, las escuchara de nuevo.

Al volante de su Corolla blanco del año 99, viaja todos los días desde su casa en Zapote hasta su otra casa en la frontera del barrio Tournón, en San José.

En las instalaciones del periódico La República lo espera, desde hace 25 años, el escritorio donde escribe La Machaca, una rareza de la opinión periodística a la que los ticos estamos más que acostumbrados.

–Tengo 79 años.

–¿Usted se los nota?

–A veces.

–¿Qué se siente haber pasado toda la vida entre periodistas?

–Diay, es mi medio, mi vida, mi ambiente.

–¿Perseverante?

–Responsable.

Miguel Ángel Agüero Alfaro también es saprisista, diabético y autodidacta. Dice que no tiene sentido del humor y no se equivoca. Por ejemplo, su chiste de los globos –uno que le contaron ayer y que hoy repite por cortesía–, podría ser catalogado como uno de los peores de la Historia y, sin embargo, viniendo de él, el chiste malo suena hasta reconfortante.

Según confiesa, tiene un espíritu alegre y nunca se ha deprimido, y su semblante inspira eso: una cierta serenidad. “No me considero un humorista, pero la gente cree que sí. Entonces yo digo que sí, porque este es un país democrático y la mayoría manda”.

De los 79 años que Miguel Agüero recién cumplió, lleva 35 haciendo un experimento editorial que, hasta la fecha, le resulta alentador.

Primero se llamó La Purruja, sección de opinión mezcla de humor gráfico y anotaciones críticas sobre la realidad nacional que creó para La Prensa Libre, en 1980, cuando el veterano Alberto Cañas decidió migrar de ese medio con la fórmula original: La Piapia.

En sustitución, la nueva receta de Miguel Agüero dio resultado por varios años, hasta que desapareció, en el año 88. En 1989 arrancó una nueva temporada, esta vez en las páginas de La República, con La Machaca.

Desde entonces hasta el día de hoy ha sido así: una página diaria, con un fotomontaje central de corte satírico y diez temas de actualidad –como promedio– orbitando alrededor.

Solo su horario laboral ya no es el mismo. Como desde hace unos diez años se dedica exclusivamente a La Machaca, llega al periódico al filo del mediodía y lo abandona a eso de las 5 p.m.

–Son muchos años haciendo ese trabajo.

–Sí, no he tenido grandes sobresaltos. He sido estable y conservador.

–¿En qué más?

–En el matrimonio. Tengo 52 años de casado.

–¿Qué es La Machaca?

–Son críticas envueltas en papel de chiste. Subraya el error en la función pública y señala cosas que están sucediendo o cosas a las que no se les da la suficiente importancia. La Machaca critica, pero no ofende. Es absolutamente respetuosa de la vida privada de las personas, en eso no me meto. En política, trato de no tomar partido por nadie. Hablo de todos. La página no sería posible si no tuviera yo absoluta libertad para opinar".

–¿Cómo se lleva con los políticos?

–Nunca he tenido problemas con ninguno. La palabra “político” se ha satanizado. No es cierto que un político se meta a la política por ganarse una plata. Yo creo que no. Creo que se meten porque piensan que de verdad pueden cambiar el país, y luego no pueden.

“Digamos que gana A, con 20 diputados a favor y 37 en contra. A tiene que aprobar leyes controversiales, como el paquete tributario o recortar excesos del aparato estatal. ¿Usted cree que puede conseguir los 18 votos que le faltan, cuando esos diputados, a su vez, tienen ambiciones políticas propias?”

“Las grandes reformas que este país necesita no las va a poder hacer ningún Presidente. El reglamento interno de la Asamblea Legislativa no se puede cambiar porque es el arma que tiene la oposición para frenar al gobierno.

¡Un solo diputado puede frenar cualquier iniciativa! Sin hablar de la Sala IV ni de la Setena".

"Aquí, cada cuatro años se inventa algún organismo para detener. ¿Detener qué? Cualquier cosa que nos haga avanzar”.

El estilo de La Machaca también incluye todos los recursos de la ilustración editorial, pero su jefe es solo el autor intelectual de los fotomontajes y collages que ahí aparecen, pues él no sabe dibujar. Definitivamente, no.

“Le voy a dibujar una cara, para que vea. Es lo único que puedo hacer”, dice, temerario. Toma el lapicero y en una de las esquinas del periódico traza un extravagante juego de figuras geométricas que quizá Picasso hubiera celebrado.

–Creo que le faltan las orejas– le digo.

–No: éstas son las orejas.

–Ah. Creí que esos eran los ojos.

­–Los ojos son estos.

–¿Esas? Pensé que eran las cejas.

Para que La Machaca apareciera ininterrumpidamente los últimos 25 años, don Miguel tuvo que consumir una dosis diaria de al menos tres periódicos nacionales, dos telenoticieros y dos programas radiales: todo con tal de saber por dónde venían los tiros.

No hay calculadora que sume esa pérdida.

Con él, la palabra “actualizado” tiene dimensiones épicas. Y si además incluyéramos la historia de La Purruja, peor todavía. Sin embargo, dice que las carreras del periodismo nunca lo estresaron.

Ni siquiera cuando, además de La Machaca, también hacía de reportero tiempo completo.

–Por otras cosas de la vida, sí, pero por el periodismo, nunca.

–Cosas, ¿cómo cuáles?

–Dejémoslo así.

–¿Alguna que se pueda contar?

–No, porque mi esposa me mata.

"Las razones precisas son un misterio, pero él resultó inmune a los efectos secundarios de la intoxicación informativa".


Posiblemente le ayudó su carácter suave y abnegado pero definitivamente sí su pasión por la Historia, que lo mantuvo devorando libros de todo cuanto ocurrió de espaldas a su propia biografía. Grandes batallas. Guerras civiles. México. Estados Unidos. Roma, la República y el Imperio. Francia. Napoleón. América Latina.

–Yo era muy lector, antes.

–¿Antes de qué?

–Antes de tener problemas de ojos. El año pasado me operaron de cataratas en ambos y de glaucoma en el ojo izquierdo.

–¿Hasta cuándo va a trabajar?

–Hasta que me despidan. No me veo en mi casa sentado en una mecedora. Me vuelvo loco. Qué terrible, ¿verdad? Estar metido en la casa haciendo nada y sin tener adónde ir. Yo hago un trabajo que me gusta mucho. Me encanta. Yo de mi trabajo no tengo queja.

–¿Y no hay otra cosa que le guste más?

–Ahora estoy leyendo otra vez, porque me compré un kindle. Ayer me terminé La casa de los espíritus y ahora voy con Platón. Pasar leyendo todo el día, tampoco. Me canso.

El año pasado le dieron un reconocimiento que incluía diploma y medalla, que le entregó con sus manos la mismísima mandataria, Laura Chinchilla. El Observatorio de la Libertad de Expresión le concedió el Premio de la Libertad de Expresión y el Derecho a la Información 2012.

“Fue lo mejor que me ha pasado en la vida”, asegura.

Gacetillero de la vida rural, redactor de deportes, editor de internacionales, asistente del director, Miguel Agüero nació el 4 de diciembre de 1934, en Barrio México. Trabajó en contabilidad y como vendedor y, en el largo trayecto de su vida autodidacta, hizo escala en muchas de las posiciones periodísticas disponibles. Nunca lo llevaron a los tribunales de justicia, pero una vez estuvo cerca, gracias a un intento del expresidente Abel Pacheco. “Siempre me he llevado bien con todo el mundo. Los funcionarios públicos, si no admiten, disimulan las críticas”.

Cuando era un adolescente y su papá se fue a vivir a Golfito, él empezó a pasar allá largas temporadas, especialmente en vacaciones. Desde chiquillo aprendió a viajar, a conocer y a curiosear. Recuerda vagamente los sucesos de la Segunda Guerra Mundial pero sí muy bien, en su vida de niño, el clima emocional de esos años.

“En esa época, la vida en Costa Rica era muy dura. Plena Guerra Mundial. La bananera estaba en su apogeo, pero Golfito era diferente. En Costa Rica no había pedigüeños ni sinvergüenzas”.

–¿Qué cosas cotidianas le preocupan?

–Mi esposa: se cayó el 12 de agosto del 2012 y se le aplastaron dos vértebras lumbares. La operaron y se las pusieron metálicas, pero eso duele. Después de 52 años, es una relación de compañía, que dios guarde te falte. ¿Qué hago yo sin ella? Para mí, lo primero es ella. Está lúcida, claro: pelea.

“Aparte de la casa mía, me preocupa mucho el país. Tengo mucho miedo de un desbarranque económico parecido al de los años 80. Las condiciones del país van camino a eso”.

–Hemos hablado mucho, verdad.

–Sí–, le digo.

–Dicen que el que mucho habla, mucho yerra.